Éste es un resúmen de la version original. La adapté para que no sea tan larga.
EL HOMBRE DE LA ESPADA.
CAPITULO 1.
Apenas pasadas unas horas desde el amanecer, el grupo de cazadores se encuentra con la presa: una no muy numerosa manada de vacas salvajes, pero suficientes para ellos cuatro y sus familias. Hacía ya 2 días que seguían el rastro. El viento soplaba fresco desde el Este y parecía que traía tormenta. Los caballos estaban tranquilos.
- ¿Cuántas hay?
- Veintipico – responde Diego.
- ¡Jajá! - grita Mariano- ¿Cuántas dije que iba a haber?
- Bah… Siempre son veintipico. Estos bichos de mierda son tan boludos que no pueden juntarse de a más… - Se queja Alejandro.
- No se, no se. Una apuesta es una apuesta, así que pagando… - dice Mariano, con una sonrisa victoriosa.
- Che, callensé que nos van a escuchar.
- Que nos escuchen, no van a irse muy lejos.
- Jaja, si, después terminás como la última vez: lleno de barro y corriendo para que uno de los bichos boludos no te agarre.
- Ey, no te hagás y pagá.
Alejandro mira a Mariano con cara de resignación por unos segundos. Luego mete la mano en uno de los bolsillos de su campera y saca un Zippo.
- Acá tenés, y no jodas más.
- ¿Cuántas veces se apostaron ése encendedor entre los dos? Ni siquiera anda. - Opina Ezequiel, mientras inspecciona su lanza, asegurándose de que esté bien afilada y lista para realizar su tarea.
- Vamos ahora antes de que se largue a llover – apura Diego, sabiendo que no faltaba mucho para la tormenta.
Los cuatro se preparan y comienzan a acelerar el paso. Ya tomando más velocidad, los cascos de los caballos retumban en el suelo pampeano. Las vacas notan el movimiento y giran hacia el Oeste. Vuelan las primeras lanzas.
- ¡Erráste boludo!, ¡Mirá y aprendé!
Después de un par de minutos, sobre el llano revuelto y lleno de polvo, yacen 5 animales muertos, con estacas de distintos tamaños clavadas en su cuerpo. Comienza a caer la lluvia. Era hora de volver a casa.
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La lluvia caía pesada y los cuatro se movían en silencio. Carne fresca y bien envuelta colgaba por los costados de los caballos. Diego estaba preocupado. Quería estar con su mujer e hija, no le gustaba estar mucho tiempo lejos. Observaba el paisaje y recordaba lo distinto que era hace varios años atrás, cuando él todavía era un niño pequeño. El olor a lluvia y a tierra mojada era el mismo, pero ahora el suelo ya no tenía dueño ni estaba dividido en lotes por alambres de púas. La soja, sin que nadie la cosechara, crecía casi como una plaga. Animales antes domésticos, merodeaban salvajes, aunque no en gran cantidad. Nadie transitaba las rutas ni vivía cerca de ellas. Eran muy peligrosas.
No era común ver a otras personas ajenas a la pequeña comunidad que había formado con sus amigos y familias. Salvo por los Rodríguez, la pareja de ancianos que vivían en un antiguo rancho al Norte. Diego sabía llevarles leña y huevos cada dos o tres días. Los viejos devolvían el favor con unas pocas verduras de sus huertas. Si, la vida era muy distinta a como la recordaba. O mejor dicho a como le habían contado sus padres que era. Él en realidad no recordaba mucho.
- Ya llegamos. – Alejandro interrumpe sus pensamientos.
No llovía más y a lo lejos se veían las siluetas de sus casas.
- Unos 20 minutos más y vamos a poder comer un buen asado. – Dice Mariano dándole palmadas a la carne que llevaba en su caballo.
Una vez tranquilo de ver su casa Diego se aparta unos metros y les dice a sus compañeros:
- Diganlé a Clara que voy a llevarles algo de carne a los viejos Rodríguez. Vuelvo como en una hora. Más vale que ya tengan el asado listo… Ah, tomen, voy a llevar poco así voy más rápido - Después de darles casi todo a los demás, Diego se aleja velozmente llevando solo el paquete para sus vecinos. Volvía a hundirse en sus pensamientos.
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- Tomá Dieguito, pasále el mate a papá. –
Dieguito agarra el mate fuerte con sus dos pequeñas manos, y mirándolo fijamente para no volcar, encara para el comedor, donde su padre está sentado en el sillón frente al televisor.
- Gracias hijo - Dice el padre ya con el mate en su mano. - Vení, sentáte acá. Mirá: - pone a al nene de 3 años en su falda y señalando la pantalla dice: - Los de rojo y negro son Ñuls, los de azul y amarrillo son Boca, están jugando lejos, en Buenos Aires. - El chico observa atentamente. - ¿Quién tiene que ganar? - ¡¡Ñuls!! – Grita Diego levantando los dos brazos en el aire.
- ¡Ñuls! – imita el padre.
En ese momento el partido se pone emocionante. El 10 de Newell’s hace un caño en la mitad de la cancha y encara por el carril derecho. Hace un amague hacia el centro pero abre la pelota para la punta. El 7 la para y se prepara para echar el centro. Patea. La cámara se centra en el área…. ¡PUM!
… se corta la luz…
- ¡¡EPE y la c…… de tu madre!! - Se para el padre con el hijo y el mate en las manos, tratando de que ninguno de los dos caiga al piso.
- ¡Carlos! - grita la madre desde la cocina a oscuras.
Diego sonríe mientras se acerca al rancho de los Rodríguez. Ese día hubiese sido el cumpleaños número 64 de su padre.
Nota algo raro. Normalmente el matrimonio sale a recibirlo, ya que aunque tienen bastantes años, saben muy bien cuando alguien se acerca a su casa.
Empieza a asustarse. Hay cosas tiradas y rotas en el suelo y la puerta de entrada está abierta. Ni un ruido. Huellas de autos o motos en la tierra.
- ¡Pepe! - grita sin encontrar respuesta.
Al entrar ve signos de lucha. Disparos en las paredes. ¡Pepe!
Ya es tarde. El matrimonio yace muerto en un charco de sangre. La mujer estaba escondida en el sótano, pero se ve que la encontraron y arrastraron hasta arriba. Donde fue ejecutada a sangre fría junto a su hombre, que intentó protegerla hasta el final. Un pensamiento entra como un relámpago en la cabeza de Diego: ¡Clara!, ¡Andreíta!
EL HOMBRE DE LA ESPADA.
CAPITULO 1.
Apenas pasadas unas horas desde el amanecer, el grupo de cazadores se encuentra con la presa: una no muy numerosa manada de vacas salvajes, pero suficientes para ellos cuatro y sus familias. Hacía ya 2 días que seguían el rastro. El viento soplaba fresco desde el Este y parecía que traía tormenta. Los caballos estaban tranquilos.
- ¿Cuántas hay?
- Veintipico – responde Diego.
- ¡Jajá! - grita Mariano- ¿Cuántas dije que iba a haber?
- Bah… Siempre son veintipico. Estos bichos de mierda son tan boludos que no pueden juntarse de a más… - Se queja Alejandro.
- No se, no se. Una apuesta es una apuesta, así que pagando… - dice Mariano, con una sonrisa victoriosa.
- Che, callensé que nos van a escuchar.
- Que nos escuchen, no van a irse muy lejos.
- Jaja, si, después terminás como la última vez: lleno de barro y corriendo para que uno de los bichos boludos no te agarre.
- Ey, no te hagás y pagá.
Alejandro mira a Mariano con cara de resignación por unos segundos. Luego mete la mano en uno de los bolsillos de su campera y saca un Zippo.
- Acá tenés, y no jodas más.
- ¿Cuántas veces se apostaron ése encendedor entre los dos? Ni siquiera anda. - Opina Ezequiel, mientras inspecciona su lanza, asegurándose de que esté bien afilada y lista para realizar su tarea.
- Vamos ahora antes de que se largue a llover – apura Diego, sabiendo que no faltaba mucho para la tormenta.
Los cuatro se preparan y comienzan a acelerar el paso. Ya tomando más velocidad, los cascos de los caballos retumban en el suelo pampeano. Las vacas notan el movimiento y giran hacia el Oeste. Vuelan las primeras lanzas.
- ¡Erráste boludo!, ¡Mirá y aprendé!
Después de un par de minutos, sobre el llano revuelto y lleno de polvo, yacen 5 animales muertos, con estacas de distintos tamaños clavadas en su cuerpo. Comienza a caer la lluvia. Era hora de volver a casa.
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La lluvia caía pesada y los cuatro se movían en silencio. Carne fresca y bien envuelta colgaba por los costados de los caballos. Diego estaba preocupado. Quería estar con su mujer e hija, no le gustaba estar mucho tiempo lejos. Observaba el paisaje y recordaba lo distinto que era hace varios años atrás, cuando él todavía era un niño pequeño. El olor a lluvia y a tierra mojada era el mismo, pero ahora el suelo ya no tenía dueño ni estaba dividido en lotes por alambres de púas. La soja, sin que nadie la cosechara, crecía casi como una plaga. Animales antes domésticos, merodeaban salvajes, aunque no en gran cantidad. Nadie transitaba las rutas ni vivía cerca de ellas. Eran muy peligrosas.
No era común ver a otras personas ajenas a la pequeña comunidad que había formado con sus amigos y familias. Salvo por los Rodríguez, la pareja de ancianos que vivían en un antiguo rancho al Norte. Diego sabía llevarles leña y huevos cada dos o tres días. Los viejos devolvían el favor con unas pocas verduras de sus huertas. Si, la vida era muy distinta a como la recordaba. O mejor dicho a como le habían contado sus padres que era. Él en realidad no recordaba mucho.
- Ya llegamos. – Alejandro interrumpe sus pensamientos.
No llovía más y a lo lejos se veían las siluetas de sus casas.
- Unos 20 minutos más y vamos a poder comer un buen asado. – Dice Mariano dándole palmadas a la carne que llevaba en su caballo.
Una vez tranquilo de ver su casa Diego se aparta unos metros y les dice a sus compañeros:
- Diganlé a Clara que voy a llevarles algo de carne a los viejos Rodríguez. Vuelvo como en una hora. Más vale que ya tengan el asado listo… Ah, tomen, voy a llevar poco así voy más rápido - Después de darles casi todo a los demás, Diego se aleja velozmente llevando solo el paquete para sus vecinos. Volvía a hundirse en sus pensamientos.
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- Tomá Dieguito, pasále el mate a papá. –
Dieguito agarra el mate fuerte con sus dos pequeñas manos, y mirándolo fijamente para no volcar, encara para el comedor, donde su padre está sentado en el sillón frente al televisor.
- Gracias hijo - Dice el padre ya con el mate en su mano. - Vení, sentáte acá. Mirá: - pone a al nene de 3 años en su falda y señalando la pantalla dice: - Los de rojo y negro son Ñuls, los de azul y amarrillo son Boca, están jugando lejos, en Buenos Aires. - El chico observa atentamente. - ¿Quién tiene que ganar? - ¡¡Ñuls!! – Grita Diego levantando los dos brazos en el aire.
- ¡Ñuls! – imita el padre.
En ese momento el partido se pone emocionante. El 10 de Newell’s hace un caño en la mitad de la cancha y encara por el carril derecho. Hace un amague hacia el centro pero abre la pelota para la punta. El 7 la para y se prepara para echar el centro. Patea. La cámara se centra en el área…. ¡PUM!
… se corta la luz…
- ¡¡EPE y la c…… de tu madre!! - Se para el padre con el hijo y el mate en las manos, tratando de que ninguno de los dos caiga al piso.
- ¡Carlos! - grita la madre desde la cocina a oscuras.
Diego sonríe mientras se acerca al rancho de los Rodríguez. Ese día hubiese sido el cumpleaños número 64 de su padre.
Nota algo raro. Normalmente el matrimonio sale a recibirlo, ya que aunque tienen bastantes años, saben muy bien cuando alguien se acerca a su casa.
Empieza a asustarse. Hay cosas tiradas y rotas en el suelo y la puerta de entrada está abierta. Ni un ruido. Huellas de autos o motos en la tierra.
- ¡Pepe! - grita sin encontrar respuesta.
Al entrar ve signos de lucha. Disparos en las paredes. ¡Pepe!
Ya es tarde. El matrimonio yace muerto en un charco de sangre. La mujer estaba escondida en el sótano, pero se ve que la encontraron y arrastraron hasta arriba. Donde fue ejecutada a sangre fría junto a su hombre, que intentó protegerla hasta el final. Un pensamiento entra como un relámpago en la cabeza de Diego: ¡Clara!, ¡Andreíta!