La monografía que les comparto a continuación fué presentada por mi para la carrera de Profesorado de Historia.
La bibliografía se encuentra al final del post
En 1983, con la restauración democrática, Antonio Cafiero se convirtió en uno de los dirigentes más importantes y convocantes del justicialismo. Luego de la elección de septiembre de 1987 creció su figura ya que era gobernador de Buenos Aires, presidente del Partido Justicialista y jefe del grupo renovador, además se perfilaba como posible sucesor de Alfonsín. Cafiero y los renovadores habían reorganizado el peronismo a imagen y semejanza del alfonsinismo: respeto a las instituciones republicanas, propuestas modernas y democráticas, vínculos con sectores intelectuales, distanciamiento de grandes corporaciones y el establecimiento de un acuerdo con el gobierno radical de hacer una sucesión ordenada entre una presidencia y la otra.
Por su parte, Alfonsín tomó distancia del movimiento Renovación y Cambio, anteriormente dominante, y otorgó protagonismo a un sector de la Junta Coordinadora, liderada por Enrique Nosiglia. Después de 1989, Nosiglia y su entorno consolidaron una oscura corriente dentro del radicalismo, el nosiglismo. “En ese sentido, puede ser considerado un auténtico antecesor de la modalidad de gestión corporativa, basada en acuerdos secretos y circulación de dádivas y prebendas que utilizó sistemáticamente el menemismo para asegurar en el Congreso la aprobación de su programa neoliberal de privatizaciones ”: ( Pucciarelli, 2011:32).
El competidor de Cafiero dentro del peronismo fue el gobernador de La Rioja, Carlos Menem, también enrolado en la renovación, pero cultor de un estilo político más tradicional. Es por esto que discursivamente logra establecer un paralelismo entre Cafiero y Alfonsín, logrando así emparentarlo con la crisis económica del gobierno radical. Menem demostró una notable capacidad para reunir en torno suyo diferentes segmentos del peronismo, desde los dirigentes sindicales, rechazados por Cafiero, hasta antiguos militantes de la extrema derecha o la extrema izquierda de los años setenta, junto con caudillos o dirigentes locales desplazados por los renovadores, como Eduardo Duhalde, que le construyó una sólida base electoral en la provincia de Buenos Aires.
Los cafieristas se ocupaban de remarcar que en el “menemóvil” – colectivo utilizado para encabezar las caravanas del candidato riojano – se agrupaba lo más ortodoxo de la derecha peronista, los sindicalistas de las 62 organizaciones y el Peronismo Revolucionario. A pesar de las críticas, Menem recibía una impresionante adhesión en cada acto público. “Cada caravana se convertía en una suerte de acto religioso, en el que las madres alzaban a sus hijos para que fueran bendecidos, o tiraban sobre el camión pañuelos para que Menem los besara. Durante un acto en Lanús, un hombre le alcanzó un enorme pan casero y, después de que Menem lo besó, comenzó a trozarlo y repartirlo.”: ( Cerruti, 1994:241).
Con este heterogéneo apoyo, explotando su figura de caudillo tradicional para diferenciarse de sus rivales, y sin necesidad de precisar una propuesta o programa, ganó la elección interna – realizada mediante el voto directo de los afiliados-, y en julio de 1988 quedó consagrado como candidato a presidente. Por su parte el candidato presidencial del radicalismo, Eduardo Angeloz, todavía le hablaba al votante de los ´80.
Se familiarizó con las propuestas neoliberales, que estaban ganado consenso, y se vinculó con el grupo Bunge y Born. Tejió en privado sólidas alianzas con los dirigentes de la Iglesia y los oficiales de las Fuerzas Armadas, incluyendo a los “carapintadas”. Pero en público apeló al vasto mundo de “los humildes”, a quiénes se dirigió con un discurso mesiánico, con un despliegue escenográfico que resaltaba su figura, haciendo hincapié en los conceptos de “revolución productiva” y el “salariazo”.
Toda esta estrategia comunicacional se apoyaba sobre una red clientelar, la interpelación menemista lograba disciplinar a sus seguidores. Utilizaba una lógica maniquea de amigo-enemigo, los que están conmigo o los que están en mi contra. “Este tipo de discurso, que algunos han denominado como “populista”, resultaba música para los oídos de las masas populares, sedientas de un liderazgo que garantizara orden político y estabilidad económica” Fair, 2009:54). Si en el voluntarismo se acercaba al estilo de Alfonsín, todo lo demás lo diferenciaba, al tiempo que testimoniaba la realidad de una sociedad que estaba emergiendo, dominada por la miseria, en la que este tipo de discurso resultaba muchas más eficaz que la interpelación racional. No se podía asegurar que haría exactamente el candidato peronista en el poder, pero estaba claro que sería pragmático y poco apegado a los compromisos programáticos.
Ya en el poder durante su primera presidencia y en pos de su pragmatismo, se trataba de acabar con todas las instancias de debate y consulta que retardaban la toma de decisiones. Mientras se ganaba la confianza del establishment, Menem procedió a ampliar su poder, estirando los límites de lo legal. “Así, con la excusa de la “necesidad” de apurar los trámites de reforma del Estado sin tener que acudir a discusiones “estériles”, el Presidente abusará durante su mandato de los llamados decretos “de necesidad y urgencia”, la legislación delegada y los vetos parciales y totales, dejando en un lugar subordinado al Congreso.”: ( Fair, 2009:55). Con la ampliación de la Corte Suprema se aseguró la mayoría; la Corte falló en favor del Ejecutivo en cada situación discutida. Cuando el Congreso empezó a cuestionar algunas de sus iniciativas, Menem recurrió a los vetos parciales de las leyes y a los Decretos de Necesidad y Urgencia.
Menem se concentró en la política, pero no se ocupó de las cuestiones de administración o gestión, que delegó en un grupo de colaboradores, como Carlos Corach, Roberto Dromi o Domingo Cavallo. “El partido debía convertirse en una herramienta electoral al servicio del proyecto de gobierno. El nuevo movimiento político que Menem encabezaría tenía una estructura de relación casi religiosa con el líder, y cualquier forma de mediación estaba prohibida”. : ( Cerruti, 1994:329).
Transformó a la quinta de Olivos en una suerte de corte, rodeado de un círculo íntimo. A los vínculos de amistad se sumaron otros, derivados del poder y sus beneficios. La corrupción se convirtió en una herramienta más del gobierno menemista y se integró a la máquina política. Los agentes de los grandes lobbies destinaban parte de sus beneficios a las “cajas negras”, cuyo contenido se redistribuía entre los funcionarios. “De esta manera, con una “corte adicta” al poder político, el Presidente no tendrá inconvenientes ya no sólo con los casos de corrupción, que sistemáticamente quedarán en la nada, sino también con las políticas de inconstitucionalidad que serán pedidas por legisladores y particulares. En ese contexto, el gobierno menemista no sólo degradará al Poder Legislativo, sino también a la Justicia, acusada de fomentar la impunidad y defender los intereses políticos del Gobierno”: ( Fair, 2009:56).
La astucia de Menem se manifestó en su capacidad para hacer que el peronismo aceptara las reformas, que suponían un giro radical en sus tradiciones. El peronismo de 1989 ya no era el de antes. El control de gobernaciones e intendencias y de sus recursos permitió a los dirigentes políticos independizarse de los sindicalistas. En el nuevo contexto de pluralismo, se atenuó la identificación del peronismo con el “pueblo”.
“El viraje en la relación representativa que se produjo en este periodo, como producto de los cambios antes mencionados, encuadra en lo que Touraine denomina “crisis de la representación política”, caracterizada por el acento puesto en la comunicación, lo cual otorga mayor autonomía a los políticos, quienes se centran en su imagen y en la comunicación de los mensajes al no considerarse ya representantes del pueblo o de un conjunto de categorías sociales”. : ( Gallo, 2008:87). Los “enemigos del pueblo” pasaron a ser simplemente adversarios y en ese sentido se mantuvo la convivencia política.
Menem no necesitó ni la Plaza ni el balcón para comunicarse con la gente. Jugaba al fútbol o al básquet, o visitaba programas de televisión populares, opinando sobre temas diversos. Atento a los humores y a las demandas de la sociedad, percibidas a través de la prensa o en encuestas de opinión, daba una respuesta rápida, que no requería de mucha deliberación. “La cultura del zapping y del videoclip se extrapoló al terreno político: el nuevo ciudadano dejó de participar en movilizaciones masivas o en grandes actos partidarios, para remitirse a percibir simplificaciones extremas, mensajes mínimos, que pudiera ir intercalando con los otros múltiples estímulos televisivos que le eran presentados simultáneamente.” : ( Gallo, 2008:91). En suma, Menem demostró que para gobernar podría prescindir del peronismo y sus cuadros.
El 6 de abril de 1990 se produjo La Plaza del Sí, una campaña de apoyo al gobierno convocada por el periodista Bernardo Neustadt que contó con la organización del sindicalista Luis Barrionuevo. Rápidamente se sumaron a la convocatoria dos comunicadores: Gerardo Sofovich y el director de Ámbito Financiero, Julio Ramos. Convirtieron el acto en una cruzada personal. Durante todo el día convocaron a la marcha por radio y televisión. La gente asistió a la manifestación sin pancartas políticas (Asistieron 80.000 personas). Menem salió al balcón por primera vez desde que asumiera la Presidencia y anuncio que él no era el jefe de un partido, sino de la Patria, hizo un breve discurso y pidió unidad nacional. “Un acto que era una suerte de reverso del 17 de Octubre que había dado origen al peronismo. Los liberales estaban convencidos de que había nacido un movimiento. Los peronistas sabían que otro había muerto.”: ( Cerruti, 1994:332).
El movimiento “renovador” se disolvió y muchos de sus dirigentes se incorporaron al menemismo. En la provincia de Buenos Aires, Cafiero fue reemplazado por el vicepresidente Eduardo Duhalde, electo gobernador en 1991. Duhalde construyó en la provincia un sólido aparato político. Menem logró la adhesión de algunos sindicalistas, que advirtieron los beneficios de plegarse a la política reformista.
Muchos dirigentes obtuvieron beneficios personales, y algunos gremios como Luz y Fuerza o la Unión Ferroviaria, transformados en organizaciones empresarias, aprovecharon las prebendas de las privatizaciones. “Cuando el proceso de apoderamiento de la dirección partidaria por el menemismo llegó a su fin, el partido se había transformado en una organización fantasma, sin normas, funciones, ni referentes. Bajo la dirección del menemismo quedó sin sustancia, vaciado de contenido ideológico, reducidas al mínimo sus funciones, para colocarlo al servicio de la consolidación de nuevos poderes territoriales” : ( Pucciarelli, 2011:55).
Bibliografía:
• Pucciarelli, Alfredo, “Menemismo. La construcción política del peronismo neoliberal” en Pucciarelli, Alfredo (comp.), Los años del menemismo. La construcción de un orden neoliberal, Siglo XXI, 2011
• Aboy Carles, Gerardo, Las dos fronteras de la democracia argentina, Rosario, Homo Sapiens, 200, cap 4.
• Acuña, Carlos H., y William C. Smith, "La economía política del ajuste estructural: la lógica de apoyo y oposición a las reformas neoliberales", en Desarrollo Económico, N° 141, Buenos Aires, abril-junio 1996.
• Navarro, Mario F., "Democracia y reformas estructurales: explicaciones de la tolerancia popular y el ajuste económico", en Desarrollo Económico, N° 139, Buenos Aires, octubre-diciembre 1995.
• Gallo, Adriana “Las relaciones de poder durante el menemismo.Las transformaciones en la reformulación del poder, en la Argentina de los noventa” en Espiral, Estudios sobre Estado y SociedadVol. XIV No. 41 Enero / Abril de 2008
• Hernán Fair, “La década menemista: luces y sombras” en HAOL, Núm. 19 (Primavera, 2009), 53-63
• Pucciarelli, Alfredo “Introducción. Los años de la Alianza: transformación de la crisis de acumulación en crisis orgánica” en Pucciarelli, Alfredo (comp.), Castellani, Ana (comp.), Los años de la Alianza. La crisis del orden neoliberal, Siglo XXI, 2014
• Pucciarelli, Alfredo “Crisis sobre crisis: la Ley de Déficit Cero. Golpe de mercado, retorno de la ultraortodoxia, crisis política y comienzo de la resistencia popular” en Pucciarelli, Alfredo (comp.), Castellani, Ana (comp.), Los años de la Alianza. La crisis del orden neoliberal, Siglo XXI, 2014
• Varesi, Gastón Ángel. “El gobierno de Eduar-do Duhalde: hegemonía y acumulación en el incio de la Argentina posconvertibilidad, 2002-2003” en apeles de Trabajo, 8 (14), pp. 168-191, 2014
• Cerruti, Gabriela, El Jefe, Planeta, 1994.
• Rodríguez, Martín, Orden y progresismo: los años kirchneristas, Emecé, 2014.
• Novaro, Marco, Historia de la Argentina, Siglo XXI, 2017
• Semán, Ernesto, Educando a Fernando, Planeta, 1999.
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En 1983, con la restauración democrática, Antonio Cafiero se convirtió en uno de los dirigentes más importantes y convocantes del justicialismo. Luego de la elección de septiembre de 1987 creció su figura ya que era gobernador de Buenos Aires, presidente del Partido Justicialista y jefe del grupo renovador, además se perfilaba como posible sucesor de Alfonsín. Cafiero y los renovadores habían reorganizado el peronismo a imagen y semejanza del alfonsinismo: respeto a las instituciones republicanas, propuestas modernas y democráticas, vínculos con sectores intelectuales, distanciamiento de grandes corporaciones y el establecimiento de un acuerdo con el gobierno radical de hacer una sucesión ordenada entre una presidencia y la otra.
Por su parte, Alfonsín tomó distancia del movimiento Renovación y Cambio, anteriormente dominante, y otorgó protagonismo a un sector de la Junta Coordinadora, liderada por Enrique Nosiglia. Después de 1989, Nosiglia y su entorno consolidaron una oscura corriente dentro del radicalismo, el nosiglismo. “En ese sentido, puede ser considerado un auténtico antecesor de la modalidad de gestión corporativa, basada en acuerdos secretos y circulación de dádivas y prebendas que utilizó sistemáticamente el menemismo para asegurar en el Congreso la aprobación de su programa neoliberal de privatizaciones ”: ( Pucciarelli, 2011:32).
El competidor de Cafiero dentro del peronismo fue el gobernador de La Rioja, Carlos Menem, también enrolado en la renovación, pero cultor de un estilo político más tradicional. Es por esto que discursivamente logra establecer un paralelismo entre Cafiero y Alfonsín, logrando así emparentarlo con la crisis económica del gobierno radical. Menem demostró una notable capacidad para reunir en torno suyo diferentes segmentos del peronismo, desde los dirigentes sindicales, rechazados por Cafiero, hasta antiguos militantes de la extrema derecha o la extrema izquierda de los años setenta, junto con caudillos o dirigentes locales desplazados por los renovadores, como Eduardo Duhalde, que le construyó una sólida base electoral en la provincia de Buenos Aires.
Los cafieristas se ocupaban de remarcar que en el “menemóvil” – colectivo utilizado para encabezar las caravanas del candidato riojano – se agrupaba lo más ortodoxo de la derecha peronista, los sindicalistas de las 62 organizaciones y el Peronismo Revolucionario. A pesar de las críticas, Menem recibía una impresionante adhesión en cada acto público. “Cada caravana se convertía en una suerte de acto religioso, en el que las madres alzaban a sus hijos para que fueran bendecidos, o tiraban sobre el camión pañuelos para que Menem los besara. Durante un acto en Lanús, un hombre le alcanzó un enorme pan casero y, después de que Menem lo besó, comenzó a trozarlo y repartirlo.”: ( Cerruti, 1994:241).
Con este heterogéneo apoyo, explotando su figura de caudillo tradicional para diferenciarse de sus rivales, y sin necesidad de precisar una propuesta o programa, ganó la elección interna – realizada mediante el voto directo de los afiliados-, y en julio de 1988 quedó consagrado como candidato a presidente. Por su parte el candidato presidencial del radicalismo, Eduardo Angeloz, todavía le hablaba al votante de los ´80.
Se familiarizó con las propuestas neoliberales, que estaban ganado consenso, y se vinculó con el grupo Bunge y Born. Tejió en privado sólidas alianzas con los dirigentes de la Iglesia y los oficiales de las Fuerzas Armadas, incluyendo a los “carapintadas”. Pero en público apeló al vasto mundo de “los humildes”, a quiénes se dirigió con un discurso mesiánico, con un despliegue escenográfico que resaltaba su figura, haciendo hincapié en los conceptos de “revolución productiva” y el “salariazo”.
Toda esta estrategia comunicacional se apoyaba sobre una red clientelar, la interpelación menemista lograba disciplinar a sus seguidores. Utilizaba una lógica maniquea de amigo-enemigo, los que están conmigo o los que están en mi contra. “Este tipo de discurso, que algunos han denominado como “populista”, resultaba música para los oídos de las masas populares, sedientas de un liderazgo que garantizara orden político y estabilidad económica” Fair, 2009:54). Si en el voluntarismo se acercaba al estilo de Alfonsín, todo lo demás lo diferenciaba, al tiempo que testimoniaba la realidad de una sociedad que estaba emergiendo, dominada por la miseria, en la que este tipo de discurso resultaba muchas más eficaz que la interpelación racional. No se podía asegurar que haría exactamente el candidato peronista en el poder, pero estaba claro que sería pragmático y poco apegado a los compromisos programáticos.
Ya en el poder durante su primera presidencia y en pos de su pragmatismo, se trataba de acabar con todas las instancias de debate y consulta que retardaban la toma de decisiones. Mientras se ganaba la confianza del establishment, Menem procedió a ampliar su poder, estirando los límites de lo legal. “Así, con la excusa de la “necesidad” de apurar los trámites de reforma del Estado sin tener que acudir a discusiones “estériles”, el Presidente abusará durante su mandato de los llamados decretos “de necesidad y urgencia”, la legislación delegada y los vetos parciales y totales, dejando en un lugar subordinado al Congreso.”: ( Fair, 2009:55). Con la ampliación de la Corte Suprema se aseguró la mayoría; la Corte falló en favor del Ejecutivo en cada situación discutida. Cuando el Congreso empezó a cuestionar algunas de sus iniciativas, Menem recurrió a los vetos parciales de las leyes y a los Decretos de Necesidad y Urgencia.
Menem se concentró en la política, pero no se ocupó de las cuestiones de administración o gestión, que delegó en un grupo de colaboradores, como Carlos Corach, Roberto Dromi o Domingo Cavallo. “El partido debía convertirse en una herramienta electoral al servicio del proyecto de gobierno. El nuevo movimiento político que Menem encabezaría tenía una estructura de relación casi religiosa con el líder, y cualquier forma de mediación estaba prohibida”. : ( Cerruti, 1994:329).
Transformó a la quinta de Olivos en una suerte de corte, rodeado de un círculo íntimo. A los vínculos de amistad se sumaron otros, derivados del poder y sus beneficios. La corrupción se convirtió en una herramienta más del gobierno menemista y se integró a la máquina política. Los agentes de los grandes lobbies destinaban parte de sus beneficios a las “cajas negras”, cuyo contenido se redistribuía entre los funcionarios. “De esta manera, con una “corte adicta” al poder político, el Presidente no tendrá inconvenientes ya no sólo con los casos de corrupción, que sistemáticamente quedarán en la nada, sino también con las políticas de inconstitucionalidad que serán pedidas por legisladores y particulares. En ese contexto, el gobierno menemista no sólo degradará al Poder Legislativo, sino también a la Justicia, acusada de fomentar la impunidad y defender los intereses políticos del Gobierno”: ( Fair, 2009:56).
La astucia de Menem se manifestó en su capacidad para hacer que el peronismo aceptara las reformas, que suponían un giro radical en sus tradiciones. El peronismo de 1989 ya no era el de antes. El control de gobernaciones e intendencias y de sus recursos permitió a los dirigentes políticos independizarse de los sindicalistas. En el nuevo contexto de pluralismo, se atenuó la identificación del peronismo con el “pueblo”.
“El viraje en la relación representativa que se produjo en este periodo, como producto de los cambios antes mencionados, encuadra en lo que Touraine denomina “crisis de la representación política”, caracterizada por el acento puesto en la comunicación, lo cual otorga mayor autonomía a los políticos, quienes se centran en su imagen y en la comunicación de los mensajes al no considerarse ya representantes del pueblo o de un conjunto de categorías sociales”. : ( Gallo, 2008:87). Los “enemigos del pueblo” pasaron a ser simplemente adversarios y en ese sentido se mantuvo la convivencia política.
Menem no necesitó ni la Plaza ni el balcón para comunicarse con la gente. Jugaba al fútbol o al básquet, o visitaba programas de televisión populares, opinando sobre temas diversos. Atento a los humores y a las demandas de la sociedad, percibidas a través de la prensa o en encuestas de opinión, daba una respuesta rápida, que no requería de mucha deliberación. “La cultura del zapping y del videoclip se extrapoló al terreno político: el nuevo ciudadano dejó de participar en movilizaciones masivas o en grandes actos partidarios, para remitirse a percibir simplificaciones extremas, mensajes mínimos, que pudiera ir intercalando con los otros múltiples estímulos televisivos que le eran presentados simultáneamente.” : ( Gallo, 2008:91). En suma, Menem demostró que para gobernar podría prescindir del peronismo y sus cuadros.
El 6 de abril de 1990 se produjo La Plaza del Sí, una campaña de apoyo al gobierno convocada por el periodista Bernardo Neustadt que contó con la organización del sindicalista Luis Barrionuevo. Rápidamente se sumaron a la convocatoria dos comunicadores: Gerardo Sofovich y el director de Ámbito Financiero, Julio Ramos. Convirtieron el acto en una cruzada personal. Durante todo el día convocaron a la marcha por radio y televisión. La gente asistió a la manifestación sin pancartas políticas (Asistieron 80.000 personas). Menem salió al balcón por primera vez desde que asumiera la Presidencia y anuncio que él no era el jefe de un partido, sino de la Patria, hizo un breve discurso y pidió unidad nacional. “Un acto que era una suerte de reverso del 17 de Octubre que había dado origen al peronismo. Los liberales estaban convencidos de que había nacido un movimiento. Los peronistas sabían que otro había muerto.”: ( Cerruti, 1994:332).
El movimiento “renovador” se disolvió y muchos de sus dirigentes se incorporaron al menemismo. En la provincia de Buenos Aires, Cafiero fue reemplazado por el vicepresidente Eduardo Duhalde, electo gobernador en 1991. Duhalde construyó en la provincia un sólido aparato político. Menem logró la adhesión de algunos sindicalistas, que advirtieron los beneficios de plegarse a la política reformista.
Muchos dirigentes obtuvieron beneficios personales, y algunos gremios como Luz y Fuerza o la Unión Ferroviaria, transformados en organizaciones empresarias, aprovecharon las prebendas de las privatizaciones. “Cuando el proceso de apoderamiento de la dirección partidaria por el menemismo llegó a su fin, el partido se había transformado en una organización fantasma, sin normas, funciones, ni referentes. Bajo la dirección del menemismo quedó sin sustancia, vaciado de contenido ideológico, reducidas al mínimo sus funciones, para colocarlo al servicio de la consolidación de nuevos poderes territoriales” : ( Pucciarelli, 2011:55).
Bibliografía:
• Pucciarelli, Alfredo, “Menemismo. La construcción política del peronismo neoliberal” en Pucciarelli, Alfredo (comp.), Los años del menemismo. La construcción de un orden neoliberal, Siglo XXI, 2011
• Aboy Carles, Gerardo, Las dos fronteras de la democracia argentina, Rosario, Homo Sapiens, 200, cap 4.
• Acuña, Carlos H., y William C. Smith, "La economía política del ajuste estructural: la lógica de apoyo y oposición a las reformas neoliberales", en Desarrollo Económico, N° 141, Buenos Aires, abril-junio 1996.
• Navarro, Mario F., "Democracia y reformas estructurales: explicaciones de la tolerancia popular y el ajuste económico", en Desarrollo Económico, N° 139, Buenos Aires, octubre-diciembre 1995.
• Gallo, Adriana “Las relaciones de poder durante el menemismo.Las transformaciones en la reformulación del poder, en la Argentina de los noventa” en Espiral, Estudios sobre Estado y SociedadVol. XIV No. 41 Enero / Abril de 2008
• Hernán Fair, “La década menemista: luces y sombras” en HAOL, Núm. 19 (Primavera, 2009), 53-63
• Pucciarelli, Alfredo “Introducción. Los años de la Alianza: transformación de la crisis de acumulación en crisis orgánica” en Pucciarelli, Alfredo (comp.), Castellani, Ana (comp.), Los años de la Alianza. La crisis del orden neoliberal, Siglo XXI, 2014
• Pucciarelli, Alfredo “Crisis sobre crisis: la Ley de Déficit Cero. Golpe de mercado, retorno de la ultraortodoxia, crisis política y comienzo de la resistencia popular” en Pucciarelli, Alfredo (comp.), Castellani, Ana (comp.), Los años de la Alianza. La crisis del orden neoliberal, Siglo XXI, 2014
• Varesi, Gastón Ángel. “El gobierno de Eduar-do Duhalde: hegemonía y acumulación en el incio de la Argentina posconvertibilidad, 2002-2003” en apeles de Trabajo, 8 (14), pp. 168-191, 2014
• Cerruti, Gabriela, El Jefe, Planeta, 1994.
• Rodríguez, Martín, Orden y progresismo: los años kirchneristas, Emecé, 2014.
• Novaro, Marco, Historia de la Argentina, Siglo XXI, 2017
• Semán, Ernesto, Educando a Fernando, Planeta, 1999.