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Isla arcoiris

ArteFecha desconocida
Capítulo 1 de la novela

Rainbow Island (Isla arcoiris)

Saca la cámara del agua, se llenará de lombrices, las escupirá hasta quedarse seca, pero eso le sacará la humedad, como al amanecer. Ven, ven aquí más cerca, desde allá se debe ver hermoso, pero esta bahía está vacía, comía, reía, y salía por tu hombría, por entre los pastales de metro y dos metros, vamos a llegar entre tanto las botas no se queden entre el lodo amarillo que tengo hasta el cogote. Me arrastro entre la montaña para seguir reptando, soy una culebra de tierra caliente que recorre las profundidades del bosque por el suelo, dando brinquitos, acariciando el clima lluvioso con mi lengüisqui. Me decoraré la cabeza con un par de flores rojas, pero no tan grandes como para cubrir una carpa de circo, sino del tamaño de la mano de un monito que me jala el cabello. Las oscuridades de los túneles siguen siendo las mismas sin importar la hora del día, o la posición de los zapatos, o el color de los ojos, o cuantas monedas tengas dentro de la bota del pantalón, y todo dentro del mismo costal cae al vacío por la montaña empinada de caminos interconectados, se va directo al río que queda en el valle, de piedras grandes y colores iridiscentes, como las escamas de los pececitos saltarines que nadan en contra de la corriente, los párpados de las viejitas que saltan el lazo frente a la iglesia un día martes a las doce del día, son conchas de caracoles trasparentes, de quienes solo queda la mancha brillosa de su paso por esta tierra.

El jardín parece uno de esos laberintos enormes donde nos perdimos dentro de unos años, persiguiendo conejos y tiburones, por aire y fuego, que debemos escondernos porque no hay ni enemigos ni amigos, solo vacío, y eso es tan difícil de agarrar como una nube a pleno vuelo, o como una estrella fugaz antes que se despedace cuando viene de visita; si tuviera la oportunidad de hacer lo mismo a la entrada de la casa, como una puerta por donde todos entran y salieran brillantes, que no desaparezcan pero sí brillen un buen rato, mientras dentro de la casa se apagan las luces y solo el brillo innato de los invitados encendiera la fiesta. El círculo habla de adentro hacia fuera, trata de replegarse y desinhibirse para sucumbir en trozos níveos y fulgurantes de florescencias encarnadas, nos expresa su deseo abiertamente, sale de aquel lugar sin despedirse, no le importa lo que puedan decir de él, ni lo que le espera en el camino distante varios días, así prefiere devolverse por el camino mas transitado, entre cumbres borrascosas, planicies peligrosas, playas deshabitadas y extensas, mares profundos, montañas redondas pintadas de café y plantadas de violetas. Las ovejas salen al amanecer, a cuidar su cultivo con la paciencia de los cóndores y la velocidad de la cucaracha que huye entre zapatos agitados, vuelan entre flor y colibrí para untarse de hongos desconocidos y propagar el aliento que necesitan los trabajadores para alzar la casa en la cacerola ardiente.

Buscando encuentra, el ratón al queso, porque hay poco trecho entre una punta y el final. El preso se radicó de lleno en la caneca, buenas compañías lo hacen decir cosas plumíferas, con un corazón de chocolate derritiéndose de lo puro abrazado que está, un abrazo de caramelo con un elefante que comerá el queso del ratón, fundido, entre un trapecio salta a la malla que lo detendrá plácidamente al final del edificio, y las luces lo enfocan en el aire, de fondo suena el trombón asemejando la presencia pesada del plantígrado, pero ninguno de los presentes lo puede olvidar, y vuelve una y otra y otra vez más para quedarse por siempre en el mismo instante, que de tantas veces que sucede deja de tener sentido, y cuando se pensaba que no podía ser menos llega a convertirse en casi todo debido a la pura repetición.

Nuestros días no se pueden llamar días porque no hay ni luz ni oscuridad, es como ver el mediodía desde el otro lado del planeta a través de un lente raro que no deja entender ni lo uno ni lo otro. Las sombras en el suelo no saben si deben salir o quedarse en el mundo de las tinieblas, el resplandor del cielo es semejante al brillo del agua a unos veinte metros bajo el agua, y todo se torna del mismo color, el verdadero color de nuestros amaneceres y las medias noches, y las medias nueves, que tan ricas quedan estancadas patas arriba en los platos de vajilla fina de colores esmaltados. Y desde acá se ve la playa donde debemos llegar, o donde nos gustaría pasar la noche, o será el día, ya nos perdimos otra vez, por fortuna la brújula sigue apuntando hacia allí, anhelamos de una vez por todas reptar hasta la madriguera y descansar de estos días y noches tan eternos. Porque caminamos y pareciera que uno no avanza, antes veo el destino más lejos cada día, tal vez debamos marchar de espaldas, o de lado como el cangrejo, o saltando como la rana, o volando como el pelícano, porque esto de ser culebras de tierra caliente no nos va a llevar a ningún Pereira.

Está haciendo el reconocible frío aduanero de la madrugada, de eso no nos olvidamos, ni del motivo por el que estamos aquí, ni de la contraseña de la caja fuerte donde guardamos el pequeño hámster escapista que tantas veces hemos encontrado fuera de la jaula. Yo haría lo mismo si tuviera los superpoderes del pequeñín, pero no cuento con ninguno, más que ser tan iridiscente como las estrellas fugaces, que es un poder aparente, porque la verdad no lo tengo. Serviría, pues, estando, nubes, lleno, cielo, y de frío tiritan las antenas en la distancia, recogen entre una totuma de tela palabras y silencios, alegrías, dudas, pesares, noticias, cucarachas. Siga por acá, déle derecho a ver si llega esta noche o mañana madrugado. La cascada se ha crecido, ahora brota hacia arriba peces y cangrejos gruñones, volando entre burbujas rosadas y pelo de oveja, se encuentran en el cielo con algunas semillas de diente de león, emprendiendo un viaje hacia el centro de la tierra.

El fuego y el agua se encontraron frente a la playa para dialogar un poco, se entienden mejor de lo que podríamos pensar, y tienen tantas cosas en común que harían una buena pareja, como dicen, los opuestos suelen atraerse, y este par sí que se atrae. Se quita su sombrero a medida que la hace ingresar a la sala de baile, vacía a esa hora de la madrugada. Toman un cóctel de piña granulada en la concha de un caracolí, se deslizan sobre el hielo del gran lago con sus patines especiales para andar entre la montaña, dan vueltas para apagar el incendio, afanados, esperanzados de mejorar el mundo y embriagados de sobriedad dicen palabras entendibles, directas, precisas, necias, rebeldes que no se dejan siquiera pronunciar des-pa-cio-sa-men-te. Esta noche será inolvidable para ellos, porque después de una semana de trabajo y otra de descanso, pueden tener una hora solo para los demás, suficiente de hablar sobre sí mismo.

Aúllan los monos en las copas nevadas de los árboles, arrojan cáscaras de limón a los transeúntes que usan sombrero, envidiosos por tener la cabeza cubierta con algo usan hojas grandes y se protegen del frío que cae en formas acarameladas todo en derredor. Agua salada a la orilla de la playa espera impaciente a que lleguen los viajeros, se acerca con paso sigiloso a la orilla y se devuelve con un suspiro otra vez, tedioso, aburrido, pero se aproxima feliz y optimista a la playa, corriendo, gritando de alegría, y se aleja triste, melancólico, absurdo. El mar de esta locación tiene trastornos afectivos, y no sabe qué sentir, si viene o se va. Pero, algo trascordado y todo, se aproxima el momento en que hospedará un rato a los visitantes y comenzará una interesante travesía llena de silencios y momentos incómodos, así como diálogos poco profundos y muchos vacíos existenciales que generan pena ajena.

Ya divisan la otra orilla, el risco lleno de cangrejos divertidos que toman sol les advierte la emoción de vivir entre lama y agua toda la vida, qué felices se encuentran, no se cambian por nada, o sí, se cambian por un par de cervezas frías. Aún les falta varios días de camino, pero vamos a acelerar el proceso para llegar al momento preciso en el que se bajan del barco y besan la arena, después de cruzar varios continentes y mundos y galaxias, y universos paralelos, posibilidades históricas y fantásticas, pero se bajaron todos a la vez y se arrojan como la madre cuando ve al hijo perdido ante las palmeras, los utensilios de cocina, y más que nada, el molinillo para preparar chocolate, lo besaban, lo mordían, y terminaron dañándolo, ahora sirve como antorcha porque se hizo de noche en un momento. Las estrellas no se ven, hay muchas nubes, nubes blancas alumbradas por la luna creciente detrás del cielo, allá a lo lejos. Se preguntan si la tierra, vista desde la luna, se verá también en fases, como tierra nueva, donde no se ve nada, tierra creciente, tierra llena y todas las demás fases; siendo así, no importa si se está en la tierra en la luna, porque ambos sitios son iguales con una cama cómoda y algo que comer mientras pasa el bus de regreso al hogar de paso.

Abrieron túneles para guardar el tesoro, lo acababan de recoger del fondo del océano, pero no estaban seguros que hubiera algo dentro porque no pesaba mucho, tal vez lleno de pura agua, y por puro agüero no lo destaparon hasta que dieron tres vueltas alrededor de los cofres en forma de ocho. Ahí sí abrieron los baúles y hallaron una entrada a otro mundo aún más raro, como una invitación a ingresar e internarse en otra gran aventura, pero decidieron cerrarlos y llevarlos de nuevo al mar, les dio algo de pereza entrar a investigar, tenían que bañarse primero en la playa vecina, esa que habían visto desde la lejanía. Se internaron en el océano y arrojaron uno a uno los baúles, pero se aprendieron la forma de llegar, por si se arrepentían y les entraba la curiosidad. Devolviéronse por ruta alterna y llegaron al mismo sitio, pero percatado han se uno de los baúles quedó en playa, ese sí lo metieron en el túnel abierto y lo taparon, poniendo señales muy secretas para no perder la ubicación.

Les entró ganas de dormir. Le dieron la bienvenida, le brindaron un vino sin brindar porque ellos no brindan, y le preguntaron cómo llegó hasta tan lejano paraje. Tuvieron que aguantarse varios minutos hasta que les agarró, con la mano llena, el sueño y se postraron narices hasta la madrugada que venía. El viento seguía escoltándolos de cerca, susurrándoles melodías entonadas y muy sentidas. Agitaba de forma tierna las hojas de las palmeras, los arbustos, los árboles, navegaba sobre las olas que llegaban a la orilla, se filtraba entre las alas de los murciélagos comedores de moscos. Se sentía a gusto allí, guardándoles el sueño, cuidándolos que algo malo les fuera a suceder. Sentía compasión por los viajeros, amor, y se consideraba su amigo así fueran de composiciones diferentes, de tierras lejanas, de palabras diferentes. En el silencio de la noche, interrumpido por la melodía de las estrellas detrás de las nubes blancas y las olas con desórdenes mentales, se escuchaba apaciblemente el rumor complicado del viento, explicando la existencia desde sus inicios hasta el presente día, en un momento reducía todas las existencias a sólo un par, a dos cangrejos, dos pelícanos dormidos sobre el árbol, dos peces que mueren y quedan en la orilla, dos lunas gigantescas.

El fuego y el agua callaron toda la noche, o bueno, el fuego fue quien estuvo dormido, porque el agua en la playa se la pasa hablando sola, teniendo tantos amigos bajo sus brazos y ya nadie le hace caso. Al principio todos en el mar le escuchaban atentamente, y al final todos quedaron haciéndole caso, como niños obedientes, solo que por miedo deja de llover, miedo a que vuelva a caer gotas de sol ardiente como llaman a sus tenues rayos voraces. Les habla desde la distancia el agua de la playa, susurra sus pensamientos de esa madrugada, y los va despertando con baldados de agua salada en el rostro. Como es costumbre entre ellos, lo primero que hacen al desportillar el blanca es compartir los sueños que han tenido en la noche, y antes de despertar totalmente recuerdan lo que más puedan sobre esos sueños. Para todos es algo esencial, porque esos viajes y cosas raras que les pasan estando dormidos son tan reales y válidos como la supuesta realidad en la que viven y no mueren. Se organizan dándose las espaldas, sentados mirando hacia fuera de un círculo, y recuestan la espalda sobre la arena, haciendo que las cabezas queden juntas para escucharse mejor. Empiezan. Nadie sabe quien va primero, pero empiezan. Se toman turnos. Todos tienen los ojos en pijamas, y apenas están despertando el motor que anda en la cabeza, toda la luz encandelilla, el sonido de las aves en el amanecer, el mar y ese aroma a madera cortada y quemada y seca y evaporada y mojada y podrida, y desnuda, hace que comiencen a dar turnos, dejando que cada uno pueda empezar sus sueños.

Ahora saben de hechura de casas, enramadas. Ese sueño les dio la calve para hacer casas en la arena, que no duran mucho, pero sirven para los días que van a estar allí, que son más de mil doscientos, y las casi dos mil noches enteras y otras medias. Tienen tan buena memoria que es como si vivieran dos o más vidas a la vez, porque recuerdan muy bien lo que sucede, lo que hacen y dejan de hacer. La oportunidad les ha traído un recurso muy útil en el ambiente que domina, en esa playa no vive nadie, entonces les figuró hacerse un refugio contra eso, contra lo que sea, contra ellos mismos. Escuchan cómo es la vida en un país lejano, cuales son los centros turísticos más olvidados y propicios para comenzar a desvisitar. Un carro púrpura queda estancado entre el fango justo en medio de una montaña empinadísima en medio de la selva, y todos son ese carro, y tratan de avanzar, pero quedan atrapados, entonces vuelan y ven cuán fácil era salir de ese sitio. Aquel trébol gigante salta un andén y se encoge justo antes de pasar la autopista que nunca cruza. El desierto está afuera, espera por todos, nos invita a cruzarlo, y varias víboras esperan escondidas entre las hojas de grandes plantas, pero no harán nada, no son venenosas, ya lo hemos comprobado porque hay otros que pasaron y no les sucedió mayor cosa, pero es tan distante y extenso que hay que dejarlo para otro sueño. Los demás no recuerdan el sueño, no es culpa de ellos, es culpa del agua de la playa, esa loca no deja recordar nada, y como ya se enteró de qué era alguno que otro porque algunos hablan dormidos, no le interesa dejar que los otros cuenten nada.

Antes de acabar con la costumbre diaria se están desperezando, bostezando, limpiándose las lagañas, destapándose los oídos, rascándose la cabeza, y cada quien mirando a ver qué se pone a hacer, que el día es prolongado y está biche. De inmediato sienten que una brisa lejana pero muy conocida les ha llegado de viaje, se asienta con ellos y logran un despertar grupal, el primero que les habría de llegar en este fantástico viaje. Este momento les hace perder el miedo a hablar con franqueza, pero también a dejar de ver los errores de los demás. Los ven como personas normales, llenas de virtudes, gente que se esfuerza por vivir una vida normal, a quienes no les hace falta nada, son como los cangrejos de la playa, que hacen sus vainas, pero no critican si la bolita la hizo muy grande, o el hueco muy profundo, no, solo saben que son cangrejos entre millones de otros cangrejos que luchan por no morir tan rápido. Un gran silencio inexplicable los invade, no hay palabras que musitar, o ideas que decir, o pensamientos que tratar de entender. Ya se entendió, y ya se superó. Allí es cuando despiertan de la costumbre diaria y ven que no vino ninguna brisa ni nada, siempre han estado solos, que siguen siendo los mismos, pero los cangrejos se ven más lindos que de costumbre.

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No está completo, a medida que vaya traduciendo más, iré actualizando el post. Por ahora, lean lo que está acá y disfrútenlo. Hay que leer varias veces para comprender, pero trae imágenes bellas.
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