InicioArteUna mujer
“Una mujer sale de una casa con la intención de no volver ahí nunca más, adentro un hombre con sombrero come pastel de chocolate y la mira sin comprender del todo qué pasa..." la decisión de sus pasos se contradice con las angustiosas lágrimas en su rostro, su vestido y sus zapatos no son los de diario y un bolso mediano, abultado, están en desacuerdo con sus rutinarias salidas, sino fuera por alguna mirada furtiva de los vecinos, cargada de la intención de saludarla, podría decirse que es alguien más que pasa, pero no es así, es ella, allí va, con pasos seguros y firmes, una cita la lleva al encuentro de mil años perdidos, a una isla de recuerdos que vivió siempre con ella.

Hasta el clima parece acompañarla en el entusiasmo, el pronóstico anunció lluvias dispersas y el sol brillaba entre escasas nubes. No era el cumpleaños de ninguno, pero la impaciencia la llevó a hacer una torta, necesitaba calmar las ansias del pasar de las horas, haciendo algo, empezó por un bizcochuelo, luego el relleno, la crema de cobertura, y terminó haciendo el pastel de chocolate que tanto le gustaba a él, y que sus chicos también disfrutaban.

Junto a la ruta a media cuadra de la estación de servicio, enfrente del bar al paso “El Encuentro”, cerca del fin del ocaso, se encontrarían, le quedaba tiempo para pasar por el correo, llevaba en su bolso una carta llena de promesas, de fastidios reprimidos, deseos incomprendidos, que en estos últimos meses habían cobrado una dimensión imprevista. Llegó hasta la oficina, compró una estampilla simple la pego en el sobre, se acercó al buzón de la entrada sosteniéndola con ambas manos, miró por un rato largo la ranura del buzón, olió la brisa que no tenía ni olor a comida ni a ropa planchada, era un aroma inexplicable, algo nuevo, su pecho tembló, con un escalofrío de nerviosismo, y la arrojó por la ranura.

Una brisa fuerte movió los árboles desgranando algunas hojas a su paso, camina con una canción en su cabeza, aquellas palabras, “espérame en la ruta si decides venir, si no estás a esa hora entenderé tu decisión y seguiré mi camino”. La vida es como un pastel de chocolate, hay que comerla en el momento justo, muy temprano está caliente, el gusto se pierde por el calor y la masa se agruma, muy tarde está seco, la masa se desgrana y el sabor se dispersa.

Un árbol joven de hojas siempre verdes la acompaña en la espera, no hay viento, el aire no se mueve, densa quietud, la ruta con el tránsito normal de esa hora, las banquinas polvorientas son recorridas por pequeños remolinos que persiguen los vehículos dormidos en su velocidad, los clientes de “El Encuentro” se refugian en miradas perdidas de tiempo, se entretienen en pitadas concienzudas disipadas en el misterio del humo blanquecino. Desde ahí puede ver el reloj del bar, los minutos avanzan, las escusas rondan su cabeza, al igual que las nubes que comienzan a poblar el cielo, por un momento piensa que puede escuchar el tic tac del reloj, pero no, son las pequeñas gotas que comienzan a caer, el cielo llora su ansiedad, el asfalto mojado comienza a cantar el agua en las ruedas de los autos y camiones que pasan.

Se pregunta que hace ahí, ¿por qué no llega?, ¿habrá pasado y no la vio?, no, si estuvo todo el tiempo mirando, ¿Qué la llevó a esta fantasía?, ¿se pueden cambiar tantos años?, ¿la comodidad de conocer alguien tan bien hasta el aburrimiento, por una pasión reciente a conocer? ¿Por el vértigo de la aventura? Que al fin no es diferente del mismo de hace años, ¿Dónde estás? ¿Dónde estoy?... Su rostro mojado, sus ojos mojados, buscando luces, buscando la confirmación del arrojo.

La lluvia torrencial en la ruta, un auto con el distribuidor mojado tosió y se paró en seco, el arranque trataba de apurar una llegada que se alargaba en distancia, volvía a ronronear la desesperación de salir, esperó un momento, el calor del motor evapora el agua acumulada, la batería toma fuerza en esa espera y entonces arranca, valiosos minutos eternos, que entretejen la angustia de la espera.

Un camión que muerde la banquina y el polvo que ya es barro, salpica el parabrisas de un auto recién llegado, como una cobertura de chocolate espeso. Ella toda mojada decide abandonar a su árbol compañero, compartiendo una reciproca soledad mojada. El limpiaparabrisas exhausto termina de limpiar los rastros de barro, y deja ver en la vereda de enfrente un único árbol solitario de hojas siempre verdes. En cinco pasos alcanzó la esquina, dobló, escuchó un motor, se dio vuelta a mirar, un camión con acoplado pasaba por la ruta envuelto en lluvia y barro.

Espero que no sea tarde y el pastel de chocolate se haya enfriado.
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