“Soy tan fantásticamente buena perdiendo cosas que todos podrían beneficiarse de mi experiencia”
Un arte
No es fácil dominar el arte de perder;
hay tantas cosas que parecen colmadas por el deseo
de ser perdidas que su pérdida no es un desastre.
Pierde algo cada día. Acepta la confusión
de las llaves extraviadas, de la hora desperdiciada.
No es difícil dominar el arte de perder.
Practica después perder más, y más rápido:
lugares, y nombres, y las tierras a las que pretendías
viajar. Ninguna de estas pérdidas será devastadora.
He perdido el reloj de mi madre. ¡Y mira!, la última
o la penúltima de las tres casas que he amado se perdió.
No es difícil dominar el arte de perder.
He perdido dos ciudades, hermosas ciudades. Más aún,
vastos reinos que poseía, y dos ríos, y un continente.
Los añoro, pero no fue un desastre.
Incluso perdiéndote a ti (la voz risueña, un gesto que
amo) no habría mentido. Es evidente
que no es difícil dominar el arte de perder
aunque eso parezca (¡escríbelo!) un desastre.
No es fácil dominar el arte de perder;
hay tantas cosas que parecen colmadas por el deseo
de ser perdidas que su pérdida no es un desastre.
Pierde algo cada día. Acepta la confusión
de las llaves extraviadas, de la hora desperdiciada.
No es difícil dominar el arte de perder.
Practica después perder más, y más rápido:
lugares, y nombres, y las tierras a las que pretendías
viajar. Ninguna de estas pérdidas será devastadora.
He perdido el reloj de mi madre. ¡Y mira!, la última
o la penúltima de las tres casas que he amado se perdió.
No es difícil dominar el arte de perder.
He perdido dos ciudades, hermosas ciudades. Más aún,
vastos reinos que poseía, y dos ríos, y un continente.
Los añoro, pero no fue un desastre.
Incluso perdiéndote a ti (la voz risueña, un gesto que
amo) no habría mentido. Es evidente
que no es difícil dominar el arte de perder
aunque eso parezca (¡escríbelo!) un desastre.
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Llueve hacia el amanecer
Llueve amargamente en mi jardín
en este declinante otoño.
Yo sólo tengo vagos sentimientos poéticos
que no logro reunir.
Se disipan por entre las oscuras nubes
y las hojas rojas.
Después del amarillento ocaso
la fría luna se despierta
entre la niebla melancólica.
No descolgaré las persianas de bambú
de su gancho de plata.
Esta noche mis sueños seguirán al viento
soportando el frío,
hacia la torre de jade de tu hermoso cuerpo.
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Necesito una música
Necesito una música que fluya
a través de las yemas de mis dedos
inquietas, sensitivas; por mis labios
temblorosos, manchados de amargor,
con honda melodía, clara, lenta
como el fluir de un líquido. ¡Ah, el mecerse
salutífero, antiguo, sí, y grave,
como una canción que se les canta
a los que han muerto, fatigados, para
que puedan descansar, una canción
que caiga como agua en mi cabeza
y mis extremidades, como un sueño
que a causa de un rubor resplandeciera.
La melodía obra cierta magia:
un hechizo de alivio, y calmo aliento,
y sosegado corazón, que se hunde,
entre colores que se van fundiendo,
hondo en la subacuática quietud
del mar, y flota para siempre en un
estanque que la luz reverdecida
de la luna ilumina al reflejarse,
en los brazos del ritmo y la modorra.
~~~~~~
El Mapa
La tierra yace en el agua; es un verde sombreado.
Sombras ¿o son bajíos? que muestran
el contorno de extendidos arrecifes llenos de algas marinas por las orillas
donde la maleza cuelga desde el verde hasta el simple azul.
¿O acaso la tierra se inclina para levantar el mar por debajo,
atrayéndolo, imperturbado, a su alrededor?
¿Está la tierra halando el mar por debajo
a lo largo del primoroso y curtido banco de arena?
La sombra de Terranova yace plana y amortiguada.
La de Labrador es amarilla, donde el soñador esquimal
la ha aceitado. Podemos acariciar estas agradables bahías,
cubiertas por un cristal como si esperásemos que florecieran,
o cual si proveyéramos un limpio recipiente para peces invisibles.
Los nombres de los pueblos costeros se precipitan al mar,
los nombres de las ciudades cruzan las montañas adyacentes
—el impresor experimenta en esto la misma agitación
que cuando la emoción excede por mucho su causa—.
Estas penínsulas cogen el agua entre el dedo pulgar y el índice
como mujeres que palpan la suavidad de las telas.
Las aguas de los mapas son más tranquilas que la tierra,
otorgándole a ésta la configuración de sus olas:
sr la liebre de Noruega corre hacia el sur, agitada
los contornos escudriñan el mar, que es donde la tierra yace.
¿Se les imponen o pueden los países escoger sus colores?
—Lo que mejor se ajuste al carácter o a las aguas nacionales—.
La topografía no tiene preferencias; tan accesible el norte, como el oeste.
Más delicados que los de los historiadores son los colores de los cartógrafos.
~~~~~~~
Porfía
Días que no pueden o no quieren
acercarte a mí,
Distancia que pretende parecer
todo menos terca
porfían y porfian y porfían conmigo
incesantemente
sin lograr demostrar que te quiero o te deseo menos.
Distancia: ¿Recuerdas toda aquella tierra
bajo el avión:
aquella costa
de playas apagadas y rebosantes de arena,
extendiéndose borrosas
hasta donde mis razones no alcanzan?
Días: Y piensa
en todos aquellos instrumentos amontonados,
cada cual para su uso,
anulando mutuamente su experiencia;
en cómo se parecían
a un horrible calendario
«Saludos de Nunca & Siempre, Inc.»
El sonido intimidante
de estas voces
que tenemos que encontrar cada cual por separado
puede y debe ser vencido:
Días y Distancia derrotados
e idos
ambos, definitivamente, del apacible campo de batalla.
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El pez
Agarré un tremendo pez
y lo sostuve al lado del bote
medio fuera del agua, mi anzuelo
asido firmemente a una comisura de su boca.
No dio pelea.
No había luchado en lo m mínimo.
Colgaba como peso desgarrador,
golpeado y venerable
y sin pretensiones. En un par de sitios
su piel marrón colgaba hecha jirones
como un empapelado antiguo,
y su diseño de marrón subido
se parecía al de un empapelado:
formas semejantes a las rosas florecidas,
descoloridas y acabadas por el tiempo.
Estaba moteado de lapas,
admirables rosetas de cal,
e infectado
de blancos piojillos de mar,
y de su parte inferior dos o tres
hilachas de algas verdes le colgaban.
Mientras sus branquias respiraban
el terrible oxígeno
—las temibles branquias,
avivadas y henchidas de sangre,
que pueden producir severas cortaduras—
pensé en la ordinaria carne blanca,
comprimida como un colchón de plumas,
en las espinas grandes y pequeñas,
en ios dramáticos rojos y negros
de sus relucientes entrañas,
y en la vejiga rosada
cual una inmensa flor de peonía.
Lo miré a los ojos
que eran bastante m grandes que los míos
pero más chatos y amarillentos,
los iris reforzados y comprimidos
por papel de aluminio empañado,
a través de los lentes
de mica vieja y rayada.
Se movieron un poco, pero no
para devolverme la mirada.
—Más bien parecía como cuando
un objeto se inclina hacia la luz.
Admiré su cara hinchada,
el armazón de su quijada,
y entonces noté
que de su labio inferior
—si pudiera llamársele a esto labio—
amenazantes, mojados y como armas de guerra,
colgaban cinco viejos trozos de cordel,
o cuatro y un sedal
con el «alacrán» todavía asido,
los cinco grandes anzuelos
firmemente incrustados en su boca.
Un cordel verde, raído hacia el extremo
donde lo rompió, dos cordeles más gruesos,
y un delgado hilo negro
aún torcido por el forcejeo y la dentellada
de cuando se partió y él huyó.
Como medallas con cintas
desgastadas y ondeantes,
cinco pelos de una barba de sabio
colgando de su adolorida quijada.
Lo miré fijamente
y la victoria se apoderó
del pequeño bote alquilado,
desde el charco de la quilla
donde el aceite había desparramado un arcoiris
alrededor del corroído motor
hasta el latón de sacar agua, anaranjado por el óxido,
el banco de remar hendido por el sol,
la chumacera con sus cuerdas,
la borda— ¡todo, todo, todo
se transformó en arcoiris!
Y dejé escapar el pez.
~~~~~~~~~~~
Insomnio
La luna en el espejo de tocador
contempla (tal vez orgullosa
de sí misma, pero jamás se sonríe)
millones de millas
en la distancia y más allá del sueño,
o quizá duerma de día.
Si el Universo la abandonara,
ella lo mandaría al infierno
y encontraría una extensión de agua,
o un espejo, donde morar.
Envuelve pues tus cuitas con una telaraña
y tíralas en el pozo
a ese mundo invertido
donde la izquierda es siempre la derecha,
donde las sombras son en realidad el cuerpo,
donde nos quedamos despiertos toda la noche,
donde el cielo es tan llano como el mar
es ahora profundo, y donde tú me amas.
~~~~~~~
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Elizabeth Bishop, Worcester, Massachussets, 1911 – Boston, 1979.