La divulgación de los mails de Ricardo Jaime está revelando no sólo la dimensión y brutalidad que han alcanzado las prácticas de corrupción en los años del kirchnerismo, sino otros problemas bastante graves que padece nuestra vida pública: de un lado, la capacidad del gobierno para ignorar completamente hechos incómodos que difunden los medios que podemos llamar “independientes” u “opositores” gracias a un control muy férreo y disciplinado de la comunicación oficial, que se logra a su vez a través de una impresionante red de medios estatales y paraestatales y de un plantel de funcionarios bien entrenados en ignorar cualquier crítica; del otro, una opinión pública que no se preocupa mayormente por la deshonestidad de sus gobernantes, o en todo caso la considera un problema relativo, a tomar en cuenta sólo en función de cuestiones más de fondo, como ser los “resultados” de la gestión. Las machaconas portadas de Clarín y La Nación de los últimos días batallan tal vez inútilmente contra esta doble indiferencia, la de la “agenda oficial” que ni siquiera le reconoce status de noticia a los mails en cuestión, y la de una opinión mayoritaria que al menos por el momento parece más dispuesta a otorgarle una segunda oportunidad al gobierno de Cristina Kirchner y tratar de sacar algún provecho del auge del consumo. El paralelo entre la situación resultante y la que se vivió con Menem en las postrimerías de su primer mandato salta entonces a la luz. Y también lo hace la similitud entre el rol que se atribuyen los dos grandes diarios nacionales y el que en aquel entonces cumplía o quería cumplir Página 12 como fiscal del poder. ¿Se repetirá entonces en 2011 la historia vivida en 1995? No hay que descartarlo. Al menos uno de los componentes decisivos de aquella experiencia está hoy disponible para facilitarlo: el conformismo. El razonamiento de muchos de quienes avalan o se resignan sin entusiasmo a la continuidad del actual gobierno podría resumirse así: Argentina no es ni puede ser un “país serio”, así que lo más conveniente es seguir confiando en quien administra “lo mejor posible” el país real, el que conocemos. Es, paradójicamente, el reverso exacto de la promesa con la que la actual administración fue electa. Pero eso no parece afectarla: el mejor argumento de los opositores (mejor dicho, el que los opositores insinúan cuando insinúan algo), que se desaprovechan oportunidades y que se “podría estar mucho mejor” con una gestión más honesta, eficiente, etc. no moviliza, y no sólo por problemas de credibilidad de quienes se proponen para protagonizar esa alternativa, sino porque no hay en la audiencia una sensación de urgencia, una demanda de cambio. En ausencia de datos de la realidad que aprieten el zapato, ¿por qué habría que cambiar un “modelo” que funciona? Pero además hay otra cuestión: el discurso oficial no atiende sólo al conformismo, sino a otro componente fundamental del estado de opinión, el resentimiento. Un país que no llega ya a satisfacer siquiera los estándares de sus vecinos, pero que se niega a considerar la posibilidad de que ello se deba a falencias propias, a la falta de esfuerzo por introducir cambios en su forma de hacer las cosas, es naturalmente propenso a creerse víctima de sombrías conjuras, a buscar culpables antes que soluciones. Y lo cierto es que esta demanda de culpables viene siendo muy eficazmente atendida desde las usinas oficiales. Las denuncias de corrupción por tanto tienen que competir contra (e incluso pueden terminar siendo absorbidas por) un relato oficial simplista pero no por ello menos eficaz para atribuirle el origen de nuestros males a los ricos, los extranjeros, y demás enemigos del pueblo. En suma, a la hora de competir con él, hay que empezar por reconocer que la fórmula a la vez conservadora y radicalizada que da sustento al ethos kirchnerista es bastante adecuada a las circunstancias que vivimos, y atiende a una demanda social compleja, de una sociedad que, por más que ha pasado ya por situaciones parecidas, sigue prefiriendo ignorar el prontuario de sus gobernantes e incluso de sus héroes. Marcos Novaro www.cipol.org
Conformismo y corrupción
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