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ALTRUÍSMO
Me encanta, en invierno, ayudar a los vagabundos a leer el diario con el que se taparán durante la noche helada.
AGRADECIMIENTO
Estoy cansado de lidiar con la Muerte: se me aparece todos los días por el hospital y me pide que por favor deje de salvar enfermos. Yo le explico que simplemente hago mi trabajo. “¿Y qué te cuesta hacerlo mal?” me dice persuasiva, “si de todas manera cobrarías el mismo sueldo”. Yo la saco, por supuesto, a patadas, pero al otro día vuelve, las fuerzas renovadas, aparece en el techo, afloja los ventiladores con la esperanza de que caigan, girando, y me separen la cabeza del cuerpo. Me río internamente, porque conozco la inocencia de sus propósitos. Ya me aburro, estando acostumbrado como estoy a lidiar con ella y a mirar a los ojos de los moribundos sin que se me caiga una lágrima; también es cierto que estoy harto de mi sueldo de hambre, pero no adhiero a las huelgas sólo para no complacer a la Muerte que, según mis cálculos, es el único ser más infeliz que yo, y me salva de ese honor patético.
Todos los días rezo a Dios para agradecerle por su presencia.
EL IDO
¿Por qué todos me eligen a mí para hacerme confesiones? ¿Acaso ya los curas no trabajan?: en el bar un beodo solicita mi atención a cambio de unos vasos de vino de mala calidad; en el burdel las putas me hablan de sus hijos índigos y de la dura lucha contra las arrugas y las várices; en el tren un vago me pide la hora y luego me arroja durante todo el viaje los destellos de su pasado glorioso. A la señora del quiosco le compro un atado de cigarros, se lo pago y, gratuitamente, me encaja un atado de chismes. Anoche, cuando apagué el velador, hasta las moscas se me acercaron a susurrarme sus secretos, y eran tantos que no pude dormir. Ahora, camino a mi trabajo, a punto de cruzar el paso a nivel, escucho el llamado del tren; más que un llamado parece un grito de desesperación, y aunque me parezca de mala educación esa conducta, como estoy curado de espanto, me quedo bien paradito en medio de la vía, esperando a ver que tiene para decirme al oído, tan importante, mi amiga la locomotora. (Ver al final)
EL ESTETA
—¿Nunca pensaste en el suicidio?
―sí, mil veces pero…
―¿y?
―¿cómo y? ¿no me ves que estoy acá? no parezco un espectro con esta panza…
―a veces me pregunto como reaccionaría si me obligaran a suicidarme…
―¡pero enconces no sería suicidio!
―lo único que se es que, si me obligaran a hacerlo, elegiría el paisaje más bello…
―vaya, ¡esteta hasta en la muerte!
Autor: Julián Negromanti
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Me encanta, en invierno, ayudar a los vagabundos a leer el diario con el que se taparán durante la noche helada.
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Estoy cansado de lidiar con la Muerte: se me aparece todos los días por el hospital y me pide que por favor deje de salvar enfermos. Yo le explico que simplemente hago mi trabajo. “¿Y qué te cuesta hacerlo mal?” me dice persuasiva, “si de todas manera cobrarías el mismo sueldo”. Yo la saco, por supuesto, a patadas, pero al otro día vuelve, las fuerzas renovadas, aparece en el techo, afloja los ventiladores con la esperanza de que caigan, girando, y me separen la cabeza del cuerpo. Me río internamente, porque conozco la inocencia de sus propósitos. Ya me aburro, estando acostumbrado como estoy a lidiar con ella y a mirar a los ojos de los moribundos sin que se me caiga una lágrima; también es cierto que estoy harto de mi sueldo de hambre, pero no adhiero a las huelgas sólo para no complacer a la Muerte que, según mis cálculos, es el único ser más infeliz que yo, y me salva de ese honor patético.
Todos los días rezo a Dios para agradecerle por su presencia.
EL IDO
¿Por qué todos me eligen a mí para hacerme confesiones? ¿Acaso ya los curas no trabajan?: en el bar un beodo solicita mi atención a cambio de unos vasos de vino de mala calidad; en el burdel las putas me hablan de sus hijos índigos y de la dura lucha contra las arrugas y las várices; en el tren un vago me pide la hora y luego me arroja durante todo el viaje los destellos de su pasado glorioso. A la señora del quiosco le compro un atado de cigarros, se lo pago y, gratuitamente, me encaja un atado de chismes. Anoche, cuando apagué el velador, hasta las moscas se me acercaron a susurrarme sus secretos, y eran tantos que no pude dormir. Ahora, camino a mi trabajo, a punto de cruzar el paso a nivel, escucho el llamado del tren; más que un llamado parece un grito de desesperación, y aunque me parezca de mala educación esa conducta, como estoy curado de espanto, me quedo bien paradito en medio de la vía, esperando a ver que tiene para decirme al oído, tan importante, mi amiga la locomotora. (Ver al final)
EL ESTETA
—¿Nunca pensaste en el suicidio?
―sí, mil veces pero…
―¿y?
―¿cómo y? ¿no me ves que estoy acá? no parezco un espectro con esta panza…
―a veces me pregunto como reaccionaría si me obligaran a suicidarme…
―¡pero enconces no sería suicidio!
―lo único que se es que, si me obligaran a hacerlo, elegiría el paisaje más bello…
―vaya, ¡esteta hasta en la muerte!
Autor: Julián Negromanti
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