El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas;
es ojo porque te ve.
Antonio Machado
ojo porque tú lo veas;
es ojo porque te ve.
Antonio Machado
Soñé que prendía la computadora y me pedía actualizar a Windows 2364. Hacía unos años que Microsoft había vuelto a llamar a sus Windows con el año en que se lanzaban, empujado por una revolución estética que vino a modificar el marketing, más o menos en 2300.
La revolución empezó con Masaru Matsuyama, un japonés que desarrolló lo que en las redes sociales se conocería como "la vista photoshopeada".
Masaru creó una aplicación que funcionaba en conjunto con los "Google Glass" y que permitía aplicar filtros en tiempo real a lo que veíamos. Esto fue el principio de "la vista photoshopeada", ya que los Google Glass fueron un fracaso, en parte, por el desarrollo de otro japones, Toshiro Koizumi.
Toshiro investigó las ondas RF de los teléfonos celulares, que en el siglo XX, se decía, podían provocar cáncer. Toshiro demostró que esas ondas, no sólo eran inofensivas, sino que ademas podía manipularse y afectar al nervio óptico. O sea, gracias a las que después se llamaron “ondas de Toshiro” podíamos enviar imágenes desde nuestro celular directo a nuestros ojos. Uno podía ver la hora, o una película, con el celular en el bolsillo.
La aplicación de Masaru usaba las ondas de Toshiro, para poner un filtro en el nervio ocular y distorsionar lo que veíamos de la realidad. De a poco se desarrollaron diferentes filtros que permitían pulir imperfecciones en rostros, cambiar tonalidades en la piel o cambiar el tipo y color de pelo de la gente que veíamos. Al mismo tiempo podíamos vivir en atardeceres perfectos o ver auroras boreales en cualquier cielo. La aplicación de Masaru nos decía que ya no teníamos que embellecernos para los demás, sino que, a través de filtros, embellecíamos a los demás para nosotros.
La aplicación no fue bien recibida en un principio, ya que nadie quería ser víctima de un constante engaño.
El mismo Masaru se defendía: “Estamos modificando la forma en la que la gente se percibe. Venimos acostumbrados a modificar nuestra apariencia para engañar los sentidos de los demás: nos maquillamos, usamos accesorios, e incluso nos hacemos modificaciones en el cuerpo como tatuajes, o implantes de pelo o siliconas; pero no estamos acostumbrados a modificar la apariencia de los demás para que nos agraden, porque esto fue siempre muy invasivo. En el siglo XXI aprendimos a interactuar con la realidad a través de la tecnología que nos mostraba una realidad maquillada, retocada; incluso las conversaciones con otras personas no eran espontáneas. Nos acostumbramos tanto a esto que incluso tomábamos decisiones sobre un lugar a vacacionar o una persona con la cual iniciar una relación, basados en imágenes que ya sabíamos retocadas. Naturalizamos tanto el engaño, que ya no importa de dónde viene la belleza; si es una persona que se estiliza, o una aplicación que nos la muestra estilizada. Aceptamos como evolutivos los cambios que hacemos en el mundo que beneficien la forma en la que lo percibimos, ya no importa si el retoque es material, siempre y cuando lo percibamos como real. Hemos aceptado varios engaños, es sólo cuestión de tiempo, hasta que aceptemos uno más.”
Masaru no podía estar más acertado. En pocos años, las ondas de Toshiro y la aplicación de Masaru, eran un estándar en todos los celulares y en los carteles publicitarios. La vida en las ciudades, no pudo ser posible sin un filtro de Masaru que nos modifique la vista. Si no nos afectaban las ondas de Toshiro de nuestro celular, nos afectarían las del celular de otro, o las de los carteles publicitarios, y siempre veríamos una realidad distorsionada. Esto llevó a la creación de un filtro llamado “La realidad”, que permitía ver el mundo como si no tuviéramos ningún filtro de Masaru aplicado.
“La realidad” batió récords de descargas en sus primeros días, y funcionó bastante bien, hasta la versión 1.4, cuando se empezó a correr el rumor de que su creador le había vendido los derechos a un canal de televisión, a una iglesia evangélica, a Nike o a Coca-Cola... da lo mismo...