El Kirchnerismo y una nueva forma de entender la división de poderes.
Parece que la división de poderes tomó otro significado en la era Kirchner. La idea de Montesquieu era la de un sistema de contrapesos entre el legislativo, el ejecutivo y el judicial, para garantizar la democracia. Una especie de burocratización del Estado para un mejor desempeño, bajo el irrefutable pensamiento utópico de la época colonial. Sin embargo bajo el mandato kirchnerista el concepto ha captado otro tinte, el de la confrontación.
El periodo presidido por Cristina Fernández se ha destacado por diversas contiendas. Entre las más relevantes se encuentran la del campo y la del multimedios Clarín. Es evidente que el actual gobierno no es de los que ceden, de los que esquivan y gambetean. Más bien, pertenece al grupo de aquellos que no ahorran energías, recursos, y hasta escrúpulos con tal de vencer. ¿Virtud o defecto?, no importa. Lo que sí interesa es que esa actitud ha llevado al país a una desestabilización profunda en la relación de los componentes de las instituciones que nuclean los tres poderes.
El conflicto político rigente tuvo su génesis en diciembre del 2009 cuando se crea el Fondo del Bicentenario mediante un decreto de necesidad y urgencia (DNU), que incluía el pago de la deuda mediante las reservas. Episodio que desembocó en la destitución de Redrado al frente del Central tras la resolución de la Juez María José Sarmiento, en respuesta a un recurso de amparo presentado por las principales corrientes opositoras, en la que sentencia que le corresponde al parlamento la decisión de la utilización de las reservas. La posterior designación de Mercedes Marcó del Pont como titular de la entidad bancaria devino en la derogación el decreto promovido por la presidenta. Sin embargo los 6.569 millones de dólares que la mandataria nacional pretendía utilizar se consiguieron mediante un giro del Banco Central al Ministerio de Economía.
A partir del momento en el que la jueza Sarmiento traba las tentativas del gobierno, la relación Ejecutivo-Judicial se quebró indefectiblemente. Como resultado la Argentina está atravesando momentos de una insostenible incertidumbre económica, así como también política. Por una parte se están cumpliendo vencimientos de la deuda, además de estar en las puertas del lanzamiento de los bonos globales a 10 años. Por otra parte la dicotomía entre el gobierno, que sostiene que los legisladores o tribunales no pueden revertir un decreto nacional, y la oposición que afirma que los decretos son inconstitucionales porque se necesita la aprobación del parlamento. A raíz de esto la bolsa opera con bajas, debido la falta de confiabilidad de los inversores extranjeros, y los precios del mercado interno se disparan.
Queda claro que ahora la división de poderes no sólo la definen las leyes nacionales, sino que sus actores también. Parece que los Kirchner han contagiado y esparcido su naturaleza combativa hacia el legislativo y el judicial. Hoy los partidos disidentes y gobernantes parecen dirimirse no sólo en el terreno o el ámbito político tradicional, recurriendo a diferentes artilugios o caminando por las aristas de la ley, como es costumbre, sino también en el mediático.
La aparición de la presidenta por cadena nacional ya no es una novedad. Pero el conglomerado entre la oposición, el poder legislativo, el poder judicial, y el multimedios Clarín, ha convertido el tratamiento de los DNU en un debate mediático constante, en el que nadie cede y todos atropellan. Una disputa en la que no hay ventajas para nadie.
La oposición que legisla y tiene el aval de Clarín. El judicial que condiciona mediante fallos y que asume una postura neutral poco creíble. Y el poder ejecutivo, con el apoyo de los enemigos del monopólico multimedios, en una posición férrea en cuanto a sus convicciones. Todos estos agentes pugnan por la adición del público, del receptor de discursos cada vez más descalificadores y que llegan a través de medios de comunicación que parten la realidad según sus intereses. La adhesión de la opinión pública traduce la batalla de política a términos de buenos y malos, ganadores y perdedores, donde no existe la decisión correcta, sólo el ganador.
En consecuencia Argentina es una nación inestable en cuanto a sus instituciones y que genera una imagen decadente y poco fiable para los capitales extranjeros, mediante discusiones y disputas que no tienen nada que ver con el gobernar, sino con el poder mismo. La prepotencia del Kirchnerismo ha llevado a otro nivel el concepto de división de los poderes, lo ha llevado al nivel en el que división de poderes es la cara democrática del enemigo.