Flying
Usuario (Colombia)
Registrate y eliminá la publicidad! Amigos y Amigas... Les dejo este desvarío con la esperanza alguno/a se anime a jugar con la narración, a dejarse conducir de paseo por la palabra. Gracias. Elegí el color verde por su menor longitud de onda. UNTADO DE CIUDAD Hacía eco al impulso de dar a mis pasos algún sentido ficticio. Pensaba, caminaba y pensaba. Era Chapinero y era una tarde soleada aunque ya próxima a su fin, cuando la casualidad me condujo a las puertas de mi destino. Acababa yo de asentar mi pie derecho con soltura franca sobre el pavimento, y este, con maneras súbitas y bruscas, resbaló hacia el frente sin mediar aviso alguno. Un tirón en el tobillo, una instantánea pero dolorosa contracción de la columna y el envión al frente. Mientras intentaba en vano recuperar el control sobre el intempestivo movimiento, al que sin duda habrían de sobrevivir algunos restos de mis ideas inconclusas (ya saben, abrir el compás y balancear el peso sobre la rodilla opuesta), mi pie izquierdo se dobló sobre su peso y resbaló también, hacia atrás, a la izquierda. Finalmente, en cuestión de segundos, con mi equilibrio hecho añicos misteriosa y definitivamente, terminé tirado junto a los contadores del gas a los que el instinto llevó mis manos. Allí, en medio de una calle desierta, frente a los acusantes ventanales abiertos de un edificio del que en cualquier momento esperaba ver surgir los rostros acusantes y las voces burlonas, la esperanza dio pronto paso al intenso coraje en que me sumió la contemplación de mi torpeza. Dos enormes panecillos de mierda amarillenta, quemados, de lisa textura y algo húmedos por su frescura, descansaban medio aplastados sobre la que hasta hace pocos minutos fuese la ruta de mi despreocupación. Un tercero se deshacía en un grueso y mullido trazo que finalizaba en una de mis botas... Las cafés, las preferidas, de las que Ella dijera algún día que eran muy cool. Me levanté entre maldiciones, que intentaban conjurar mi timidez, y tras un vistazo alrededor me concentre en el daño. A pesar de que un par de trazos amarillentos cruzaban el betún brillante, los surcos de la suela parecían haberlo retenido todo. Caminé hacia el pasto. Me sostuve sobre un pie y restregué enérgicamente el otro sobre las frágiles cerdas verdes: Adelante, atrás, derecha, izquierda y hasta en diagonal. Seguía los caprichos del zapatero. A mi alrededor, cepas secas en variados tonos cafés, corroídas por el agua y secas por el viento, me obligaban a cuidar mis movimientos. Tras cambiar de pie y repetir la operación, los levanté alternadamente hacia mi rostro para ver los resultados. Pese mi esfuerzo el paté amarillento se aferraba a las intrincadas curvas de la geografía de mis suelas. En algunos sitios, el pasto parecía incluso haber pulido las superficies, compactando aun más la molesta carga. Me enfurecí, cerca estuve de emprenderla a pedradas contra el negro labrador de pañoleta azul que doblaba la esquina. Al final, una montaña de balasto fino me regresó a mis propósitos inmediatos. Mientras mis viscosos pasos me conducían hasta allí, pude oír como la dueña de Lucas, que así se llamaba el perrito, lo instaba a doblarse y contraerse para así cumplir con los propósitos del paseo. En un primer momento pareció irme bien con las diminutas piedritas. La lógica desesperada me llevó a suponer que la polvareda, que levantaba mi incisivo restregar, secaría y desprendería el engrudo adherido a mis zapatos. Al mirar de nuevo descubrí mi error. El polvo había en efecto endurecido la masa, pero ahora uno y otro se mezclaban aferrados al trazado de mis suelas. Golpee iracundo el suelo con ambos pies, ante la mirada cómplice de dos o tres personas que pasaban. La costra siguió fuertemente adherida a mis pies. Contemplé entonces lo inevitable de medidas más radicales. Resignado, me acerqué a un arbolito inocente y arranqué uno de sus tallos finos, aun no cubierto por más que unos pocos retoños. Luego, crucé la pierna derecha sobre la rodilla izquierda y repasé los recorridos de mierda en la suela de mis botas. Gracias al balasto, ahora cada milímetro de estos se hallaba cubierto hasta el ras por esta acuosa plastilina de indistintos visos grises y amarillentos. Logre quizás un par de pasadas netas por los surcos externos, empujando hacia afuera varios bloques compactados que resbalaron al suelo por entre mis dedos. Era sin embargo muy difícil lograr que el fondo más viscoso se desprendiera del caucho vulcanizado, pues se apelmazaba en las esquinas y los giros más pronunciados. El palito que usaba para intentar retirarlo fue cubriéndose de esta olorosa melcocha, hasta que al final opté por sustituirlo por un pedazo de vidrio, que hundí con fuerza hacia el centro del tacón de mi bota. Era la parte más complicada de la labor. La robusta flor de lis, tallada justo en la confluencia de todos los surcos, me obligaba a maniobrar diestramente. Cada curva habría de ser repasada con soltura, para que el vidrio no se enterrara en el caucho, al tiempo que se debía mantener la presión justa para empujar la costra. A esta operación se debían alternar pequeñas convulsiones, para evitar que la misma trepara por el vidrio hasta mis manos. Así estaba, frunciendo el rostro ante el olor penetrante que emergía de cada nuevo surco abierto, cuando un descuido forzó el recorrido del vidrio y este se clavó sobre mi palma abierta que intentaba asirlo. El reflejo fue instintivo y mi mano retrocedió violentamente, al tiempo que soltaba el puntiagudo y ahora ensangrentado resto de botella. En mi afán, la descargue con fuerza sobre la abundante flema medio desprendida, amarilla y gris, que aun quedaba en los bordes de los surcos abiertos. Mientras, el vidrio embadurnado resbalaba por la bota de mi pantalón cuan larga era. Y vi como resbalaba de forma tal que solo he visto una vez en mi vida, y lo untaba todo con su estela putrefacta. Y reparé en mi mano, sangrienta, ¡no!, cubierta por la mierda y el balasto que secaban la sangre, mi sangre, tan roja. Y sin siquiera meditar mi situación, nada desesperada si la miro desde la calma que ahora me embarga, corrí hasta mi casa. Escalón, pie, escalón. Abrí la puerta de mi apartamento y avancé rechinando, en puntas de pie, hasta mi cuarto. Me quité las botas, alcancé un cigarrillo, desparramándolos todos en mi afán por improvisar un manejo diestro de mi mano izquierda; y me tendí en la cama. Sudaba, aun mi mano untada sudaba. Y Yo no podía dejar de mirarla. Mirar los coágulos, mirar las gotas ocre que resbalaban por mis muñecas, mirar la herida abierta medio cubierta por el balasto y la flema, la sangre que manaba y se endurecía. Entonces sentí el olor. De mis botas volteadas en una esquina del cuarto emanaba un pesado aroma dulzón que llenaba mi cuarto cerrado. Yo exhalaba el humo hacia el olor, pero este parecía volver a untarme desde adentro a cada nueva inhalación. Fuerte olor a mierda de perro que parecía hacerme cosquillas justo más allá de la entrada de mis amplias fosas nasales. Me gustaba. Me levanté aterrado ante mi momentáneo desvarío. A trompicones alcancé la ventana y la abrí de par en par. Alcé mis botas y tomé un cepillo de dientes viejo de cerdas generosas. Corrí al baño. Recosté una de las suelas al grifo y dejé que el agua corriera, cerré la puerta y la ajuste con llave para evitar los curiosos, y con la mano aún untada, que había olvidado, comencé a cepillarlas con fuerza desde la punta. Estaban llenas de oloroso plaste, de quien sabe cuanto excremento acumulado en mi veloz carrera. Pronto el esmalte, y mis manos y mi camisa se llenaron de las gotas oscuras que levantaba mi desenfreno. El olor subió en oleadas fétidas y penetrantes que inundaban el baño. El desagüe comenzó a taparse con los trozos sólidos más grandes, y en el fondo, a donde también mi sangre fluía, fue formándose una sopa oscura. Metí mis manos, saque el tapón y el drenaje se llevó incluso los pedazos sólidos de la costra. Volví mis manos al rostro y me quedé mirándolas, cubiertas por la flema oscura que también resbalaba por el esmalte del baño, y que olía. Y así, sin poder quitar mis ojos de la sangre que manaba de la herida abierta, oliendo la mierda que colmaba el baño, oyendo el chispoteo del grifo abierto... Llevé los dedos a mi boca y los chupé. Primero mordisqueé sus puntas. Con los dientes exprimí su jugo y con la lengua recogí las gotas ácidas que resbalaban hacia abajo. Luego recorrí con la boca las palmas abiertas, la herida abierta, aún sangrante. “Porque la sangre es espíritu”... alcancé a recordar el nombre de un libro cuando ya mi rostro convulsionado, mis ojos anhelantes, mis labios sedientos y salpicados, se volvían hacia las untadísimas suelas de mis botas. ... Recorro a Bogotá en las noches, luego de estudiar, ver a mi novia y dejar mis gafas para no ser visto. Créanme, la poblada sabana abunda en parques, antejardines, separadores, andenes y aun bolardos, cubiertos con el fruto de mi deleite. En cada calle, cada cuadra y cada esquina parecen aguardarme racimos en flor que selecciono y almaceno. He logrado elaborar las bases para un inicial esfuerzo taxonómico, que no me extenderé en detallar. Y mientras tantos escojan las horas de esta ciudad congestionada para pasear sus peludas mascotas, dudo que pueda estar cerca el fin de mi ensoñadora Venecia de mierda. Flying
Gracias por pasar, por acompañarme a jugar con la palabra. Gracias a usuarios y usuarias que postearon la literatura zombie. Y a todos ustedes que escriben y escriben para NOSOTROS Zombie “Aquello que marca la diferencia es nuestra capacidad para la creación y manipulación de signos” Edmund Husserl El color ocre daba cuenta de lo mucho que las manos sucias habían recorrido los caracteres azulados. Tensa entre sus pulgares, la frase era contemplada con devoción. El cuerpo enroscado al trozo de papel rasgado repetía casi mecánicamente palabras que costaba expulsar a los labios. Los ojos de tantas emociones, de tanto llanto, volvían una y otra vez sobre la trama resbaladiza, como hipnotizados, como huyendo. Más allá de aquellas letras sólo el frío, la melancolía, la soledad, el miedo, la quebrada arboleda y las rocas sobre el río en donde descasaban sus pies. Había corrido y tropezado muchas veces en la última semana. Cuando finalmente las cosas comenzaban a calmarse y los seres en pena dejaban de verse por la carretera principal, cuando por fin se aventuraban más allá del dintel de la cabaña familiar apertrechada para subsistir, algo había salido corriendo del bosque y se había llevado a su hermana. Y todo se había ido al diablo. Los golpes, los gritos, los chasquidos y aquel berrido excitado que escuchó cuando escapaba por el techo. Sólo la oscuridad lo detuvo. Aguardó las lágrimas hasta el alba, con los ojos abiertos a la noche y los labios contraídos de terror. Rescató de sus bolsillos los últimos recuerdos de este mundo moribundo. Caminó siempre de día, extraviado entre coníferas, por un suelo mullido en hojas secas. A veces veía de lejos a los infectados, que aparecían de repente, moviéndose de a uno en alterado frenesí. Pasaban de largo, con su mirada perdida en paisajes invisibles. Los últimos días, el calambre silenciaba incluso el desazón y el dolor. Un entumecimiento que empezaba en la parte baja del vientre, que engullía su pecho, sus brazos y quería hacer saltar sus ojos fuera de las cuencas. Sólo la hojita de papel, poco a poco más gastada, lo salvaba del horror. Sólo envuelto en su única frase lograba alejarse del mundo, olvidar el calambre y los peligros que asechaban. Como ahora, acurrucado junto al río, tratando inútilmente de llevar sus ojos y su voz más allá de esa letra que se enrosca cual remolino. Los disparos hicieron explotar su espejismo de porcelana. La enramada aquí y allá parecía cobrar vida. Los crujidos y el raspar de hojas anunciaban los movimientos destemplados de la procesión de los infectados. Su cuerpo se lanzó hacia adelante, su mirada fija en la colina tras la que se ahogaban los estruendos. Corrió sin detenerse hasta sentir sus pulmones derretirse al fuego y entonces la vio. Una rústica casa de piedra y madera, junto a una huerta desecha y un establo que no vio, quizás, mejores días. La morada de un grupo de gente que intentaba defenderse de los desalmados, que empezaban a rodear la construcción. Y que empujaban y parecían rugir. Se agazapó tras unos troncos a medio cortar, junto a un hacha. Los miró forcejear con el cañón doble que se asomaba alternadamente y esparcía tejido putrefacto y sangre espesa sobre los rostros y las ropas curtidas. Jóvenes, como él, que se abrían paso a dentelladas y saltaban a los hombros o se colgaban de las piernas o los brazos de sus mayores, y les hacían gritar. Mujeres y hombres histéricos, luchando a la vez por llegar a la casa y desgarrar la carne de su vecino o alcanzar con sus dedos en punta los ojos o la boca de los de su clase. La carnicería parecía estar por concluir. La barrera que intentaba bloquear la puerta principal parecía haber cedido y sólo un gesto apresurado había detenido su inevitable colapso. El arma ya no disparaba. Veía desaparecer aquella última exhalación de humanidad, cuando notó se abría una puerta levadiza a varios metros de la cabaña. Una joven de cabello rojizo lograba escabullirse en el momento justo en el que decenas de manos arrancaban de golpe los últimos maderos de la entrada. La puerta se abría de nuevo y otra mujer comenzaba a asomarse al exterior. Caía. Su lamento convocaba a los comensales. Los condenados se lanzaban tras ella y su carrera coja, tras la hierba crecida, no parecía prometer. La joven pelirroja, en cambio, había logrado ocultarse y se alejaba de la horda en dirección al río. Él sintió sus opciones y se abalanzó tras ella. Descendió en paralelo a la cabaña y por un instante pareció perderla tras un matorral frondoso. Pero vio de nuevo sus ropas naranja y su cabello al viento y poco a poco comenzó a ganar distancia. Quería hacerle entender. Sus pisadas menos certeras retumbaban en la bóveda vegetal. Intentaba llamarla. El deseo se elevaba por sobre el ardor de su pecho para reclamarla pero las frases no lograban disputar a los pasos el aire necesario. Y la proximidad de su cuerpo, que volaba por momentos. Y sus manos al frente, en un intento por detenerla, las palmas abiertas y la hojita que volaba, que se perdía. Y el deseo irresistible de alcanzarla, el llanto insaciable en la frontera de sus ojos, que ahogaba la necesidad de recordar la letra cual remolino. La de gato, la de guita, la de signo. Y sus saltos que ganaban los últimos metros, que tomaban su cabello, su cuello. Que lograban tumbarse sobre su espalda. Que con una roca destruían su cráneo. Que mordían y arrancaban de un tajo sus mejillas, que rasgaban su cuello, su nariz. Para saciar su calambre y olvidar para siempre la palabra. Y condenarse al abismo caliente de la sangre en su garganta y celebrar con un grito efervescente la contemplación del placer de la carne.

Ascenso al paso de Bellavista Una guía por la laguna de la Sierra, en la Sierra Nevada del Cocuy. Colombia. Especial para Taringa.net Ecotrekking Rivera El municipio de El Cocuy es uno de los dos ingresos a la sierra. Se ubica al norte del departamento de Boyacá. Un auto, que puedes tomar en el parque te llevará a la Hacienda La esperanza por el quebrado paisaje de la cordillera Oriental. Asciendes desde el occidente. Intentamos la zona sur de la sierra. El paso de Bellavista comunica la parte occidental de la sierra con el valle que forman las dos líneas de picos, donde se encuentra la bella laguna de la Plaza. Más al oriente la selva desciende hasta los llanos orientales de Colombia. Seguimos la ruta en negro. También se puede llegar a la laguna de La Plaza por la ruta en rojo, pero implica hacer dos empinados pasos. El paisaje se quiebra mientras asciendes y aparecen los primeros picos. Desde la hacienda asciendes hacia el valle de los frailejones. La marca indica el destino final aproximado. Al fondo el púlpito del diablo y la cresta del pan de Azucar. Por allí va el camino. Lentamente vas dejando abajo el valle y la vegetación comienza a escasear. Mojones te guían por el superpáramo. Pasas la cueva del hombre y un par de morrenas más allá encuentras el primer campamento y al fondo el paso de Bellavista, entre el pan de Azúcar y el Toti. Tras la morrena más grande verás la laguna Grande de la Sierra y el segundo campamento. También se puede acampar en alguna de las lagunillas del púlpito o en el campamento tres, cerca al Toti, sobre los restos de una laguna ya seca. Descansar supone atacar o avistar ascensos a los picos que rodean la laguna. El Cóncavo El toti El Pan de Azúcar y el púlpito del diablo Y estudiar el paso La flora se reduce sobre los 4000 metros a algunos líquenes, arbustos y un que otro frailejón florecido. La Fauna a escarabajos, insectos y a pequeñas bandadas de dormilonas cenicientas. Ni siquiera un Cóndor lo logra en ocasiones. (Ayudamos a bajar el espécimen para su estudio por parte de la DNPN) Y tras la aclimatación, hacia el paso. El recorrido a un paso tranquilo, toma varias horas, bordeando la laguna. Camino a la base del Toti. El tercer campamento. Y una espectacular cueva en el hielo. Optamos por acercarnos por el borde de la nieve, a la izquierda. Y al fin. Un vistazo al paso y a la laguna de la Plaza. Después, la cresta te conduce al toti. Y ya entrados en gastos. Regresar, pasar una noche más y volver a casa. Buena suerte. Y a recorrer los Andes. Es pura voluntad.
Ascenso al Nevado del Tolima Una guía por el Parque de los Nevados, Colombia. Ecotrekking Rivera Las más Bellas al final. Si esperas, quizá te gusten. Llegar al parque de los nevados supone internarse en la zona cafetera, pasar la ciudad de Armenia y comenzar a trepar los andes por el pueblo de Salento, en el departamento del Quindío. Asciendes la cordillera central (son tres) desde el Occidente. Puedes tomar un auto clásico, usualmente atiborrado, para llegar a Cocora, uno de los ingresos al Parque. Irás entrando en el bosque altoandino, coronado por palmas de cera, árbol nacional de Colombia. Te internas a los andes por un cañón. Recuerda la Forma de esta colina. Cada cierto tiempo encontrarás totems guía. El sendero es parcialmente reconocible. El primer día tu destino es la hacienda “Estrella de Agua”. Estrella de Agua fue quemada por un grupo insurgente en 2006. El páramo de Romerales Y finalmente, el primer vistazo al Nevado del tolima Al día siguiente, partir a la Laguna del Encanto, donde es posible instalar el campamento base. La Laguna, la Noche, el amanecer a cuatro mil metros sobre los Andes. Vista de dos de las cumbres nevadas del Parque. El nevado de Santa Isabel y, al fondo, el Volcán nevado del Ruiz. Tragarte los Andes. Descender. Un poco tarde. ¿Una carrerita? Descansar y volver a Casa Espero les hayan gustado las imágenes. Nuestra apuesta es por una guía interactiva que está en construcción. Si decides venir al parque, puedes pagar ante la Dirección de Parques Nacionales del ministerio del Medio Ambiente y Vivienda. Allá te darán información adicional. Puedes entrar sin pagar, pero entonces nadie sabrá de ti y, bueno, no te irán a buscar. La antigua insignia