Manía circular
En este lecho de palabras abandonadas, mi lengua es la amante inexperta del lenguaje.
El miedo a no poder decir lo que precede al acto de desnudar los sentidos, es tan milenario, en mi, como la piel del frío en la muerte de una hoja en blanco.
La yacente, la que se quedo en el umbral, recoge las flores del insomnio, creando así un cuadro que evoca un espejo roto. Reflejo o memoria por donde regresa a buscarse.
Nos encontramos, mutuos, afluentes, sonoros, deseosos de escribir con lilas, un silencio que merezca ser habitado.
Volver
Espacios perdidos, como episodios borrosos vienen, hasta mi, para recuperar su condición de imprescindibles.
Quisiera acallar sus voces, sus lamentos, sus angustias de terrenos baldíos; pero solo puedo escribir de lo que no se, de lo que me llega sin que yo lo anuncie siquiera.
El niño de los espejos juega su inocencia ante mi incapacidad por nombrar lo que no existe. Hace mucho perdí la posibilidad de nombrar mi propia inocencia.
Todo es tan confuso, tendrías que estar hablando de las sombras y no obstante buscas la esperanza.
Quizás sea tiempo de abrir el bosque y permitir que aquello que vuelve sea, se recree en mi, con la violencia de un recién iniciado.
Paul Leonard