EDITH STEIN - LA ESTRUCTURA DE LA PERSONA HUMANA
CAP. II - La Antropología como Fundamento de la Pedagogía
I Las diferentes antropologías y su relevancia pedagógica
La idea del hombre es de relevancia decisiva para la estructura de la pedagogía y la labor educativa. La pedagogía que carece de respuesta a la pregunta: “quién es el hombre?” no hará sino construir castillos en el aire. Encontrar una respuesta a esta pregunta es la misión de la teoría del hombre, de la antropología.
1. La antropología como ciencia natural
Hasta hace pocos años se definía a la antropología como la ciencia que estudia al hombre como especie (emparentada con la zoología, basándose en la teoría de la evolución, viendo al hombre como una especie animal en el estadio evolutivo más alto alcanzado). Así se obtuvo una imagen empíricamente por observación y descripción.
Después se procede a estudiar las diferencias existentes dentro de esa unidad (se establecen tipos morfológicos delimitando razas, tribus, etc.).
Esa búsqueda de las causas hace pasar del punto de vista morfológico al histórico y evolutivo (intentando fijar la secuencia evolutiva del hombre y encontrar las leyes que rigen esa evolución).
Esta ciencia natural, morfológico-descriptiva y causal-explicativa, ¿es acaso la antropología que buscamos como fundamento de la pedagogía? Tiene relevancia pedagógica? Cuál es ésta?
Hay dos cosas a tener en cuenta:
a) el educador se ocupa de individuos humanos. En la medida en que son ejemplares de un tipo, el conocimiento de este último puede ayudarle a comprender al individuo. Pero ser ejemplar de un tipo nunca implica ser derivable y explicable por completo a partir del mismo.
b) el hecho de que existan razas y pueblos, y de que cada hombre concreto pertenece a alguno de ellos, confronta al pedagogo con la pregunta de cómo debe actuar ante ese hecho.
2. La captación del ser humano individual por las ciencias del espíritu
Desde los dos puntos de vista que nos han permitido detectar el fracaso de la antropología de la ciencia natural como fundamento de la pedagogía, a saber, su incapacidad tanto para comprender al hombre concreto como para proporcionarnos una jerarquía de nuestros objetivos. Debemos plantearnos las siguientes preguntas: ¿ existe una antropología que cumpla con esos requisitos? ¿hay una antropología que pueda ayudarnos a comprender la individualidad? ¿existen ciencias que tengan por objeto al individuo en su individualidad?
La escuela de Baden (Windelband-Rickert) distinguió entre ciencia nomotéticas (que buscan leyes universales) y ciencias idiográficas (que tienen por objeto la descripción de estructuras y contextos individuales), o, lo que es lo mismo, entre ciencias generalizadoras y ciencias individualizadoras.
Esta división se solapa con la que otros preferían entre ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu. Se puede considerar a las ciencias de la naturaleza como nomotéticas, porque hablan de una ley universal de formación y estudian al individuo sólo como ejemplar, y nunca en su individualidad. En cambio, no es posible equiparar a las ciencias ideográficas con las ciencias del espíritu.
3. El estudio universal del hombre que llevan a cabo las ciencias del espíritu
La individualidad es consustancial al hombre. La condición humana concreta que nos sale al paso en la vida real y que nos presentan los maestros del arte de la interpretación tiene un “logos”, una ley de su estructura y de su ser que todos pueden captar y que se puede poner de relieve en cada material concreto.
La antropología basada en lass ciencias de la naturaleza fracasó al no poder hacerse cargo de la individualidad. Hemos podido subsanar esa falta recurriendo a la antropología que se apoya en las ciencias del espíritu. Pero la antropología naturalista también fracasó en otro punto: no nos proporcionó criterio alguno para determinar qué importancia poseen en la tarea educativa las estructuras supraindividuales, como la raza y la humanidad.
Es tarea de la ciencia del espíritu empírica y, como tal, orientada a lo individual-concreto, estudiar el modo de ser propio de las razas, tribus y pueblos desde el punto de vista de lo espiritual. Hemos de indagar también en qué relación se encuentra el hombre individual con las colectividades a las que pertenece. Por regla general, en los individuos encontraremos una actitud guiada por valores hacia el todo del que se saben miembros.
Hay que considerar si no existe una jerarquía objetiva entre esas colectividades, a la que la pedagogía deba atender con independencia de las ideas imperantes en una época determinada. Una ciencia del espíritu empírica, que vaya a remolque de las estructuras y actitudes espirituales existentes de hecho, no nos sirve de mucho a este respecto.
Distinto es el caso de una ciencia general del espíritu que estudie la estructura del ser espiritual como tal y de las formas que pueden adquirir las colectividades espirituales.
Las preguntas acerca del valor y el deber se suele asignar a la ética, y la ética pasa por ser una disciplina filosófica. Lo que un objeto vale lo vale en razón de lo que es. La jerarquía de valores es una jerarquía de seres. Por lo tanto, la teoría del valor forma parte de la teoría general del ser u ontología, en la cual hemos de ver la doctrina filosófica fundamental, la “filosofía primera”.
De esta manera la antropología que necesitamos como fundamento de la pedagogía habrá de ser una antropología filosófica que estudie, en relación viva con el conjunto de la problemática filosófica, la estructura del hombre y su inserción en las distintas modalidades y territorios del ser a los que pertenece. También habrá de ocuparse de averiguar la causa de que dos ciencias empíricas estudien al hombre con métodos totalmente diferentes. El sentido y la justificación de este modo de proceder habrán de buscarse en la pertenencia del hombre a los diferentes ámbitos del ser a los que damos los nombres de “naturaleza” y “espíritu”.
4. Antropología teológico-metafísica cristiana
La teoría general del ser no debe limitarse al ser creado, sino que debe estudiar la diferencia y la relación existente entre el ser creado y el increado. Por ello, una antropología que no tuviese en cuenta la relación del hombre con Dios no sería completa, ni podría servir de base para la pedagogía. Si a la pedagogía le interesa abarcar al hombre entero, no renunciará a fuente alguna de la que pueda obtener información sobre él, y el pedagogo creyente no dejará de tener en cuenta la verdad revelada.
La antropología filosófica necesita el complemento de la antropología teológica. De teología y filosofía se compone el edificio de la metafísica cristiana. Que diseña una imagen global del mundo real. La construcción más impresionante de este tipo es el sistema de Santo Tomás de Aquino. En este sistema, la antropología ocupa una posición central, al igual que el hombre ocupa una posición única en el cosmos: es un microcosmos que reúne en sí los diferentes reinos del mundo creado. Por ello, en la antropología confluyen todas las cuestiones metafísicas, filosóficas y teológicas, y también desde ella parten caminos en todas las direcciones.
II Elección del método
1. Decisión entre filosófico y teológico, histórico y sistemático
En el prólogo de su Summa teológica, Santo Tomás ha expuesto la diferencia y la justificación independiente entre filosofía y teología con perfecta claridad.
El objeto de la teología es Dios. Y su método es tomar el conocimiento a traves de la revelación.Solamente se sirve del entendimiento natural para hacer comprensibles a los hombres, en la medida de lo posible, las verdades de la fe, para ordenarlas y para desarrollar sus consecuencias.
El objeto de la filosofía es el mundo creado. Y el método, el conocimiento natural. Tiene en cuenta las verdades de la fe como criterio que le permite someter a crítica sus propios resultados: dado que sólo existe una verdad, no puede ser verdadero nada que contradiga a la verdad revelada.
Nuestro camino será primero el filosófico.
Otra posibilidad sería adherirse a un sistema determinado, quizá la antropología de Santo Tomás. El problema: en algunos puntos esenciales soy de otra opinión, y perjudicaría a la claridad de la exposición.
2. El método fenomenológico
Por lo tanto, nuestro camino será el sistemático: tendremos que fijar nuestra atención en las cosas mismas e ir construyendo sobre esa base en la medida que podamos. En la elección de los problemas me dejaré guiar la mayor parte de las veces por Santo Tomás, para protegerme así de unilateralidades y disponer de una cierta garantía de que no pasaré por alto puntos esenciales.
El método con el cual trataré de solucionar los problemas es el fenomenológico (el método que E. Husserl elaboró y empleó).
El principio más elemental del método fenomenológico: fijar nuestra atención en las cosas mismas. Acercarse a las cosas con una mirada libre de prejuicios y beber de la intuición inmediata. Si queremos saber qué es el hombre, tenemos que ponernos del modo más vivo posible en la situación en la que experimentamos la existencia humana.
El segundo principio: dirigir la mirada a lo esencial. La intuición no es solamente la percepción sensible de una cosa determinada y particular, tal como es aquí y ahora. Existe una intuición de lo que la cosa es por esencia, y esto puede tener a su vez un doble significado: lo que la cosa es por su ser propia y lo que es por su esencia universal.
El acto en el que se capta la esencia es una percepción espiritual, que Husserl denominó intuición. Reside en toda experiencia particular como un factor que no puede faltar. Pero la intuición también se puede separar de esa experiencia particular y ser efectuada por sí misma.
III. Análisis preliminar del hombre
1. El hombre como cuerpo material, como ser vivo, ser animado, ser espiritual-microcosmos.
El material del que parte nuestra investigación acerca del hombre es por lo tanto lo que tenemos ante nuestros ojos en la experiencia viva.
El más sencillo análisis de la experiencia cotidiana nos revela algo de la estructura del cosmos y de la peculiar posición que ocupa el hombre en el mismo. Vemos al hombre como un microcosmos en el que se unen todos los estadios del reino del ser: ser vivo, ser animado, persona espiritual.
2. El hombre como persona espiritual: en su posición social y en su individualización, como ser histórico, comunitario y cultural
El mundo del hombre es un mundo social, en el que cada uno desempeña su papel determinado, y frecuentemente más de un papel.
Ahora bien, vemos al hombre no solamente como hombre. Con más o menos fuerza, ya en el primer encuentro nos sale al paso frecuentemente lo que él mismo es como persona individual, cómo es él, cuál es su naturaleza y su carácter. Los rasgos del rostro, la mirada, los gestos, el timbre de voz, en muchas cosas que no somos conscientes. Y nos afecta interiormente, nos repele o nos atrae.
Los hombres son personas con un modo de ser propio e individual. La concepción que tienen unos de otros no es meramente intelectual, sino que se da una relación interna más o menos profunda, o al menos hay algo de ello en todo encuentro vivo.
Si pasamos a la convivencia duradera, lo externo y lo universal casi siempre retroceden más y más tras lo interno y personal. La relación se hace más expresa. Va entrando cada vez más algo de la “historia” del hombre, de su “destino”, y en relación con ello una conciencia de la recíproca responsabilidad. La vida del hombre es una vida en comunidad y un proceso recíprocamente condicionado.
Vivir en comunidad con hombres quiere decir verlos actuar y actuar con ellos. La vida del hombre es una vida cultural. El mundo del hombre es un mundo espiritual pluriforme, constituido por personas individuales y por comunidades, por formas sociales y por obras del espíritu. En él está el hombre, en él vive, dentro de él mira, en él le salen al encuentro la existencia y la condición humanas.
3. En su apertura hacia dentro y hacia afuera
El hombre experimenta la existencia del hombre y la condición humana en otros, pero también en sí mismo. Mediante la percepción soy consciente de mí mismo, no meramente de la corporalidad, sino de todo el yo corporal-anímico-espiritual. La existencia del hombre está abierta hacia dentro, es una existencia abierta para sí misma, pero precisamente por eso está abierta hacia fuera y es una experiencia abierta que puede contener en sí un mundo.
4. Como buscador de Dios
Tanto en su interior como en el mundo externo, el hombre halla indicios de algo que está por encima de él y de todo lo demás, y de lo que él y todo lo demás dependen. La pregunta acerca de ser, la búsqueda de Dios, pertenece al ser del hombre. Investigar hasta dónde puede llegar en esta búsqueda con sus medio naturales es todavía tarea de la filosofía, una tarea en que la antropología y la teoría del conocimiento se encuentran.
CAP. II - La Antropología como Fundamento de la Pedagogía
I Las diferentes antropologías y su relevancia pedagógica
La idea del hombre es de relevancia decisiva para la estructura de la pedagogía y la labor educativa. La pedagogía que carece de respuesta a la pregunta: “quién es el hombre?” no hará sino construir castillos en el aire. Encontrar una respuesta a esta pregunta es la misión de la teoría del hombre, de la antropología.
1. La antropología como ciencia natural
Hasta hace pocos años se definía a la antropología como la ciencia que estudia al hombre como especie (emparentada con la zoología, basándose en la teoría de la evolución, viendo al hombre como una especie animal en el estadio evolutivo más alto alcanzado). Así se obtuvo una imagen empíricamente por observación y descripción.
Después se procede a estudiar las diferencias existentes dentro de esa unidad (se establecen tipos morfológicos delimitando razas, tribus, etc.).
Esa búsqueda de las causas hace pasar del punto de vista morfológico al histórico y evolutivo (intentando fijar la secuencia evolutiva del hombre y encontrar las leyes que rigen esa evolución).
Esta ciencia natural, morfológico-descriptiva y causal-explicativa, ¿es acaso la antropología que buscamos como fundamento de la pedagogía? Tiene relevancia pedagógica? Cuál es ésta?
Hay dos cosas a tener en cuenta:
a) el educador se ocupa de individuos humanos. En la medida en que son ejemplares de un tipo, el conocimiento de este último puede ayudarle a comprender al individuo. Pero ser ejemplar de un tipo nunca implica ser derivable y explicable por completo a partir del mismo.
b) el hecho de que existan razas y pueblos, y de que cada hombre concreto pertenece a alguno de ellos, confronta al pedagogo con la pregunta de cómo debe actuar ante ese hecho.
2. La captación del ser humano individual por las ciencias del espíritu
Desde los dos puntos de vista que nos han permitido detectar el fracaso de la antropología de la ciencia natural como fundamento de la pedagogía, a saber, su incapacidad tanto para comprender al hombre concreto como para proporcionarnos una jerarquía de nuestros objetivos. Debemos plantearnos las siguientes preguntas: ¿ existe una antropología que cumpla con esos requisitos? ¿hay una antropología que pueda ayudarnos a comprender la individualidad? ¿existen ciencias que tengan por objeto al individuo en su individualidad?
La escuela de Baden (Windelband-Rickert) distinguió entre ciencia nomotéticas (que buscan leyes universales) y ciencias idiográficas (que tienen por objeto la descripción de estructuras y contextos individuales), o, lo que es lo mismo, entre ciencias generalizadoras y ciencias individualizadoras.
Esta división se solapa con la que otros preferían entre ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu. Se puede considerar a las ciencias de la naturaleza como nomotéticas, porque hablan de una ley universal de formación y estudian al individuo sólo como ejemplar, y nunca en su individualidad. En cambio, no es posible equiparar a las ciencias ideográficas con las ciencias del espíritu.
3. El estudio universal del hombre que llevan a cabo las ciencias del espíritu
La individualidad es consustancial al hombre. La condición humana concreta que nos sale al paso en la vida real y que nos presentan los maestros del arte de la interpretación tiene un “logos”, una ley de su estructura y de su ser que todos pueden captar y que se puede poner de relieve en cada material concreto.
La antropología basada en lass ciencias de la naturaleza fracasó al no poder hacerse cargo de la individualidad. Hemos podido subsanar esa falta recurriendo a la antropología que se apoya en las ciencias del espíritu. Pero la antropología naturalista también fracasó en otro punto: no nos proporcionó criterio alguno para determinar qué importancia poseen en la tarea educativa las estructuras supraindividuales, como la raza y la humanidad.
Es tarea de la ciencia del espíritu empírica y, como tal, orientada a lo individual-concreto, estudiar el modo de ser propio de las razas, tribus y pueblos desde el punto de vista de lo espiritual. Hemos de indagar también en qué relación se encuentra el hombre individual con las colectividades a las que pertenece. Por regla general, en los individuos encontraremos una actitud guiada por valores hacia el todo del que se saben miembros.
Hay que considerar si no existe una jerarquía objetiva entre esas colectividades, a la que la pedagogía deba atender con independencia de las ideas imperantes en una época determinada. Una ciencia del espíritu empírica, que vaya a remolque de las estructuras y actitudes espirituales existentes de hecho, no nos sirve de mucho a este respecto.
Distinto es el caso de una ciencia general del espíritu que estudie la estructura del ser espiritual como tal y de las formas que pueden adquirir las colectividades espirituales.
Las preguntas acerca del valor y el deber se suele asignar a la ética, y la ética pasa por ser una disciplina filosófica. Lo que un objeto vale lo vale en razón de lo que es. La jerarquía de valores es una jerarquía de seres. Por lo tanto, la teoría del valor forma parte de la teoría general del ser u ontología, en la cual hemos de ver la doctrina filosófica fundamental, la “filosofía primera”.
De esta manera la antropología que necesitamos como fundamento de la pedagogía habrá de ser una antropología filosófica que estudie, en relación viva con el conjunto de la problemática filosófica, la estructura del hombre y su inserción en las distintas modalidades y territorios del ser a los que pertenece. También habrá de ocuparse de averiguar la causa de que dos ciencias empíricas estudien al hombre con métodos totalmente diferentes. El sentido y la justificación de este modo de proceder habrán de buscarse en la pertenencia del hombre a los diferentes ámbitos del ser a los que damos los nombres de “naturaleza” y “espíritu”.
4. Antropología teológico-metafísica cristiana
La teoría general del ser no debe limitarse al ser creado, sino que debe estudiar la diferencia y la relación existente entre el ser creado y el increado. Por ello, una antropología que no tuviese en cuenta la relación del hombre con Dios no sería completa, ni podría servir de base para la pedagogía. Si a la pedagogía le interesa abarcar al hombre entero, no renunciará a fuente alguna de la que pueda obtener información sobre él, y el pedagogo creyente no dejará de tener en cuenta la verdad revelada.
La antropología filosófica necesita el complemento de la antropología teológica. De teología y filosofía se compone el edificio de la metafísica cristiana. Que diseña una imagen global del mundo real. La construcción más impresionante de este tipo es el sistema de Santo Tomás de Aquino. En este sistema, la antropología ocupa una posición central, al igual que el hombre ocupa una posición única en el cosmos: es un microcosmos que reúne en sí los diferentes reinos del mundo creado. Por ello, en la antropología confluyen todas las cuestiones metafísicas, filosóficas y teológicas, y también desde ella parten caminos en todas las direcciones.
II Elección del método
1. Decisión entre filosófico y teológico, histórico y sistemático
En el prólogo de su Summa teológica, Santo Tomás ha expuesto la diferencia y la justificación independiente entre filosofía y teología con perfecta claridad.
El objeto de la teología es Dios. Y su método es tomar el conocimiento a traves de la revelación.Solamente se sirve del entendimiento natural para hacer comprensibles a los hombres, en la medida de lo posible, las verdades de la fe, para ordenarlas y para desarrollar sus consecuencias.
El objeto de la filosofía es el mundo creado. Y el método, el conocimiento natural. Tiene en cuenta las verdades de la fe como criterio que le permite someter a crítica sus propios resultados: dado que sólo existe una verdad, no puede ser verdadero nada que contradiga a la verdad revelada.
Nuestro camino será primero el filosófico.
Otra posibilidad sería adherirse a un sistema determinado, quizá la antropología de Santo Tomás. El problema: en algunos puntos esenciales soy de otra opinión, y perjudicaría a la claridad de la exposición.
2. El método fenomenológico
Por lo tanto, nuestro camino será el sistemático: tendremos que fijar nuestra atención en las cosas mismas e ir construyendo sobre esa base en la medida que podamos. En la elección de los problemas me dejaré guiar la mayor parte de las veces por Santo Tomás, para protegerme así de unilateralidades y disponer de una cierta garantía de que no pasaré por alto puntos esenciales.
El método con el cual trataré de solucionar los problemas es el fenomenológico (el método que E. Husserl elaboró y empleó).
El principio más elemental del método fenomenológico: fijar nuestra atención en las cosas mismas. Acercarse a las cosas con una mirada libre de prejuicios y beber de la intuición inmediata. Si queremos saber qué es el hombre, tenemos que ponernos del modo más vivo posible en la situación en la que experimentamos la existencia humana.
El segundo principio: dirigir la mirada a lo esencial. La intuición no es solamente la percepción sensible de una cosa determinada y particular, tal como es aquí y ahora. Existe una intuición de lo que la cosa es por esencia, y esto puede tener a su vez un doble significado: lo que la cosa es por su ser propia y lo que es por su esencia universal.
El acto en el que se capta la esencia es una percepción espiritual, que Husserl denominó intuición. Reside en toda experiencia particular como un factor que no puede faltar. Pero la intuición también se puede separar de esa experiencia particular y ser efectuada por sí misma.
III. Análisis preliminar del hombre
1. El hombre como cuerpo material, como ser vivo, ser animado, ser espiritual-microcosmos.
El material del que parte nuestra investigación acerca del hombre es por lo tanto lo que tenemos ante nuestros ojos en la experiencia viva.
El más sencillo análisis de la experiencia cotidiana nos revela algo de la estructura del cosmos y de la peculiar posición que ocupa el hombre en el mismo. Vemos al hombre como un microcosmos en el que se unen todos los estadios del reino del ser: ser vivo, ser animado, persona espiritual.
2. El hombre como persona espiritual: en su posición social y en su individualización, como ser histórico, comunitario y cultural
El mundo del hombre es un mundo social, en el que cada uno desempeña su papel determinado, y frecuentemente más de un papel.
Ahora bien, vemos al hombre no solamente como hombre. Con más o menos fuerza, ya en el primer encuentro nos sale al paso frecuentemente lo que él mismo es como persona individual, cómo es él, cuál es su naturaleza y su carácter. Los rasgos del rostro, la mirada, los gestos, el timbre de voz, en muchas cosas que no somos conscientes. Y nos afecta interiormente, nos repele o nos atrae.
Los hombres son personas con un modo de ser propio e individual. La concepción que tienen unos de otros no es meramente intelectual, sino que se da una relación interna más o menos profunda, o al menos hay algo de ello en todo encuentro vivo.
Si pasamos a la convivencia duradera, lo externo y lo universal casi siempre retroceden más y más tras lo interno y personal. La relación se hace más expresa. Va entrando cada vez más algo de la “historia” del hombre, de su “destino”, y en relación con ello una conciencia de la recíproca responsabilidad. La vida del hombre es una vida en comunidad y un proceso recíprocamente condicionado.
Vivir en comunidad con hombres quiere decir verlos actuar y actuar con ellos. La vida del hombre es una vida cultural. El mundo del hombre es un mundo espiritual pluriforme, constituido por personas individuales y por comunidades, por formas sociales y por obras del espíritu. En él está el hombre, en él vive, dentro de él mira, en él le salen al encuentro la existencia y la condición humanas.
3. En su apertura hacia dentro y hacia afuera
El hombre experimenta la existencia del hombre y la condición humana en otros, pero también en sí mismo. Mediante la percepción soy consciente de mí mismo, no meramente de la corporalidad, sino de todo el yo corporal-anímico-espiritual. La existencia del hombre está abierta hacia dentro, es una existencia abierta para sí misma, pero precisamente por eso está abierta hacia fuera y es una experiencia abierta que puede contener en sí un mundo.
4. Como buscador de Dios
Tanto en su interior como en el mundo externo, el hombre halla indicios de algo que está por encima de él y de todo lo demás, y de lo que él y todo lo demás dependen. La pregunta acerca de ser, la búsqueda de Dios, pertenece al ser del hombre. Investigar hasta dónde puede llegar en esta búsqueda con sus medio naturales es todavía tarea de la filosofía, una tarea en que la antropología y la teoría del conocimiento se encuentran.