-¡El placer está ahí, tómalo! –Dijo mi padre mientras señalaba hacia la cama, donde yacía la puta desnuda.- ¡Deja de ser un maricón moralista, y tómalo de una puta vez!
La puta yacía sobre el lecho, previamente desordenado por ella y sus juegos eróticos de preparación, guiados principalmente, por el coctel de drogas duras que, seguramente, mi padre le dio. Estaba embarcándose en un viaje aquella mujer, dejando, todo lo vivido y todo lo que era, atrás. Desnuda, de espalda y aferrada a las sabanas, mordía la almohada esperando que aquellos que habían pagado por ella, un servicio completo, por cierto, comenzaran de una vez por todas a cobrar el dinero aceptado, si, estaba en un viaje a miles de años luz de su posición actual, olvidando cada una de las cosas de las que era, pero no olvidaba sus responsabilidades y obligaciones de puta, nunca.
-¡Dime Dios! ¡¿Por qué me hiciste concebir un hijo así de maricón?!- decía el viejo alzando los brazos y vociferando en forma de oración.
Mis ojos no se dignaban a mirar a la puta desnuda, ¿porque?, no sé, quizás el viejo tenía razón, era un maricon moralista, cuya moral estaba basada y apegada a un libro que relata fantasías y contiene al mismo tiempo reglas de vida, ¿curioso, no?
Mi lectura empecinada y empedernida, ingenua y profunda, me había tornado, definitivamente, en alguien que ni siquiera pudiese tomar una decisión que no estuviera, previamente analizada y respondida dentro de este libro, un ser dependiente de unas cuantas hojas, eso era yo. Siento la vergüenza de haberme hecho prisionero de este libro, sin siquiera entenderlo a cabalidad, sin siquiera saber todas sus interpretaciones, limitando mi vida a hechos irreales.
-Espero que no cobres por hora…- decía mi padre a la puta, mientras esta tenía la vista perdida en el techo de la habitación.
Y ahí seguíamos los tres, semi-desnudos, sudorosos y algo drogados, la puta más que nosotros, esperando la decisión de una vez por todas. Era una escena algo bizarra y rebuscada, algo de voyerismo guiaba a mi padre, y la idea de un rito de aceptación y de entrada directa a la masculinidad me guiaba a mí. Pero seguía dentro de mí la idea de un ser moral, de aquel que no se deja llevar por los placeres carnales de esta vida, para así, tener un lugar bastante cercano a dios en la otra.
Los ángeles me veían desnudos, pensaba, me tapaba con la cobija, mientras mi padre yacía encima de la prostituta, gritaban ambos, uno de placer, otra de dolor. Las drogas hacían su efecto, me agarre la cabeza dejando mi miembro al aire, no importaba, los ángeles ya no me veían, estaban ocupados viendo a mi padre, solo importaba mi cabeza que daba vueltas sobre ella misma. Me desmaye quedando en una esquina de la habitación, cerca mío, había una pequeña mesita que tenía varios de los ingredientes de esta noche de locura; jeringas, polvos mágicos, vasos, latas etc. Solo atine en mi delirio, en mi delirio de sed, a agarrar uno de los vasos que había sobre la mesa y beber todo su contenido de un solo sorbo. Era bebida y pisco. Me dio un asco de características hecatombitas, bíblicas, casi a un nivel de blasfemia, tanto así que me vomite todo encima. A nadie le importo, ni los ángeles me veían. Mi padre seguía sobre la puta. Él, gozaba. Ella gritaba.
Como diez minutos pasaron así, todos enredados en una vociferación intensa de contactos carnales, todos brillaban con sus voz entre el coro, todos querían ser parte de la fiesta, todos en el puterio, menos yo. Yo quería seguir vomitando.
Me recupere del malestar estomacal, no quería seguir vomitando, pude pararme y tambaleándome, me acerque a un pequeño tocador donde la puta de turno se acicala las arrugas y se peina la peluca de plástico pintado de amarillo que tiene en vez de pelo. Estaba lleno de envases de bebidas alcohólicas, pero entre ellas, habían una de bebida; light, sin azúcar. La había pedido yo, sin que mi padre se diese cuenta. El no importaba, estaba encima de la puta, gritando. Cuando la bebí sentí como miles de años de frescura libre de alcohol entraban por mi garganta, todo mi cuerpo se nutría una y otra vez de ese insípido líquido, llamado agua mineral. Ya fresco, quise salir de la habitación, estaba desnudo y no tenía mi ropa, las putas de la entrada me quitaron todo y subí en bolas a la habitación donde nos esperaba la puta, que ahora grita, bajo mi padre.
Solo atine a sentarme, desnudo, al lado de la única ventana de la habitación, que ni siquiera buena vista tenia, daba hacia un callejón olvidado entre los caminos de la ciudad, solo me senté y observe la escena. Pensé rezar en un momento, pero nadie me escucharía, Dios tiene mejores cosas que hacer, que escuchar a este pobre maricon moralista, ¿y los ángeles?, ellos están viendo a mi padre con la puta. Y me quede dormido.
Cuando desperté, mi padre ya vestido, le entregaba unos billetes arrugados y manchados a la puta, mientras esta le daba una bolsa. Al terminar la transacción, le ordenó a la puta que saliera, se dio vuelta y arrojo la bolsa a mis desnudos pies.
-Vístete maricon, nos vamos a la casa.-dijo mientras guardaba el resto de los billetes en su billetera.
Nunca más hablamos de esto con mi padre, pero siempre sentía su mirada de eterna decepción sobre mi hombro, nunca me peso, nunca me importo lo que pensara de mí desde esa noche, ni estando en su tumba cuando murió, de SIDA, seis meses después de esa noche. Yo me hice el examen de sangre, estaba limpio.
Mire la tumba de mi padre, le escupí. Mire hacia arriba, y cerré un ojo.
La puta yacía sobre el lecho, previamente desordenado por ella y sus juegos eróticos de preparación, guiados principalmente, por el coctel de drogas duras que, seguramente, mi padre le dio. Estaba embarcándose en un viaje aquella mujer, dejando, todo lo vivido y todo lo que era, atrás. Desnuda, de espalda y aferrada a las sabanas, mordía la almohada esperando que aquellos que habían pagado por ella, un servicio completo, por cierto, comenzaran de una vez por todas a cobrar el dinero aceptado, si, estaba en un viaje a miles de años luz de su posición actual, olvidando cada una de las cosas de las que era, pero no olvidaba sus responsabilidades y obligaciones de puta, nunca.
-¡Dime Dios! ¡¿Por qué me hiciste concebir un hijo así de maricón?!- decía el viejo alzando los brazos y vociferando en forma de oración.
Mis ojos no se dignaban a mirar a la puta desnuda, ¿porque?, no sé, quizás el viejo tenía razón, era un maricon moralista, cuya moral estaba basada y apegada a un libro que relata fantasías y contiene al mismo tiempo reglas de vida, ¿curioso, no?
Mi lectura empecinada y empedernida, ingenua y profunda, me había tornado, definitivamente, en alguien que ni siquiera pudiese tomar una decisión que no estuviera, previamente analizada y respondida dentro de este libro, un ser dependiente de unas cuantas hojas, eso era yo. Siento la vergüenza de haberme hecho prisionero de este libro, sin siquiera entenderlo a cabalidad, sin siquiera saber todas sus interpretaciones, limitando mi vida a hechos irreales.
-Espero que no cobres por hora…- decía mi padre a la puta, mientras esta tenía la vista perdida en el techo de la habitación.
Y ahí seguíamos los tres, semi-desnudos, sudorosos y algo drogados, la puta más que nosotros, esperando la decisión de una vez por todas. Era una escena algo bizarra y rebuscada, algo de voyerismo guiaba a mi padre, y la idea de un rito de aceptación y de entrada directa a la masculinidad me guiaba a mí. Pero seguía dentro de mí la idea de un ser moral, de aquel que no se deja llevar por los placeres carnales de esta vida, para así, tener un lugar bastante cercano a dios en la otra.
Los ángeles me veían desnudos, pensaba, me tapaba con la cobija, mientras mi padre yacía encima de la prostituta, gritaban ambos, uno de placer, otra de dolor. Las drogas hacían su efecto, me agarre la cabeza dejando mi miembro al aire, no importaba, los ángeles ya no me veían, estaban ocupados viendo a mi padre, solo importaba mi cabeza que daba vueltas sobre ella misma. Me desmaye quedando en una esquina de la habitación, cerca mío, había una pequeña mesita que tenía varios de los ingredientes de esta noche de locura; jeringas, polvos mágicos, vasos, latas etc. Solo atine en mi delirio, en mi delirio de sed, a agarrar uno de los vasos que había sobre la mesa y beber todo su contenido de un solo sorbo. Era bebida y pisco. Me dio un asco de características hecatombitas, bíblicas, casi a un nivel de blasfemia, tanto así que me vomite todo encima. A nadie le importo, ni los ángeles me veían. Mi padre seguía sobre la puta. Él, gozaba. Ella gritaba.
Como diez minutos pasaron así, todos enredados en una vociferación intensa de contactos carnales, todos brillaban con sus voz entre el coro, todos querían ser parte de la fiesta, todos en el puterio, menos yo. Yo quería seguir vomitando.
Me recupere del malestar estomacal, no quería seguir vomitando, pude pararme y tambaleándome, me acerque a un pequeño tocador donde la puta de turno se acicala las arrugas y se peina la peluca de plástico pintado de amarillo que tiene en vez de pelo. Estaba lleno de envases de bebidas alcohólicas, pero entre ellas, habían una de bebida; light, sin azúcar. La había pedido yo, sin que mi padre se diese cuenta. El no importaba, estaba encima de la puta, gritando. Cuando la bebí sentí como miles de años de frescura libre de alcohol entraban por mi garganta, todo mi cuerpo se nutría una y otra vez de ese insípido líquido, llamado agua mineral. Ya fresco, quise salir de la habitación, estaba desnudo y no tenía mi ropa, las putas de la entrada me quitaron todo y subí en bolas a la habitación donde nos esperaba la puta, que ahora grita, bajo mi padre.
Solo atine a sentarme, desnudo, al lado de la única ventana de la habitación, que ni siquiera buena vista tenia, daba hacia un callejón olvidado entre los caminos de la ciudad, solo me senté y observe la escena. Pensé rezar en un momento, pero nadie me escucharía, Dios tiene mejores cosas que hacer, que escuchar a este pobre maricon moralista, ¿y los ángeles?, ellos están viendo a mi padre con la puta. Y me quede dormido.
Cuando desperté, mi padre ya vestido, le entregaba unos billetes arrugados y manchados a la puta, mientras esta le daba una bolsa. Al terminar la transacción, le ordenó a la puta que saliera, se dio vuelta y arrojo la bolsa a mis desnudos pies.
-Vístete maricon, nos vamos a la casa.-dijo mientras guardaba el resto de los billetes en su billetera.
Nunca más hablamos de esto con mi padre, pero siempre sentía su mirada de eterna decepción sobre mi hombro, nunca me peso, nunca me importo lo que pensara de mí desde esa noche, ni estando en su tumba cuando murió, de SIDA, seis meses después de esa noche. Yo me hice el examen de sangre, estaba limpio.
Mire la tumba de mi padre, le escupí. Mire hacia arriba, y cerré un ojo.