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Zombie


“Aquello que marca la diferencia es nuestra capacidad
para la creación y manipulación de signos”
Edmund Husserl

El color ocre daba cuenta de lo mucho que las manos sucias habían recorrido los caracteres azulados. Tensa entre sus pulgares, la frase era contemplada con devoción. El cuerpo enroscado al trozo de papel rasgado repetía casi mecánicamente palabras que costaba expulsar a los labios. Los ojos de tantas emociones, de tanto llanto, volvían una y otra vez sobre la trama resbaladiza, como hipnotizados, como huyendo. Más allá de aquellas letras sólo el frío, la melancolía, la soledad, el miedo, la quebrada arboleda y las rocas sobre el río en donde descasaban sus pies.

Había corrido y tropezado muchas veces en la última semana. Cuando finalmente las cosas comenzaban a calmarse y los seres en pena dejaban de verse por la carretera principal, cuando por fin se aventuraban más allá del dintel de la cabaña familiar apertrechada para subsistir, algo había salido corriendo del bosque y se había llevado a su hermana. Y todo se había ido al diablo.

Los golpes, los gritos, los chasquidos y aquel berrido excitado que escuchó cuando escapaba por el techo. Sólo la oscuridad lo detuvo. Aguardó las lágrimas hasta el alba, con los ojos abiertos a la noche y los labios contraídos de terror. Rescató de sus bolsillos los últimos recuerdos de este mundo moribundo.

Caminó siempre de día, extraviado entre coníferas, por un suelo mullido en hojas secas. A veces veía de lejos a los infectados, que aparecían de repente, moviéndose de a uno en alterado frenesí. Pasaban de largo, con su mirada perdida en paisajes invisibles.

Los últimos días, el calambre silenciaba incluso el desazón y el dolor. Un entumecimiento que empezaba en la parte baja del vientre, que engullía su pecho, sus brazos y quería hacer saltar sus ojos fuera de las cuencas. Sólo la hojita de papel, poco a poco más gastada, lo salvaba del horror. Sólo envuelto en su única frase lograba alejarse del mundo, olvidar el calambre y los peligros que asechaban. Como ahora, acurrucado junto al río, tratando inútilmente de llevar sus ojos y su voz más allá de esa letra que se enrosca cual remolino.

Los disparos hicieron explotar su espejismo de porcelana. La enramada aquí y allá parecía cobrar vida. Los crujidos y el raspar de hojas anunciaban los movimientos destemplados de la procesión de los infectados. Su cuerpo se lanzó hacia adelante, su mirada fija en la colina tras la que se ahogaban los estruendos. Corrió sin detenerse hasta sentir sus pulmones derretirse al fuego y entonces la vio. Una rústica casa de piedra y madera, junto a una huerta desecha y un establo que no vio, quizás, mejores días. La morada de un grupo de gente que intentaba defenderse de los desalmados, que empezaban a rodear la construcción. Y que empujaban y parecían rugir.

Se agazapó tras unos troncos a medio cortar, junto a un hacha. Los miró forcejear con el cañón doble que se asomaba alternadamente y esparcía tejido putrefacto y sangre espesa sobre los rostros y las ropas curtidas. Jóvenes, como él, que se abrían paso a dentelladas y saltaban a los hombros o se colgaban de las piernas o los brazos de sus mayores, y les hacían gritar. Mujeres y hombres histéricos, luchando a la vez por llegar a la casa y desgarrar la carne de su vecino o alcanzar con sus dedos en punta los ojos o la boca de los de su clase.

La carnicería parecía estar por concluir. La barrera que intentaba bloquear la puerta principal parecía haber cedido y sólo un gesto apresurado había detenido su inevitable colapso. El arma ya no disparaba.

Veía desaparecer aquella última exhalación de humanidad, cuando notó se abría una puerta levadiza a varios metros de la cabaña. Una joven de cabello rojizo lograba escabullirse en el momento justo en el que decenas de manos arrancaban de golpe los últimos maderos de la entrada. La puerta se abría de nuevo y otra mujer comenzaba a asomarse al exterior. Caía. Su lamento convocaba a los comensales. Los condenados se lanzaban tras ella y su carrera coja, tras la hierba crecida, no parecía prometer. La joven pelirroja, en cambio, había logrado ocultarse y se alejaba de la horda en dirección al río. Él sintió sus opciones y se abalanzó tras ella.

Descendió en paralelo a la cabaña y por un instante pareció perderla tras un matorral frondoso. Pero vio de nuevo sus ropas naranja y su cabello al viento y poco a poco comenzó a ganar distancia. Quería hacerle entender. Sus pisadas menos certeras retumbaban en la bóveda vegetal.

Intentaba llamarla. El deseo se elevaba por sobre el ardor de su pecho para reclamarla pero las frases no lograban disputar a los pasos el aire necesario. Y la proximidad de su cuerpo, que volaba por momentos. Y sus manos al frente, en un intento por detenerla, las palmas abiertas y la hojita que volaba, que se perdía. Y el deseo irresistible de alcanzarla, el llanto insaciable en la frontera de sus ojos, que ahogaba la necesidad de recordar la letra cual remolino. La de gato, la de guita, la de signo. Y sus saltos que ganaban los últimos metros, que tomaban su cabello, su cuello.

Que lograban tumbarse sobre su espalda. Que con una roca destruían su cráneo. Que mordían y arrancaban de un tajo sus mejillas, que rasgaban su cuello, su nariz. Para saciar su calambre y olvidar para siempre la palabra. Y condenarse al abismo caliente de la sangre en su garganta y celebrar con un grito efervescente la contemplación del placer de la carne
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