¿Nunca se han sentido tajantemente desplazados o incluso rechazados por las ofertas de empleo que aclaran requerir personas tolerantes a la frustración, adaptables al cambio o aptas para trabajar bajo presión? ¿O se han sentido ofendidos por la literatura psicológica que no parece haber sido redactada para ser dirigida a personas que crean necesitar ayuda, sino para ensalsar a quienes cumplen con un aparente estándar de comportamiento para la vida moderna?
Aquí estoy nuevamente para decir lo que nadie se atreve a decir, o para complementar lo que muy pocos se atreven a complementar. A mí no me da miedo no pertenecer a una mayoría.
La palabra discriminación ha sido utilizada para describir un fenómeno lamentable que se ha producido de varias maneras a lo largo de la historia, como la discriminación a la mujer, a quienes tienen distinto color de piel, a comunidades con creencias o inclinaciones específicas, etc. Pero, quizá por como funciona nuestra civilización, de manera inevitable, sólo el escrutinio histórico juicioso permite tener una visión objetiva y certera de los fenómenos que en tiempo presente ni siquiera son objeto de dudas. Hoy en día vivimos una trágica forma de discriminación, debida a los perfiles propuestos por el modo de producción aprovechándose de la ciencia, específicamente del campo de la psicología.
Es común, porque es una regla y consecuentemente un proceso tristemente indubitable a los ojos de la ciudadanía, el que se solicite la resolución de un test psicotécnico para postularse a ocupar un puesto. Estas pruebas varían en complejidad, tamaño y ridiculez. De las primeras que conocí, era aquella (nunca memoricé su nombre) en que contestas poco más de un centenar de preguntas, varias de ellas repetidas, ofensivamente mecánicas, y que buscan que el paciente/aspirante sea un esclavo modelo, o al menos que se acerque mucho a serlo. Que no le incomode trabajar bajo techo y hacer tareas repetitivas, que no use la imaginación, que no dude de las órdenes que se le dan… etc. Puedo recordar preguntas como “¿prefieres la belleza de una flor, o la de un arma de fuego bien construida?” o “¿preferirías ser abogado y laborar en un edificio, o ser capitán de un barco?”. La primera pregunta discrimina a quienes veían “misión del deber” de quienes veían “Naturalia”. Si alguno veía ambos programas, tendría más incentivos para responder. Si prestó servicio militar, difícilmente se inclinaría por la flor. ¿cuántos jardineros tendrán libreta militar de primera clase? Ahora, ¿cuántas personas en su sano juicio preferirían ser abogados a capitanes de un navío, si fuera tan simple como desearlo? Esta prueba tenía una advertencia introductoria: “No conteste lo que cree que la empresa busca, sino lo que usted piensa”. ¿quién con dos dedos de frente no iba a contestar en procurando su aprobación? Y si alguien contesta con honestidad, ¿no debería esta tener mayor mérito que aparentar ser o ser un esclavo perfecto? Jamás volví a saber de la prueba en mención. Muy seguramente fue desplazada por nuevas ideas de jóvenes psico-industriales “con mucho qué demostrar”.
Otra prueba, visiblemente amada por los psicólogos de las empresas, y tímidamente detestada por los aspirantes y trabajadores, es la prueba Wartegg. Hay que hacer ocho dibujos a partir de figurillas y luego ponerles nombre y seleccionar la que mayor y menor dificultad y gusto haya significado para el analizado. Lejos de poner en tela de juicio la efectividad de la prueba como instrumento de análisis, lo que afirmo es que su uso no se inclina a informar y ayudar a una persona sino a someterla a un juicio que no conoce y a ser groseramente rechazada. Aun aspirante jamás le dicen por qué fue rechazado por el psicólogo. Los aspirantes a empleos no tienen ese derecho. Si los trazos son suaves, la persona no tiene carácter; si son firmes, la persona es agresiva. Si hay demasiadas líneas rectas, la persona demuestra determinación, si hay demasiadas curvas, la persona es demasiado afectiva; si hay espacio en blanco, la persona es ineficiente, etc. Pero ¿no habría una forma que otorgara mejor el mérito a los seleccionados, por lo menos en el primer filtro? ¿Significaría más trabajo para el psicólogo, más honorarios y mayor inversión para la empresa?
Las condiciones mentales y psicológicas de las personas son usadas para discriminar, estableciendo un perfil apto y otro no apto para merecer una oportunidad. En literatura y medios, el perfil de la persona abierta, activa, temeraria y socialmente brillante, es celebrado, promovido, y bendecido; mientras que la persona sombría, silenciosa y tranquila es atacada, ridiculizada, rechazada y condenada. Hoy en día, la autoestima es la explicación a todo. En foros de internet, personas preguntan cómo responder a satisfacción un test de Wartegg o similares, y se les responde “quiérete un poquito y contéstalo a conciencia”. ¿Acaso querer aumentar las posibilidades de ser seleccionado no es quererse?
Tal parece que las condiciones mentales de las personas, que no son de su intención consciente, son motivo de selección y de rechazo a gran escala, y motivo de tratamiento y objeto de ayuda en pequeña escala, para quienes pueden pagar los servicios de un psicólogo no para ayudar a la producción, sino para ayudarse como personas.
Ya es obvio que no se debe ser la clase de persona que se estresa por la prisa en el metro o transmilenio, y que estorba a los “psicológicamente fuertes” por no ir corriendo como ellos. Ya es obvio que no podemos ser de los que disfrutan del silencio, o de los que se incomodan por el alto volumen de las noticias en el restaurante. Ya es obvio que no tenemos derecho a portarnos como lo hacíamos en tiempos mejores, porque seríamos pisoteados. Ya es obvio que la tranquilidad es una fantasía de la que hay que despertar, qué vale mucho más hablar fuerte que hablar bien, que más vale la pena ser fiestero que hogareño y que es mejor ser parlanchín que reservado.
Todas las personas tienen derecho a enfrentarse a la vida sin que les discrimine por su personalidad.
Aquí estoy nuevamente para decir lo que nadie se atreve a decir, o para complementar lo que muy pocos se atreven a complementar. A mí no me da miedo no pertenecer a una mayoría.
La palabra discriminación ha sido utilizada para describir un fenómeno lamentable que se ha producido de varias maneras a lo largo de la historia, como la discriminación a la mujer, a quienes tienen distinto color de piel, a comunidades con creencias o inclinaciones específicas, etc. Pero, quizá por como funciona nuestra civilización, de manera inevitable, sólo el escrutinio histórico juicioso permite tener una visión objetiva y certera de los fenómenos que en tiempo presente ni siquiera son objeto de dudas. Hoy en día vivimos una trágica forma de discriminación, debida a los perfiles propuestos por el modo de producción aprovechándose de la ciencia, específicamente del campo de la psicología.
Es común, porque es una regla y consecuentemente un proceso tristemente indubitable a los ojos de la ciudadanía, el que se solicite la resolución de un test psicotécnico para postularse a ocupar un puesto. Estas pruebas varían en complejidad, tamaño y ridiculez. De las primeras que conocí, era aquella (nunca memoricé su nombre) en que contestas poco más de un centenar de preguntas, varias de ellas repetidas, ofensivamente mecánicas, y que buscan que el paciente/aspirante sea un esclavo modelo, o al menos que se acerque mucho a serlo. Que no le incomode trabajar bajo techo y hacer tareas repetitivas, que no use la imaginación, que no dude de las órdenes que se le dan… etc. Puedo recordar preguntas como “¿prefieres la belleza de una flor, o la de un arma de fuego bien construida?” o “¿preferirías ser abogado y laborar en un edificio, o ser capitán de un barco?”. La primera pregunta discrimina a quienes veían “misión del deber” de quienes veían “Naturalia”. Si alguno veía ambos programas, tendría más incentivos para responder. Si prestó servicio militar, difícilmente se inclinaría por la flor. ¿cuántos jardineros tendrán libreta militar de primera clase? Ahora, ¿cuántas personas en su sano juicio preferirían ser abogados a capitanes de un navío, si fuera tan simple como desearlo? Esta prueba tenía una advertencia introductoria: “No conteste lo que cree que la empresa busca, sino lo que usted piensa”. ¿quién con dos dedos de frente no iba a contestar en procurando su aprobación? Y si alguien contesta con honestidad, ¿no debería esta tener mayor mérito que aparentar ser o ser un esclavo perfecto? Jamás volví a saber de la prueba en mención. Muy seguramente fue desplazada por nuevas ideas de jóvenes psico-industriales “con mucho qué demostrar”.
Otra prueba, visiblemente amada por los psicólogos de las empresas, y tímidamente detestada por los aspirantes y trabajadores, es la prueba Wartegg. Hay que hacer ocho dibujos a partir de figurillas y luego ponerles nombre y seleccionar la que mayor y menor dificultad y gusto haya significado para el analizado. Lejos de poner en tela de juicio la efectividad de la prueba como instrumento de análisis, lo que afirmo es que su uso no se inclina a informar y ayudar a una persona sino a someterla a un juicio que no conoce y a ser groseramente rechazada. Aun aspirante jamás le dicen por qué fue rechazado por el psicólogo. Los aspirantes a empleos no tienen ese derecho. Si los trazos son suaves, la persona no tiene carácter; si son firmes, la persona es agresiva. Si hay demasiadas líneas rectas, la persona demuestra determinación, si hay demasiadas curvas, la persona es demasiado afectiva; si hay espacio en blanco, la persona es ineficiente, etc. Pero ¿no habría una forma que otorgara mejor el mérito a los seleccionados, por lo menos en el primer filtro? ¿Significaría más trabajo para el psicólogo, más honorarios y mayor inversión para la empresa?
Las condiciones mentales y psicológicas de las personas son usadas para discriminar, estableciendo un perfil apto y otro no apto para merecer una oportunidad. En literatura y medios, el perfil de la persona abierta, activa, temeraria y socialmente brillante, es celebrado, promovido, y bendecido; mientras que la persona sombría, silenciosa y tranquila es atacada, ridiculizada, rechazada y condenada. Hoy en día, la autoestima es la explicación a todo. En foros de internet, personas preguntan cómo responder a satisfacción un test de Wartegg o similares, y se les responde “quiérete un poquito y contéstalo a conciencia”. ¿Acaso querer aumentar las posibilidades de ser seleccionado no es quererse?
Tal parece que las condiciones mentales de las personas, que no son de su intención consciente, son motivo de selección y de rechazo a gran escala, y motivo de tratamiento y objeto de ayuda en pequeña escala, para quienes pueden pagar los servicios de un psicólogo no para ayudar a la producción, sino para ayudarse como personas.
Ya es obvio que no se debe ser la clase de persona que se estresa por la prisa en el metro o transmilenio, y que estorba a los “psicológicamente fuertes” por no ir corriendo como ellos. Ya es obvio que no podemos ser de los que disfrutan del silencio, o de los que se incomodan por el alto volumen de las noticias en el restaurante. Ya es obvio que no tenemos derecho a portarnos como lo hacíamos en tiempos mejores, porque seríamos pisoteados. Ya es obvio que la tranquilidad es una fantasía de la que hay que despertar, qué vale mucho más hablar fuerte que hablar bien, que más vale la pena ser fiestero que hogareño y que es mejor ser parlanchín que reservado.
Todas las personas tienen derecho a enfrentarse a la vida sin que les discrimine por su personalidad.