Comienzo este post con una simple afirmación, harto conocida y (muy probablemente) pensada, reflexionada o incluso dicha por muchos de los que conocés o, incluso, por vos mismo: lo único que alguien tiene asegurado es la muerte. Obviamente, vos no sabés ni cómo, ni cuándo, si vas a estar consiente o no, si lo vas a esperar, si va a ser luego de una larga enfermedad o en algo tan inesperado como un accidente de tránsito. Lo único que tenés claro es que va a pasar.
Cuando uno es joven, tiende a olvidar que, en cualquier segundo, los devenires de la vida diaria podrían dar un giro que te haría estirar la pata. Es decir, uno es consciente de que la muerte le llegará, de que cada segundo que pasa, lo deja a uno un segundo más cerca del fatal destino de todo ser vivo. Empero, tiende a olvidarlo o, mejor dicho, decide ignorarlo para poder vivir una existencia más o menos despreocupada con respecto a lo efímero de la misma.
Como bien los filósofos new age se hartan de repetirnos, los humanos somos los únicos seres vivos conscientes de nuestra existencia. Sabemos que existimos, sabemos que morimos y, además, sabemos que morimos. Un animal puede defenderse de algún depredador, con motivos de supervivencia, pero eso lo hacen por instinto. No lo hacen porque sean conscientes (ya que no son conscientes de la misma forma en que nosotros lo somos) de que pueden llegar a morir, sino que sus instintos le dicen, le reclaman que se defienda, se esconda, corra, etc, para, a posteiori, cumplir con lo que debe hacer: perpetuar su especie.
Volviendo a la muerte del humano, se puede ver como hay un culto a la misma. Su mayor ejemplo en el mundo occidental es el rito funeral en sí; ceremonias religiosas, exhibición del cadáver, reunión de familiares y amigos para darle "un último adiós", etcétera. En la historia (siempre hablando del mundo occidental, cabe aclarar) distintos ritos funerarios tuvieron y tienen lugar. En Grecia, Roma, durante la edad media, durante la edad moderna y en la actualidad, ritos funerarios evolucionaron, se adaptaron y nos dan los medios para despedirnos de aquellos que amamos. Creo yo que tenemos la necesidad de dar el último adiós porque hay una humanidad muy grande circundando a la muerte. La muerte igualiza a todos los seres humanos, hayan hecho lo que hayan hecho, hayan vivido cuanto hayan vivido. La muerte es la culminación de la vida de cualquiera. Todo termina para todos. Además, la muerte es algo a lo que siempre se le ha tenido muchísimo respeto. Los cementerios son lugares silenciosos, porque, según la tradición cristiana, en ellos duermen los cuerpos hasta la resurrección.
Cambiando nuestro enfoque, podemos ver como los estados y los ordenamientos jurídicos, históricamente poseyeron el derecho de quitar la vida a una persona de considerarlo una pena oportuna. Vemos que, desde la edad antigua, la pena de muerte ha estado presente. Fue un castigo habitual en Sumeria, Babilonia, el Antiguo Israel, Persia, Grecia y Roma. Incluso, la persona más influyente de la historia, Jesucristo, recibió esta pena.
No es mi objetivo con este post hacer una reflexión histórica ni discutir sus preceptos éticos. El objetivo de este post es bastante más banal, de hecho. Surge de una pregunta: de tener que ser ejecutado ¿con qué método preferiría serlo? Es una pregunta que me han hecho varias veces. Mi respuesta es bastante simple: fusilamiento. Muchos se preguntarán el por qué. Simplemente, lo considero más humano. Métodos como la silla eléctrica o la inyección letal quitan la humanidad a aquello que debería ser lo más humano: la misma muerte del ser, el cese de su existencia.
La silla eléctrica coloca a un próximo a ser ejecutado en un asiento, atado de pies y manos, con una esponja mojada en su cabeza. Con el presionar de un botón, comenzará a sentir una poderosa descarga que le freirá el cerebro. Quien lo mata, solo activa un mecanismo, reduciendo gran parte de la culpa que sentirá después de realizar el hecho. Quien sufre la pena, se limitará a ver a la nada, aceptando su destino, sin ver a su ejecutor, esperando una muerte agónica que llegará en poco tiempo.
La inyección letal provocará un paro cardíaco. Quien aplica el líquido, se limitará a dar una simple inyección y alejarse. Quien recibe el castigo capital, estará acostado, sin decir nada, esperando un ataque cardíaco que lo matará sin más remedio.
La guillotina terminó creando un espectáculo al rededor de la muerte. El decapitando se arrodilla y espera que una cuchilla rompa su cuello. El verdugo se limita a cortar una cuerda. Se hacía un espectáculo con fines políticos al rededor de este tipo de eventos.
La pregunta es: ¿por qué todo esto es menos humano? Basicamente, porque carece de humanidad. Si van a quitarme la vida, no van a negarme la humanidad de mi muerte. Los métodos previamente nombrado liberan a los verdugos de la culpa, despojan al condenado de cualquier tipo de dignidad para recibir la muerte y acaban con vidas de una manera tan rápida y silenciosa que asusta.
El fusilamiento, en cambio, humaniza el asesinato. Hay varias personas a punto de disparar. Aprietan un gatillo, escuchan salir una bala y ven el efecto de la misma en el cuerpo del hombre que tienen por delante. El condenado, se para firme frente a su destino fatal, aceptando lo que le ocurrirá. Se escuchan gritos, se escucha el disparo, se ve la muerte.
Muchos de ustedes dirán que el condenado a muerte no tiene ningún derecho a la dignidad. Difiero, es una persona. Al derecho a la vida, se le debería sumar el derecho a la dignidad de la muerte. Si el estado quiere garantizar uno, las muertes que están bajo su control deberían también estar dignificadas. Como dije antes, la muerte igualiza a los humanos. La dignidad de la muerte sería, entonces, el último derecho, una última garantía, un último respeto para el último momento de la existencia.
Cuando uno es joven, tiende a olvidar que, en cualquier segundo, los devenires de la vida diaria podrían dar un giro que te haría estirar la pata. Es decir, uno es consciente de que la muerte le llegará, de que cada segundo que pasa, lo deja a uno un segundo más cerca del fatal destino de todo ser vivo. Empero, tiende a olvidarlo o, mejor dicho, decide ignorarlo para poder vivir una existencia más o menos despreocupada con respecto a lo efímero de la misma.
Como bien los filósofos new age se hartan de repetirnos, los humanos somos los únicos seres vivos conscientes de nuestra existencia. Sabemos que existimos, sabemos que morimos y, además, sabemos que morimos. Un animal puede defenderse de algún depredador, con motivos de supervivencia, pero eso lo hacen por instinto. No lo hacen porque sean conscientes (ya que no son conscientes de la misma forma en que nosotros lo somos) de que pueden llegar a morir, sino que sus instintos le dicen, le reclaman que se defienda, se esconda, corra, etc, para, a posteiori, cumplir con lo que debe hacer: perpetuar su especie.
Volviendo a la muerte del humano, se puede ver como hay un culto a la misma. Su mayor ejemplo en el mundo occidental es el rito funeral en sí; ceremonias religiosas, exhibición del cadáver, reunión de familiares y amigos para darle "un último adiós", etcétera. En la historia (siempre hablando del mundo occidental, cabe aclarar) distintos ritos funerarios tuvieron y tienen lugar. En Grecia, Roma, durante la edad media, durante la edad moderna y en la actualidad, ritos funerarios evolucionaron, se adaptaron y nos dan los medios para despedirnos de aquellos que amamos. Creo yo que tenemos la necesidad de dar el último adiós porque hay una humanidad muy grande circundando a la muerte. La muerte igualiza a todos los seres humanos, hayan hecho lo que hayan hecho, hayan vivido cuanto hayan vivido. La muerte es la culminación de la vida de cualquiera. Todo termina para todos. Además, la muerte es algo a lo que siempre se le ha tenido muchísimo respeto. Los cementerios son lugares silenciosos, porque, según la tradición cristiana, en ellos duermen los cuerpos hasta la resurrección.
Cambiando nuestro enfoque, podemos ver como los estados y los ordenamientos jurídicos, históricamente poseyeron el derecho de quitar la vida a una persona de considerarlo una pena oportuna. Vemos que, desde la edad antigua, la pena de muerte ha estado presente. Fue un castigo habitual en Sumeria, Babilonia, el Antiguo Israel, Persia, Grecia y Roma. Incluso, la persona más influyente de la historia, Jesucristo, recibió esta pena.
No es mi objetivo con este post hacer una reflexión histórica ni discutir sus preceptos éticos. El objetivo de este post es bastante más banal, de hecho. Surge de una pregunta: de tener que ser ejecutado ¿con qué método preferiría serlo? Es una pregunta que me han hecho varias veces. Mi respuesta es bastante simple: fusilamiento. Muchos se preguntarán el por qué. Simplemente, lo considero más humano. Métodos como la silla eléctrica o la inyección letal quitan la humanidad a aquello que debería ser lo más humano: la misma muerte del ser, el cese de su existencia.
La silla eléctrica coloca a un próximo a ser ejecutado en un asiento, atado de pies y manos, con una esponja mojada en su cabeza. Con el presionar de un botón, comenzará a sentir una poderosa descarga que le freirá el cerebro. Quien lo mata, solo activa un mecanismo, reduciendo gran parte de la culpa que sentirá después de realizar el hecho. Quien sufre la pena, se limitará a ver a la nada, aceptando su destino, sin ver a su ejecutor, esperando una muerte agónica que llegará en poco tiempo.
La inyección letal provocará un paro cardíaco. Quien aplica el líquido, se limitará a dar una simple inyección y alejarse. Quien recibe el castigo capital, estará acostado, sin decir nada, esperando un ataque cardíaco que lo matará sin más remedio.
La guillotina terminó creando un espectáculo al rededor de la muerte. El decapitando se arrodilla y espera que una cuchilla rompa su cuello. El verdugo se limita a cortar una cuerda. Se hacía un espectáculo con fines políticos al rededor de este tipo de eventos.
La pregunta es: ¿por qué todo esto es menos humano? Basicamente, porque carece de humanidad. Si van a quitarme la vida, no van a negarme la humanidad de mi muerte. Los métodos previamente nombrado liberan a los verdugos de la culpa, despojan al condenado de cualquier tipo de dignidad para recibir la muerte y acaban con vidas de una manera tan rápida y silenciosa que asusta.
El fusilamiento, en cambio, humaniza el asesinato. Hay varias personas a punto de disparar. Aprietan un gatillo, escuchan salir una bala y ven el efecto de la misma en el cuerpo del hombre que tienen por delante. El condenado, se para firme frente a su destino fatal, aceptando lo que le ocurrirá. Se escuchan gritos, se escucha el disparo, se ve la muerte.
Muchos de ustedes dirán que el condenado a muerte no tiene ningún derecho a la dignidad. Difiero, es una persona. Al derecho a la vida, se le debería sumar el derecho a la dignidad de la muerte. Si el estado quiere garantizar uno, las muertes que están bajo su control deberían también estar dignificadas. Como dije antes, la muerte igualiza a los humanos. La dignidad de la muerte sería, entonces, el último derecho, una última garantía, un último respeto para el último momento de la existencia.