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Exodus "Bonded By Blood" pilar fundamental del Thr

Info•6/27/2012
Exodus "Bonded By Blood" pilar fundamental del Thr



Heavy Metal


Thrash Metal



Publicación: 1985
Grabación: Julio de 1984, Prairie Sun Studios
Género: Thrash metal
Duración 40:55
Discográfica: Combat Records
Productor: Mark Whitaker

Lista de canciones
1. Bonded by Blood (3:47)
2. Exodus (4:08)
3. And Then There Were None (4:44)
4. A Lesson in Violence (3:53)
5. Metal Command (4:16)
6. Piranha (3:49)
7. No Love (5:10)
8. Deliver Us to Evil (7:10)
9. Strike of the Beast (3:58)

Con el cerebro achicharrado por el sol de California, la raza de lunáticos que llamó a filas el Thrash Metal en los inolvidables ’80 nos regaló bandas para la historia. Aquí os hablaré de uno de sus purasangres, que aunque no llegaron a acaparar tantas portadas de revistas especializadas como otros que tuvieron más suerte, el tiempo al final tuvo que darles la razón y colgarles la medalla que merecían desde su formación en el polvo. Estoy hablando de Exodus, y en la concepción más pura, cruda y ruda de su existencia.
No fueron inscritos en el quatriunvirato del Thrash americano, pero ni falta que les hizo cuando ellos fueron los primeros junto con Overkill en dar forma a ese género, y con mano magistral. Colocaron la primera hilera de sacos de arena, cargaron la primera munición. Antes de que Slayer tomaran su pentáculo de espadas como escudo de armas, Exodus no esperaron a la orden de “Matad a todos” que dio Metallica, ellos ya abrieron fuego con sus bayonetas oxidadas mirando al frente de la escena.
Fundada en 1980 por Gary Holt a la guitarra, el también guitarrista y poco después miembro de Metallica Kirk Hammett y el baterista Tom Hunting, la banda emergió de la proverbial Bay Area de San Francisco, en California, autoeditando cinco demos en el periodo de 1982 a 1984 hasta que cumplido el siguiente año, y a finales del mismo mes de Abril en el que se publicara aquel mítico video-split llamado Combat Tour Live: The Ultimate Revenge (donde compartían cartel con Venom y Slayer), la banda pudo lanzar su álbum debut, la obra magna de Exodus, un clásico de la propia banda y de todo el Thrash Metal: Bonded by Blood.



Kirk Hammett ya llevaba dos discos con Metallica y su puesto a la guitarra había sido cubierto por Rick Hunolt, el nuevo refractor de los riffs de Gary Holt y excelente solista, mientras que Rob McKillop, presente desde la tercera demo del combo, seguiría uniendo su bajo a la labor rítmica que desde el primer día lideraba Tom Hunting a las baquetas. Tras el micrófono, un simpático troll que se hacía llamar Paul Baloff asomaba su panza cervecera y tupidas greñas con descaro, para dar voz a las creaciones de esta banda de primera generación a la que el género le debe tanto. Esa tropa no estaba dispuesta a dejarse nada dentro de sí, y este su primer álbum hablaba por sí solo para corroborarlo.
La comunidad metalhead pegó sus narices en el cristal de la unidad maternal, empañándolo de asombro al ver retorcerse en la cuna a aquellos siameses antagonistas que darían tanto que hablar, símbolo y señal de mal augurio para la música feliz de aquella MTV que cruzó furtiva la jungla del Metal y cazó sus mariposas, pues no pudo con bestias más pesadas por sólo tener a mano los útiles del entomólogo aficionado, y no los dardos tranquilizantes necesarios para arrastrar a su circo a fieras como éstas que trataremos. Aquel 1985 y su boom Glam no estaba preparado para semejante obús, y menos aún sabían que Exodus no tomarían prisioneros.
Como “vinculados por sangre”, esa gran comuna thrasher que headbangueaba unida dio su aprobación unánime al invento, pues se vieron pronto ante un puñado de canciones nacidas para el mosh, concebidas para que su bombo golpeara sus costillas en esas descargas que en blanco y negro anunciaron por los muros de aquellas ciudades donde el fenómeno Exodus ardió, llegando el combo a compartir tablas en tal cruzada urbana con futuras leyendas como Slayer, Metallica, Possessed, Death Angel, Metal Church e incluso los magos del horror Mercyful Fate, sin olvidarnos nombres algo menos sonoros pero igualmente remarcables, como Blitzkrieg, fusileros de la insigne legión N.W.O.B.H.M., o los arrolladores Sentinel Beast, hoy injustamente desconocidos por muchos.
Sí, tiempos salvajes que nunca volverán, pero aquellos campos de batalla siguen hoy amaneciendo con huellas frescas, y eso es cada vez que pinchamos discos como este Bonded by Blood, cuya fuerza, cuyo carisma, aún incendia almas. La adrenalina sigue ahí, en cada surco…




Aniquilador… Ese riff de altos vuelos, ese condenado bombardero con el que rompe el tema que abre y nombra al disco. Bonded by Blood es una canción que sea conociéndola o sea hoy la primera vez que la escuches te transmite a fogonazos subliminales la palabra “Clásico”, tanto por ese main riff que nos entra a taladro en nuestra psique como ese comienzo de verso tan auténtico, característico del rollo: ”Black magic rites on this black evil night, begin with the slice of the blade…” A sus órdenes, mr. Baloff, pues cual si fuera sacro proverbio asentimos con la cabeza ante esa frase, tono y métrica tan determinantes y… tan familiares, texto muy Venom, muy Cronos, y soltado con la misma desfachatez que despacharía el inglés pero en labios de Paul Baloff, otro que tal baila. Me chiflan las trayectorias vocales de este tipejo aquí, con ese vaivén tan cachondo que se traía en la primera estrofa, como si no se tomara muy en serio el mensaje ni semejante camino que le marcaban las guitarras (¡qué tono pasean las malditas!) y esa base rítmica que ensamblaban Hunting y McKillop para articular este monstruo todoterreno, este himno de antología del Thrash.
Como lo es también Exodus, que despierta con la saña y desdén de esos tijeretazos con los que va dando forma a su riff principal, cizalla contra gruesa chapa para crear figuras metálicas con carácter como ésta que asoma sus colmillos entre las cuerdas de Gary y Rick. Tenaz su estribillo, y es que, es increíble lo que cunden a veces 3 míseros segundos en la música, ese ”The exodus attack” que suelta nuestro tan remoto amigo, como adivinándose en su tétrico tonillo un guiño cómplice a nosotros de “esto os va a gustar”, sabiéndose amparado por ese riff principal que vendrá a su rescate como acabado perfecto, gran remate para ese chorus y adrenalítico reinicio del sprint, para que la canción siga girando y nosotros con ella. El tema no pierde inercia ni cuando abandona en el vacío y a su suerte a la guitarra de Gary Holt, que para el solo hace su salto mortal con tirabuzón y sin red para aterrizar sana y salva en el retome de la música, y así poder batirse en duelo a gusto con el hacha de Rick Hunolt, en mismo terreno y condiciones. Esas acrobacias de espadachín de cine sumadas a las cargas militares que englobaban el resto garantizaban la acción al oyente, también su taquicardia. Aquí no había semáforos en rojo, y si los había, se los saltaban estos cinco macarras.



Esa sutil inflexión que propone And Then There Were None con sus matices arabescos da un juego muy interesante, un leve pero notable plus de emotividad con esos coros ensortijados del bridge, savia mora que luego se coagula en el estribillo a manos del empuje de unas guitarras más compactas y de un Paul Baloff que aunque renuncia a mostrarse emotivo, sólo por la forma con que deja caer la voz (”The world starts to burn…”) ya da la dosis estrictamente necesaria para emocionarnos con otra forma de sentir esas melodías, pues las hace sonar más ásperas pero sin dejar de ser conmovedoras. No olvidemos que mientras ocurre todo eso, las guitarras nos han enganchado cada una de una axila y nos llevan a paso ligero con nuestros pies arrastrando, y a nosotros, hipnotizados por ese momento, nos da igual a qué calabozo nos arroje esa guardia brutal del Éxodo, porque hasta ésta ayuda a canalizar a su manera ese sentimiento del estribillo, camuflado en tralla.
La cuarta lección de esta materia obligatoria es A Lesson in Violence, un comprimido aspeo de palm mute que nos acosa en su vuelo rasante como a Cary Grant en aquélla de Hitchcock, hasta que una batuta más magnificente y teatral marca los golpes silábicos del estribillo, demoledor éste, y que cada vez que muere es para reavivar los reactores de este presto himno, otra bestia rampante en los estandartes del Thrash primigenio. Para no faltar a la tradición, el torrente corrosivo de Paul Baloff nos sigue aquí desmenuzando el cerebro. Él dice: ”I'll teach you a lesson in violence you won't soon forget”, y es cierto, difícil olvidar pronto esa lección, como difícil es que pase desapercibido por nuestros tímpanos ese duelo de solos, ese endiablado cruce de mástiles que protagonizan Gary Holt y Rick Hunolt, eyectando de sus respectivas cajas de truenos sus propios torbellinos voltaicos como buenos magos que son. Y al estar nosotros en medio, no nos da tiempo a huir por ningún flanco sin acabar fulminados por alguno de esos ciclones eléctricos, que se turnan adrede para tenernos siempre confinados en su círculo, así que no nos queda otra que disfrutar del espectáculo y esperar a la bonanza. ¿Qué bonanza?, perdonen, no recordaba que éste era el condenado Bonded by Blood.
El prime riff de Metal Command destella con la férrea elegancia de unos Priest del British Steel pero de blindaje más herrumbroso, para someternos estas bestias thrashers de primera hornada a su “mandato del Metal” y contarnos cómo sitiaban el escenario en cada show haciendo alarde de su “wall of sonic sound”, apabullante como la forma en que las guitarras apoyan al frontman en el verso, asintiendo a cabezazos de mástil a cada línea que vocifera. Y es tal la pureza del Thrash de estos pioneros, que en este tema aflora, antes de diluirse para siempre, uno de los ingredientes que cimentaron tal estilo, pues no me digan que ese bridge de antesala al estribillo no apesta a Punk aunque sea un leve tufo, que no se disipa hasta ese momento expectante donde queda todo flotando, en espera a que Baloff chille el título de la tonada y con ello retome la tralla, retome ese riff base en un ejercicio muy parecido al del tema Exodus, pero de aspaviento más fiero. Y que me lleven a la horca si no consta en esta acta el segundo solo de la pieza, perpetrado por el jefe Gary Holt, que nos ilustra una burbujeante espiral de notas con una fluidez exquisita, duplicada por el eco que eligieron sagazmente para que en él buceara semejante lead break. Sublime aportación del hacha dominante.
A estas alturas del álbum, uno llega a darse cuenta del ahínco que ponía esta banda en afilar y pulir los riffs insignia y estribillos de cada una de sus canciones, ubicándolos estratégicamente y explotándolos hasta que esa pareja de aspectos conseguían reinar con cetro firme cada par en su parcela, en su pista, conocedores sus creadores de la función vital de tal binomio en esta música, pues son diástole y sístole del Metal.
Y concretamente para el Thrash, los gourmets prefieren el chorus servido en porciones pequeñas, tamaño canapé, pero… ¿de qué es el canapé?, pues de Goma-2, caballero, y coronado con una generosa pelladita de C-4. Estribillos cortitos, de pocas palabras los “pobrecitos”. Lacónicos, sí, pero tan lacónicos como una puñalada, y de eso se trata, bangers, de un sólo tiro pero certero, entre las cejas, y un riff regio que abandere el round donde se dará ese gancho en algún momento, o mejor dicho, en su momento.




Y en ese último ámbito, el de las guitarras, no puede llegar mejor ejemplo ni más oportuno, pues a continuación salta la pista 6 y despierta a uno de los hits más colosales y voraces de Exodus: Piranha. Su riff inicial es tan efectivo como la inquietante partitura que compuso John Williams para el acecho del tiburón de Spielberg, pero de una turbulencia más rabiosa e intensa. Mientras suenan esas guitarras se siente cómo avanza apabullante ese banco de peces carnívoros cual flota de torpedos, una sensación arrolladora que hace de este tema todo un clásico, y de esta obra, su riff más feroz y gráfico, mi predilecto. Y ¿dónde me dejan esa carcajada con la que Baloff concluye el primer estribillo?, tan cinematográfica como el guitarrazo mencionado. Soberbio.
No Love entra con una melosa armonía de guitarra acústica… Claro, a estas alturas del disco, bien entrada su segunda mitad, lo que ahora pega es una baladita, ¿no? Pues ve haciéndote un Cola-Cao y luego te sientas a esperarla, que el vaso acabará enfriándose y tu corazón parándose. Cuando rompe este séptimo corte, se expresa con un paso, ceño y tono muy Mercyful Fate, recreado en su caminar de monarca mientras desmigaja tétricas notas a diestra y siniestra, hasta que Exodus meten el acelerón y sobre traviesas de doble bombo nos regalan un magnífico muestrario constado de melodía/solos/riff que en ese orden marcan los momentos más ricos y menos inmediatos, los más completos, ambiciosos y épicos de todo este Bonded by Blood, pero sin despojarse del acero, el kevlar y la dinamita de la que están equipados todos y cada uno de sus nueve trallazos.
”In my grave down below
Hell's fire starts to glow...”
Nuestras oraciones han sido escuchadas por nuestro señor, dios y maestro: Lucifer. Los mugrientos sabuesos del Infierno empiezan a ladrar, las campanas empiezan a sonar… Deliver Us to Evil es otra pieza clave de este rompecabezas (nunca mejor dicho), comunicando su llegada a este infierno a sentenciosos bastonazos en el suelo mediante ese riff pletórico, déspota, en el que se le acierta una mirada de desafío que eriza los vellos. Cuando emprende la marcha ya lo hace atigrado por gruesas franjas de riff para formar parte del verso. Esta canción no tiene fisuras (ni ninguna de esta obra), aún corriendo ese riesgo al ser uno de los temas que más cambios experimenta. Riff a riff mantiene una cadena lógica, compenetrada y adictiva, esprintando en una segunda fase de canción que será escenario para un riff matador y un diálogo de solos de órdago.
Salvaje sección vocal, versos abrasivos que preceden a la dicción obscena del estribillo, uno de los más recordados del álbum por su fórmula tan pegadiza y pujante, al ser su voz un calco verbalizado de su riff (receta infalible). Todo ello es berreado por ese frondoso bonsái de carne y hueso que se hacía llamar Paul Baloff, ese muchacho que entró en la banda en 1982 por medio de su amigo Kirk Hammett y que de no ser por su abuso con las drogas, no sólo hubiera evitado su expulsión de la banda y así haberlo podido disfrutar en más discos de Exodus, sino que hubiera evitado también esa sobredosis que lo llevó a la muerte en 2002. Desgraciadamente, de estupideces como ésa el Rock está abarrotado, y es una pena que este hombre se nos fuera, porque entren los que entren, él siempre será la verdadera voz de Exodus, y el que dio verbo a su mejor álbum.
Y con su más hiriente voz, porque ni en esa demo posterior llamada Pleasures of the Flesh que fue su despedida definitiva, se registraron esos niveles de esquizofrenia que inundan y corroen este LP que aquí tratamos. Por ello, después de Bonded by Blood nunca Exodus volvieron a sonar igual, ni con Baloff ni sin él. Ese aspecto es otro plus que hace único a este disco, pues esa esencia que se perdió para siempre jamás, hirvió en sus últimas consecuencias aquí, en este magnum opus del que nos queda una pista por pinchar…
Sí, nos queda un himno, el capítulo final, y por ello la banda decide incrementar su poder demoníaco envileciéndose hasta copar su capacidad lesiva en un colofón de total apocalipsis. Strike of the Beast es la última transformación de la fiera pentacéfala Exodus, liberando de un golpe todos los demonios que a esta entidad legendaria le quedaba por vomitar en aquel entonces, dando como resultado un asalto supersónico de riffs tan al límite de la velocidad perceptible que parece que van a explotar. Un espinoso y escarolado riffing, como raptado con unas pinzas cazaserpientes de las entrañas del Infernal Overkill de Destruction, se suma a una frenética psicopatía sólo superada entonces por el truculento Hell Awaits de Slayer o el concilio proto-Death reunido en las Siete Iglesias de Possessed. No meto en tal comparación a Bathory porque su creador, Quorthon, jugaba con demasiada ventaja al haber hecho un pacto de sangre con el Maligno, por lo que se le expulsa de la competición por “dopaje”.
“El Ataque de la Bestia”, ‘la novena sinfonía’ de Exodus, nos hostiga con su ambiente crispante y ese factor persecutorio que la hace grata predadora nuestra, y la pieza más veloz de toda la obra. Entorchando hilos de acero las guitarras hilan raudas sobre la pegada que inflige Hunting, pistoneo a maza y baqueta lubricado por la densa sombra metálica del bajo de McKillop. Cuando el hobbit yankee de apellido Baloff ataca a su micrófono con la más aguda de sus furias, ya todo está completo, se desata la tormenta perfecta. La mecánica general de la canción es energética y adictiva, pero el cenit lo alcanzan los solos, quizá los mejores y más intensos de todo el trabajo. Corre o lucha, si no quieres ser el festín de la Bestia, si no quieres ser guillotinado como el último acorde de este tema, que hace concluir de forma tajante esta epopeya thrasher y sus nueve intensos episodios.
Así tronaba, truena y tronará Bonded by Blood, una de las primeras obras maestras que el Thrash Metal concibió con sangre, sudor y fuego, un año antes de que llegaran Reign in Blood, Master of Puppets, el ’Peace Sells…’ y algo más para Among the Living. Exodus son el germen de todo aquello y más, ellos ostentan, junto con Slayer, la edilicia palacial del reino del Thrash más salvaje y primario.
El tiempo heroiza justamente al que lo merece, su obra lo hace efigie y la memoria colectiva pone los recuerdos en su sitio, y Exodus, con su gran calidad e identidad propia, clavaron su hacha en la riscosa cima de los grandes nombres del Thrash, pues aunque algo ensombrecido por los más prominentes vértices de esas firmas célebres del oficio, este combo echó raíces en tal cúspide y creció, nudoso pero regio, y más al oído que a la vista de la militancia thrasher, ocupando un amplio espacio en sus negros corazones. Como latiendo en ellos algo que siempre estuvo ahí, como vinculados por su sangre.
Sonad por siempre, patriarcas del género…
Descansa en paz, pequeño gran Paul
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