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La Letra Con Sangre Entra

Arte11/19/2009
Primera parte



El conocimiento nos hace responsables.

Ernesto “Che” Guevara


Cuando yo estaba en la secundaria, ser buen estudiante era de muy mal gusto. Promover el caos y concentrarse en posibles amores y romances, ocupaban la pensadora de los estudiantes de bien. OK, aunque éramos jovencísimos, poseíamos cierta vanidosa erudición. Mucho nos encantaba ejercitar la curiosidad. Para nosotros, Lorenzo de Médici y la entrepierna de nuestras compañeras, tenían, acaso, la misma raíz volitiva. ¡Oh, Afrodita! Irónicamente, nuestro éxito con las niñas del colegio a las que no les interesaba leer demasiado, era notable. Por otra parte, nuestra forma de nutrir a la ninfa del conocimiento la buscábamos en bibliotecas familiares, doctos papeluchos o en conversaciones con gente digna y esclarecida en la que podíamos abrevar y solazarnos. ¿Por qué elegíamos modos alternativos de aprendizaje? La respuesta hay que buscarla en nuestras profesoras, en sus asquerosas actitudes. Ellas, nuestras profesoras, tenían la precaución de generarnos una peculiar repelencia. Eran máquinas tontas del Estado. Ineptas. Portaban ideas, claro está, pero el olor a naftalina y a bacalao putrefacto se anteponía a todo magisterio. Indefectiblemente, el desprecio por la filosofía, la ética y el arte, se reflejaban en un continuo desamor por la enseñanza. Tendían a glorificar la politiquería, la iteración vana, la fecha exacta y el gran falo de Freud. En ese ámbito de supuestas contradicciones estudiantiles, fue decidido El Cambio. Así, mi obra ofreció al mundillo educativo símbolos concretos que invitaron a reflexionar de manera en verdad sublime. Ojo, supe de antemano que sería un incomprendido. La prensa, verbigracia, me motejó de asesino serial, de psicópata y no sé cuántas cosas más. Hasta llegaron a compararme con Jack el destripador… Verdad es que, salvando las ominosas distancias, a Jack el destripador nunca lo atraparon y a mí tampoco. Sin embargo, las prostitutas del asesino inglés de seguro no ameritaron ser borradas: eran, sospecho, mujeres desprovistas de culpa. En cambio, mis especímenes encarnaron espíritus realmente jodidos que hacían mucho mal, que infectaban con el virus de la indolencia y la estupidez, y que encima obtenían sufragio de un sistema igualmente idiota y maligno. Jack el destripador fue un monstruo; yo: un Revolucionario, un intelectual comprometido hasta las últimas consecuencias. En realidad fuimos tres: Mario, Lucas y un servidor. Es cierto que ellos tenían el trabajo más ingrato y yo configuraba los planes de purificación, pero a efectos pragmáticos, perdóneseme la rústica metáfora, conformábamos una mesa de tres patas: si alguna faltaba, todo se venía abajo. De hecho, la necesaria conservación de mi integridad física determinó el fin de mis dos camaradas. Fue un gran dolor sacrificarlos por la causa. Ellos eran, lo sé, mejores que yo. Más revolucionarios y temerarios, pero más emocionales también. Sí, en ciertos menesteres la emoción juega en contra… Hay que pensar chicas, hay que pensar mucho; si pensás, la realidad cede, muestra sus rajaduras, se torna vulnerable a tu nuevo loop que la asimila y la reproduce modificada. Yo afirmo que no existe arma más poderosa que el pensamiento, excepto la belleza de una mujer adolescente. Pero mejor volvamos al relato, sin más homenajes y dilaciones inútiles.

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