Luis Pasteur, prestigioso científico y ferviente católico
Pasteur, que en las asambleas de la academia de sabios hacía publica profesión de su fe; que en la academia de Ciencias, de París, declaraba que no quería morir como un vibrión; que a un amigo que le expresó su extrañeza de que, habiendo estudiado tanto, pudiera ser tan fervoroso creyente, le responde: "Porque he estudiado mucho tengo la fe de un bretón; si hubiera estudiado más, tendría la fe de una bretona"; que no comprendía cómo un hombre de sana razón pudiera ser materialista; que les enrostraba a los positivistas el no tomar en cuenta la más positiva de todas las nociones, la noción del Infinito; que hasta en un banquete oficial dio el ejemplo de no comer carne, por ser día de abstinencia prescripta por la Iglesia; que se le veía confesar y comulgar; que se le veía rezar, como dice el gran Vázquez de Mella, que lo vio rezando en la Iglesia de San Sulpicio, de París, de rodillas como un colegial, leyendo en su devocionario y levantando conmovido la mirada al Crucifijo, como si fuese la estatua orante de la ciencia, que aumentaba el brillo del genio con los resplandores de la fe; que, en fin, murió asistido por su confesor, y llevando a menudo a sus labios el santo crucifijo que apretaba entre sus manos y besaba con gran ternura y ejemplar devoción: este hombre, tan íntegra y fervorosamente cristiano, fue el sabio por cuya ciencia recibió los homenajes que jamás a ningún sabio se rindieron en el mundo.
Aparte de otras muchas medallas y pensiones con que se le reconocieron sus méritos, recibió condecoraciones otorgadas por Dinamarca, Grecia, Brasil, Suecia, Turquía, Noruega, Portugal; y del Zar de Rusia, una de las mayores condecoraciones otorgadas por él, junto con un donativo de 100.000 francos para la fundación del Instituto de su nombre, con motivo de la perfecta curación de 16 rusos, que volvían a su país como resucitados, y habían ido a Pasteur horriblemente desfigurados, por haber sido mordidos por un mismo lobo rabioso.
Era doctor honorario de distintas universidades, entre ellas, de la de Oxford.
Era miembro honorario de la Real Academia de Inglaterra y secretario perpetuo de la de París.
De Pasteur se dijo con perfecta verdad:
Es la vida más fecunda que ha producido la humanidad en el campo de la ciencia.
Fue el hombre no sobrepujado jamás como genio experimental.
Los beneficios de su ciencia se extienden a toda la escala de los seres vivientes: al reino vegetal, animal y humano.
La obra de este sabio, pasmosamente grande, parece haberse inspirado en el Evangelio del amor: no hay uno solo de sus descubrimientos que no haya encaminado al alivio del dolor humano.
El inventor del suero antirrábico debe ser considerado como el primer bienhechor de la humanidad en el terreno científico.
Pasteur ha iluminado —son palabras de Lister, el creador de la cirugía antiséptica— las funestas tinieblas de la cirugía, convirtiendo el tratamiento de las heridas, de cosa de empirismo incierto y desastroso, en arte científico de poder casi ilimitado.
En su honra —esto lo dijo un presidente de la Academia de Ciencias, de París— han sido empleadas todas las palabras en todas las lenguas.
Pero el homenaje de los homenajes fue el que se le tributó el 27 de diciembre de 1892, con motivo de sus 70 años en el paraninfo de la nueva Sorbona.
Aquella fue una apoteosis nunca vista.
Iba conducido del brazo del presidente de Francia Sadi Carnot.
Allí estaban los ministros, los representantes de la Cámara y del Senado, el cuerpo diplomático, las academias de París. Había cincuenta delegaciones de sociedades científicas.
Allí escuchó palabras, como éstas de Lord Lister: "Jamás ha existido un hombre al que tanto le deban las ciencias médicas".
Toda aquella asamblea se inclinaba ante Pasteur y, por manos del presidente Sadi Carnot le entregaba una medalla de oro con esta inscripción: "A Luis Pasteur, la Ciencia y la Humanidad reconocidas".
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Y el vicario de Jesucristo, el Sumo Pontífice reinante Pío XI, al conmemorar en 1922 el nacimiento de Pasteur, cita estas palabras del discurso pronunciado por él en la inauguración del instituto de su nombre: "Con el favor divino hemos podido ensanchar las fronteras de la vida"; y añade S. S.:... lo que no es ciertamente un pequeño título de gloria para un simple mortal. Le llama grande entre los grandes, y concluye diciendo:
Nos hacemos votos por que la juventud estudiosa y los hombres de ciencia se inspiren en los magníficos ejemplos de este maestro.
(Autor: R. P. S. Tortosa S. S., diario El Pueblo, 8 de noviembre de 1925).
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“Jamás he encontrado un biólogo de algún valor que negara la existencia de Dios”. (Renault).
Cualquier persona pensaría que, un hombre que es un científico, difícilmente pueda ser también un profundo creyente. Sin embargo, el gran Luis Pasteur era científico y católico, creía en Dios, asistía a misa todos los domingos… Él no le tenía miedo a las críticas o a la incomprensión de los demás. Por ese motivo, ¡hasta se negó a comer carne en un banquete oficial, por ser día de abstinencia!
Es admirable que una persona sea, al mismo tiempo, genial sabio y convencido católico. Por eso mereció, en 1922, un homenaje póstumo del papa Pío XI.
El mes pasado, Luis Pasteur hubiera cumplido 189 años. Y en diciembre de este año, cumpliría 190 años.
Es buena ocasión para recordar una frase suya: "Un poco de ciencia aleja de Dios, pero mucha ciencia devuelve a Él".
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