John era un tipo muy callado pero inteligente, muy calculador y ordenado. Tal vez por eso fue elegido para dirigir el principal cuartel de bomberos en el pueblo en el que vivía. Cerca de diez años realizando la misma tarea lo habían hecho experto, y muy conocido en el vecindario. Todos sabían que si tenían una emergencia el haría lo imposible por llegar primero para socorrer a quien sea en la situación que sea. Una vez corrió 1km sin camiseta mientras caía nieve, para ayudar a un ciudadano cuya casa se estaba incendiando. Resultaron todos ilesos y las pérdidas fueron mínimas gracias a la reacción de John.
Según él, las intervenciones más difíciles de realizar eran los accidentes de tráfico en las que había fallecidos. Siempre decía "cuesta mucho ver a una persona sin vida, con su cuerpo destrozado".
A continuación, John cuenta la que fue su peor historia en el cuerpo de bomberos, tras la cuál debio dejar el puesto.
Esa mañana primaveral el aire estaba denso, extraño. Como caluroso pero frío a la vez. John llegaba a las cinco de la mañana al cuartel para ordenar su oficina y colocarse su uniforme e iniciar el turno a las 6am. A pesar de hacer trabajo administrativo casi siempre, él solía trabajar de uniforme para estar preparado ante cualquier llamado.
Minutos antes de empezar el turno sonó el teléfono. Algunos bomberos ya habían llegado y estaban preparando los vehículos. John respondió enseguida.
-Emergencias buenos días, ¿en que puedo ayudarle?
-¡Hay un accidente, es grave, mi novio conducía ebrio por favor vengan!- gritó una desesperada voz del otro lado del teléfono. Luego de pedir la ubicación, John de inmediato tocó la alarma. Quince segundos después, un camión y una ambulancia estaban en la puerta prontos para salir, con las sirenas encendidas. Entonces dudó, no sabía si era tan grave como para ir, o podía dejar que sus hombres lo hicieran solos.
-¿¡John vienes!?- gritó el piloto con el camión a punto de moverse.
Sin pensarlo por la falta de tiempo, John se trepó a la parte trasera del camión y golpeó la chapa lateral dos veces con su mano extendida. Esa era la señal para indicar que arrancaran. Las ruedas giraron violentamente y en unos segundos los vehículos ya se estaban moviendo a casi 80km/h. El camino era corto, tan solo ocho kilómetros. Pero los trayectos a los accidentes de tráfico se hacen interminables para John. Sintió que habían pasado años.
El piloto apagó las sirenas y tocó la bocina. Era la señal para que el equipo descendiera de los vehículos. John estaba calentando con el resto del equipo haciendo ejercicios dentro del camión. Abrieron las puertas metálicas y bajaron. Mientras todos seguían el protocolo, él estaba paralizado. Nunca le había pasado eso. El médico de la ambulancia que llegó detrás, pasó por su lado y lo saludó.
-¿Qué pasa compañero? ¡Hay que trabajar vamos vamos vamos!- gritó. Y quedó mirándolo esperando una respuesta.
-Es el auto de mi hijo...- dijo John, con sus ojos llenos de lágrimas. En ese momento su cabeza hizo un clic, tomó un hacha y corrió hacia la escena. Allí estudió lo que había pasado.
Su hijo conducía un Toyota, el cuál venía por la avenida. Al llegar a la esquina, una camioneta Ford cuyo conductor estaba ebrio, no respetó el semáforo y embistió al Toyota por su lado izquierdo. Ambos vehículos estaban destrozados. No había marcas de frenadas, por lo tanto John pudo deducir que su hijo nunca vió la camioneta Ford, señal de que venía a altísima velocidad. Y el chofer ebrio nunca pisó el freno. Al costado de la camioneta se encontraba la novia del chofer, quien había llamado a las emergencias. Se encontraba paralizada y fue llevada por el médico a la ambulancia. El bombero se acercó a la escena un poco más para estudiar con mayor detalle. Había al menos cinco hombres mirando hacia adentro del Toyota de su hijo. Todos se miraron entre sí. John entendió que pasaba. Secó sus lágrimas y miró hacia la camioneta. El chofer ebrio aún estaba vivo, se veía que respiraba e intentaba gritar.
-Como es tu nombre- le preguntó John con mucha dificultad.
-B... Brad...- respondió el chofer. Se hizo una pausa. John no paraba de llorar.
-¡Vamos vamos! ¡A trabajar!- gritó. -¡Brad necesita ayuda! ¡Necesito un médico y tres hombres aquí!- agregó, mientras corría al camión a buscar la sierra eléctrica.
El cuerpo de Brad estaba atrapado entre los fierros retorcidos de la camioneta. John era quien operaba la máquina eléctrica que lo ayudaría a quitarlo de allí. Uno de sus compañeros le ofreció operar la máquina ya que pudo notar la enorme angustia su jefe ante la pérdida de su hijo, pero él no la aceptó. -Es mi trabajo. Puedo hacerlo. De verdad gracias- dijo. La sierra pasaba a tan solo algunos centímetros del cuello de Brad, pero el pulso de John no temblaba en lo más mínimo.
Minutos más tarde el cuerpo estaba sobre la camilla pronto para ser llevado al centro asistencial.
Terminada su tarea, el jefe fue a despedir a su hijo. Se acercó al auto sin parar de llorar. Se quitó el casco, lo puso en el piso y se arrodilló junto al vehículo. La imagen era estremecedora. Ver el cuerpo sin vida de un joven de tan solo veinticinco años estremecía muchísimo. Pero por ser su hijo, aún más.
Estuvo casi dos minutos llorando al lado del vehículo hasta que un compañero se acercó a darle ánimos.
Despertó en el hospital. -¿Que pasó?- preguntó. John.
-Te desmayaste del shock, hermano- le respondió un compañero que lo cuidaba.
-¿No fue un sueño entonces?- preguntó angustiado el jefe. Su compañero no respondió. Solo miró el suelo. Pasados unos segundos se acercó a él, le tomó la mano y mirándolo a los ojos le dijo -Eres un hermano para todo el pueblo John. Estamos contigo-.
Ese mismo día dejó su puesto. No pudo aguantar la presión que le dejó esa noche. Se mudó a otro país con su esposa y comenzaron una nueva vida, pero por mucho que intentaba, John no pudo olvidar nunca la imagen de su hijo fallecido en manos de un chofer ebrio que resultó prácticamente ileso.
Según él, las intervenciones más difíciles de realizar eran los accidentes de tráfico en las que había fallecidos. Siempre decía "cuesta mucho ver a una persona sin vida, con su cuerpo destrozado".
A continuación, John cuenta la que fue su peor historia en el cuerpo de bomberos, tras la cuál debio dejar el puesto.
Esa mañana primaveral el aire estaba denso, extraño. Como caluroso pero frío a la vez. John llegaba a las cinco de la mañana al cuartel para ordenar su oficina y colocarse su uniforme e iniciar el turno a las 6am. A pesar de hacer trabajo administrativo casi siempre, él solía trabajar de uniforme para estar preparado ante cualquier llamado.
Minutos antes de empezar el turno sonó el teléfono. Algunos bomberos ya habían llegado y estaban preparando los vehículos. John respondió enseguida.
-Emergencias buenos días, ¿en que puedo ayudarle?
-¡Hay un accidente, es grave, mi novio conducía ebrio por favor vengan!- gritó una desesperada voz del otro lado del teléfono. Luego de pedir la ubicación, John de inmediato tocó la alarma. Quince segundos después, un camión y una ambulancia estaban en la puerta prontos para salir, con las sirenas encendidas. Entonces dudó, no sabía si era tan grave como para ir, o podía dejar que sus hombres lo hicieran solos.
-¿¡John vienes!?- gritó el piloto con el camión a punto de moverse.
Sin pensarlo por la falta de tiempo, John se trepó a la parte trasera del camión y golpeó la chapa lateral dos veces con su mano extendida. Esa era la señal para indicar que arrancaran. Las ruedas giraron violentamente y en unos segundos los vehículos ya se estaban moviendo a casi 80km/h. El camino era corto, tan solo ocho kilómetros. Pero los trayectos a los accidentes de tráfico se hacen interminables para John. Sintió que habían pasado años.
El piloto apagó las sirenas y tocó la bocina. Era la señal para que el equipo descendiera de los vehículos. John estaba calentando con el resto del equipo haciendo ejercicios dentro del camión. Abrieron las puertas metálicas y bajaron. Mientras todos seguían el protocolo, él estaba paralizado. Nunca le había pasado eso. El médico de la ambulancia que llegó detrás, pasó por su lado y lo saludó.
-¿Qué pasa compañero? ¡Hay que trabajar vamos vamos vamos!- gritó. Y quedó mirándolo esperando una respuesta.
-Es el auto de mi hijo...- dijo John, con sus ojos llenos de lágrimas. En ese momento su cabeza hizo un clic, tomó un hacha y corrió hacia la escena. Allí estudió lo que había pasado.
Su hijo conducía un Toyota, el cuál venía por la avenida. Al llegar a la esquina, una camioneta Ford cuyo conductor estaba ebrio, no respetó el semáforo y embistió al Toyota por su lado izquierdo. Ambos vehículos estaban destrozados. No había marcas de frenadas, por lo tanto John pudo deducir que su hijo nunca vió la camioneta Ford, señal de que venía a altísima velocidad. Y el chofer ebrio nunca pisó el freno. Al costado de la camioneta se encontraba la novia del chofer, quien había llamado a las emergencias. Se encontraba paralizada y fue llevada por el médico a la ambulancia. El bombero se acercó a la escena un poco más para estudiar con mayor detalle. Había al menos cinco hombres mirando hacia adentro del Toyota de su hijo. Todos se miraron entre sí. John entendió que pasaba. Secó sus lágrimas y miró hacia la camioneta. El chofer ebrio aún estaba vivo, se veía que respiraba e intentaba gritar.
-Como es tu nombre- le preguntó John con mucha dificultad.
-B... Brad...- respondió el chofer. Se hizo una pausa. John no paraba de llorar.
-¡Vamos vamos! ¡A trabajar!- gritó. -¡Brad necesita ayuda! ¡Necesito un médico y tres hombres aquí!- agregó, mientras corría al camión a buscar la sierra eléctrica.
El cuerpo de Brad estaba atrapado entre los fierros retorcidos de la camioneta. John era quien operaba la máquina eléctrica que lo ayudaría a quitarlo de allí. Uno de sus compañeros le ofreció operar la máquina ya que pudo notar la enorme angustia su jefe ante la pérdida de su hijo, pero él no la aceptó. -Es mi trabajo. Puedo hacerlo. De verdad gracias- dijo. La sierra pasaba a tan solo algunos centímetros del cuello de Brad, pero el pulso de John no temblaba en lo más mínimo.
Minutos más tarde el cuerpo estaba sobre la camilla pronto para ser llevado al centro asistencial.
Terminada su tarea, el jefe fue a despedir a su hijo. Se acercó al auto sin parar de llorar. Se quitó el casco, lo puso en el piso y se arrodilló junto al vehículo. La imagen era estremecedora. Ver el cuerpo sin vida de un joven de tan solo veinticinco años estremecía muchísimo. Pero por ser su hijo, aún más.
Estuvo casi dos minutos llorando al lado del vehículo hasta que un compañero se acercó a darle ánimos.
Despertó en el hospital. -¿Que pasó?- preguntó. John.
-Te desmayaste del shock, hermano- le respondió un compañero que lo cuidaba.
-¿No fue un sueño entonces?- preguntó angustiado el jefe. Su compañero no respondió. Solo miró el suelo. Pasados unos segundos se acercó a él, le tomó la mano y mirándolo a los ojos le dijo -Eres un hermano para todo el pueblo John. Estamos contigo-.
Ese mismo día dejó su puesto. No pudo aguantar la presión que le dejó esa noche. Se mudó a otro país con su esposa y comenzaron una nueva vida, pero por mucho que intentaba, John no pudo olvidar nunca la imagen de su hijo fallecido en manos de un chofer ebrio que resultó prácticamente ileso.