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juan_tonelli

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Quién no entienda una mirada menos entenderá una explicación
InfoporAnónimo7/25/2016

-Pero si yo nunca te dije nada…, -gruño su madre entre sorprendida y enojada. Aquella frase era cierta. Literalmente cierta. Gastón sin embargo, había vivido otra cosa. Su mente, en una de esas asociaciones que uno desearía que fueran azarosas pero nunca lo son, le recordó un pequeño incidente. Tenía diez años y era uno de los mejores alumnos de la escuela cuando un día, cansado de los chicos, el maestro de lengua tomó un dictado sorpresa. "El profesor era una persona frustrada, enojada con la vida. Tenía con qué. A sus ocho años la madre lo había “entregado” a una orden religiosa que buscaba vocaciones. Como él era el menor de nueve hermanos, sus padres lo habían dado para satisfacer el pedido del capellán del pueblo, y de paso anotarse un poroto con Dios. Nadie había sido capaz de mirar a aquél chico y sus propias necesidades. Como podría ser luego un buen pedagogo, enamorado de la vida?" El dictado era una selección de treinta palabras, una más difícil que otra. Como si esto fuera poco, el ensañado maestro les informó que por cada error bajaría la calificación tres puntos. Así las cosas, la mayoría de la clase se sacaría un uno, al que se llegaba solo con tres equivocaciones. Y eso fue lo que pasó. El profesor corrigió todas las pruebas inmediatamente, devolviéndolas a los alumnos y exigiéndoles que las trajeran firmadas por sus padres al día siguiente. Era una masacre. Casi los cuarenta alumnos se habían sacado un uno, solo dos chicos obtuvieron un cuatro -por dos errores-, y un genio alcanzó un siete (un solo error entre las treinta palabras perversas.) Al ver su nota escrita con tinta roja por el maestro, Gastón sintió que el corazón iba a salírsele del pecho. Cómo le explicaba un siete a sus padres? Hoy a la distancia, se reía de la situación. Lo que era un oportunidad para que sus padres lo felicitaran y premiaran, él lo había vivido como un infierno. Cómo no había sido capaz de contarles a sus padres que en un dictado sorpresa, con treinta palabras elegidas para castigarlos, y en una clase en donde todos se habían sacado un uno, él había cometido solo un solo error? Por qué había reaccionado así? Para peor, el infierno que descadenaría aquél siete, recién estaba comenzando. Como Gastón sentía que no podía llevar esa nota a su casa, se pasó la tarde angustiado evaluando alternativas. La exigencia de traer la evaluación firmada por los padres al día siguiente, no le dejaba mucho margen. Con los músculos inflamados y la cara roja de tanta tensión, tomó la decisión de falsificar la firma de su madre. La practicó un buen rato, porque no era tan difícil. Cuando se decidió a hacerla al lado de la firma del maestro, le salió pésimo. Al igual que los penales, en la vida hay cosas que no sirve entrenarlas. Ahora el problema era del tamaño del Everest. Ruborizado y con el corazón latiendo a doscientas pulsaciones, volvió a mirar su falsificación al lado de la firma del maestro. Era la imagen del naufragio. Tuvo que aceptar que su imitación era tan desastroza que seguramente lo echarían del colegio. Qué escándalo, que uno de los mejores alumnos fue expulsado por falsificar la firma de sus padres. La madre lo llamó para cenar y él escondió todos los papeles y fue con su cuerpo. Su alma, ya no existía. La comida pasó sin penas ni glorias, y nadie se percató del silencio ni la angustia de Gastón. Qué raro. Tan pronto pudo volvió a su cuarto y, jugado por jugado, decidió adentrarse aún más en la tempestad. Rehizo todo el dictado, y empezó a practicar nuevamente la firma de su madre, y también la del maestro. Ahora tendría que falsificar ambas, para evitar mostrar el vergonzoso original. Cuando se sintió razonablemente confiado encaró el plagio. Varias duplicados fueron al cesto de papeles porque en el momento de la verdad, la tensión desbarataba todo. Agobiado por la presión y el cansancio, decidió poner punto final a las imitaciones y presentarse con una que si bien no era buena, tampoco era pésima. No podía más. Durmió toda la noche sobresaltado, soñando que sería expulsado del colegio. Todo su prestigio tirado a la basura. Cuando sonó el despertador pensó que no era cierto. Cómo despertarse si él estaba muerto? Como un mutante, se vistió, bebió dos sorbos de Nesquick y caminó hacia el colegio con el mismo pasa de una vaca al matadero. Sus dos cuadras de cadalso parecieron una eternidad. Por suerte, la materia estaba en la primera hora así que la agonía terminaría rápido. El maestro pidió que pusieran las pruebas firmadas sobre los pupitres, así las revisaba. Cuando él se acercó a su escritorio, Gastón sentía su corazón latir como un redoblante. Miró a los ojos al profesor, como una víctima que en el instante último, quiere ver a su sicario. El maestro le dijo: -A vos te habrán felicitado…, -y siguió caminando sin siquiera ver la evaluación. Gastón comprendió que se había salvado. Seguía vivo. Quince años después, se preguntaba por qué había actuado así. Sus padres nunca le habían exigido buenas notas. Al menos formalmente. Pero de qué importaban las formas si mil veces le habían contado la excelencia académica de su abuelo, y de ellos mismos? Qué margen tenía de mostrar un error, si cuando trajo un boletín con promedio 9.72, su tío le había preguntado qué había pasado con los veintiocho centésimos restantes? Cuántas veces había escuchado a su madre decirle que si hacía las cosas con menos prisa, sería el mejor alumno? Acaso no era otra cabal expresión de lo que ella esperaba de Gastón? -Tenés razón mamá; nunca me dijiste nada, -asintió Gastón. -No hacía falta. www.juantonelli.com

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Historia de fachadas: Marte y Venus
Historia de fachadas: Marte y Venus
InfoporAnónimo7/21/2016

-Te conté que me separé? -No, no me dijiste nada… -Hace cuatro meses llegué a casa tarde, como a la una de la mañana. Venía de estar con una amiga, como tantas veces. Y mi mujer me preguntó, también como tantas veces, “de dónde venís?” Jorge escuchaba entre risueño y expectante. Guillermo tendría unos sesenta años, con treinta de matrimonio e hijos grandes. Había tenido mil aventuras de todo tipo, pero sin embargo, resistido. Su mujer, como pudo, bancó todas sus andanzas. Por qué se separaría ahora? A esta edad, con una vida hecha, y cuando las hormonas estaban en retirada? Cuál era el sentido? -Y qué pasó?, -quiso saber Jorge. -No resistía decir una mentira más. Cuando venía de encamarme con alguien, un millón de veces mentí diciendo que había tenido una reunión política. Nada más verosímil que mi trabajo. Pero esta vez no pude. No resistía una sola mentira más. Cumplí sesenta y no quiero seguir sintiendo una cosa y hacer otra. Jorge se preguntaba cómo era posible llegar a esa edad tan disociado. Aunque mirando su propia vida, tuvo que asumir que a él y a casi todo el mundo le pasaba. -Y qué hiciste? Le contaste que venías de coger? Guillermo se rió. -No hizo falta. Simplemente le dije que así no podía seguir viviendo. Su mujer comprendió. Qué iba a necesitar que le aclare? Pobre, habrá sentido una mezcla de emociones. Alivio, al no tener que seguir soportando situaciones de ese tipo y poder estar en paz sola. Angustia, al pensar que había pasado muchos años aguantando y no tenía sentido tirar todo por la borda a los sesenta. -Me mudé al primer departamento que nos habíamos comprado, que justo dejó el inquilino, -continuó Guillermo. -Un dos ambientes chiquito que cuando llueve entra el agua. Pero así y todo estoy contento. De qué me sirve vivir en un palacio sino quiero estar ahí? -Y a dónde querés estar? -Por lo pronto, en lugar donde haya silencio. Paz. En donde no tenga que dar explicaciones, en donde pueda ser lo que soy. Jorge sintió cierta envidia de su amigo. De la libertad interior que tendría. También se imaginó solo en ese departamento un domingo otoñal a las cuatro de la tarde, y una tremenda melancolía lo invadió. Habría chances de ser libre estando en pareja? O eran objetivos excluyentes? -Y en casa con tu mujer no podés ser lo que sos?, -disparó Jorge. Guillermo se quedó pensativo. -Es evidente que no estoy pudiendo. Al menos los últimos quince años… Siempre estoy en falta. Pareciera que lo que mi mujer necesita yo no se lo puedo dar. Ella quiere que estemos mucho juntos, que hagamos actividades, que la contenga en todos sus problemas que en el fondo, siempre son afectivos. Yo en cambio, solo quiero que no me rompa las bolas! Mucho más modesto lo mío… -Y en qué te rompe las bolas? -Me hacés preguntas como si no estuvieras casado, como si no supieras de lo que hablo, -provocó Guillermo. -Me gustaría que ella acepte lo que le puedo dar, que creo que es mucho, y pare de intentar convertirme en algo que no soy. A mi me gusta mi trabajo, me gusta estar en silencio, encontrarme a cenar con amigos, estar con algunas amigas de vez en cuando… Jorge escuchaba con atención. Se preguntó por qué sería tan difícil acercar esos dos universos que parecían irreconciliables. No había puntos de contacto? O el problema era exigirle a la pareja un estándar idealizado que no podía ofrecer? -Te colgaste, -dijo Guillermo. -Una vez me filmaron jugando al fútbol. Hasta ese momento, pensaba que jugaba bien. De ahí en más, me di cuenta que era horrible. Lo interesante fue que mi juego no cambió, sino solo mi mirada. Con el tiempo pude entender la causa, -contó Jorge mirando el horizonte. -Cuál fue? -Yo estaba acostumbrando a ver imágenes de los mejores jugadores del mundo. Verme filmado a mí y compararme con ellos fue una y la misma cosa. Cómo hacer para no sentirme un desastre si inconscientemente me estoy comparando con la selección nacional? -Y qué hiciste? -Aceptar como juego. Me tomó bastante tiempo, pero solo cuando pude hacerlo de corazón, volví a disfrutar del juego. Y sin proponérmelo, también empecé a jugar mejor. -Ojalá puedan ver la realidad tal cual es y se encuentren en lo que sí tienen en común, pudiendo compartirlo, -dijo Jorge pidiendo la cuenta. www.juantonelli.com

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Reflexión: la vida no entra en nuestras ideas
Reflexión: la vida no entra en nuestras ideas
InfoporAnónimo7/20/2016

A mis cuatro años un tío abuelo solterón me convenció de hacerme de Independiente. Aún cuando ni a mis padres ni a mi hermano les interesaba el fútbol y nadie me llevaba a la cancha, me fui convirtiendo en fanático. Como en esos entonces el club era muy exitoso, yo festejaba seguido y vivía la pasión roja con alegría. Mi familia paterna era de Avellaneda, pero no eran de Independiente, sino de su archirrival, Racing. Buscaban la forma de seducirme o sobornarme con tal que no fuera la oveja negra de la familia. Pero yo resistía estoico, y cuanto más me presionaban, más quería a Independiente. Solo tenía una pequeña grieta por una secreta pasión que no me animaba a compartir con nadie: Boca. Percibir lo que ocurría en su cancha era una experiencia única. Sus hinchas gritaban como no lo hacía nadie. Efectivamente, Boca era un sentimiento. Mi abuelo materno, aunque fuera un agnóstico del fútbol, me provocaba diciendo que yo tenía que hacerme de Boca. Un día, regresando en auto de una casa quinta que teníamos en Quilmes, divisó un graffiti que le venía como anillo al dedo: -Mirá ese paredón, -me dijo, “Me hice de Boca”, decía la pintada. Aunque él lo había dicho en broma, yo sentí un cosquilleo interno, como anhelando hacerme de ese club que era pura pasión y sentimiento. Sin embargo, no había margen para ser desleal. Recién en mi adolescencia pude ir a ver a Independiente con amigos. Descubría esa religión que es ir a gritar, cantar e insultar con la impunidad que solo puede ofrecer el fútbol. Un rito de varias horas en el que nos sentíamos valientes, nos fundíamos en la masa, y desahogábamos frustraciones en errores que inevitablemente cometían los futbolistas. Mucho tiempo después, cuando nació mi primer hijo, surgió el tema de qué club hacerlo. Como en nuestra sociedad machista esa es una potestad paterna, lo lógico era que fuera Independiente. Pero como la madre de mi hija era de Boca, me permití pensarlo. En esos tiempos, Boca ganaba todos los campeonatos nacionales e internacionales, mientras que Independiente hacía años que declinaba en una caída que parecía no tener fin. Mi mujer puso el dedo en la llaga y me dijo: -No les arruines la vida a los chicos; hacelos de un club que puedan festejar seguido. La vida tiene bastantes amarguras para que les sumes más. Con visión estratégica y también dándole algo de lugar a aquella secreta pasión que sentía por ese club desde mi infancia, tomé la decisión de hacer a mi hija de Boca. Sin saberlo, mi vida estaba empezando a tomar otra dirección. Mi segundo hijo también varón y como el camino ya estaba jugado, fue de Boca. En este caso todo fue más fácil, a punto tal que le compré una remera azul y oro para ponerle apenas nació. Lo mismo pasó con mi tercer hijo, también varón. Pese a que yo no vivía ninguna pasión por el fútbol, los chicos fueron volviéndose fanáticos de Boca. Qué será lo que dispara el proceso de una pasión? Aunque hacía décadas que no iba a la cancha, me encontré yendo con ellos a ver a Boca. Cómo mi vida había venido a parar acá? Me sentía un poco infiel y traidor, aunque por otra parte, estaba contento que mis hijos fueran hinchas de un club que era pura pasión y que encima, festejaba campeonatos seguido. Cuando los varones eran un poco más grandes, surgió la pregunta incómoda: -Pa, y por qué no te hacés de Boca y te dejás de joder con Independiente? Esa inofensiva pregunta provocó un terremoto interior. Las ganas de compartir el sentimiento con mis hijos. Los recuerdos de aquella antigua pasión que había reprimido en la infancia. “Me hice de Boca”. Aquél graffiti que había visto con mi abuelo cuarenta años atrás, volvía una y otra vez. Finalmente tomé la decisión de hacerme de Boca. Sentía un poco de culpa, pero ser de ese club me alegraba. Sin haberme dado cuenta, era lo que siempre había querido. Boca representaba un amor imposible, y la vida me estaba dando una nueva oportunidad, cuando yo estaba convencido que terminaría mis días siendo fiel y aplicado. Sin embargo, nada es tan simple. La decisión que había tomado no borraba un montón de experiencias vividas durante años con Independiente. Alegrías, tristezas, emociones, no desaparecían por decreto. Tenía que volver a ser de Independiente? Era como uno de esos hombres que se va de su casa por un amor apasionado, y que luego de hacerlo se entera del paraíso perdido que no valoraba mientras lo tenía? Registré que mi vida no entraba en definiciones. En el fondo, era un poco de ambos clubes. Era de Boca por haber hecho a mis hijos de ese club. Pero también, por aquella secreta pasión que sentía desde chico, cuando soñaba con esa hinchada que gritaba más que ninguna, con esa atmósfera única que se vivía en esa cancha. Cuando tenía nueve años no me lo había permitido vivir para no defraudar sus principios, pero la vida me daba una nueva oportunidad. Sin embargo, no podía ni quería borrar a Independiente. Era mi historia y mi identidad. Cómo y por qué desprenderme de eso? Con el tiempo fue aprendiendo a ponerme cómodo entre contradicciones, percibiendo que sólo existían en las definiciones humanas. La realidad se expresaba como era y no tenía esos conflictos innecesarios que tenemos nosotros, los hombres. Un día mi hijo más chico, al tanto de mi dualidad y doble vida, hizo la pregunta de jaque mate: -Pa, y cuando Boca juega contra Independiente; quién querés que gane? Aunque apretado por las circunstancias, traté de escuchar mi interior, y después de unos instantes le dije sin dudar: -Boca. Mi hijo sonrió aliviado. Mis ganas de compartir con ellos era mas fuerte que todo. Ahora voy a la cancha con mis hijos una vez por mes. Siento gratitud con la vida por poder disfrutar ese programa. Pienso que la vida me regaló otra oportunidad para vivir un amor que creía imposible, que encima comparto con los seres que mas amo. También sigo queriendo e hinchando por Independiente, que es parte de mi pasado pero también de mi presente. Se puede ser hincha de dos clubes a la vez? Está mal? Una vez más, comprendí que la vida nunca entra en los rígidos, arbitrarios y mutilantes parámetros de los hombres. www.juantonelli.com

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Cada pareja, un mundo
InfoporAnónimo9/5/2016

-Cómo llegaste a semejante modelo de convivencia?, -preguntó Luis casi con admiración. -Mucho prueba y error. No hay otra forma. Y la paz, claro. La paz es el camino, porque la angustia nos empuja a corrernos de lugares que nos hacen mal. El matrimonio de Daniel tenía como todos, sus altos y bajos. No era fácil estar casado, criar hijos, soportar las tensiones y problemas del trabajo, vivir el celibato matrimonial, y estar bien con la pareja. Cuando la desesperación sexual de los primeros meses de toda pareja iba menguando, toda la vida volvía a la normalidad. Los tiempos en donde el otro iluminaba la existencia de su enamorado, cedía paso a algo más tranquilo, simplemente lindo. Atrás quedaban esas trasnoches de mirarse con ojos grandes de búho, hipnotizados, con las frentes a cinco centímetros de distancia. Años de por medio venían los hijos y otros proyectos, y la prioridad que tenía la pareja, seguía perdiendo posiciones. Pese a los juramentos hechos en las noches de lujuria, la realidad seguía erosionando el matrimonio como a una casa frente al mar. Y el cuento de que la pareja era como una planta a la que había que regar todos los días era una consigna de la que nadie se quería hacer cargo. Igual que con las plantas. Que las riegue Dios o sobrevivan como puedan. Y sino, a otra cosa. Darwinismo puro, la supervivencia del más apto. Quién quería ser jardinero de su propio matrimonio? A dónde había surgido semejante malentendido? Uno arrancaba cogiendo con desesperación, fascinado con el otro, y tenía que terminar como jardinero? Nadie compraba ese programa en los inicios. A lo sumo, lo aceptaba en forma romántica bajo los efectos narcóticos del enamoramiento y los orgasmos. Con semejante recorrido era inevitable que toda pareja a los diez o quince años de estar juntos se preguntara cómo era posible que hubiera venido a parar a ese lugar. Para entonces, los hijos tenían 8 y 5 años, había que pagar casa y deudas, así que a callarse y seguir empujando. Ante la imposibilidad de expresar nada, sentirse un burro de carga, y tener que seguir en ese túnel sin luz a la vista, no era raro que aparecieran amantes, adicciones, amores furibundos, hobbies intensos o todo tipo de mecanismos de fuga que permitieran aligerar un poco la vida. La necesidad desesperada de aferrarse a algo que generara la sensación de que uno estaba vivo. De que pasaba algo en la vida. -Mi matrimonio se fue convirtiendo en un infierno, -dijo Daniel. -Llegó un punto en que no teníamos más remedio que separarnos. Había que elegir entre seguir matándonos todos los días o tener paz. Cuando el infierno entre nosotros fue lo suficientemente grande, pudimos superar la angustia y el miedo, y separarnos. Como la vida no es redonda, la separación tampoco era la panacea. Más allá de los costos duplicados, los trastornos logísticos al tener dos hijos chicos, superados unos pocos meses que sirvieron para descomprimir el maltrato recíproco de los últimos años de convivencia, tanto Daniel como su ex empezaron a considerar arreglarse. “Después de todo, el otro no es tan malo”, se decían a sí mismos. El reencuentro tampoco funcionó. Y esta vez no duró diez años sino pocas semanas. A los tres días de volver al modelo de la familia unida, tanto él como su mujer supieron que eso no iba a funcionar. La familia Ingalls no era para ellos. Qué hacer? La vida, y esa costumbre de mandar a las personas por caminos inexplorados sin contar con mapas ni brújulas. Jugado por jugado, Daniel hizo una propuesta audaz: compartirían el hogar de viernes a lunes, y él viviría en el departamento de separado las tres noches entre semana. Tenía una justificación lógica, dado que la casa familiar estaba en las afueras de la ciudad, y el departamento estaba en el centro, a pocos minutos de su trabajo. Igual, era más fácil de decir que de hacer. Los condicionamientos culturales, las tradiciones y los prejucios tornaban todo difícil. Abriéndose paso entre el miedo, las contradicciones y la angustia, decidieron probar. El esquema no era perfecto, pero ambos sintieron que tampoco estaba tan mal. Instintivamente y sin proponérselo lo fueron ajustando a un esquema en donde Daniel pasaba de lunes a viernes en el departamento del centro, y volvía a la casa familiar los fines de semana. También los miércoles los chicos se quedaban a dormir con él para no pasar muchos días sin verse. -Tu modelo es buenísimo, -dijo Luis con cierta envidia. -Y ahora cómo lo viven? Daniel sonrió, dejando entrever que la vida era ese misterio difícil de explicar, para el cual nadie tiene respuestas. -La verdad es que los jueves ya extraño a mi mujer, así que estoy contento que venga el fin de semana para estar todos juntos, -dijo. Luis lo escuchó algo contrariado, porque eso de extrañarse parecía no condecirse con que vivieran mayormente separados. -Pero los domingos a la tardecita ya tengo sobredosis de pareja y vida familiar, así que me pongo contento que empiece la semana, poder volver a mi departamento y estar tranquilo, -completó riéndose. Las contradicciones humanas en todo su esplendor. -Y tu mujer?, -preguntó Luis. -Mi mujer? Está bárbara. Si hoy le dijera que quiero volver a casa y estar todos los días juntos no acepta ni de casualidad. www.juantonelli.com

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Crisis
InfoporAnónimo8/22/2016

Cómo unos pocos Whatsapp podían armar semejante despelote? Cuatro mensajitos bastaron para dejar en evidencia un amor platónico que estaba oculto para ambos. El problema, era que debería continuar oculto porque ella estaba casada. Sol guardó el celular en la cartera y se quedó diez minutos parada en la esquina. Para qué lado ir? Los chicos ya habrían llegado del colegio pero ella no tenía apuro en volver. En realidad, no podía volver. Cómo estar conectada con sus hijos si sentía que un rayo acababa de partirla al medio? Instintivamente, supo que aquél breve intercambio acababa de empujarla a una crisis. Partida en dos, decidió volver caminando a su casa. Como estaba a ocho kilómetros, tendría tiempo de pensar y llegar a su hogar como si nada hubiera pasado. Una hora después y aún a veinte cuadras del destino, supo que eso no era posible. Su vida había cambiado para siempre. Aunque no pudiera ponerlo en palabras, sabía que nada sería lo que había sido hasta esos mensajitos. Cómo era posible? Se sentía encendida al descubrir que aquél hombre impresionante podía enamorarse de ella. Justo ella, que sentía que no valía tanto, resignada a ser la Cenicienta, aburrida por la rutina del trabajo, los chicos y su marido, acababa de enterarse que era valiosa. Cómo alguien, tan importante, podía mirarla con ojos de admiración? Sorprendida y maravillada por la situación desatada con su príncipe imposible, no podía contestar ni una de todas las preguntas que surgían a borbotones. Se separaría? Perdería su familia? Cómo podría mirar a los ojos a su amado marido esta noche, después de semejante deslealtad? Su corazón ya sentía vergüenza y culpa. Cómo hacer para conectar con sus hijos cuando vinieran a abrazarla, si la vida la había empujado a millones de kilómetros? Impulsada por las circunstancias, al llegar a su casa no tuvo más remedio que sacar sus dotes actorales y fingir que no había pasado nada. Después de todo, no era algo tan difícil: los seres humanos solían estar muy entrenados en agradar al otro y hacer como si todo estuviera bien. Otra derivación de la enorme capacidad de mentir de las personas, surgida a raíz del miedo a ser rechazados. El amor prohibido fue avanzando y Sol se encontró que la grieta que había surgido aquella tarde fatídica no solo no se cerraba, sino que cada vez la alejaba más de su marido y su vida tal como la había conocido. No estaba segura de qué hacer; ni siquiera si debía hacer algo. Se sentía a bordo de esos bólidos de los juegos olímpicos de invierno, en los que los deportistas se deslizaban a altísimas velocidades en toboganes de hielo, sin poder elegir mucho ni observar nada. Cómo poder ver algo cuando uno va a semejante velocidad? Toda la atención está puesta en no tener un choque mortal en cada curva. Sobrevivir, lisa y llanamente. Tal como Sol se sentía. Cada día era de una dualidad insoportable. El infierno y el paraíso, uno a un milímetro del otro. De la borrachera del amor, al desgarro de saber que no era un amor posible. Todo sin escalas, en cuestión de segundos. Quería controlar el proceso, pero se daba cuenta que no controlaba nada. -No haga nada; ni siquiera tenga apuro por resolver el problema, -le dijo su terapeuta. Sol que lo miraba desahuciada, necesitando que le dijera qué hacer, y el infeliz le bajaba una línea que ella juzgaba pasteurizada. -En situaciones como estas, lo más importante es dejar que la tensión persista. Estamos tentados a decidir, en la esperanza de sacarnos el problema de encima, como sea. Pero eso no es posible. Es mucho mejor aguantar hasta que uno pueda ver con nitidez, -amplió el profesional. -Pero me estoy muriendo, -balbuceó ella. -No. Es solo una sensación de su mente. Puede seguir viviendo con normalidad aunque sienta que tiene la cabeza y la vida partida. En su casa, la situación era insostenible. Por más esfuerzos que hiciera por sobrellevar la situación, estaba enojada con su marido. Esas paradojas de la vida en donde el victimario se siente víctima. Las cosas iban de mal en peor, y cada parte de su doble vida se alejaba aún más de la otra. Sentía que iba a morir desgarrada por las fuerzas que la tironeaban para lados opuestos. -Tiene el privilegio de vivir una crisis, -dijo el terapeuta con vos pausada. -Privilegio? -Sí. Las crisis son una invitación al cambio. Desarman nuestras estructuras rígidas que nos están impidiendo ser lo que somos. Uno tiene que dejar de querer controlar el futuro para poder vivir lo que está pasando ahora. Sol escuchaba muda. -El dolor es resistencia, -siguió. -Cuando nos entregamos a la experiencia dolorosa, se evapora. Pero cuanto más rechazamos la realidad, más duele. Agradezca esta crisis que está pasando, que usted va a salir renovada. El problema era que Sol no quería salir renovada. Al menos no voluntariamente. Quería estar con su amor, sin perder su familia. Pero al igual que toda crisis, llevaba implícita la imposibilidad de volver atrás y habría pérdidas inevitables. Muchos años después, pudo comprender que su terapeuta tenía razón y que ese había sido el período de transformación más grande de su vida. www.juantonelli.com

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¿Cuándo es momento de soltar lo que se fue?
¿Cuándo es momento de soltar lo que se fue?
InfoporAnónimo9/15/2016

Iván era tenía trece años y un futuro prominente como ciclista. Pese a su temprana edad, su vida transcurría sobre dos ruedas. Tan pronto terminaba el colegio, se iba al club en donde entrenaba toda la tarde hasta el horario de la cena. Su familia lo apoyaba, sabiendo lo bueno que era el deporte, especialmente para una juventud amenazada por el sedentarismo, las pantallas, y las drogas. El deporte exorcizaba todo. Su madre era contadora y su padre escribano, asegurándole a la familia un buen pasar. El campeón mundial era su ídolo, y utilizaba una impresionante bicicleta Cannondale, que era su amor imposible. Era tan cara que Iván no se animaba a pedírsela a sus padres. Después de unos años de desearla, tomó la determinación de ahorrar para comprársela. Aunque la gesta era muy difícil, estaba decidido a lograrlo. Para peor, con una edad en la que no entendía los estragos inflacionarios, Iván enfrentaba un problema adicional: todos los billetes que atesoraba perdían su valor en un país con 40% de inflación anual. Decidió evitar que sus padres oficiaran de custodios de sus ahorros. En el pasado, la falta de registros contables de algún tipo lo habían hecho perder todo lo que había juntado con tanto esfuerzo. No es que sus padres lo hubieran hecho a propósito, pero había ocurrido. Por ende y para evitar riesgos, optó por arreglárselas solo, aunque todo fuera muy cuesta arriba. Más allá de algún dinero que pudieran regalarle sus abuelas, la gran oportunidad de ahorro ocurría los fines de semana. El dinero que le daban para almorzar y merendar en el club, era ahorrado en su totalidad. Iván desayunaba mucho antes de partir, bebía agua corriente durante todo el día, y regresaba famélico a su casa al atardecer, pero con toda la plata lista para ser guardada en el cajón de sus ahorros. A su madre le llamaba la atención el hambre con la que Iván regresaba del club, aunque tampoco le prestaba demasiada atención al tema. Él, estaba contento por su determinación y fuerza de voluntad, y evitaba tomar siquiera una bebida durante todo el día. Con eso ahorraba un buen dinero y se acercaba al sueño de tener la misma bicicleta que el campeón. Apenas empezó esta dinámica de ayunos ahorrativos en función de su sueño, ocurrió un hecho inesperado: un compañero de lo colegio lo invitó a hacer ala delta. Su padre era un entusiasta de ese deporte y llevó a ambos adolescentes al cerro desde el cual se arrojarían en un vuelo de doble comando. El inicio no era para miedosos ni personas con vértigo: cargando el ala había que correr por una especie de muelle, en dirección al abismo. Una vez llegado al precipicio había que seguir corriendo hacia el vacío, y luego de una caída de pocos metros que duraba una décima de segundo y parecían una eternidad, la vela se tensaba y comenzaba el vuelo. Ver todo Río de Janeiro desde las alturas era maravilloso: la vegetación de los morros, la playa, los edificios, el mar azul. Iván estaba conmovido por la experiencia. La vista, el aire pegando en la cara y en todo el cuerpo, y no escuchar más sonidos que el viento. El riesgo y la posibilidad de matarse le producían una extraña fascinación. Ese flirteo con la muerte tenía algo especial. Sin embargo, el sentimiento dominante era el de libertad. Él, que había creído que andar en bicicleta por rutas perdidas era la libertad misma, venía a descubrir que existía una actividad que le brindaba una sensación aún mayor. Volvió a su casa sabiendo que algo se había modificado profundamente. Aunque no fuera consciente, algo había irrumpido tornando obsoleto a todo lo demás. Su vida, como la había conocido hasta entonces, había cambiado para siempre. Durante esa semana fue a entrenar como siempre lo hacía, percibiendo que sus ganas ya no eran las mismas. Al igual que enamorarse, el proceso podía llevar mucho más tiempo para ser comprendido que en desencadenarse. Esos cinco días entrenó normalmente aunque ya nada era lo mismo. El dilema se presentó el fin de semana cuando Iván quiso ir a hacer ala delta nuevamente. Contrariado, casi culposo, le preguntó a su amigo si podría acompañarlos. La realidad conspiraba a su favor y un rato después recorrían en auto los sinuosos caminos que los llevaban a la cima de la montaña. Otro vuelo acompañado de un instructor y la experiencia de Iván empezaba a aclararse. Estaba fascinado con volar. Tan pronto regresó ese día fue a entrenar con su bicicleta sabiendo que algo no funcionaba. A la hora de la cena cayó en la cuenta que si seguía volando no podría comprarse la bicicleta que tanto anhelaba, dado que el derecho de vuelo y la clase con el instructor eran costosas. Durante dos semanas convivió con una doble vida en la que volaba y entrenaba con su bicicleta. No poder ahorrar lo llenaba de frustración, así que optó por suspender los vuelos en ala delta y así juntar todo el dinero que necesitaba para comprarse el rodado. Aunque el hecho de no volar le producía cierta melancolía, su determinación en pos de un objetivo ordenaba su vida. Todo había vuelto a la normalidad e Iván entrenaba ciclismo rigurosamente seis días a la semana, ahorrando un buen dinero los fines de semana. Grande fue su decepción cuando después de varios meses fue a comprarse la bicicleta con todo el dinero ahorrado. El país atravesaba una profunda crisis económica y la devaluación de la moneda había disparado el valor del dólar y por ende, el de su tan ansiado sueño. Frustrado, volvió a su casa determinado en seguir ahorrando hasta poder comprarla. Así pasaron los meses y la frustración se repitió tres veces más. Cada vez que Iván juntaba todo el dinero necesario para comprar la bicicleta, ésta subía de precio. Finalmente llegó el día en que todos sus esfuerzos rindieron sus frutos e Iván pudo comprarse la bicicleta. Volvió andando con ella a su casa y se fue a probarla a la ruta, magnánimo. Se sentía alguien importante. Tenía la misma máquina que el campeón, y con ella andaba mucho más rápido. Esa noche la bicicleta quedó al lado de su cama, como si fuera el amor de su vida. El aladeltismo parecía haber quedado atrás y los días siguientes, Iván utilizó su nueva bici sin parar. Como si todas las emociones que le había generado volar hubieran desaparecido sin dejar rastro. Pero la amnesia emotiva duró cinco días. Al llegar el fin de semana Iván registró que ya no necesitaba seguir ahorrando. Ahora podía almorzar y merendar en el club sin problemas, comprarse las bebidas y dulces que deseara. O también, pagar el derecho de vuelo y contratar a un instructor. Aquél pensamiento subversivo empezó a dejar al descubierto que el ciclismo ya era parte de su pasado. Aquél sábado Iván fue a volar y luego de hacerlo, no quiso volver a entrenar. Se pasó la tarde mirando cómo volaban, tratando de aprender. El domingo ocurrió lo mismo, y algún sentimiento de culpa atravesó el corazón de Iván. Como si le fuera infiel al ciclismo. No obstante, se dio cuenta que entonces lo único que deseaba era volar y esta vez no estaba dispuesto a abandonarlo. Sin darse cuenta, el aladeltismo capturó toda su vida, como si tomara revancha por lo que había sido reprimido. Era su momento soberano y deseaba demostrarle al ciclismo y a cualquier otro desafiante que él era el gran amor de aquél adolescente. En pocos años, Iván se convirtió en campeón nacional de todas las categorías de menores, y el ciclismo no fue más que un hermoso recuerdo. La nueva bicicleta Cannondale juntaba tierra en el garage. Veinte años después, la madre de Iván lo llamó para preguntarle qué hacían con la bicicleta. Él fue a la casa de sus padres y entró al garage. Tan pronto vio las cubiertas sin desgaste alguno, o el nylon protector del asiento que nunca había llegado a sacar, se conmovió. Inerte, la Cannodale era un monumento al sinsentido, un testigo silencioso de la decisión de aferrarse a lo que ya había dejado de ser. ¿Podía juzgarse por haber intentado cumplir su sueño de tener la bicicleta del campeón mundial? ¿Cómo había sido incapaz de registrar que dejar de hacer lo que le encantaba nunca tendría sentido? ¿Pero era acaso la pregunta? Pasaron otros años hasta que Iván pudo elaborar algunas respuestas a esos interrogantes. Los hombres podían vivir experiencias tan intensas que impedían ser comprendidas hasta muchos años después de haberlas vivido. Como si las emociones generaran una inundación en el cerebro, impidiendo el razonamiento lógico más elemental, y ser capaces de ver lo evidente. En todo caso, la pregunta clave era registrar cuándo la vida había cambiado y uno debía dejar atrás el pasado. Aún en experiencias muy fuertes, el ser humano tendía a aferrarse a lo conocido por una mezcla de emociones: miedo al futuro, tristeza por la pérdida, angustia por la incertidumbre. ¿Cómo hacer para saber cuándo el presente se había tornado en pasado obsoleto y uno debía soltarlo? Ese proceso, a veces podía llevar años de evolución, pero también podía ser un solo fatídico instante, como un romance furibundo o la experiencia del ala delta. Iván comprendió que era imposible saber cuándo era el momento justo de soltar. No era brujo ni adivino. En todo caso, el desafío era estar lo suficientemente conectado consigo mismo para enterarse lo antes posible cuando la vida había cambiado, y así evitarse los colosales costos de seguir aferrado a algo que había muerto. Artículo de Juan Tonelli: ¿Cuándo es momento de soltar lo que se fue? ¿Solés quedarte aferrado a personas o actividades que tu vida ya dejó atrás? www.juantonelli.com

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¿Contarías una infidelidad?
InfoporAnónimo9/29/2016

-Cómo que le contaste tu aventura a tu marido? Te volviste loca? La pregunta de Carolina era pertinente. Romina le acababa de contar que le había confesado a su marido que estaba enamorada de otro hombre. -Esas cosas no se cuentan, amiga, -continuó. -Se las vive y lleva en el corazón, toda la vida. Algún poeta se preguntaba a dónde iban a parar los amores prohibidos cuando se morían… Al fondo del océano? El problema era que para Romina ese amor prohibido no estaba muerto; vivía mas que nunca. La que sí estaba muerta de contrariedad, disociación y sufrimiento era ella. No aguantaba más esta vida dual, con su adorada familia por un lado y su verdadero amor por el otro, como dos puntas irreconciliables. Por qué la vida hacía estas cosas? -Aparte, los que siempre hablan de mas son los hombres. Inconscientemente necesitan mostrar y presumir que se acuestan con otras mujeres así que siempre se termina enterando medio mundo. En cambio, nosotras somos mucho más discretas y cuidadosas con esos temas. Por eso las estadísticas muestran que los hombres son más infieles cuando en realidad no es tan así. Sino, con quién son infieles? Con mujeres que viven en Venus, porque las del planeta Tierra son todas correctas? Romina escuchaba a medias a su amiga. Sentía que estaba en otra frecuencia. Lo que Carolina decía aplicaba para una aventura, un amante. Pero no tenía nada que ver si se trataba de un verdadero amor prohibido, de esos que parten la cabeza. Ahí ya no había más especulaciones. Solo había una fractura interior que parecía no cerrar nunca. -Estamos hablando de temas distintos, -dijo Romina en voz baja, aunque frenando en seco a su amiga. Carolina escuchaba con atención. -Te acordás de Manuel? -Tu novio de la facultad?, -arriesgó Carolina. Romina asintió con la mirada perdida. Luego dijo: -A él lo dejé por mi actual marido, de quien me enamoré mal cuando estábamos por recibirnos. -Me acuerdo perfecto, -dijo Carolina. -Pero qué tiene que ver con esto? -Todo… Romina le contó a su amiga que cuando estaba de novia con Manuel y se enamoró de quien luego sería su marido, estuvo un año peleando la situación, hasta que se volvió intolerable. Entonces tomó la decisión de dejar a su novio sin mayores explicaciones. Ya había pasado un año con los desencuentros propios de la doble vida, así que tampoco era una decisión que nadie pudiera prever. Sin embargo, siguiendo el manual de procedimientos de estos casos, Romina le ocultó que lo dejaba por otro. Tenía pánico de mirar a los ojos a su novio y contarle esa verdad cruel. A su vez, la sabiduría popular sostenía que no había que contar estas cosas, reforzando su postura. Como parte de esos enigmas que la vida siempre plantea, el resignado novio le había dicho una sola cosa: -Solo te pido que no salgas con Emilio. Romina se había quedado helada porque era justamente Emilio de quien ella estaba perdidamente enamorada. Como se habría dado cuenta su novio? Solo intuición? Atinó a balbucear que no podía decirle cómo seguir su vida. No podía tomar un compromiso que tenía la certeza que incumpliría. Cuando dejó a Manuel, Romina intentó mantener su nuevo romance en la clandestinidad. Sin embargo a los pocos meses salió a la luz. Unas semanas más tarde la llamó su ex, y en una breve pero imborrable conversación, le dijo: -me cagaste; al final todos nuestros problemas eran porque estabas con otro. Romina quedó estupefacta, y después de cortar el teléfono se quedó sentada en el sillón llorando un largo rato. De poco importaba que estuviera feliz con su nueva relación. Se sentía como el apóstol Pedro luego de que el gallo hubiera cantado tres veces. Era una traidora. Tardó años en procesar esa situación, la culpa de haber dejado a su novio por otro, la la doble vida y sobre todo, la mentira del final. -Por eso, disociar aquella experiencia de este presente que vivo es imposible. No quería volver a vivir la situación de que un día me llame mi ex marido, y me diga que lo cagué. Prefiero decirle la verdad de entrada, yo misma. Carolina escuchaba entre maravillada y atónita. Por un lado admiraba el coraje de su amiga. Por el otro, evaluaba las imprevisibles consecuencias que dispararía aquella verdad. Qué dosis de verdad eran capaces de tolerar las personas? Cuál era el límite entre una mentira piadosa, para ayudar a alguien a que el impacto fuera menor, permitiéndole recuperarse más rápido, y una mentira inaceptable, o más aún, una traición? Pese a los esfuerzos que hicieron ambos, Romina y Emilio terminaron separándose. Él quedó muy dolido, así que durante largos años todo fue extremadamente difícil. A la dificultad estructural de cualquier separación, se le sumaba el golpe en su autoestima, y su resentimiento que parecía no sanar nunca. Años después, ambas amigas tomaban un trago al atardecer. Romina se quejaba de la difícil interacción con su ex. -Nada de esto hubiera pasado si no le contabas la verdad, -dijo Carolina. Romina escuchó aquellas palabras contrariada. Sabían que eran ciertas. Sin embargo, tenía paz interior. -A veces tenemos que elegir entre lo fácil y lo correcto. Seguro que lo que elegí no fue lo más conveniente. Pero Emilio y yo no nos merecíamos terminar así. Veinte años juntos, dos hijos, miles de cosas compartidas, no podían terminar con una mentira. Carolina escuchaba con atención a su amiga que buscaba ponerle palabras a algo difícil. -Seguramente mi vida hubiera sido más fácil. Pero no tendría paz. Podemos engañar a todos, pero no podemos escaparnos de nosotros mismos. Y a determinada edad, ciertas mentiras nos roban la vitalidad, mientras que la verdad siempre produce vida. Y yo elegí vivir, -concluyó. www.juantonelli.com

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I
Invisible para sus padres
InfoporAnónimo8/4/2016

La imagen que le mostró la terapeuta parecía hecha a su medida. En ella, una mujer hermosa alzaba a un niño. Con el otro brazo sostenía un espejo de mano en el cual se miraba. A sus pies, otro niño más pequeño le agarraba el vestido largo como queriendo llamarle la atención. La terapeuta se dispuso a explicarle a Mariano la simbología, que era bien simple. “- Tu madre tiene alzado a tu hermano, el que es el importante. Sin embargo, no lo mira. Ella solo se observa a sí misma, en el espejo. Por último, vos sos el niñito que está en el piso, tirando el vestido de la mamá para ver si lo miran, cosa que no ocurre”. Mariano se sintió fuertemente identificado; era la historia de su vida. Trató de suavizar la situación de su madre, alegando que ella no era una narcisista que vivía mirándose al espejo o alguien a quien lo único que le importaba era ella misma. La terapeuta, aunque compasiva, no concedió. “- Que no se mirara al espejo o que no fuera el centro del mundo, no evitó el problema. Lo decisivo fue que por su propia historia de vida, fue incapaz de mirarlos a ustedes. Eran tantas sus propias llagas y mutilaciones emocionales que no había lugar para ver a dos niños, percibir qué les pasaba”. Mariano se quedó en silencio, masticando las quirúrgicas palabras que acababa de escuchar. La terapeuta prosiguió: “- El importante era tu hermano, el que estaba alzado. Como sucede casi siempre con los primogénitos. Es en quienes se depositan todas las esperanzas. Y ojo que esos chicos no la tienen nada fácil en su vida. Para empezar, porque pese a ser los elegidos y estar alzados, tampoco los miran. No lo ven a él, solo la imagen que quieren recibir de él. Pobrecito…” completó después de un largo suspiro que permitía inferir todo el sufrimiento emocional que tendría aquél niño pese a haber sido el elegido. A la mente de Mariano vino por enésima vez la imagen de la mesa familiar. Todos reunidos en el almuerzo dominical, y el que sobresalía era su hermano, que con sus conocimientos capturaba la atención de todos los adultos. Nadie hablaba excepto él, que en un diálogo de gigantes discutía de igual a igual con su abuelo, el patriarca de la familia. En aquella mesa no había lugar para Mariano. Nadie lo miraba. Pasarían pocos años para que él le encontrara la vuelta al problema. Su mecanismo para sobrevivir sería volverse exitoso. Con muy pocos años de edad Mariano descubriría que ganar medallas de oro en el colegio o en el deporte -los dos ámbitos en los que podía competir y destacarse-, le permitirían llamar la atención de sus padres y de toda la familia. Y si bien esa atención duraba pocos instantes, tenía un poderoso efecto residual que era el de ser respetado por todos. Él no decía cosas tan interesantes como su hermano, pero los logros hablaban por sí mismos. Como si ganar medallas de oro fuera un tributo que tuviera que pagar para poder ser parte, para ser registrado, para existir. Con los años, aquél pobre esquema relacional en vez de diluirse se consolidó. Para peor, Mariano registró que a resultados extraordinarios, atención extraordinaria. De ahí a que soñara con ser presidente había un solo paso. Y por suerte que el planeta tierra no tenía presidencia, porque sino hubiera peleado por ella. Obviamente, era incapaz de percibir la pobreza de aquellos vínculos que en el fondo, no eran más que un rudimentario intercambio. Tardaría años en comprender el amor porque durante décadas, para él sólo sería algo a ser obtenido, a merecer, a comerciar. “Te doy esto, me das aquello.” Después de brindarle a Mariano unos instantes para asimilar aquellas verdades, la terapeuta prosiguió: “- Todos venimos del desamparo; ni aún los padres más perfectos pueden darnos el amor y la protección que necesitamos. Aunque por lo general, tenemos padres que están bien lejos de la perfección. Sus propias heridas y desamparos los lleva a que tengan muchas dificultades para mirar a sus hijos, ver qué necesitan, darles todo el amor y contención que requieren. Y ese círculo vicioso se va repitiendo a través de generaciones salvo que uno pueda cortarlo con padres jóvenes que se enteran de sus propias heridas y abandonos, y una vez sanados, tomen la firme determinación de no repetir historias de dolor con sus hijos.” Mariano escuchaba con la mirada perdida, ya que su corazón y su mente seguían procesando su propio dolor. En este momento a él no le interesaba el dolor de el hombre. Le preocupaba el dolor de este hombre. Su dolor, no el del género humano. “- Tu mecanismo de supervivencia fue no intimar con el otro. Como cuando te acercaste no te recibieron y saliste herido (el caso de tu madre), optaste por no acercarte nunca más a nadie. Preferiste refugiarte en tu soledad que exponerte a un vínculo. Te aliaste y retroalimentaste de tu aislamiento para obtener logros. Pero es un modelo muy exigente y sobre todo, muy pobre. Ahí no hay encuentro y por ende no hay paz. Las únicas relaciones que conocés son aquellas que hay que sostener. Como no va a gustarte la soledad…. si en el fondo, es el único momento en que no tenés que estar empujando ni sosteniendo nada. Es cuando podés ser vos…” Mariano estaba callado, conmovido por lo que escuchaba y por empatizar con aquél niño desamparado. Como todo ser humano, no había tenido las condiciones emocionales para sobrevivir, por lo cual no tuvo más remedio que inventárselas. El tema es que lo que podría haber estado bien para una emergencia se había convertido en un estilo de vida. Recordó aquella arenga de Anthony de Mello en la que provocaba diciendo que las personas eran como un auto que se rompía y al cual había que empujar hasta el taller. El problema era que después de llegar, en vez de arreglarlo y salir andando, las personas asumían que la única manera de andar era seguir empujándolo. Y así se pasaban toda la vida haciendo fuerza. En realidad, lo que necesitaban era un mecánico, un experto que arreglara el motor para no tener que pasarse la vida empujando. A su entender, arreglar el motor era despertar, tomar consciencia. La pregunta de Mariano resultó inevitable. “- ¿ Y qué hago con todo esto? ¿Cómo corto esta matriz que además de ser cansadora, produce tanto aislamiento e infelicidad?” “- Lo primero que tenés que hacer es enterarte”, señaló con dulzura la terapeuta. “- Tenés que ver la realidad tal cual fue y no como a vos te la contaron o como te hubiera gustado que fuera. Verla tal cual es lleva implícito confrontar un dolor grande, el del desamparo que tuviste. “ “- Después, tenemos que comprender cuáles fueron esos mecanismos de supervivencia que desarrollamos ya que suelen ser muy dañinos tanto para nuestro entorno como para nosotros mismos.” Mientras Mariano asentía con la cabeza, la terapeuta prosiguió. “- Tal vez una de las partes más difíciles sea comprender que todo ese desamparo y falta de comprensión fue lo mejor que nuestros padres pudieron darnos. Por más que haya sido muy poco, por sus propias heridas e historia de vida, no pudieron hacerlo mejor. Cuando uno puede ver la realidad tal como fue, sin negarla ni pasteurizarla, da el primer paso para la sanación definitiva, que consiste en poder soltar el pasado, dejarlo en paz. Si lo negamos o edulcoramos, volverá una y otra vez. Si lo reconocemos tal como fue, se sosegará y por primera vez podremos elegir dejarlo atrás. Pero para eso necesitamos reconciliarnos con nuestros padres y con nuestra vida. Solo así podremos seguir adelante. Recién entonces podremos conocer de verdad lo que es el amor. No es posible amar mientras uno está condicionado o atado por su historia. Es imprescindible sanarla para poder dejarla atrás. Y así poder amar, que es lo único a lo que venimos a esta vida.” Después de un largo silencio, Mariano conmovido le agradeció, se paró y se fue. www.juantonelli.com

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El consejo que Maradona le habría dado a Messi
InfoporAnónimo9/12/2016

Cuentan que durante el mundial 2010 cuando Maradona era el entrenador de la selección nacional de futbol, durante un entrenamiento mientras practicaban tiros libres le dijo a Messi, “Leo, para que la pelota entienda mejor qué es lo que vos querés que haga déjala más tiempo en pie, acompañada más, que haya más tiempo de contacto entre el pie y la pelota. No te aceleres, tomate tu tiempo,” Cuando era chico me encantaba jugar al futbol, sin embargo tenia una sensación ambivalente. Por un lado la alegría de jugar, por otro el miedo, miedo a equivocarme. Me aceleraba porque tenía miedo. Cuando me pasaban la pelota era una sensación como si la pelota quemara, me la tenía que sacar de encima lo más rápido posible de forma tal de no equivocarme, que se equivocara otro pero yo ponerme a salvo. En el deporte como en la vida, apurarnos no nos sirve, no nos ayuda. La vida pasa por otro lado, se trata de aprender a amigarnos con la pelota para no sentir que nos quema. Tomate tu tiempo. www.juantonelli.com link: https://www.youtube.com/watch?v=bgLo7I-A_3I

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¿Sentís miedo de mostrarte como sos?
InfoporAnónimo9/14/2016

¿Quién de nosotros no siente miedo a ser rechazado? Gareth Thomas era el capitán de la poderosa selección de rugby de Gales. Era conocido por ser el más rudo entre los rudos. Desde adolescente tenia sentimientos extraños que el optó por tapar con la esperanza de que se evaporaran. Después se convirtió en el capitán de su seleccionado, se casó. En su matrimonio perdieron tres embarazos. Después de la tercera pérdida sintió que aquellos sentimientos que tenía desde su juventud seguían estando ahi cada vez más fuertes y era un llamado de la vida para animarse a conversar con su mujer de la verdad. Le contó que él se sentía homosexual, sin embargo le faltaba lo más difícil, que era poder contarle al resto del mundo que él era gay. ¿Cómo hacerlo si él era el capitán del deporte más duro y más masculino de todos? Tenia pánico de ser expulsado del seleccionado, perder los sponsor, toda una serie de catástrofes a la luz de ser discriminado por su condición. Finalmente después de un partido muy bueno, él en vez de estar exultaste llega al vestuario y se quiebra. Su entrenador le pregunta qué le pasa y él ahí le cuenta toda la historia. El entrenador le dice “esto es muy difícil para que lo cargues todo vos, así que voy a buscar a tus mejores compañeros para que vengan a acompañarte y ayudarte” Ahi Gareth no sabe qué hacer, por un lado eso era lo que más ansiaba en el mundo, poder compartir su situación, no tener que esconderse más y a su vez el pánico de cruzar ese puente. Finalmente llegan sus amigos y le dice “Gareth por que tardaste tanto tiempo en contarnos?” Y él ahi dice exactamente lo mismo “¿por qué tardé tanto tiempo en contarlo?”. Como Gareth, muchas veces tardamos décadas en animarnos a ser auténticos. Pero cuando sufrimos lo suficiente estamos dispuestos a correr el riesgo de mostrarnos tal como somos. www.juantonelli.com link: https://www.youtube.com/watch?time_continue=138&v=PSdglBjTXhw

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