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Luciano (Cuento Propio Sci-Fi)

ArteFecha desconocida
Tercer cuento que posteo, ojalá lo disfruten.
Si no leyeron los anteriores, están invitados a hacerlo también, abrazos.

Luciano

Eran alrededor de las nueve y media de la noche y yo estaba tomando unos mates en el patio, pensando en vaya a saber qué cosa, cuando de golpe vi un fogonazo en el cielo, como un relámpago pero sin un trueno que lo acompañe, y todo quedó a oscuras. Voló un transformador, pensé, y ya me imaginaba que hasta el otro día iba a estar sin luz.
Llevé la pava y el mate a la cocina caminando despacio para no patear una silla o algo que estuviera en el camino y busqué las velas.
Encendí dos, una la puse arriba de la heladera y la otra en la mesada. Iba a poner a calentar de nuevo el agua cuando me pareció ver de reojo un movimiento y giré la cabeza.
Te digo, vi la silueta recortada contra la ventana del living y te juro que me llevé flor de cagazo.
Se metió un choro, pensé, manoteé como pude un cuchillo del cajón de los cubiertos y le grité -Qué carajo hacés acá? Hijo de puta, rajá de mi casa!
El tipo no se movió un milímetro. Ni se inmutó con mi improperio.
Me acerqué unos pasos, no mucho, tampoco soy tan valiente, tratando de intimidarlo y que se vaya. Todavía había unos cuantos metros entre los dos.
-Cómo entraste? -pregunté.
-Quedate tranquilo. -me dijo, y se me heló la sangre, no es joda.
Era una voz como nunca había escuchado, ni de tipo ni de mina, me frené ahí nomás y levanté el tramontina. -Tengo un cuchillo. -le dije, medio tartamudeando.
-No vine a hacerte daño. -dijo la voz inidentificable y alzó una mano.
Papá, qué te voy a contar, cuando vi esos cuatro dedos casi me da un infarto, y entendí qué era lo que tenía frente a mí.
Ahí nomás se me vinieron a la cabeza las mil atrocidades que iba a hacerme ese bicho, como inyecciones de detergente y sondas en el culo y quise salir rajando, pero el cagazo no me dejaba mover.
Avanzando unos pasos volvió a hablar. -No temas. -dijo, y supe que estaba jugado. Estaba más cerca y ya lo podía ver con la luz de las velas. Cagué fuego, pensé, y se me frunció el francés.
Medía más o menos un metro veinte, y tenía el mismo aspecto de las películas de las que siempre me reí convencido de que eran puros inventos, los ojos grandes y negros, la boca diminuta, la cabeza grande y todo el paquete.
-Tratá de que no me duela… -le dije, suspiré prácticamente resignado y empecé a desabrocharme el cinturón pero con la frente alta, carajo.
Lo vi inclinar la cabeza hacia un lado, y pestañeó con dos pares de párpados.
-No… entendiste mal, flaco -dijo, -esas cosas ya no las hacemos más…
Me sorprendió, había sonado muy sincero, titubeé un poco antes de hablar.
-Pero… si no me vas a lastimar o hacerme algo que después ponga en duda mi masculinidad entonces… -y me quedé buscando las palabras para completar una pregunta.
Se acercó a la ventana y miró afuera sin asomarse, como buscando algo, después se volvió y dijo -Te jode si me quedo un rato?
Lógicamente, ahí pensé que estaba soñando o que otra vez había aspirado Efficient, pero no, esto estaba pasando en serio.
Recomponiéndome, me ajusté el cinturón. Sólo atiné a hacer lo mismo que con cualquier otro huésped. -Querés tomar algo? Creo que me quedó una sidra del año nuevo… -le dije, y me pareció que el gesto que hizo fue una sonrisa.
Llevé las velas y la sidra al comedor y serví dos vasos.
Me senté frente a él, y traté de no parecer asustado, mientras lo veía bajarse el vaso en segundos.
-Vos, eh… viniste en uno de esos… cómo se llaman?
-Plato volador? Sí, lo estacioné en tu terraza.- eructó. -Quedate tranquilo que es invisible, nadie se va a dar cuenta.
Se tomó lo que quedaba de la sidra y se agarró la cabeza.
-Disculpame… que te hasha asusstado… sho…
El bicho se puso en pedo, pensé, y me imaginé agarrando la botella y abriéndole la cabeza de un golpe.
-Te sentís bien?
-See… no, see… - Y se quebró. Te lo juro, el chabón empezó a llorar hasta por los codos, hacía unos ruidos rarísimos y golpeaba la mesa, estaba totalmente sacado el pibe.
Me contó que se había ido de Marte hacía un mes, que lo habían echado del laburo, no entendí bien que era lo que hacía, que la novia lo había dejado por un amigo y que le debía plata a uno en Neptuno. Me mostró un holograma de la novia, una marciana más fea que él. -Es linda -le mentí. Y se calmó.
-Tenésh un pañuelo? -dijo esforzándose por enfocarme.
Para qué te voy a mentir? Ahí le agarré lástima al flaquito. Ya no me impresionaba mirarlo. Tenía a un extraterrestre sentado a mi mesa y me parecía lo más normal del mundo, me tomó del hombro y dijo:
-Vo’ so’ mi amigo, so’.
Al rato éramos como chanchos, me contó cosas de Marte, que la Coca-Cola la inventó un tío suyo, que los círculos esos de los campos eran cargadas que se hacían con otras razas, como “Saturno se la come” o “Plutón pecho frío” y cosas así.
Nos quedamos charlando hasta el amanecer.
Cuando los rayos del Sol empezaron a entrar por la ventana, se quedó callado un minuto. Debió haberlo pensado bien antes de preguntarme si le hacía un lugarcito en mi casa.
Me dijo que guita no iba a faltar, que su familia había hecho un arreglo con los yankis hacía cincuenta años cuando voltearon por error la nave en que iban los padres en Nuevo México, me dijo que iba a ayudar con las cosas de la casa y…
-Pará, pará… -le dije, -ésta es tu casa, Luciano.
Ya hace un par de meses que Luciano está acá. Cuando viene gente se disfraza de enano de jardín, vemos los partidos de Central en el plato volador y jugamos al truco y al chinchón.
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