InicioApuntes Y MonografiasEstás aburrido de tu vida?
Eugenia buscaba con desesperación alguna pasión. Necesitaba que pasara algo en su vida. Con cuarenta y cuatro años y veinte de pareja, sentía que hacía rato que no pasaba nada.


¿Estás aburrido de tu vida?


Un intenso romance clandestino había dejado en evidencia lo que era evidente hacía rato, que Eugenia se negaba a ver. Hacía rato que con su marido tampoco pasaba nada. Para peor, y aunque no quisiera ver esa realidad a los ojos, era imposible que con su esposo fuera a pasar algo. Era un buen tipo, tranquilo.


Quién podía condenarla a ella por no haberse dado cuenta a los veinte años que él no tenía grandes luces?
Habían pasado décadas juntos, tres hijos, y el hogar dulce hogar era un tedio. Ella oscilaba entre tomar la decisión de separarse, o apretar los dientes y seguir para adelante. Un amor prohibido la había estremecido, pero la sola idea de romper la familia la había frenado. “Ya se me va a pasar”, se decía.
analfabetismo emocional

Aunque no tuviera registro de esta situación, Eugenia se sentía atada de pies y manos, completamente incapaz de elegir. Aguantó el dolor como pudo, aunque volver a su casa y encontrarse todos los días con un hombre que no le interesaba en lo más mínimo le resultaba desolador.

Para apurar el trago amargo de abandonar el amor prohibido, intentó acercarse más a sus hijos. Sin embargo, después de unos meses de jugar a ser Susanita dejó esos planes. Ella no había nacido para ser la madre prodigio, así que optó por seguir cerca de sus hijos, pero tratando de encontrarle una vuelta a la vida. “Pobres mis hijos si van a tener que cargar con el peso de que sean lo único importante de mi vida.”


El trabajo era un tema trascendente para Eugenia; su secreta ambición de poder era un fuego sagrado que junto con su inteligencia la impulsaban para adelante. Pero haber sido educada para ser buena y correcta la frenaba. Como si ser ella misma fuera peligroso. Seguramente lo fuera para sus padres, quienes suelen esperar hijos a la medida de sus necesidades o miedos.


A más angustia, más trabajo y más movimiento. La agenda de Eugenia era infernal. Trabajaba como una bestia, asistía a sus hijos como una madre ejemplar, y hacía sus rutinas de entrenamiento como si pretendiera ganar el triatlón de Hawai. La obsesión por el cuerpo perfecto era otro de sus problemas. Más allá de haberse recuperado relativamente de su anorexia, se imponía duras rutinas que le garantizaran seguir siendo flaca, aunque fuera consciente que la batalla contra el tiempo era inexorable.


Aunque sabía que la apariencia era solo eso, no podía liberarse del poder hipnótico que le generaba. Era consciente que invertía un montón de energía en un lugar que no valía tanto, pero así y todo no podía soltarlo.

ansiedad

“La verdad es que no sé ni para dónde salir”, le confesó a una amiga en la lujosa confitería de un hotel cinco estrellas.

“Y si parás, en vez de seguir corriendo?”, la interpeló la amiga.


Eugenia se sintió desconcertada. El único modo de vida que conocía era correr. Siempre apurada, llena de actividades y exigencias.

“Si parás tal vez puedas sentir cosas y enterarte qué te pasa, qué querés.”

sufrimiento

“Un amante?”


“Sí; te puede ayudar a despeinarte un poco. Tanta perfección, tanta exigencia, tanta corrección. Además de aburrir, mata toda posibilidad de vida.”
Eugenia se preguntó si acaso un amante podría servir para algo. No agravaría más las cosas? “Me da miedo”, balbuceó.

“Eso es bueno”, contestó la amiga. “Algo que te saque de tus esquemas, de tus certezas. Pero no cualquier amante; alguien que no sea intelectual como vos porque sonamos. Yo buscaría un hombre que aunque tenga sofisticación para entusiasmarte, tenga mucho carácter y algo bien animal, instintivo.”

Eugenia escuchaba anonadada. Por un lado le parecía un disparate, pero por el otro, entendía el sentido de la recomendación de su amiga. La idea de que fuera alguien primario le gustaba porque en el fondo sabía que nunca podría amenazar su lamentable matrimonio. En cambio, engancharse con alguien muy interesante podía quemarle los papeles.


“Me gusta la idea de alguien primitivo”, dijo entre risas.

“Claro, porque querés seguir controlando y sabés que ahí no correrás riesgos. Justo lo opuesto de lo que pretendo transmitirte.”

“Y por qué querés que corra riesgos?”

reflexiones

“Puedo ofrecerles algo más?”, preguntó el mozo.


“Dos whiskys dobles”, pidió Eugenia.

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