Fragmento de La Peste de Albert Camus
Cuando Rieux llegó a casa de su viejo enfermo, la noche había ya
devorado todo el cielo. Desde la habitación se podía oír el rumor lejano
de la libertad y el viejo seguía siempre, con el mismo humor,
trasvasando sus garbanzos.
-Hacen bien en divertirse -decía-, se necesita de todo para hacer un
mundo. ¿Y su colega, doctor, qué es de él?
El ruido de unas detonaciones llegó hasta ellos, pero éstas eran
pacíficas: algunos niños echaban petardos.
-Ha muerto -dijo el doctor, auscultando el pecho cavernoso.
-¡Ah! -dijo el viejo, un poco intimidado.
-De la peste -añadió Rieux.
-Sí -asintió el viejo después de un momento-, los mejores se van. Así es
la vida. Pero era un hombre que no sabía lo que quería.
-¿Por qué lo dice usted? -dijo el doctor, guardando el estetoscopio.
-Por nada. No hablaba nunca si no era para decir algo. En fin, a mí me
gustaba. Pero la cosa es así. Los otros dicen: "Es la peste, ha habido
peste." Por poco piden que les den una condecoración. Pero, ¿qué
quiere decir la peste? Es la vida y nada más.
-Haga usted las inhalaciones regularmente.
-¡Oh!, no tenga usted cuidado. Yo tengo para mucho tiempo, yo los veré
morir a todos. Yo soy de los qué saben vivir.
Lejanos gritos de alegría le respondieron a lo lejos.
El doctor se detuvo en medio de la habitación.
-¿Le importa a usted que suba un poco a la terraza?
-Nada de eso. ¿Quiere usted verlos desde allá arriba, eh? Haga lo que
quiera. Pero son siempre los mismos.
Rieux se dirigió hacia la escalera.
-Dígame, doctor, ¿es cierto que van a levantar un monumento a los
muertos de la peste?
-Así dice el periódico. Una estela o una placa.
-Estaba seguro. Habrá discursos.
El viejo reía con una risa ahogada.
-Me parece estar oyéndolos: "Nuestros muertos...", y después atracarse.
devorado todo el cielo. Desde la habitación se podía oír el rumor lejano
de la libertad y el viejo seguía siempre, con el mismo humor,
trasvasando sus garbanzos.
-Hacen bien en divertirse -decía-, se necesita de todo para hacer un
mundo. ¿Y su colega, doctor, qué es de él?
El ruido de unas detonaciones llegó hasta ellos, pero éstas eran
pacíficas: algunos niños echaban petardos.
-Ha muerto -dijo el doctor, auscultando el pecho cavernoso.
-¡Ah! -dijo el viejo, un poco intimidado.
-De la peste -añadió Rieux.
-Sí -asintió el viejo después de un momento-, los mejores se van. Así es
la vida. Pero era un hombre que no sabía lo que quería.
-¿Por qué lo dice usted? -dijo el doctor, guardando el estetoscopio.
-Por nada. No hablaba nunca si no era para decir algo. En fin, a mí me
gustaba. Pero la cosa es así. Los otros dicen: "Es la peste, ha habido
peste." Por poco piden que les den una condecoración. Pero, ¿qué
quiere decir la peste? Es la vida y nada más.
-Haga usted las inhalaciones regularmente.
-¡Oh!, no tenga usted cuidado. Yo tengo para mucho tiempo, yo los veré
morir a todos. Yo soy de los qué saben vivir.
Lejanos gritos de alegría le respondieron a lo lejos.
El doctor se detuvo en medio de la habitación.
-¿Le importa a usted que suba un poco a la terraza?
-Nada de eso. ¿Quiere usted verlos desde allá arriba, eh? Haga lo que
quiera. Pero son siempre los mismos.
Rieux se dirigió hacia la escalera.
-Dígame, doctor, ¿es cierto que van a levantar un monumento a los
muertos de la peste?
-Así dice el periódico. Una estela o una placa.
-Estaba seguro. Habrá discursos.
El viejo reía con una risa ahogada.
-Me parece estar oyéndolos: "Nuestros muertos...", y después atracarse.
Rieux subió la escalera. El ancho cielo frío centelleaba sobre las casas y junto a las colinas las estrellas destacaban su dureza pedernal.
Esta noche no era muy diferente de aquella en que Tarrou y él habían subido
a la terraza para olvidar la peste. Pero hoy el mar era más ruidoso al pie
de los acantilados. El aire estaba inmóvil y era ligero, descargado del
hálito salado que traía el viento tibio del otoño. El rumor de la ciudad
llegaba al pie de las terrazas con un ruido de ola. Pero esta noche era la
noche de la liberación y no de la rebelión. A lo lejos, una franja rojiza
indicaba el sitio de los bulevares y de las plazas iluminadas. En la noche
ahora liberada, el deseo bramaba sin frenos y era un rugido lo que
llegaba hasta Rieux.
Del puerto oscuro subieron los primeros cohetes de los festejos oficiales.
La ciudad los saludó con una sorda y larga exclamación. Cottard,
Tarrou, aquellos y aquella que Rieux había amado y perdido, todos,
muertos o culpables, estaban olvidados. El viejo tenía razón, los
hombres eran siempre los mismos. Pero esa era su fuerza y su
inocencia y era en eso en lo que, por encima de todo su dolor, Rieux
sentía que se unía a ellos. En medio de los gritos que redoblaban su
fuerza y su duración, que repercutían hasta el pie de la terraza, a
medida que los ramilletes multicolores se elevaban en el cielo, el doctor
Rieux decidió redactar la narración que aquí termina, por no ser de los
que se callan, para testimoniar en favor de los apestados, para dejar por
lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido
hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las
plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de
desprecio.
Pero sabía que, sin embargo, esta crónica no puede ser el relato de la
victoria definitiva. No puede ser más que el testimonio de lo que fue
necesario hacer y que sin duda deberían seguir haciendo contra el terror
y su arma infatigable, a pesar de sus desgarramientos personales, todos
los hombres que, no pudiendo ser santos, se niegan a admitir las plagas
y se esfuerzan, no obstante, en ser médicos.
Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía
presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que
esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros,
que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede
permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que
espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas,
los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste,
para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las
mande a morir en una ciudad dichosa.
Esta noche no era muy diferente de aquella en que Tarrou y él habían subido
a la terraza para olvidar la peste. Pero hoy el mar era más ruidoso al pie
de los acantilados. El aire estaba inmóvil y era ligero, descargado del
hálito salado que traía el viento tibio del otoño. El rumor de la ciudad
llegaba al pie de las terrazas con un ruido de ola. Pero esta noche era la
noche de la liberación y no de la rebelión. A lo lejos, una franja rojiza
indicaba el sitio de los bulevares y de las plazas iluminadas. En la noche
ahora liberada, el deseo bramaba sin frenos y era un rugido lo que
llegaba hasta Rieux.
Del puerto oscuro subieron los primeros cohetes de los festejos oficiales.
La ciudad los saludó con una sorda y larga exclamación. Cottard,
Tarrou, aquellos y aquella que Rieux había amado y perdido, todos,
muertos o culpables, estaban olvidados. El viejo tenía razón, los
hombres eran siempre los mismos. Pero esa era su fuerza y su
inocencia y era en eso en lo que, por encima de todo su dolor, Rieux
sentía que se unía a ellos. En medio de los gritos que redoblaban su
fuerza y su duración, que repercutían hasta el pie de la terraza, a
medida que los ramilletes multicolores se elevaban en el cielo, el doctor
Rieux decidió redactar la narración que aquí termina, por no ser de los
que se callan, para testimoniar en favor de los apestados, para dejar por
lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido
hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las
plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de
desprecio.
Pero sabía que, sin embargo, esta crónica no puede ser el relato de la
victoria definitiva. No puede ser más que el testimonio de lo que fue
necesario hacer y que sin duda deberían seguir haciendo contra el terror
y su arma infatigable, a pesar de sus desgarramientos personales, todos
los hombres que, no pudiendo ser santos, se niegan a admitir las plagas
y se esfuerzan, no obstante, en ser médicos.
Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía
presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que
esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros,
que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede
permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que
espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas,
los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste,
para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las
mande a morir en una ciudad dichosa.