Ayer fui a almorzar a un local de comida rápida. “Local” es un eufemismo algo sobredimensionado para describir al copetín de malamuerte en donde me fui a sentar. “Almuerzo” tampoco es la palabra adecuada para referirme al sandwich de
pollo
recalentado en el microondas que me fue servido y ahora que lo pienso, los veinticinco minutos que tardaron en traérmelo tampoco puede ser considerado un lapso presisamente “rápido” de tiempo.
Como sea, todo eso conformaron las partes de un detalle menor de la historia que quiero contar. El problema más grave consistió en haber tenido la osadía de pretender comer algo a las 12:15hs, exactamente en el momento en el que los hijos preadolescentes de la dueña/administradora/cajera del lugar llegaban de la escuela primaria en donde se les prepara para ser dignos ciudadanos de éste mundo: individuos que (sin saber leer ni escribir ni, claro está, dominar cualquiera de las habilidades humanas fundamentadas en estas dos técnicas que algunos idiotas seguimos insitiendo en calificar como logros civilizatorios que no nos convendría descuidar) terminen odiando la literatura y desprecien cualquier expresión artística (o tan siquiera estética) como una deleznable manifestación de debilidad, hayan desarrollado una relación patológica con el poder (en cualquier punto de la escala sadomasoquista), sean absolutamente incapaces de desarrollar ideas propias, no puedan enfrentarse a los problemas de la vida no digamos ya con creatividad pero, —¡aunque sea!— sin miedo… y una larga lista de etcéteras sobre la que no viene al caso explayarme aquí.
Para colmo de males, lo sé, vivimos en una época sobresaturada de estímulos audiovisuales; y yo entiendo que es lógico que los alumnos salgan del establecimiento anti-educativo con un grado de alteración comparable al que tendrían si les dieramos cocaína para desayunar: luego de verse obligados a soportar cuatro interminables y tediosísimas horas de encierro en una habitación en donde solo se les es permitido escuchar la aburridísima ponencia de alguna maestra que se socializó entre cintas magnetofónicas y radionovelas y que su experiencia con los socialmedia se limita al uso indiscriminado del “me gusta” en facebook y la ingenua creencia, —¡pobre, pobre mujer!— en que tinder le ayudará a encontrar el amor de su vida.
Así cargaditos, las cuatro crías entraron en el… digámosle “restorán”. La contaminación sonora fue inmediata: de repente me encontré haciendo un esfuerzo por mantener en un segundo plano los gritos, chillidos, corridas, llantos, forcejeos y carcajadas que al mismo tiempo irrumpieron, violentamente, en mi espacio auditivo, el cual estaba hasta enconces ocupado por el apacible murmullo de mi voz interior, que transformaba el contenido del libro frente a mí en una atrapante historia que, inconclusa, acabó en ese abrupto instante.
Habían pasado ya quince de los veinticinco minutos que tardaría la cada vez más malhumorada madre/encargada/mesera en traerme el bendito bocadillo. Comenzaba a impacientarme. Haciendo un esfuerzo para ignorar los gritos, los insultos y la violencia de los cuatro infantes que ahora se debatían con su madre por no sé qué intrascendencia, intenté concentrarme en la televisión. El noticiero era malo, pero mirarlo no requería ningún esfuerzo de mi parte y por un momento me llevó lejos de aquel horrible lugar.
El momento sería corto. De pronto, sentí un insistente toqueteo en el antebrazo. Uno de los niños se encontraba parado a mi lado, exigiéndo una respuesta a su imbécil —aunque no por ello menos insistente— “hola-hola-hola-hola-hola…”, tocando rítmicamente mi brazo con la punta de sus dedos. De su nariz caían sendos mocos y con la boca masticaba algo. Algo plástico, supuse; no quise detenerme a descubir qué era. Con la otra mano me ofrecía una botella de fanta. “— No quiero, gracias”, me limité a decir sin mirarlo, mostrándome lo más distante posible. El mocoso entendió rápido, porque se fue sin mayor escándalo.
En ese momento la dueña/madre/cajera, completamente frenética, estaba revoleando las sillas del… digámosle “salón”, para poder subirse a una de ellas y alcanzar así el televisor. En el apuro se chocó contra una mesa y derramó una taza de café sobre el pantalón de un cliente. Ni siquiera reparó en el incidente. “— ¡Ahora les pongo los dibujitos! ¡AHORA LES PONGO LOS DIBUJITOS!” Puso los dibujitos. Subió el volumen. Los pocos comensales que estaban realmente interesados en las noticias bajaron sus cabezas y siguieron comiendo en silencio; nadie se atrevía a decir nada. Nadie hubiera podido decir nada, por otra parte, porque al volumen del descontrol infantil que se había apoderado del lugar había que sumarle ahora el ensordecedor ruido del maldito aparato. Después de todo, los niños querían ver dibujtos. El cliente del café en el pantalón pagaba su cuenta sin protestar y se marchaba.
Los niños se sentaron frente al televisor y continuaron gritando y peleándose, arrojándose comida, basura y comida convertida en basura los unos a los otros, levantándose de sus sillas y corriendo a lo largo y a lo ancho del minúsculo… llamémosle “lugar”, que en cuestión de minutos se había transformado en un maldito Kindergarten.
La (en un futuro cercano, ex-) dueña/cajera/madre/mesera trajo por fin mi pedido. Un sándich de pollo . Calentado en el microondas. Curiosamente creí ver desprecio (en lugar de disculpas) en su mirada. Cosas mías, quizás. En fin, no la condeno. Entiendo su problema. Si cualquier cliente le hubiera destrozado así el lugar con sus críos, probablemente hubiesen ido todos a parar a la calle en menos de lo que se tarda en decir “Sandich de Pollo ”. Tampoco le tengo compasión. Esa mujer tenía (máximo) treinta años y ya cargaba con cuatro hijos a cuestas. El mayor no tendría menos de catorce años, así que había empezado más o menos a los diesicéis: mala edad para intentar crecer de golpe.
Es un problema social, ya lo sé. No tiene la culpa. O por lo menos, no por completo. Ya lo sé. Pero ¡Acabemos con el cuento de que estamos en este planeta para tener hijos! Basta ¡por favor! ¡Terminemos con la mentira de que ser padre es lo mejor que puede pasarle a un ser humano! Puede que sí, puede que no; probablemente dependa mucho de cada caso individual, de las expectativas de cada persona y de un sinfín de variables que determinan aquello que llamamos felicidad.
Terminar con la idealización social de la paternidad quizás no ayude a construír ciudadanos más felices; pero seguramente sí ayude—junto con otras cosas, como la destabuización del sexo, la legalización del aborto, la des-misoginización de la sociedad y tantas otras— a acabar con el problema social de la paternidad irresponsable. Ya no habría tantos padres adolescentes y, con el tiempo, no habría más críos molestos (sí: molestos) por todas las malditas partes. Ya no habría, tampoco, necesidad de proponer locuras desabelladas como la Asociación Argentina para un Espacio Público sin Infantes.
Le di un mordisco al sándwich de pollo . Era bastante malo. Me levanté y salí del… digámosle “establecimiento”, no sin antes tirarlo a la basura, con todo y bandejita. Los niños seguían gritando y corriendo. Ya se habían apoderado completamente del lugar: no quedaba un solo cliente.
Afuera caía una llovizna fresca y reinaba un reconfortante silencio.
Como sea, todo eso conformaron las partes de un detalle menor de la historia que quiero contar. El problema más grave consistió en haber tenido la osadía de pretender comer algo a las 12:15hs, exactamente en el momento en el que los hijos preadolescentes de la dueña/administradora/cajera del lugar llegaban de la escuela primaria en donde se les prepara para ser dignos ciudadanos de éste mundo: individuos que (sin saber leer ni escribir ni, claro está, dominar cualquiera de las habilidades humanas fundamentadas en estas dos técnicas que algunos idiotas seguimos insitiendo en calificar como logros civilizatorios que no nos convendría descuidar) terminen odiando la literatura y desprecien cualquier expresión artística (o tan siquiera estética) como una deleznable manifestación de debilidad, hayan desarrollado una relación patológica con el poder (en cualquier punto de la escala sadomasoquista), sean absolutamente incapaces de desarrollar ideas propias, no puedan enfrentarse a los problemas de la vida no digamos ya con creatividad pero, —¡aunque sea!— sin miedo… y una larga lista de etcéteras sobre la que no viene al caso explayarme aquí.
Para colmo de males, lo sé, vivimos en una época sobresaturada de estímulos audiovisuales; y yo entiendo que es lógico que los alumnos salgan del establecimiento anti-educativo con un grado de alteración comparable al que tendrían si les dieramos cocaína para desayunar: luego de verse obligados a soportar cuatro interminables y tediosísimas horas de encierro en una habitación en donde solo se les es permitido escuchar la aburridísima ponencia de alguna maestra que se socializó entre cintas magnetofónicas y radionovelas y que su experiencia con los socialmedia se limita al uso indiscriminado del “me gusta” en facebook y la ingenua creencia, —¡pobre, pobre mujer!— en que tinder le ayudará a encontrar el amor de su vida.
Así cargaditos, las cuatro crías entraron en el… digámosle “restorán”. La contaminación sonora fue inmediata: de repente me encontré haciendo un esfuerzo por mantener en un segundo plano los gritos, chillidos, corridas, llantos, forcejeos y carcajadas que al mismo tiempo irrumpieron, violentamente, en mi espacio auditivo, el cual estaba hasta enconces ocupado por el apacible murmullo de mi voz interior, que transformaba el contenido del libro frente a mí en una atrapante historia que, inconclusa, acabó en ese abrupto instante.
Habían pasado ya quince de los veinticinco minutos que tardaría la cada vez más malhumorada madre/encargada/mesera en traerme el bendito bocadillo. Comenzaba a impacientarme. Haciendo un esfuerzo para ignorar los gritos, los insultos y la violencia de los cuatro infantes que ahora se debatían con su madre por no sé qué intrascendencia, intenté concentrarme en la televisión. El noticiero era malo, pero mirarlo no requería ningún esfuerzo de mi parte y por un momento me llevó lejos de aquel horrible lugar.
El momento sería corto. De pronto, sentí un insistente toqueteo en el antebrazo. Uno de los niños se encontraba parado a mi lado, exigiéndo una respuesta a su imbécil —aunque no por ello menos insistente— “hola-hola-hola-hola-hola…”, tocando rítmicamente mi brazo con la punta de sus dedos. De su nariz caían sendos mocos y con la boca masticaba algo. Algo plástico, supuse; no quise detenerme a descubir qué era. Con la otra mano me ofrecía una botella de fanta. “— No quiero, gracias”, me limité a decir sin mirarlo, mostrándome lo más distante posible. El mocoso entendió rápido, porque se fue sin mayor escándalo.
En ese momento la dueña/madre/cajera, completamente frenética, estaba revoleando las sillas del… digámosle “salón”, para poder subirse a una de ellas y alcanzar así el televisor. En el apuro se chocó contra una mesa y derramó una taza de café sobre el pantalón de un cliente. Ni siquiera reparó en el incidente. “— ¡Ahora les pongo los dibujitos! ¡AHORA LES PONGO LOS DIBUJITOS!” Puso los dibujitos. Subió el volumen. Los pocos comensales que estaban realmente interesados en las noticias bajaron sus cabezas y siguieron comiendo en silencio; nadie se atrevía a decir nada. Nadie hubiera podido decir nada, por otra parte, porque al volumen del descontrol infantil que se había apoderado del lugar había que sumarle ahora el ensordecedor ruido del maldito aparato. Después de todo, los niños querían ver dibujtos. El cliente del café en el pantalón pagaba su cuenta sin protestar y se marchaba.
Los niños se sentaron frente al televisor y continuaron gritando y peleándose, arrojándose comida, basura y comida convertida en basura los unos a los otros, levantándose de sus sillas y corriendo a lo largo y a lo ancho del minúsculo… llamémosle “lugar”, que en cuestión de minutos se había transformado en un maldito Kindergarten.
La (en un futuro cercano, ex-) dueña/cajera/madre/mesera trajo por fin mi pedido. Un sándich de pollo . Calentado en el microondas. Curiosamente creí ver desprecio (en lugar de disculpas) en su mirada. Cosas mías, quizás. En fin, no la condeno. Entiendo su problema. Si cualquier cliente le hubiera destrozado así el lugar con sus críos, probablemente hubiesen ido todos a parar a la calle en menos de lo que se tarda en decir “Sandich de Pollo ”. Tampoco le tengo compasión. Esa mujer tenía (máximo) treinta años y ya cargaba con cuatro hijos a cuestas. El mayor no tendría menos de catorce años, así que había empezado más o menos a los diesicéis: mala edad para intentar crecer de golpe.
Es un problema social, ya lo sé. No tiene la culpa. O por lo menos, no por completo. Ya lo sé. Pero ¡Acabemos con el cuento de que estamos en este planeta para tener hijos! Basta ¡por favor! ¡Terminemos con la mentira de que ser padre es lo mejor que puede pasarle a un ser humano! Puede que sí, puede que no; probablemente dependa mucho de cada caso individual, de las expectativas de cada persona y de un sinfín de variables que determinan aquello que llamamos felicidad.
Terminar con la idealización social de la paternidad quizás no ayude a construír ciudadanos más felices; pero seguramente sí ayude—junto con otras cosas, como la destabuización del sexo, la legalización del aborto, la des-misoginización de la sociedad y tantas otras— a acabar con el problema social de la paternidad irresponsable. Ya no habría tantos padres adolescentes y, con el tiempo, no habría más críos molestos (sí: molestos) por todas las malditas partes. Ya no habría, tampoco, necesidad de proponer locuras desabelladas como la Asociación Argentina para un Espacio Público sin Infantes.
Le di un mordisco al sándwich de pollo . Era bastante malo. Me levanté y salí del… digámosle “establecimiento”, no sin antes tirarlo a la basura, con todo y bandejita. Los niños seguían gritando y corriendo. Ya se habían apoderado completamente del lugar: no quedaba un solo cliente.
Afuera caía una llovizna fresca y reinaba un reconfortante silencio.