haciendole propaganda al libro de mi hermano, cuentos, relatos y poesías.

Si tuviera que elegir
Si tuviera que elegir un lugar
sería tu mente, tu sonrisa, tu mirada.
Si tuviera que elegir un momento
sería tu verdad, tu amanecer, tus sábanas.
Si tuviera que elegir un sueño
sería tu realidad con mi exceso de codicia.
Si tuviera que elegir un suspiro
sería el primero de un largo desvarío.
Si tuviera que elegir una palabra
sería tu voz acechando mis oídos.
Si tuviera que elegir otra persona
por ningún motivo podría.
Si tuviera que elegir un final
sería este, con tu pulcritud de lágrimas
que se abalanzan sublimes por mi espalda.
sería tu mente, tu sonrisa, tu mirada.
Si tuviera que elegir un momento
sería tu verdad, tu amanecer, tus sábanas.
Si tuviera que elegir un sueño
sería tu realidad con mi exceso de codicia.
Si tuviera que elegir un suspiro
sería el primero de un largo desvarío.
Si tuviera que elegir una palabra
sería tu voz acechando mis oídos.
Si tuviera que elegir otra persona
por ningún motivo podría.
Si tuviera que elegir un final
sería este, con tu pulcritud de lágrimas
que se abalanzan sublimes por mi espalda.
El plan perfecto
Sosegado por la voz del tumulto de este silencio abismal, tiemblo de sólo pensar, que a pesar que todo salió mucho mejor que lo planeado, algo pueda fallar.
La falange de traición esta noche cambiará todo, el fragor de mis pantanos enarbola una insignia malévola, deshaciendo todos mis sentimientos de bondad, tontos e inútiles, estos no solo aseguran una derrota, sino que son capaces de estropear cada uno de mis próximos logros.
La meta está a la vista, el triunfo está casi asegurado, la fortuna me está esperando….
Aniquilar a los mediocres fue lo más fácil, engañar a los astutos se complicó más de lo esperado, cuando destruí a los que pensaban que su inteligencia los iba a salvar, comprobé que mi plan era factible.
A los idealistas simplemente los asesiné.
Ahora queda el escalón más difícil, los malvados, los codiciosos líderes a los cuales admiro y respeto, a los cuales pienso acabar.
La cadena de traiciones ya está en marcha, me resta el último peldaño.
El silencio se interrumpe.
Golpean a mi puerta, no espero a nadie…
¿Quién será?
La falange de traición esta noche cambiará todo, el fragor de mis pantanos enarbola una insignia malévola, deshaciendo todos mis sentimientos de bondad, tontos e inútiles, estos no solo aseguran una derrota, sino que son capaces de estropear cada uno de mis próximos logros.
La meta está a la vista, el triunfo está casi asegurado, la fortuna me está esperando….
Aniquilar a los mediocres fue lo más fácil, engañar a los astutos se complicó más de lo esperado, cuando destruí a los que pensaban que su inteligencia los iba a salvar, comprobé que mi plan era factible.
A los idealistas simplemente los asesiné.
Ahora queda el escalón más difícil, los malvados, los codiciosos líderes a los cuales admiro y respeto, a los cuales pienso acabar.
La cadena de traiciones ya está en marcha, me resta el último peldaño.
El silencio se interrumpe.
Golpean a mi puerta, no espero a nadie…
¿Quién será?
Desierto de marabuntas
Patitas para arriba, pisadas crujientes, antenas al viento y el hambre inminente.
El sol que se oculta en un horizonte invisible.
El suelo, como un mar de arvejas negras, repleto de pequeños cadáveres, de mandíbulas potentes, parece un cementerio para grandes insectos.
¿Estarán todas muertas?
Un viento suave las levanta, el viento las trae.
Me detengo, siento pasos que suben por mis piernas.
¡Hay algunas vivas!
Me quito varias de mi cara, me sacudo otras del pantalón.
Y corro…
Y las aplasto…
Igual que hojas caídas, es el sonido que despiden.
¡Y suben, no sé como se suben!
Me detengo a sacarlas.
El viento me las trae como paracaidistas en la guerra.
Y comen…
Siento picazones, veo sangre. Mis manos no hacen más que sacudirlas, espantarlas.
Y corro, con todas mis fuerzas.
¡Y suben, no sé como se suben!
Quiero y no puedo pisarlas a todas.
El horizonte es sólo eso, un horizonte perdido en la tarde.
Y comen…
Y más sangre, cientos de pequeños mordiscones de mandíbulas que trabajan.
Escupo un par, siento que me sangra la lengua. Los oídos se me tapan y escucho algunas dentro de mi cabeza. El pelo parece un bosque. ¡No las puedo detener!
¡Y suben, no sé como se suben!
Y corro, cada vez con menos fuerzas.
Mientras el sol queda cada vez más lejos.
Y comen…
Solo veo una gran masa de marabuntas negras, que bajo mis pasos parecen algo uniforme. Pero son remolinos de pequeños seres, moviéndose. Presto atención, y son miles, millones.
Y escucho el crujiente gemir de mis pasos.
Y suben…
Y comen…
Y una mordida, y un gran dolor, y mi ojo. ¡No veo de un ojo! y siento que sangra.
Me detengo, caigo de rodillas.
Y suben…
Me levanto, camino unos metros, y caigo.
Y comen…
Trato de sacarlas, de quitarlas, me revuelco.
Y suben y suben, y comen y comen y comen y comen y comen, y se alejan.
El sol que se oculta en un horizonte invisible.
El suelo, como un mar de arvejas negras, repleto de pequeños cadáveres, de mandíbulas potentes, parece un cementerio para grandes insectos.
¿Estarán todas muertas?
Un viento suave las levanta, el viento las trae.
Me detengo, siento pasos que suben por mis piernas.
¡Hay algunas vivas!
Me quito varias de mi cara, me sacudo otras del pantalón.
Y corro…
Y las aplasto…
Igual que hojas caídas, es el sonido que despiden.
¡Y suben, no sé como se suben!
Me detengo a sacarlas.
El viento me las trae como paracaidistas en la guerra.
Y comen…
Siento picazones, veo sangre. Mis manos no hacen más que sacudirlas, espantarlas.
Y corro, con todas mis fuerzas.
¡Y suben, no sé como se suben!
Quiero y no puedo pisarlas a todas.
El horizonte es sólo eso, un horizonte perdido en la tarde.
Y comen…
Y más sangre, cientos de pequeños mordiscones de mandíbulas que trabajan.
Escupo un par, siento que me sangra la lengua. Los oídos se me tapan y escucho algunas dentro de mi cabeza. El pelo parece un bosque. ¡No las puedo detener!
¡Y suben, no sé como se suben!
Y corro, cada vez con menos fuerzas.
Mientras el sol queda cada vez más lejos.
Y comen…
Solo veo una gran masa de marabuntas negras, que bajo mis pasos parecen algo uniforme. Pero son remolinos de pequeños seres, moviéndose. Presto atención, y son miles, millones.
Y escucho el crujiente gemir de mis pasos.
Y suben…
Y comen…
Y una mordida, y un gran dolor, y mi ojo. ¡No veo de un ojo! y siento que sangra.
Me detengo, caigo de rodillas.
Y suben…
Me levanto, camino unos metros, y caigo.
Y comen…
Trato de sacarlas, de quitarlas, me revuelco.
Y suben y suben, y comen y comen y comen y comen y comen, y se alejan.
Horóscopo de cristal
Una a una las cartas se dieron vuelta sobre el tapete. La gitana descubrió la última, el resto de mi vida en unas pocas figuras. Literalmente, las cartas estaban sobre la mesa
La adivina paulatinamente había cambiado su aspecto, de mostrar una seriedad distante y fría, su persona comenzaba a destellar una encantadora vitalidad, a la vez que el aire del ambiente se colmaba de una cálida confianza.
Me miró fijamente a los ojos y me dijo mi suerte.
Las paredes lucían gastados empapelados floridos que en varios lugares se habían comenzado a despegar. En todos los rincones del techo las telarañas formaban parte del decorado. La simpleza del mobiliario era tosca y de muy mal gusto. Una mesa redonda cubierta con un terciopelo, que en algún momento había sido de color rojo, completaban la escena.
Una noche de invierno me encontré caminando por un barrio al que apenas conocía. (Casualidad o causalidad).
Las casas de aquel lugar, a medida que mis pasos recorrían esas sombrías calles, parecían que se hubieran detenido en el tiempo. Todas eran bajas, como sacadas de alguna película de los años cincuenta. Cada tanto se asomaba un baldío.
Un cartel en un poste de luz hizo que mi recorrido terminara en ese lugar, frente a una gitana.
Ella era simplemente hermosa. Sus ojos negros me hicieron pensar que la canción “Cara de gitana” la habían escrito pensando exclusivamente en ella. Sus pestañas melodiosas, cada tanto me abanicaban. Sus dientes perfectos, sólo sonrieron cuando dio vuelta la última carta.
Fue entonces que ella me dijo:
“Tu destino soy yo, soy la muerte. Sólo quería conocerte, quedate tranquilo, que ni siquiera yo, se cuando nos volveremos a ver”.
Hizo una pausa y luego pronunció:
“Tu destino es el siguiente”.
Se paró, dio tres pasos hacia donde estaba sentado y me besó como nunca me habían besado hasta ese momento.
Pasaron muchos años. De lejos veo venir esos ojos negros. Sólo espero poder decirle, antes que me vuelva a besar, que desde el momento en que la conocí, nunca fui tan feliz.
La adivina paulatinamente había cambiado su aspecto, de mostrar una seriedad distante y fría, su persona comenzaba a destellar una encantadora vitalidad, a la vez que el aire del ambiente se colmaba de una cálida confianza.
Me miró fijamente a los ojos y me dijo mi suerte.
Las paredes lucían gastados empapelados floridos que en varios lugares se habían comenzado a despegar. En todos los rincones del techo las telarañas formaban parte del decorado. La simpleza del mobiliario era tosca y de muy mal gusto. Una mesa redonda cubierta con un terciopelo, que en algún momento había sido de color rojo, completaban la escena.
Una noche de invierno me encontré caminando por un barrio al que apenas conocía. (Casualidad o causalidad).
Las casas de aquel lugar, a medida que mis pasos recorrían esas sombrías calles, parecían que se hubieran detenido en el tiempo. Todas eran bajas, como sacadas de alguna película de los años cincuenta. Cada tanto se asomaba un baldío.
Un cartel en un poste de luz hizo que mi recorrido terminara en ese lugar, frente a una gitana.
Ella era simplemente hermosa. Sus ojos negros me hicieron pensar que la canción “Cara de gitana” la habían escrito pensando exclusivamente en ella. Sus pestañas melodiosas, cada tanto me abanicaban. Sus dientes perfectos, sólo sonrieron cuando dio vuelta la última carta.
Fue entonces que ella me dijo:
“Tu destino soy yo, soy la muerte. Sólo quería conocerte, quedate tranquilo, que ni siquiera yo, se cuando nos volveremos a ver”.
Hizo una pausa y luego pronunció:
“Tu destino es el siguiente”.
Se paró, dio tres pasos hacia donde estaba sentado y me besó como nunca me habían besado hasta ese momento.
Pasaron muchos años. De lejos veo venir esos ojos negros. Sólo espero poder decirle, antes que me vuelva a besar, que desde el momento en que la conocí, nunca fui tan feliz.
La venganza del Braulio
Aparte de un comentario sin sentido que nada tenía que ver con la situación, Braulio hizo un gesto de desprecio a los dos viejos que estaban jugando al ajedrez en una mesa apartada.
Bebió de un sorbo la cuarta medida de ginebra y dirigiendo una profunda mirada a todos, dijo casi a los gritos:
_ ¡Váyanse todos a la puta madre que los parió!_
Nadie sabía si estaba borracho, o eso era una amenaza a cada uno de los que estaban en el bar. Igualmente nadie dijo nada, sólo algunos de los presentes se animó a mirarlo de reojo.
Braulio era un hombre de unos cuarenta y tantos años, se destacaba por el color de su pelo, rojo punzó, (era el único colorado del pueblo) y por las motas que le llegaban hasta los hombros. Su rostro, marcado por la dureza de la vida, delataba una expresión melancólica y distante. Sus anchas espaldas, producto de más de veinte años de trabajo en el aserradero, quizás hayan asustado a los clientes del bar del tano Manfredi.
Se había quedado sin trabajo, en una situación que roza lo tragicómico fue despedido por querer asesinar a su patrón.
Bebió la quinta ginebra y sus ojos, radiantes de ira, volvieron a amenazar a todos los presentes; a Don Cosme y a Pancho Correa que estaban a punto de hacer tablas luego de una feroz contienda de mas de dos horas; a unos chicos que estaban jugando al pool en la parte de atrás; al tano Manfredi; y al mozo, que no podía ocultar su cara de pánico.
Con una voz gruesa y ronca de tanto tabaco dijo:
_¡ Ya van ver ustedes! ¡Se van a acordar el resto de sus vidas de mi venganza!_
Imaginen lo duro que habrá sido para Braulio haber encontrado a Florencio Gomez, desnudo corriendo a la Estela alrededor de la mesa de la cocina de su casa.
En el pueblo todos sabían que la Estela andaba con el patrón de su esposo. También sabían que desde que iban a la primaria Florencio Gomez estaba enamorado de la Estela, pero el Braulio le ganó de mano, esas cosas que suceden, inexplicables, un Don Nadie, con la reina del carnaval, cuando todos pensaban que Florencio era el candidato que se iba a llevar a la reina. Finalmente Florencio se casó con Miss simpatía, con la Deonisia Lopez. Pero a pesar de todo siempre le tuvo ganas a la Estela y se quedó con la sangre en el ojo que el Braulio le haya robado al amor de su vida.
Quizás por eso Florencio le dio trabajo al Braulio, en el aserradero del padre, para tenerlo cerca, para tener una oportunidad de ganarse a la Estela. Eso es lo que sospechaban todos en el pueblo. Y así fue nomás.
A Braulio pronto lo mandaron como capataz, para que controle a los hacheros, al medio del monte, se internaba ahí y por unos meses no se le veía ni la sombra por el pueblo.
Fue por esos tiempos que Florencio aprovechó esa situación y empezó a salir con la Estela, la visitaba por lo menos tres veces a la semana. El amorío siguió por mucho tiempo, inclusive las malas lenguas dicen que el Julián, el segundo hijo de la Estela, no es del Braulio, en realidad es de Florencio. El parecido es notable.
No se sabe si Florencio seguía enamorado de la Estela o solamente la había convertido en su amante para demostrar ante todos que su orgullo no se había manchado luego de aquel baile de carnaval en donde el Braulio y la Estela se pusieron de novios. El asunto era que aquella relación era casi oficial. Cuando el Braulio estaba en el monte casi ni disimulaban. Todos en el pueblo sabían de aquel romance, inclusive hasta la Deonisia Lopez, la esposa de Florencio, todos, salvo el Braulio... hasta que se enteró.
Una tarde volvió del monte antes de lo esperado, y se encontró con su mujer y su patrón corriendo desnudos alrededor de la mesa de la cocina. Dicen que ahí nomás el Braulio sacó su facón y trató de apuñalar a Florencio, lo salvó la Estela que se le puso delante y le dio tiempo a Florencio que se escapó corriendo desnudo a la calle, el Braulio lo corrió con el cuchillo en la mano y de no ser que Florencio se metió en la comisaría seguro que lo hubieran acuchillado.
Para peor, encima de enterarse que era cornudo, al Braulio lo metieron preso durante dos semanas por intento de asesinato. Y cuando salió, lo echaron del trabajo. Aquellos no fueron los mejores días para él.
Cornudo, preso, sin trabajo, sin mujer y sin hijos. Al otro día, quizás de tanta vergüenza, la Estela se mudó a lo de una prima en Roque Saenz Peña, y se llevó a sus tres hijos. Los dos del Braulio y el que había tenido con Florencio.
Luego ocurrió el hecho del bar, en dónde el Braulio amenazó a todos.
Ahora lo recuerdo, después de casi un año y su venganza terminada.
Nunca imaginé que alguien fuera a realizar algo tan original, descabellado y con el toque de maldad exacta como para vengarse. Para vengarse de Florencio, de su familia, de la Estela, de los de la policía, y de todo el pueblo, por saber de los amoríos de su mujer y haber guardado ese secreto durante tanto tiempo.
“¡Se van a acordar el resto de sus vidas de mi venganza!” Sus palabras todavía flotan en el aire.
El Braulio se fue a los pocos días de aquel suceso del bar y nunca más se tuvieron noticias de él. Alguien dijo que se fue a cosechar aceitunas a La Rioja, otra versión afirma que está en una estancia en Río Negro. La verdad, nadie sabe nada.
Poco después y sólo por unos meses, todos los del pueblo lo fueron olvidando. Solamente en el bar del tano Manfredi, a veces, recordaban cuando lo sacó corriendo a Florencio como Dios lo trajo al mundo por la única calle que tiene Los Frentones.
El pueblo seguía siempre igual, muy pocas cosas ocurrían. Eran pocos y se conocían mucho. Era un año bastante productivo, en el pueblo había once mujeres embarazadas a la vez. El verano se acercaba y las lluvias caídas hacían prever que esta vez la sequía no iba a ser el problema de años anteriores.
Un sábado por la tarde cayó al bar un hachero, de los que vivían en el medio del monte, en el impenetrable, donde Florencio lo había mandado al Braulio como capataz. Los pocos concurrentes le preguntaron si lo había conocido y entre copa y copa pronto comenzó a soltar la lengua.
Les contó que el Braulio, sólo iba al monte una vez a la semana, dejaba los alimentos y se quedaba un rato. Pero lo más llamativo era que siempre iba con una mujer distinta, inclusive varias veces con la Deonisia Lopez, la esposa del patrón. Y algunas veces con algunas otras que no conocía.
Por las dudas nadie se animó a preguntar nada. Por si describía a la mujer de alguno.
_¡Así que el colorado Braulio resultó ser un sabandija!_ Gritó Don Cosme que estaba jugando sólo al ajedrez en un rincón.
El Braulio con la Deonisia Lopez, nadie lo hubiera imaginado. Eso sorprendió a todos.
Pero lo que verdaderamente dejó con la boca abierta a todo el pueblo fue, cuando a los pocos meses, durante un par de semanas seguidas, las once mujeres que estaban embarazadas tuvieron sus hijos.
Todos los bebés con el pelo mota, rojo punzó.
Catador de la vida
El vivió casi todo lo que una persona puede vivir; tuvo cansancio por un objetivo inalcanzable; sueños de un loco ridículo; juegos de una infancia interminable; vicios de un fanático por los placeres del mundo; amarguras por caídas sorpresivas; éxitos inesperados; sombrías charlas impagables; visitó inhóspitos lugares de la mente y el planeta; se cultivó con toda clase de manjares para el espíritu; bebió del lujurioso néctar de generosas mujeres; la gloria de algunos deportes le sonrieron; la fortuna del dinero lo sedujo; la miseria de la desesperación caminó con él varios años; disfrutó de la resaca de amaneceres trasnochados; perdió la brújula de su destino en algún tramo de mareo existencial; cosechó una gran cantidad de amistades fraternales; llegó a tener una cierta notoriedad en el intrascendente podio de la fama; postergó varios proyectos por vivir una noche de infamia y excesos; maltrató varias esperanzas de señoritas ilusas; construyó una familia socialmente aceptable; el arte le sonrió al dotarlo con una pequeña dosis de talento; cultivó varias virtudes en su alma; la sabiduría de la vida estuvo con él en su vejez; sus hijos le devolvieron su afecto con la gratitud de varios nietos; sufrió pérdidas irreparables; aprendió con cada desazón o tristeza; comió, bebió, durmió y luchó como un antiguo nórdico; pero ella nunca lo amó.
el autor
por favor lean algun cuento y digan que les parecio