InicioApuntes Y MonografiasComo salir de un pantano
“Como salir de un pantano”

Mi amigo Ed dijo: “Entra”, y entonces comenzó a explicarme la realidad.
Habíamos leído las Escrituras juntos, en varias ocasiones anteriores, pero esa noche Ed fue muy personal y dijo que la razón por la que podía ser tan libre, era que había confesado sus pecados, y la sangre de Jesús lo había lavado, lo había limpiado.
En el pasado, no me había gustado oír de la sangre de Jesús, y cuando alguien me mencionaba la palabra pecado, se me hacía un nudo en el estómago, y me descomponía.
Pero esa noche estaba tan desesperado como para seguir escuchando. Y Ed me mostró el versículo en Juan donde Jesús dice: “yo soy El Camino, La Verdad, y La Vida, y si tu deseas conocer a tu Padre Celestial, tienes que hacerlo a través de mí, de otro modo no podrás hacerlo”.
Antes siempre había objetado ese versículo preguntando: “Pero ¿qué diremos de los hindúes, y de los budistas, y de...?”
Pero esa noche, fue como si Dios me interrumpiera diciendo: “Olvídate de ellos. ¿Que diremos de ti?
Ed me preguntó: “¿Que piensas de esto? ¿Deseas a Jesús, o no, según sus condiciones, sin evasivas?”
Me sentía lo bastante miserable como para decir que sí y si no recuerdo mal, oré en estos términos:
“Señor Jesús, si realmente estás aquí, y mi amigo Ed parece creerlo así, ten a bien hacerte una realidad en mi, ahora mismo.”
No fue una gran invitación pero era todo lo que él necesitaba. Me sentí como si me hubiese abierto, se hubiese movido dentro de mí, me hubiese enrollado alrededor de él, y me hubiese conectado con una fuente de poder, concediéndome perfecta paz y lavando cuarenta y cinco años de mugre. Él me hizo saber que estaba en buenos términos con Dios para siempre, y que todo lo que estuvo registrado en mi contra, había desaparecido, que todos mis pecados estaban tan lejos como el oriente está del occidente, que él los había echado al mar del olvido. Y en el cielo, el mar ya no es más, así era como había sucedido con mis pecados, todo el lodo que había amenazado con tragarme para siempre. Estaba perdonado.
Cuando era un niño vivía en el campo, y por lo general hacía excursiones con mi hermano. Había un pantano respecto del cual estábamos amonestados a no acercarnos a él. Tenía ciénaga, una cierta clase de barro que en lugar de resistir el movimiento del cuerpo tiende a atraerlo hacia el fondo. Si uno cae en una ciénaga y no hay nadie que le ayude, se hunde a razón de unos cuantos centímetros por minuto.
Ya que la ciénaga era zona prohibida, era natural que mi hermano y yo nos sintiéramos desafiados a explorarla en su totalidad.
Un día cuando estábamos saltando por los pantanos yo resbale en el barro y comencé a hundirme. Tendría entonces un metro de altura, lo que significaba que en poco más de media hora sería un pequeño montículo en la superficie de la pegajosa masa negra.
Estaba aterrorizado de morir, que no podía ni siquiera llorar.
Recientemente, el Señor trajo con fuerza a mi memoria todas las religiones, las filosofías, y los cultos en los que me había mezclado en mis días de pagano, y me mostró lo que podían ofrecer cuando yo estaba hundiéndome en el negro lodo que representaba el pecado de mi vida.
Confucio me dijo: “Es mejor que te mantengas alejado de tales lugares, muchacho”. Y habiéndome dado ese maravilloso consejo, siguió su camino y me dejo hundiéndome.
Buda declaró: “Que esto te sea una lección para ti, mi hijo”, y me hundí más todavía. Yo había sido un budista y sabía que esas cosas tenían el propósito de ser lecciones, de modo que cuando fuera reencarnado la próxima vez, yo pudiera tener una mejor existencia.
Mahoma suspiró y dijo: “Es la voluntad de Alá”, y seguía hundiéndome.
La Ciencia Cristiana manifestó: “Es solamente un error en tu mente. En verdad no estás en ninguna dificultad. Lo que pasa es que no estás pensando correctamente”. Yo había sido un seguidor de la Ciencia Cristiana, pero el pensar correctamente en había sanado mi embriaguez. De modo que me hundí otro centímetro más y ya no me quedaban muchos centímetros.
Los hindúes me dijeron: “Le deseamos mejor suerte en la próxima reencarnación. Este primer “viaje” como pulga le fue mal. En la próxima vuelta vendrá como mosca.” El sucio y negro lodo me seguía tragando.
El evolucionista me dijo: “Todo lo que necesita es un poco más de tiempo. El tiempo cura todas las cosas, amigo”. Pero con cada minuto que pasaba me encontraba peor que antes.
Yoga me dijo: “Trascienda su problema.” Yo lo había tratado de hacer. Me había dedicado a la contemplación por tanto tiempo que me había aburrido y estaba hundido hasta la cintura.
El Unitarismo había dicho: “Todo lo que necesita hacer es alcanzar más amor.” Pero ¿cómo va uno a salirse de un pantano de barro cenagoso solo con el amor?
Un adivinador me dijo: “Consulte con el zodíaco. Las estrellas tienen la respuesta.” Pero las estrellas no alumbraban ese día y así me hundía más profundamente.
Darwin me dijo: “Se trata de la supervivencia de los más aptos. Si es apto, sobrevivirá.” Eso era exactamente lo que me temía. Al hundirme unos centímetros más, demostré mi inaptitud para cualquier cosa excepto para ser enterrado vivo.
Aristóteles me sonrió y dijo: “Mi hijo, conócete a ti mismo.” Ahí estaba el problema. Yo me conocía a mí mismo, estaba destinado para el fondo del montón de barro.
Platón afirmo: “La respuesta está en la verdad. Simplemente busque la verdad.” Pero él no estaba hablando de la verdad, tangible, una verdad viviente: Y la verdad según él significaba que yo estaba por ser aniquilado.
Zoroastro dijo: “Use su poder de la voluntad.” Pero yo había usado el mío hasta lo último, y no me había servido de nada. Estaba por perecer.
Un psiquiatra me dijo: “No se sienta culpable. Todo lo que debe de hacer es salir y cometer más pecados.” Pero me encontraba de tal manera esclavizado que no había manera de ir a ninguna parte o hacer ninguna cosa.
Había probado Fronteras Espirituales, Nuevo Pensamiento, Rearmamentismo Moral, Edgar Cayce, y todos los demás. Ninguno de ellos me había ayudado en lo más mínimo. Yo me hundía cada vez más y más hasta encontrarme casi completamente perdido.
No existía religión, ni filosofía que no hubiera probado. Todas pretendían ser diferentes, pero todas eran lo mismo, inútiles, dejándome en mi miserable, vacía, enajenada, hastiada, vana, hedionda condición de cadáver.
Pero sucedió entonces que pasó Jesús por allí y me dijo: “ Yo soy el camino, yo soy el único camino, solamente dame tu mano”.
Yo no puse argumentos tales como:”¿Y qué diremos de los demás?” Sencillamente le tendí mi mano, y Él me la tomó entre la suya. Me sacó de ese barro negro inmundo y puso mis pies sobre la roca sólida, lavándome también.
No, no fue exactamente Jesús quién materialmente me sacó del barro ese día cuando yo era un muchachito que casi pereció. Pero de algún modo a ultimo minuto, cuando ya aguantaba la respiración porque presentía que el próximo aliento sería el último, Él envió a dos extraños a través del bosque para sacarme del peligro. Nunca supe el nombre de esas personas. Nunca los había visto antes, y nunca los he vuelto a ver. Pero no estaría sorprendido si los hombres que me sacaron eran dos ángeles, enviados para liberar a los elegidos de Dios porque yo tenía una madre cristiana que me había entregado a Jesús aun antes de nacer.
El día que conocí personalmente a Jesús, el día que me sacó del negro barro del pecado y me lavó completamente, había dejado de ser yo un muchacho que andaba explorando con mi hermano en el pantano. Ya era un hombre maduro, que me embarcaba en la aventura más grande que cualquiera puede realizar a cualquier edad, es decir, comenzaba a aprender a vivir como un hijo del Rey

Harold Hill


Extraído del Libro “Como vivir como un hijo del Rey”
Editorial Vida




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