InicioApuntes Y MonografiasMintió por 17 años, los mató a todos para que no lo supieran

Mintió por 17 años, los mató a todos para que no lo supieran

El sábado 9 de enero de 1993, Jean -Claude Romand asesinó a su mujer con un rodillo de repostería. Horas después mató con un rifle que escondía en la casa a sus dos hijos, una niña de siete años y un niño de cinco, tras ver con ellos en la televisión una película de dibujos animados. Después de comer, se dirigió a casa de sus padres, residentes en Clairvaux-Les-Lacs, a ochenta kilómetros de Prévessin-Moëns, y también los mató a tiros. Ni el perro se libró de la matanza.

Al día siguiente se marchó a París en su coche para citarse en una cena con su amante Corinne, a la que intentó estrangular cuando ésta le reclamó un dinero que le había prestado. La mujer logró defenderse del ataque. De vuelta a Prévessin-Moëns, prendió fuego a su casa e intentó suicidarse con barbitúricos. Todo para que pareciese que los asesinados y él mismo habían muerto en el incendio. Rescatado por los bomberos, ingresó en el hospital en estado de coma. Salvó la vida y gracias a eso se pudo averiguar el móvil de su quíntuple asesinato.


El "médico" Romand y su familia, a la que asesinaría para evitar que supieran la verdad


Aquel mismo día la policía encontró una nota suya en su automóvil, en la que se acusaba de los crímenes, aclarando que todo lo que se creía saber de su carrera de Medicina y de su actividad profesional como médico e investigador en la Organización Mundial de la Salud, en Ginebra, era falso. En efecto, las llamadas de la policía a la OMS, a los colegios de médicos, hospitales de la zona y hasta a la Facultad de Medicina de Lyon en la que cursó estudios –su amigo más cercano, el médico Luc Ladmiral, podía atestiguarlo- desenmascararon las mentiras con las que durante diecisiete años engañó a toda su familia, a los amigos y a los vecinos. No era médico ni investigador. No era nada más que un fantasma, un impostor experimentado, un estafador. Sus contactos con Bernard Kouchner y otros personajes conocidos en Francia formaban parte de la gigantesca patraña en la que él mismo se envolvió durante todos esos años.



la historia fue contada por Emmanuel Carrere en una novela


Hijo de una próspera familia de madereros, Jean -Claude tuvo una infancia normal, quizá un tanto solitaria, en un pueblo al este de Francia. A la hora de elegir sus estudios superiores, se decantó por la Medicina en vez de por la Administración de Montes, como se esperaba por su trayectoria familiar. Era un estudiante aplicado e introvertido, un chico muy formal. En la Facultad se enamoró de una compañera, Florence, prima lejana suya, llevando la vida típica de los estudiantes.

La historia real es la siguiente: Romand no pasó del segundo curso de Medicina. Renunció a presentarse a la convocatoria siguiente. Falsificó las notas. Durante doce años pagó la reinscripción en el curso con el dinero que le enviaban sus padres. No por ello dejó de acudir de vez en cuando a la Facultad, sin acceder a las aulas. La mayor parte del tiempo lo pasaba en su casa, leyendo periódicos y viendo la televisión. Engordó veinte kilos. Al cabo de unos meses sin verle, Luc fue a visitarle para ver qué le ocurría. Le respondió que padecía un linfoma y que por eso no había acudido a la universidad. Con la noticia del cáncer se atrajo la compasión de su novia.

Dos años después de casarse con Florence, ya licenciada en Farmacia, “concluyó” sus estudios de Medicina, aunque su verdadera carrera era la de la Mentira. Mintió cuando dijo que había aprobado el examen de médicos residentes de París, cuando dijo que había sido nombrado responsable del Inserm de Lyon y luego que había obtenido una plaza de maestro investigador en la OMS. Para sustentar sus mentiras se hizo con membretes de la organización, formularios y libros de la biblioteca que le permitían mantener cierto nivel de conversación sobre temas sanitarios.

Pero ¿cuál era la vida cotidiana que llevaba Romand? Después de desayunar con sus hijos, iniciaba un periplo errante por aparcamientos, estaciones de servicio, parques, sex-shops y por la propia sede de la OMS. En ocasiones, simulaba asistir a congresos y seminarios internacionales. Esos días se alojaba en cómodos hoteles próximos al aeropuerto de Ginebra, donde pasaba los días viendo la televisión y a los aviones aterrizando. Telefoneaba a su familia para comentarles el tiempo que hacía en Sao Paulo o en Tokio. A sus supuestas vueltas, traía regalos a sus hijos, que compraba en las tiendas del aeropuerto. Decía estar fatigado por el desfase horario. Su mujer, empleada en una farmacia, se jactaba del éxito profesional de Jean -Claude.


La increíble historia también fue llevada al cine


Con la excusa de que trabajaba en Suiza, propuso a su familia -padres y suegros- que le entregasen sus ahorros para invertirlos en condiciones muy favorables. La otra fuente de ingresos la obtuvo de una nueva mentira: al enterarse de que el tío de su esposa padecía cáncer, comunicó a la familia que formaba parte de un equipo de investigación que estaba probando un tratamiento secreto contra la enfermedad. Él se encargaría de sacar bajo cuerda los medicamentos en fase de experimentación al exorbitante precio de 15.000 francos cada pastilla.

Para completar el guión, dos años antes de la catástrofe, se echó una amante, Corinne, a la que agasajaba constantemente. Un día su mujer sospechó a raíz de dos pequeños embustes, por lo que tuvo que cambiar la rutina de años anteriores. Las deudas se acumulaban. La estafa ascendía a dos millones y medio de francos. Posteriormente Jean -Claude también fue acusado de asesinar a su suegro, quien había muerto cinco años antes aparentemente al caerse por las escaleras de su casa y tras pedirle el dinero a su yerno. En principio se consideró un accidente, pero luego las sospechas recayeron sobre él. La suegra y viuda vendió la casa y dio también todo el dinero a Romand para que lo invirtiera.

Romand empezó temiendo a la realidad, por lo que eligió evadirse de ella tomando el atajo tortuoso de la mentira. Con sus mentiras no sólo perseguía vivir a costa de los demás, sino proyectar hacia el exterior una apariencia de ascenso social, de prestigio y éxito profesional. La apariencia de una familia perfecta de clase media alta. Temía al fracaso. Antes que arriesgarse a fracasar –ni siquiera lo intentó-, optó por fingir un éxito falso para atraerse la admiración de su entorno. Únicamente en este sentido le interesaban los otros. Jamás quiso a nadie. Engañaba porque no creía en las personas, ni siquiera en sus seres queridos. Tanto se esmeró en ocultar las emociones que al final las enterró para siempre.


Por miedo mintió, por miedo no quiso confesar su mentira y por miedo siguió mintiendo. A medida que las mentiras se agrandaban, su temor aumentaba de tamaño. Aquello más que un círculo vicioso, era una espiral. El miedo por el que se dejó atrapar no sólo no lo defendía sino que lo acobardó aún más. La perversa simbiosis del temor con la mentira –ambos se alimentan uno del otro- explica que percibiese a las personas damnificadas por sus engaños como enemigos a los que cuanto más engañaba, más motivos tenía para temerlos.

Atrapado en el engranaje de sus falsedades, Romand temió que se desmoronase la imagen de chico bueno, serio y de profesional intachable, en el que se podía confiar. Hasta que los eslabones de la cadena de embustes estallaron y, expulsado de la burbuja narcisista, de pronto se vio inmerso en la realidad, representada por su familia. Entonces arremetió contra ella.


Imagen de otra versión cinematográfica



Su caso llamó la atención de criminólogos, psicólogos y psiquiatras, que han tratado de hallar una explicación al quíntuple asesinato. También interesó al escritor Emmanuel Carrère (París, 1957), quien en el año 2000 publicó un libro titulado El adversario en el que, después de un intercambio de cartas con el asesino, de numerosas conversaciones con él y de asistir a las sesiones del juicio, ofrece un relato minucioso e impecable de su terrible historia. El título remite a Apocalipsis 12,7, donde se denomina al Diablo “El Adversario”, que “engaña al orbe entero”.
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