Esquilo 525 a. C. – 456 a. C
“LA ORTESIADA”
“La Ortesiada” es, entre las tragedias de Esquilo, la única trilogía completa que se nos ha transmitido. Representada en el año 458 a. De C., se propone en ella el autor mostrar la justicia de los dioses con la causa de los Atridas, debido a los sucesos sangrientos que mancharon la estirpe de los Tantálidas. Los hermanos Tiestes y Atreo, a quienes incumbía la gobernación de la ciudad de Micenas, se enemistan. Tiestes hurta la esposa de su hermano Atreo, y este se venga con una acción horrible: mata a los hijos de aquel y en un banquete presenta al padre la carne de sus descendientes. Este crimen exige una nueva venganza de sangre por parte de Tiestes según las normas entonces en vigor, y así una maldición pesa sobre los Atridas.
Esquilo da por conocida esta leyenda, y la primera de las tres tragedias, “ Agamenón”, empieza con la aparición de un guarda que, tendido en la azotea de palacio, vigila la señal de fuego que, transmitida de monte en monte, debe anunciar a la reina Clitemnestra la toma de la cuidad de Troya por los griegos. Al ser divisada la llama, el guarda se apresura a comunicar que el regreso del Señor esta próximo. Este aparece en un carro de guerra y es saludado por su reina Clitemnestra con un discurso ambiguo y engañoso, mediante el cual justifica su proceder como esposa y señora en ausencia del marido, pero oculta su adulterio con Egisto, que precisamente es hijo de Tiestes. Con perfidias intenciones invita al rey a entrar en su palacio y lo proclama pomposamente como un gran vencedor, ordena que se extiendan tapices de color púrpura bajo los pies del héroe.
Ante las puertas espera la esclava y profetisa Casandra, que Agamenón ha traído consigo de Troya. Ella es halagada traidoramente por la reina, que le da seguridad para que su derecho de hospitalidad no pueda ser ofendido. En una escena llena de intenso dramatismo, Casandra, poseída por el delirio profético, predice el asesinato del rey y su propia muerte. Pronto se cumple su profecía: se oye un grito de Agamenón que ha sido mortalmente golpeado por su mujer mientras tomaba un baño y tras haberle aprisionado con una red. Clitemnestra aparece entonces en escena, manchada de sangre, con el hacha en la mano, y anuncia que ha vengado la sangre de su hija Ifigenia, a quien Agamenón sacrificó a Artemis para obtener un viento favorable que permitiera a los griegos zarpar hacia Ilión, es entonces cuando la reina no se avergüenza de declarar su amor por Egisto e intenta justificar su acción alegando que es el genio vengador de la raza el que ha alimentado esta sed de venganza. Pero el coro de ancianos, que ha estado presente en todas estas escenas, manifiesta su fe en Zeus y en la inminencia de que se haga justicia suprema.
En efecto esta no se hace esperar por manos de Orestes, el hijo de Agamenón y Clitemnestra, cuya acción constituye el argumento de “Las Coeforas” o portadoras de libaciones. Acompañado su amigo Pílades, regresa del destierro, y acaba de depositar sobre la tumba de su padre un rizo de su propia cabellera, en homenaje al muerto, cuando ve llegar un cortejo fúnebre de mujeres entre las cuales reconoce a su hermana Electra. Espantada un sueño, Clitemnestra ha enviado su hija a ofrecer libaciones sobre la tumba de aquel a quien ha muerto con el fin calmar la ira de Agamenón. Electra no se decide a cumplir la orden de su madre y consulta al coro de esclavas. Estas le aconsejan verter las ofrendas acompañándolas de plegarias por los amigos del muerto y de imprecaciones contra sus asesinos. Mientras Electra esta llevando a cabo el rito se percata de un bucle de cabellos iguales a los suyos y de unas pisadas análogas a las de su pie. Estos indicios solo pueden proceder de su hermano Orestes. La aparición de este la saca de la duda al enseñarle de donde procede el rizo y el tejido que Electra había bordado para él cuando su hermano aun era pequeño. Los hermanos se reconocen y deciden en común cumplir con el deber que exige la venganza de la sangre. Para llevar a feliz término el castigo de los asesinos, Orestes suplica en primer lugar a Zeus y en segundo lugar a Apolo, de quien ha recibido la orden de castigar a los culpables de la muerte de su padre. También tiene necesidad de que este despierte de entre los muertos y les ayude en la empresa, así Orestes, Electra y el coro de esclavas cantan el treno ritual, con todas las demostraciones de dolor que solían tener lugar en tales circunstancias. Terminada la ceremonia, pasan rápidamente a la acción. Por medio de una astucia, presentándose como extranjeros que llegan de la Fócide, Orestes y Pílades se introducen en el palacio para saber a Clitemnestra la muerte fingida de su hijo. La reina manifiesta, en su hipocresía, un falso dolor y manda a la nodriza de Orestes que vaya a comunicar a Egisto que regrese a palacio con su guardia. Más el coro convence a la nodriza para que cambie el mensaje y Egisto vuelva así solo. De esta manera Egisto es atacado por Orestes y cae bajo sus golpes, Clitemnestra corre en su ayuda, y a pesar de sus súplicas es muerta también por aquel. Los dos cadáveres aparecen juntos, y Orestes intenta justificarse e invita a los argivos a que testimonien a su favor cuando llegue el momento. Pero el delirio se apodera de él : las Erinis o diosas vengadoras de su madre están delante, y Orestes huye asustado bajo los efectos de una enajenación mental.
La tercera tragedia, “las Euménides”, empieza por la mañana junto al templo de Apolo, en Delfos. La sacerdotisa se dispone a entrar en el santuario para cumplir, como todos los días, con su misión de profetizar y comunicar a los peregrinos de toda Grecia las decisiones del Dios. Al franquear el umbral retrocede espantada: acaba de ver a Orestes ensangrentado, en actitud de suplicante, y a su alrededor unas mujeres de aspecto horrible, las Erinis. Están allí dormidas por el poder de Apolo, que aconseja a Orestes la expiación con un exilio voluntario hasta que llegue a Atenas y se abrace a la estatua de Palas Atenea en petición de ayuda. La sombra de Clitemnestra aparece y reprende a las Erinis por haber dejado escapar a su asesino. Apolo después de arrojar a las Erinis fuera de su templo, acepta la responsabilidad del matricidio, ya que Orestes no ha hecho más que obedecer sus oráculos. Es entonces cuando el lugar de la acción cambia y pasamos de Delfos a Atenas, concretamente a la Acrópolis, cerca de un templo delante del cual hay una estatua de Atenea. Aquí Orestes ha buscado refugio y se arroja a los pies de la diosa. Pero las Erinis no han dejado de perseguirle hasta hacerle su prisionero. En torno a él danzan y entonan un himno encadenador de las almas, reafirmando el papel que les ha dado el Destino de castigar a los criminales. Entre tanto Orestes no deja de suplicar la protección y ayuda de Atenea, la cual acude solícita desde Troya. Se informa primero de la situación y las dos partes acceden a que ella resuelva el caso. Más la diosa no quiere asumir tanta responsabilidad y compone un tribunal constituido por los mejores ciudadanos de Atenas, que prestará juramento y juzgara para siempre con equidad las causas de sangre. Se abre el debate. De un lado, las Erinis acusan a Orestes de matricidio y protestan de que las leyes antiguas sean pisoteadas, y alegan que si el crimen queda impune, los hombres perderán el miedo al castigo y la violencia y la injusticia dominarán por todas partes. Del otro lado Apolo aboga en defensa de Orestes, proclamando un nuevo derecho frente al antiguo: el lazo conyugal es tan fuerte como el de la sangre. Apoya también su argumento en una teoría biológica entonces de moda, que dice que la muerte de un padre es más importante que la de una madre y por lo tanto más grave, ya que esta sólo es depositaria de un germen que posee el hombre, y en fin, promete a los jueces que Orestes asegurará para siempre a Atenas la Alianza de Argos. Después que las partes han declarado se pasa a la votación. El número de votos es igual para ambas partes, y en virtud de una regla formulada previamente por Atenea, Orestes es absuelto. Alegre regresa este a su patria jurando gratitud perpetua al pueblo de Atenas. Las Erinis, por el contrario, se indignan al verse despojadas de sus atributos y quieren vengarse de los atenienses, amenazando con una plaga de esterilidad y muerte; pero la persuasión de Atenea las hace ceder y les promete que si se establecen su ciudad, serán siempre honradas. Al último se convencen y desean para la ciudad que las acoge toda la alegría que hace de una vida próspera: abundancia, riqueza, concordia civil. Se organiza un cortejo que preside Atenea, y a la luz de las antorchas el pueblo acompaña a las Euménides a su nueva mansión, desde donde enviarán a la ciudad un cúmulo de bendiciones.