Era una tarde lluviosa de diciembre como cualquier otra. Mis amigos y yo habíamos salido a pasear por el lado sur de Carañique, aprovechando que desde aquel día ya no tendríamos que preocuparnos por el colegio durante dos meses, estábamos felices, teníamos apenas trece años y en aquella época sólo queríamos divertirnos.
Pasamos por delante del cine Acuario, nos detuvimos y empezamos a discutir sobre si quedarnos a ver una de las películas de la cartelera o seguir con nuestro camino. Entonces, lo escuchamos, eran ladridos débiles y desesperados. Todos nos quedamos fríos pero, inmediatamente Pedro se dirigió hacia el montón de basura que estaba delante de nosotros y sacó con suavidad a un cachorro negro. Estaba mojado y sucio, sin embargo, no tenía herida alguna y estaba gordito. Nos dimos cuenta de que había sido recientemente abandonado, llevaba apenas unas dos horas en esa caja a lo mucho, pero fue el destino, el suyo y el nuestro, que nos encontráramos.
Nos acercamos a Pedro para ver mejor al cachorro, era hermoso, en ese momento me di cuenta que yo quería quedármelo pero no era el único. Matías, Sandra, Laura y el mismo Pedro también querían llevárselo a su casa, claro, Pedro lo había recogido y él era quien debía decidir si dárselo o no a uno de nosotros, ese era su derecho. Lo que pasó en ese momento es algo que jamás voy a olvidar, Pedro me miró a los ojos y me lo entregó. Moro lo hubiera querido así, me dijo, me quede mudo, abracé al cachorro y decidí llamarlo Volcán. Pedro era mi mejor amigo y estaba enamorado de Sandra, yo sospechaba que se lo regalaría a ella sin embargo, no fue así, felizmente. Eventualmente ellos llegaron a tener una relación, la cual prosperó tanto que se comprometieron y hubieran contraído matrimonio, pero…
En aquel entonces, mi familia aún vivía en el departamento de Los cipreses, no era muy grande pero nos habíamos arreglado para tener primero a Sultán, un viejo pastor alemán que pertenecía a mi padre, y luego a Moro un perro mestizo, blanco y muy peludo. Moro fue un regalo que nos hizo una amiga de la familia y lo tuvimos durante diez años hasta que lo envenenó algún desconocido. No entiendo porque lo hizo si después de todo él era muy educado y manso, jamás molesto a nadie y lamentablemente tampoco tuvo descendencia. Apenas habían pasado dos meses de su partida cuando el nuevo perro llegó a nuestras vidas. María, mi hermana menor, fue la que más rápido se encariño con Volcán.
Pasamos por delante del cine Acuario, nos detuvimos y empezamos a discutir sobre si quedarnos a ver una de las películas de la cartelera o seguir con nuestro camino. Entonces, lo escuchamos, eran ladridos débiles y desesperados. Todos nos quedamos fríos pero, inmediatamente Pedro se dirigió hacia el montón de basura que estaba delante de nosotros y sacó con suavidad a un cachorro negro. Estaba mojado y sucio, sin embargo, no tenía herida alguna y estaba gordito. Nos dimos cuenta de que había sido recientemente abandonado, llevaba apenas unas dos horas en esa caja a lo mucho, pero fue el destino, el suyo y el nuestro, que nos encontráramos.
Nos acercamos a Pedro para ver mejor al cachorro, era hermoso, en ese momento me di cuenta que yo quería quedármelo pero no era el único. Matías, Sandra, Laura y el mismo Pedro también querían llevárselo a su casa, claro, Pedro lo había recogido y él era quien debía decidir si dárselo o no a uno de nosotros, ese era su derecho. Lo que pasó en ese momento es algo que jamás voy a olvidar, Pedro me miró a los ojos y me lo entregó. Moro lo hubiera querido así, me dijo, me quede mudo, abracé al cachorro y decidí llamarlo Volcán. Pedro era mi mejor amigo y estaba enamorado de Sandra, yo sospechaba que se lo regalaría a ella sin embargo, no fue así, felizmente. Eventualmente ellos llegaron a tener una relación, la cual prosperó tanto que se comprometieron y hubieran contraído matrimonio, pero…
En aquel entonces, mi familia aún vivía en el departamento de Los cipreses, no era muy grande pero nos habíamos arreglado para tener primero a Sultán, un viejo pastor alemán que pertenecía a mi padre, y luego a Moro un perro mestizo, blanco y muy peludo. Moro fue un regalo que nos hizo una amiga de la familia y lo tuvimos durante diez años hasta que lo envenenó algún desconocido. No entiendo porque lo hizo si después de todo él era muy educado y manso, jamás molesto a nadie y lamentablemente tampoco tuvo descendencia. Apenas habían pasado dos meses de su partida cuando el nuevo perro llegó a nuestras vidas. María, mi hermana menor, fue la que más rápido se encariño con Volcán.