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Cuento corto propio. Recuérdame

RECUÉRDAME


-Recuérdame.
-No digas eso.
-Es lo último que te pido.

El hombre comenzó a llorar.

-No…por favor, aún no. No estoy listo.

La mujer que estaba recostada sobre la camilla, le sostenía la mano.

-Ya es hora, mi amor.
-No. Aún no…por favor no.
-Hiciste todo lo que pudiste.

Carla lo miraba con ternura. Luciano había sacrificado su vida para cuidarla.
Ella sufría del corazón y al pasar los años, su condición fue empeorando hasta el punto que la única solución posible era un transplante. Sin embargo, conseguir un donante resultó una proeza imposible de superar y su condición de embarazada aceleraba su pase a la otra vida.

-Debes soltarme. Ya te he causado mucho sufrimiento.

Carla tosió. Un poco de sangre salió de su boca. Su final estaba próximo.
Las cuentas del hospital eran elevadas, a pesar de que su médico, conmovido por aquella pareja, no cobraba honorarios por tratarla. Para costear las facturas, Luciano trabajaba casi todo el día. Casi no descansaba, pero gracias a eso, ella podía recibir los cuidados que necesitaba.

Se habían conocido en un cumpleaños, gracias a los caprichos del destino.
No solo quedaron atraídos físicamente, sino que su amor fue la envidia de todo su mundo.
Sin embargo, al poco tiempo a Carla le diagnosticaron un severo problema cardíaco que no tenía cura ni tratamiento, siendo la única opción posible, el transplante.
Buscaron de todas las formas posibles conseguir un donante, aunque sin éxito. Su ubicación en la lista de espera era muy baja.
Al cumplir los 30 años, Carla le desnudó su pensamiento. Quería tener un hijo, quería que, si dejara esta vida, una nueva había comenzado y ese es el regalo que quería hacerle a su flamante marido.

Su médico entró por la puerta. Quería controlar los signos vitales de su paciente.
Al verlos, suspiró e inyectó a Carla con una jeringa que traía en el bolsillo.

-Es para que por fin puedas dormir.

Luego abandonó la escena, mirando a Luciano al salir.

-Ya es hora, mi amor.

Luciano seguía llorando.

-No…aguanta un poco más, te lo ruego.
-Estoy cansada. Por favor, déjame dormir.
-Por favor…

La mujer durmió mientras que escuchaba el lamento de su pareja.
Carla despertó con un sobresalto y se sentó en la cama. Estaba sola.
Se desabotonó el pijama y miró su pecho. Una cicatriz lo marcaba.
Luciano verdaderamente había sacrifiado su vida por ella.
Carla miró la foto de él que había enmarcado y puesto en su mesita de luz.
Comenzó a llorar.

-¿Por qué lo hiciste?- sollozaba
-Porque mereces vivir.

Carla se sorprendió.
Una figura blanca apreció frente a ella y tomó la forma de su difunto esposo.

-¿Cómo es posible?
-No lo sé.
-Creí que estabas muerto.
-Mientras me recuerdes, yo no moriré.

Carla se levantó y se acercó a aquella figura. No tenía miedo.

-Te extraño demasiado- Le dijo.
-Yo también.

No podía contenerse. La necesidad de abrazarlo era demasiado grande.
Sus brazos rodeadon el cuerpo de su marido y lo apretaron con toda su fuerza.

-Calma, calma- Le respondió él.

Sus palabras eran serenas y lentas, justo lo que Carla necesitaba.

-¿Por qué lo hiciste?- Le preguntó, mientras que seguía abrazándolo.
-Tú sabes por qué.
-No lo sé…dímelo.
-¿Cómo que no lo sabes si es muy fácil?
-No te entiendo, Lucho.
-Lo hice porque tu vida era más importante que la mía.
-¿¡Cómo puedes decir eso!? YO QUERÍA QUE VIVIERAS.
-Yo también. Pero una vida sin tí no valía para mí. Además, ahora estaremos siempre juntos, porque juntos, hemos creado algo maravilloso.

Carla se miró al pecho.

-Esta marca es un recuerdo tuyo y dentro mío, tú vivirás por siempre. ¿Te refieres a eso?
-No, mi amor. No me refiero a eso.
-¿Entonces a qué?
-Despierta y lo verás.
-¿Acaso estoy dormida?

Luciano asintió con la cabeza.

-Y si despierto, ¿tú estarás?
-Yo siempre estaré, pero ahora debes despertar.

Carla despertó del sueño dentro del sueño.
Era de noche y se levantó de la cama.
Se dirigió hacia la otra habitación de la casa, donde un niño de apenas 2 años estaba despierto y demandando a su madre. Ella lo vió y sonrió.

-Gracias, mi amor- dijo en voz baja.

Luego se retiró. El niño dormía dentro de una cuna donde una chapa dorada resaltaba. En ésta, se podía leer un nombre. Luciano, decía.


Recuérdame.
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