Trece cuentos, siete relatos… Y una poesía para el corazón
Autor: DCF
DCF
Nace en Montevideo, Uruguay, en el año 75
Cuentista sin pretensiones ni compromisos:
Se ofrece a todos por el puro goce de ser leído
Reconocimientos:
Paco Espínola 2008
Publicaciones en:
Revistas, libros, e Internet
Locutor a cargo de Programa radial
Literatura joven: ¡no lo vas a poder creer!
On line: www.fmdelcarmen.com
Lunes de 19 a 20
Blog personal:
http://cuentistasami.blogspot.com
Contacto:
[email protected]
Avda. Rivera 3166; Montevideo, Uruguay.
Correspondencia escrita
Nace en Montevideo, Uruguay, en el año 75
Cuentista sin pretensiones ni compromisos:
Se ofrece a todos por el puro goce de ser leído
Reconocimientos:
Paco Espínola 2008
Publicaciones en:
Revistas, libros, e Internet
Locutor a cargo de Programa radial
Literatura joven: ¡no lo vas a poder creer!
On line: www.fmdelcarmen.com
Lunes de 19 a 20
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Avda. Rivera 3166; Montevideo, Uruguay.
Correspondencia escrita
Buceo literario
Estábamos todos en silencio, yo, miraba la copa de grapamiel… y me recordaba el frío que hacía afuera, vos, tenías la vista perdida en mis ojos, dulces de licor, y sentados en una mesa, tres niños pequeños devoraban muzarellas… haciendo uso de sus manos, enchastrándose el pantalón, limpiándose la boca con sus mangas y chupándose los dedos, mientras sus padres discutían afuera. En ese momento entró ella al bar. Traía consigo una cartuchera de lata, con muchos lápices de colores y varios papelitos sueltos; pasó con toda su adolescencia junto a nosotros; yo levanté la vista, vos te prendiste un cigarro; me llamó la atención esa flor roja, que le prendía en el pelo a la altura de la sien y la seguí con la mirada, vi cuando se sentó en una mesa, aislada, abrió su latita, y comenzaron a salir palabras; yo apuré el trago, vos fumabas, y los niños seguían a sus anchas cuando le hice la seña al mozo, pa´ que me traiga otra grapa:
-¿Por qué camina usted así? –Le preguntaste
-Para no pisarlas –respondió el mozo encogiéndose de hombros, y recién ahí notamos, que había palabras regadas por todo el suelo, hasta la altura del tobillo; observé a los padres, que seguían discutiendo afuera, mientras los niños chapoteaban en un mar de letras; tú apagaste el cigarro, yo me agache para tocar el agua… y allí viste por encima de mi hombro, como emanaban las palabras, se escurrían por la mesa de la muchacha… y las teníamos por la cintura cuando me terminé la grapa; los padres, entraron con las palabras por el pecho, las iban apartando con sus manos y braceando al avanzar, llegaron donde los niños; pasó una muzarella flotando; jugaban una guerrilla de agua locos de la vida, pero a vos te molestó, porque ya no podías fumar, claro, a esa altura los dos flotábamos, si yo, para terminarme la grapa, tuve que bucear; el trago se me había quedado abajo y lo saqué a flote mientras que el mozo, arrodillado sobre la más alta estantería, de cara contra el techo se niega a traerme la cuenta, insiste en que no las quiere pisar… y ella cierra su latita, todos caemos, dejamos de flotar, la poetisa se retira, se despalabró el bar.
Mis yoes
Lo estoy esperando agazapado tras este muro, porque sé que va a pasar por acá, lo sé porque lo estuve siguiendo y allí viene, viste como yo, camina como yo, habla como yo; pero no soy yo; aunque nadie nos distinga, ese no soy yo y apenas pasa junto al muro me pongo de pie y lo encaro, el no puede creer lo que ve, intenta decir algo pero no le doy tiempo, de inmediato clavo la afilada hoja en su cuello y corro asustado, ya que por un momento, creí sentir esa puñalada en mi propio cuello y mientras corro, lo espeso de la sangre baja por mi garganta, toso, y sólo para cerciorarme, toqué mi yugular: estoy sano. Tiré el cuchillo en un basural y seguí a pie hasta llegar a casa; entré en silencio, no quería molestarla, fui hasta su cuarto y la vi, sentada en su silla, mirando nada, de espaldas a mí:
-¡Papi… papi, volviste!
Si yo no hablé, ¿cómo supo que era yo?, habrá sido por mi olor… el sonido de mis pasos… ¿tanto así me conoce?, y corrió a abrazarme:
-¿Me trajiste los dulces que me prometiste?
-No, disculpáme, en el apuro se me olvidó –le dije mientras pensaba

ese desgraciado le prometió dulces, ¿qué más le habrá prometido?), espero que no haya sido como el otro, aquel otro, el primero que he matado de una larga lista; aquel la lastimaba, era el peor de todos, por eso, lo arrastré con rabia hasta el bote y lo arrojé allá, en medio de aquel lago profundo, con mucho peso y aún vivo, para que sufra, sí, el primero fue por venganza y el resto, sólo por perfeccionamiento; recuerdo el sabor del agua salada entrando por mis narices, recuerdo la desesperación y todo a mi alrededor… se puso negro; casi muero en el bote aquel día, pero yo sobreviví, y el no. Al llegar a casa, mojado aún, la encontré como era habitual, escuchando la radio y al correr hacia mí, pobrecita, pechó un mueble que aquel mal hombre había dejado en el camino, yo corrí hacia ella y la tomé en brazos, la alcé, la puse contra mi pecho, y viendo lo blanco de sus ojos le dije:
-Otra vez olvidé traer los dulces, pero ya voy a buscarlos, vuelvo en seguida –Y salgo tan rápido de casa, tan apurado voy, que no me doy cuenta de que alguien me está siguiendo, pero si noté el plomo entrando por mis espaldas; al escuchar el segundo disparo, caí de rodillas y logré girar, para ver a mi asesino corriendo, dando grandes ancadas y casi sin mover los brazos; tal y como lo hago yo: (tal vez sea mejor así), pensé, (tal vez él recuerde llevarle dulces, a mí pobre niña ciega)
Relativo
Los autos circulaban lento, y la gente, escasa, paseaba sin prisa; adiviné una pareja acostada, lejos, en la arena de una playa sin luna; eran dos bultos enroscados a mis espaldas. Todo estaba en calma, hasta el viento, el reloj, los ánimos; el domingo bostezaba y yo estaba esperando, a mi amigo Espidy. Este llegó agitado como siempre y comenzó a narrarme una tras otra sus andanzas de sábado a la noche mientras los bocinazos frenos y aceleradas de los coches empezaron a aturdirme; prosiguió con lo que había soñado cuando se acostó a dormir borracho y por suerte la gente que pasaba expresa por el lugar en su apuro no podía escuchar los disparates que no paraba de contarme.
Yo, volví a mi domingo, que aún se desperezaba; y quisiera… no escucharle, decirle, que tengo apuro, algo que hacer, pero me sobra el tiempo, recién son las doce, y lo escucho:
-Me levanté con una resaca bárbara y ahí no más me tomé un litro de leche porqué tenía la boca pastosa y una acides horrible que me estaba matando, entonces sonó el teléfono y sabés quién era el Disléxico te acordás del Disléxico
-Sí, me acuerdo sí
–Bueno me saludó y que como andás que hacés y nos quedamos conversando ya te podrás imaginar que patatín y patatán pero después te cuento… (Respiré aliviado) …porqué ahora tengo cosas que hacer ¿qué hora son?
–Recién las doce
-¡Ya son las doce!
Espidy se fue, corriendo, y yo quede allí, sentado, viendo los autos circular lento, y la poca gente, paseando sin prisa; mientras las dos figuras en la arena, bañadas de oscuro, se miraban, se tocaban, se besaban. Por la vereda, a mi derecha, algo se asomaba en la distancia, podía verlo, es algo que se movía, una cosa que avanzaba, una cosa que dibujó una silueta, una silueta que camina, una silueta que lleva puestos unos vaqueros, una silueta con una camisa marrón, y son piernas y son brazos y es un torso que se acerca, y es un rostro, y es el rostro del Disléxico quien llega y es el Disléxico quien se sienta a mi lado y son sus labios los que me están saludando ahora:
-¡Hola!, ¿cómo esáts?
–Bien, ¿y vos qué contás?, tanto tiempo
–Esutve de vijáe por Euorpa
Me dijo mientras los coches circulaban con las ruedas hacia arriba, deslizándose sobre sus techos, y la poca gente, caminaba haciendo el paro de manos. Detrás de mí, escuché jadear a la parejita, que hacía el amor.
-¿Y… que tal te fue? -Pregunté por traer un tema de conversación.
–Muy bein, pero las muejres no son tan lidnas como acá; mriá esa dos que etsán salinedo de la palya
Volteé, son hermosas, y de inmediato observé un poco más allá, a ese lugar donde la parejita, ya no estaba.
Mención de Honor. Paco Espínola 2008
Política deportiva
Recupera la pelota en su campo y sale a toda velocidad, elude a uno a dos y sigue cruza la mitad de la cancha le sale un marcador ¡opa que cañito! se aproxima al área le sale el golero y… ¡Gooool! Corre el niño festejando, con los brazos abiertos la frente en alto y los ojos cerrados y por un momento olvida, que está solo, conmigo y un monumento, en esta plaza de Kiev, como único espectador. De reojo miré al juez de línea que tiene la bandera baja, tomo aire y ¡priiiiiip!, sueno mi silbato señalando el medio campo, validando el gol. Mientras corre el jugador festejando, con los brazos abiertos la frente en alto y los ojos cerrados, yo saco mi libreta y apunto: Dinamo de Kiev 1, Selección Alemana 0. Y doy la orden de reanudar el partido. -¡Te lo juro Dimitri, yo grité aquel gol como nadie en ese estadio! Imagináte, era la Segunda Guerra Mundial y los nazis, habían tomado esta ciudad. Quince días después organizaron el clásico partido: Selección Alemana contra el campeón local, mi cuadrito. ¡Y los alemanes tenían que ganar! Aquello de la raza superior y que sé yo, además ni te digo de qué calabozo sacaron a varios de los jugadores. Con ese uno a cero les metimos el dedo en culo, y no veas que malos se pusieron, hubo que aguantar la andanada: pelotas en el palo, el defensa en la línea el golero al corner, pero al final, terminó el primer tiempo y mi dinamo ganaba uno a cero. (¿Cómo se lo digo a mis colegas?) pensé mientras abría la puerta del vestuario de jueces, con las palabras bien frescas de aquel capitán al frente de la ocupación: ¡Colabore con el régimen o los fusilamos a todos! No comenté nada con los líneas, no pude, y así doy inicio al segundo tiempo, sospechando que a los jugadores del Dinamo los habrían amenazado como a mí.
-Podes creer, Dimitri; que el desgraciado del juez, ni bien comenzó el segundo tiempo, inventa un penal que no existió. Pasó hace treinta años o más, pero lo recuerdo clarito, todo el estadio abucheaba y el alemán…. la clavó contra el palo. Fue el uno a uno por regalo del juez. Comienza a nevar; pero el niño parece no notarlo y sigue jugando, solo, con su pelota en la plaza. La toma con ambas manos y la apoya en el suelo, cinco pasos de carrera y remata una suerte de tiro libre. Como el arco está en su imaginación, no se si lo metió o lo erró, pero lo cierto es que a pesar del frío, tajeante, se saca la camiseta y la revolea festejando un gol. (Maldición, me traiciona la costumbre y pito una falta al borde del área en favor del Dinamo; igual si lo mete se lo hago patear de vuelta) pensé mientras observo al jugador colocar con ambas manos la pelota en el suelo, tomar 5 pasos de carrera y rematar el tiro libre. La cuelga de un ángulo. -¡Priiiiiiip! -Hice sonar mi silbato. Todo el Dinamo me reclama , el estadio me insulta. -Y el vendido del juez anuló ese golazo; si no lo mataban los Nazis, lo íbamos a matar nosotros y para colmo de males, comenzó a nevar; ¡pero mirá Dimitri!, aquel jugador volvió a tomar la pelota con ambas manos y la colocó de nuevo, en el mismo lugar. La barrera se ubicó a la misma distancia, tomó sus cinco pasos de carrera y volvió a rematar el exacto y mismo tiro libre. Ese jugador, podía meterlo veinte veces más de ser necesario, y el juez no tuvo más remedio que cobrarlo. -¡Priiiiiip! –soné mi silbato validando, ahora si, el tanto, y a pesar del frío, tajeante, el jugador se quita la camiseta y la revolea festejando el gol. En un intento por calmar a los alemanes, le muestro la tarjeta roja por festejo indebido. Saco mi libreta y anoto: Dínamo de Kiev 2 - Selección alemana 1; expulsado el nº 7 del Dinamo. -Y el juez nos dejó con uno menos, pero no importó. Ese partido se jugó a muerte y mi cuadrito ganó dos a uno y ni bien termino el partido, los nazis pararon a los jugadores del Dínamo en el centro de la cancha, y con todo el estadio mirando, menos yo que me tape los ojos, los fusilaron a todos con las camisetas puestas. No aguanto más el frío y no me explico como este niño, puede seguir jugando, solo, frente a un monumento de once tipos con una placa debajo, que no sé qué dice en ruso.
Troca
Por aquella calle de adoquines, de veredas bien arboladas y tenue iluminación, vivía nuestro personaje el pete, Petete originalmente; el apodo se lo puso su primera barra de amigos en el barrio nuevo. Recientemente mudado, observaba por la ventana a otros niños jugando a la pelota, allá abajo, en medio de una calle nada transitada.
-Ve a jugar con ellos
Le dijo la madre y él no se lo pensó mucho; bajó corriendo los dos pisos por escalera integrándose al grupo. No era muy habilidoso con la pelota, pero ponía garra, tripa y corazón. Cuando terminó el partido, de cuyo resultado no quiero acordarme, uno de sus nuevos amigos le encontró algún parecido con el Libro Gordo de Petete, y para siempre ese fue su apodo. A mitad de cuadra estaba la casona abandonada, cuyo portón de garaje era el arco ideal, y la cochera de enfrente, la otra golera. Pobres los ocupantes de aquella casa, les rompimos, recuerdo, varios vidrios y abollado todo el protón pero… ¿qué podían hacer?, después de todo: la calle es publica, y además, su dos hijos varones, también pertenecían a la pandilla; la pandilla de la casita en el árbol. La construimos pidiendo tablones en todas las obras del barrio, al igual los clavos; el martillo lo puse yo, eso lo recuerdo bien porque luego lo perdí y mi mamá me retó.
En la esquina del barrio, el infaltable medio tanque que por las noches vendía choripan y vino suelto en vaso. Una inolvidable tarde, aconteció que el asador, no tenía leña para prender el fuego; dos amigos y yo jugábamos a la bolita en el jardín de un vecino cuando se acercó y nos propuso:
-Uso las maderas de su casita, y les doy un chorizo y una coca a cada uno, ¿les parece?
Los tres nos miramos extrañados y… creo fui yo, quien dijo Sí. Esa noche, el medio tanque de la esquina acabó con nuestra casita… y nosotros con el choripan. Cuando quise acordar los años pasaron, y el viento del norte, trajo un shoping donde había una cárcel, un Mac Donald donde había un bar… y los comercios del barrio florecieron; incluso el medio tanque, que ahora ocupa toda la casa de dos plantas en esa misma esquina, y ya no cambia madera por choripan, ni yo hago casitas en los árboles, y aunque los adoquines quedan, ya no la casa abandonada.
Identidades
Con minifalda tableada y botas altas, de tacón, amplio escote y sonrisa aún mayor, su largo pelo negro, trenzado, combina con esa ropa interior, que adrede, decide no usar hoy y sale, apura el paso, no quiere llegar tarde a esa audición, es el papel de su vida y además, Carlos, será el otro protagonista, se sabe, de una obra de amor. Llegó al teatro, se cambió maquilló y salió a escena con una hojita en la mano. Sentado estaba él, justo al lado del director; era la primera vez que lo veía en persona; temblaba, pero no se congeló, no vaciló, hizo un buen papel y vio, a Carlos, diciendo a oídos del director: algo que este narrador… no pudo oír. Su amiga la espera en casa, con el teléfono en la mano y el cigarro en la boca, labios sin pintar uñas cortas, pero el teléfono no suena, suenan las llaves en una puerta que se abre y es Andrea, feliz:
-¡Me tomaron… me tomaron! –Salta, la abraza, su amiga la estruja y giran, torbellino que cae en la cama, ríen y tuercen sus cabezas, para mirar esa foto, pegada junto al gran espejo, frente al que ensaya toda la noche, y al otro día también. Duerme. Sueña en blanco y negro. Despierta. Ya estas actuando con él. En escena él te seduce, te busca, te desea; tu coqueteas; el se acerca y huele tu pelo, tu cuello, tu hombro; cae el telón. Luego de los aplausos el se ofrece, galante, a llevarte a casa:
-Vivo muy lejos, no querrás acompañarme hasta allá
-Para mí es un placer acompañarte a donde vayas Responde abriendo la puerta del coche.
Durante el viaje hay varios, largos silencios incómodos que ella intenta romper, el más profundo, se produjo al llegar. (¿Querés pasar a casa, a tomar un café?), casi se lo dice… pero no, se quedó callada, esperando una palabra, un gesto una mirada, algo que le indique que hacer. El pronto se despide, y espera paciente, que ella entre a su casa para partir.
-¿Era él?, ¡y te trajo hasta acá!, contame contame
-Si… estuvo buenísimo, y el es muy caballero…
-¿Demasiado tal vez?
-¡Ay Claudia…! No seas así
-Contámelo todo
-Ahora estoy cansada, mañana tengo función. -Y duerme. Sueña en blanco y negro. Despierta. Estas en escena otra vez. Aquí el te regala una flor, a cambio te pide un beso señalando su mejilla con el dedo, un beso inocente; tú te aproximas, el gira veloz su cabeza y besa tus labios; cae el telón. Al finalizar la función, te invita a cenar:
-Ven conmigo, conozco un buen lugar
La cena fue excelente, el lugar… espectacular; ella no intentó pagar la cena, sabía que él, no la iba a dejar; suben al coche, a ella le late el pecho, aprieta sus piernas, muerde su labio inferior; él la mira fijo a los ojos, ve cuando sus pupilas se dilatan y… nada pasó.
-Es tímido, por eso no se anima a besarte
-¿Y no estará casado?
-No… si yo ya estuve averiguando, no tiene novia ni nada, es tímido, yo se lo que te digo
-¿Será que tendré que hacerlo yo?
-Depende ¿qué tanto lo queres…?
Y sí, ya está decidido; pero ahora estás en escena, actuando otra vez, y el te besa, apasionadamente te está besando y sabes que no es un sueño, porque esto es en colores; acaricia tú cintura, tus muslos, sientes la presión de sus manos, sus labios, cae el telón.
El público se ha retirado, ambos siguen allí y él se ofrece, aunque no en la forma en que ella quiere y entonces lo apura, lo acerca, y allí junto al escenario, lento lo intenta besar, pero el le da vuelta la cara, no alcanza siquiera su mejilla:
-Hay muchas cosas que no sabes de mí
-Algo que quieras decirme… no me voy a asustar
-No es eso, es solo que…, no me atraen las mujeres, no sexualmente
Ella quedó petrificada, sintiéndose tonta, ridícula, defraudada… (¿Cómo no me di cuenta antes?)
-¿Carlos?, ¿marica?, no puede ser, ¿estás segura?
-¡Claro!, si me lo dijo él
-Con razón yo lo vi un día, en un boliche gay en el centro
-¿Y vos que hacías en un boliche gay?
-Nada, pasaba por allí y lo vi, casualidad
-¿Casualidad?
-Montevideo es chico, ¿y vos… qué pensás hacer?, ¿no me digas que ya no te gusta?, si se te ve en la cara
Ambas miran, instintivo, la foto junto al gran espejo.
-Yo se lo que tenés que hacer; a el le gustan los hombres y vos, sos actriz, disfrasate, interpretá a un hombre y enamoralo
-¿Estás loca?, ¿qué te fumaste?, ¡convidame!
-¡Nena!, estoy hablando en serio, cuando se de cuenta, ya será tarde, en el fondo es hombre… caerá, siempre caen; dale vení, sentate en el espejo, yo te voy a ayudar
Cuando termina la larga sesión intenta dormir, no muy convencida, pero con el pelo corto, los pechos fajados, uñas sin pintar, desde la cama, ve el pantalón holgado colgando en el respaldo de la silla; no duerme, no sueña, así que no despierta; pero va a la función. Es el tercer acto y hay un fuego encendido, justo entre ustedes y el público, arde mientras el te desnuda de cintura para arriba, y con su mano en tu espalda, te acuesta tras el fuego que aumenta sus llamas cubriéndolos de la gente, que adivina, y cae el telón. En el camerino ella se quita la peluca, faja sus pechos, limpia la pintura de sus labios y piensa: (¿qué le digo?, ¿cómo lo encaro?), en eso se abre la puerta y entra él, sin golpear:
-¿Cambio de look?
-Sí, ¿te gusta?
-No se es… raro
-Como tú –y ambos ríen
-¿Te llevo?
-sí
El viaje es más distendido, el ya no actúa como hombre, ella se mete en su personaje… y se olvida que está actuando; pero nada pasó.
-¿y… cómo te fue?
-No se, hubo un acercamiento pero, no pudimos concretar
-Por que no lo estás haciendo bien, te falta el golpe final; vení, sentáte acá al lado mío y hace de cuenta que estamos en el coche, yo soy Carlos y vos Andrea
-Andrés querrás decir
-Buen punto, Yo soy Carla entonces y tu Andrés, llegan a casa y tu intentas abrir la puerta del coche, no puedes, anda inténtalo, así mismo, él, caballero como siempre, estira su brazo para abrirla por ti y queda así, muy cerca de ti y ahí… -Ella la besa, fue instintivo, casi sin querer-. Muy bien, ¿ves?, si pudiste hacerlo conmigo, podrás hacerlo con el. Su amiga se va, ella duerme y se ve a si misma, en blanco y negro, besando a Carlos con gran pasión. Despierta sobresaltada, toca su pelo corto, se levanta, arranca la foto junto al gran espejo, la estruja y la arroja por la ventana. Vuelve a dormir. Despierta, es el último acto, el gran final se acerca, tú estas desnuda frente a él, desnudo también; un lienzo blanco colgado a tu derecha de lado a lado los cubre de la vista de la gente, pero un foco a tu izquierda, delata ambas siluetas que se aproximan, se encuentran, se aman; cae el telón, el público aplaude de pie.
Pulso
Tic tac tic tac, corre Emilio por la acera, tic tac tic tac, parece que no va a llegar, tic tac tic tac, acelera empuja y pecha, tic tac tic tac, salta se aferra y se va.
El ómnibus lo llevó de arrastro, tic, media cuadra o poco más, tac, por fin paró y abrió la puerta, tic, ya no había más lugar, tac, resignado volvió a la acera, tic, a esperar un rato más, tac.
Cuando Emilio llegó a casa, parado bajo el umbral, sus llaves, no pudo hallar: toc toc, ¿Quién es?, toc toc, ¿QUIÉN ES?, toc toc, soy yo, toc toc pará de golpear toc toc que ya te oí toc toc ¡maldición no te abro nada!, toc, abríme que estoy sin llaves, toc, Ah… ahora golpeas con calma, toc toc.
El poeta y la prostituta
La taza, caída de lado en su platillo sobre la mesa, antagoniza con la otra, la que nunca fue usada, la que aún me está esperando. Detrás veo la caja de cigarros, nacionales, que estando abierta invita a fumar; pero él no lo hace, no puede. Su mano yace más abajo caída sobre la alfombra; desplomada veo su palma áspera y callosa. Me incliné para ver su reloj pulsera que marca las nueve, pleno día ya. Tomo un cigarro y lo enciendo a cerillo.
Observo su masculino vello trepar tupido por el antebrazo, esfumarse al pasar el codo, lampiño el hombro fornido casi toca su mentón, con el rostro semihundido en el sofá, su pequeña oreja visible entre el cabello apunta directo a mis ojos, labios entreabiertos, respiración pausada, parpados cerrados… duerme mi amor cansado, de esperar, de esperarme. Yo quise volver antes pero no pude, por los dos no pude, necesitábamos ese dinero y el tipo me ofreció más, por nada, por quedarme, porque el viejo ya casi no funciona como hombre: me mira desnuda, me toca, intenta masturbarse a mi lado, no lo logra, me toca de nuevo. Dejo el dinero junto a la taza, la que me estuvo esperando y corro, como siempre, a la ducha. Respirando vapor, envuelta en espuma, siento la estridencia sonora de un fax que llega… y su voz:
-Stefaní, ¿trajiste más dinero?
–Sí… por eso llegué tarde.
–Hay nena, no se que decir.
–No digas nada y lee el fax, tal ves sean buenas noticias.
–A ver… ¡es de la editorial!
–Qué dice… ¿te van a publicar?
–Dice que es bueno, pero no lo van a editar; parece que esto no vende, ya nadie lee poesía hoy.
–Te lo dije Homero, el último poeta ya esta muerto y la tierra, se cansó de dar flores.
La velocidad de tu tiempo
Y como Icaro…
Ángela, venía con alas incluidas, por eso volaba siempre hacia el sol naciente, aquel que se ve por la mitad; quería llegar, verlo al completo, y viajaba tan rápido, que el tiempo, no le podía alcanzar. Pero ella seguía avanzando, más y más, con fuerza batía sus alas, viendo allá abajo, pasar el mar. Pero ese sol jamás despuntaba, no crecía, ¿curioso?, siempre está igual.
Ángela comenzó a cansarse… y se quejó; allí un diablillo le dijo al oído: “nunca vas a llegar”, entonces se quejó más, y para exorcizar a estos demonios, ella, convocó a Satán. Este llegó ciego, y a cicatrices cerró su boca, ya no se puede quejar; a cambio: enlenteció sus alas.
Ahora el sol trepa, el tiempo le pasa, pronto, callada, morirá.
Supervivencia
Joven a la moda, bien vestido y peinado aunque de manera poco llamativa, el que me paró aquella tarde sobre el ocaso del día. No era un barrio lujoso, más bien de una clase media que aguantaba como podía, los embates de una eterna crisis infinita:
-¿cuánto cuesta alquilar el taxi por hora?
-Doscientos pesos –respondí de inmediato y quede
pensando si no le cobre barato; ¡hace tanto tiempo que nadie usa esa modalidad!
-Te doy quinientos por dos horas y nos vamos de gira
-Muy bien –respondí y arranque aún sin saber a donde.
Un felino ocioso, matan su tedio afilándose las garras.
-Vamos a Porongos y Libres –explicó al taxista.
-Zona peligrosa –acote.
-No te preocupes, yo los conozco a todos; además bajo y vuelvo en diez minutos
En la puerta, al llegar, había una adolescente con un bebe de pecho esperándolo.
Entro y como dijo, salió en diez minutos.
-Rápido; vamos nos de acá para el bar de Rivera y catorce de julio
Lo vi contando billetes por el retrovisor, un buen fajo, casi todo cambio chico y no tan chico.
Oculto en la penumbra, gris todo por la neblina que lo camufla, el gato observa a la paloma que sin sospechar, picotea migajas de pan.
Al llegar al bar, desciende nuevamente con su mochila y sale a los diez minutos.
-Apuráte, nos vamos a Isla de Flores y Yaro
Volvió a contar otro fajo de billetes similar al primero; la mochila parecía cada vez más liviana.
El felino de ciudad comienza a agazaparse, se perfila, mixtura y amolda su cuerpo al entorno; se mueve sigiloso, siempre alerta, enfocado en su posible presa distraída.
-Bueno, vamos ahora al edificio del centro… ese que fue desalojado por un tema de drogas
-¿Qué… no lo desalojaron?
-Si, pero los hermanos, primos, amigos y vecinos: siempre hay alguien que toma la posta
Al llegar, bajo y subió en otros diez minutos, el respectivo fajo de billetes, que contaba en el asiento trasero del taxi, era cada vez mayor, mientras que la mochila, estaba casi vacía.
Ágil; salta desgarrando, desplumando pero no matando, aún, al animal que herido, juega su ultima carta.
-Che pibe: yo soy policía -le muestra la placa y el revolver. No te mato ahora mismo por respeto a tu madre que no tiene la culpa del hijo que le tocó
-Tranquilo… tranquilo; yo soy hombre de negocios, me dedico a la compra y venta, no robo ni estafo a nadie
-Como que no, sabes todo el daño que haces a los consumidores y sus familias
-Perdone: pero si Ud. es alcohólico… el dueño del bar no tiene la culpa, ¿o si?, y si es obeso, ¿la culpa es del supermercado que te vende la comida?
Zarpazos van, picotazos vienen, la lucha era encarnizada; normalmente en la naturaleza, gana el más fuerte… o el más ágil.
-Te propongo algo –le dijo el pibe al tachero- te doy trescientos dólares por mes, más quinientos pesos por día, y hago esta recorrida siempre contigo
En la realidad humana: cualquiera puede perder, ganar, o empatar.
La tarea
El holocausto fue total; la especie humana extinguida al completo, ni un solo ser vivo queda ya… excepto ella; la única sobreviviente del Apocalipsis, una pobre anciana que se hamaca en su chirriante mecedora esperando lo inevitable.
De pronto, alguien golpea a la puerta.
La anciana se asoma y no puede creer lo que ve: ¡eres tú!, quien vino a buscarla; no se resiste, te estaba esperando y eres bien recibido. Ustedes siempre conversaron, ya no hay más nada que decir. Te das media vuelta y ella, cortitos pasos, te sigue detrás. Tú quedas conforme, satisfecho, al fin cumpliste tu misión; pero… ¿y ahora?, ya no hay más nada para ti, conciencia, te llevaste al último.
Estratósfera
Silencio, todo negro; gigante amarillo a las 10, media esfera azul a las 12; escucho el rugir del gigante ahora a mi izquierda, pero me atrapa la esfera y caigo. En el azul nace un verde que crece, toma forma triangular y muestra una grieta, abajo, donde el mar entra en la tierra y comienzo a arder, me precipito, el gigante esconde mi fuego mientras cruzo como centella vapores blancos que me deslumbran, húmedos, luego oscuros, muy oscuros, lluvia tupida y vuelve la vista: una rivera una ciudad un parque, y en un claro varias cabezas, que son rostros ahora, uno me está mirando, sus ojos negros, su boca abierta, cuello sudado pecho velludo y reboto amortiguado; (llegué a salvo) alcancé a pensar, y de un violento golpe salí despedido, directo a estrellarme contra un palo, con la misma fuerza, con la que me habían pateado hacia arriba, segundos atrás.
Sensatez
La vida empuja en todas direcciones
Y es por eso
Que siempre encuentra el camino
Y es por eso
Que siempre encuentra el camino
Tú y él, eran dos personas bien distintas, yo no diría opuestas, pero sí divergentes; curiosamente, ambos buscaban lo mismo, los dos querían llegar al mismo lugar, pero lo intentaban transitando por caminos bien distintos, caminos que, paso a paso, los iban separando cada vez más; Tú y él, no se conocían, todo lo que tenían en común era aquel sueño distante, y ambos -estaban convencidos-, marchaban directo hacia él; pero claro, uno tenía que estar equivocado; los dos no iban a llegar. Caso curioso el de tú y él, ya que ambos, persistiendo, vieron un día su sueño en el horizonte, allí fue cuando echaron a correr y al cabo de un rato… los dos llegaron, sólo que el sueño era tan grande y estaba tan alto… que se extendía todo a lo largo del horizonte y por encima de sus cabezas; allí mismo, tú y él comenzaron a saltar, estiraban sus manos desesperados pero no hacían más que manotear el aire hasta que tú, tomó carrera hacía su izquierda pensando que así saltaría más alto, y él, más tranquilo, echó a andar a su derecha buscando un palo, una piedra, algo para bajar ese sueño. Así fue como tú y él se conocieron. Se miraron. Se midieron. Él notó que tú era más alto, y tú supo que él era más liviano. Pronto él estaba subido a caballito sobre tú, sentado en sus hombros intentaba alcanzar el sueño y no podía:
-Paráte él, paráte sobre mis hombros que llegás
-Ya casi tú, ya casi lo tengo… -y había que verlos estirarse, haciendo equilibrio uno sobre el otro como acróbatas de circo… para no llegar, les faltaba un palmo, un sólo palmo. Y qué podía hacer yo viendo esto:
-Tomen muchachos… les presto mi silla
Él la tomó decidido, la plantó bajo el sueño y se subió en ella; tú ágilmente trepa sobre él… y así lograron, felices, dormir para siempre.
Conflicto
Näo, niet, not, niente… ¡no!
Fue la primer palabra
Fue la primer palabra
En su mirada, lo ingenuo y el verde de la infancia, apreciaban atónitos, el comienzo del Apocalipsis:
-Dosto… Dosto, corre corre ven
Gritó su madre, desesperada, desde la ventana de su casa y de pronto, es fuego todo, y el rojo intenso se reflejó en sus ojos, ya no verdes, ya no infantes:
-¡Mamá…! -Entonces lo tomé por la cintura, lo cargué en mi hombro y comencé a andar; siento su corazón latir y siento el mío, porque ambos tienen miedo y corro, corro corro corro no sé adónde corro cargando a un niño que llora en medio de explosiones, humo, gritos… y aviones.
Por fin el hospital.
-¡Maldición!, son más poderosos que nosotros, no podemos enfrentarlos directamente, nos aplastarían
-¿Y qué pretendes, no hacer nada y dejarlos que se salgan con la suya?, si no los detenemos ahora… continuaran, más y más, debemos hacer algo
–Muchos morirán
–Ya estamos muriendo
En el hospital, colapsado, veo pocas camas para cientos de heridos, cuando una enfermera se acerca y derrama una amplia sonrisa… sobre el niño que aún llora, ya sin sonidos ni lágrimas:
-¿Cómo te llamas?
–(…)
–Creo que su nombre es Dosto, así lo llamó su madre
-¿Y ella, donde está?
Apreté los labios, moví la cabeza hacia los lados
–Entiendo, ven conmigo –Le dice, y el niño miró aturdido a su alrededor, luego a mí.
–Sí Dosto, ve
La enfermera lo tomó de la mano y desaparecieron entre cuerpos mutilados, túnicas blancas, rojas, y el pestilente olor a sangre, que me obligó a salir del lugar, para vomitar.
–Esos desgraciados no pelean como soldados, golpean y luego se esconden tras los niños y las mujeres, las escuelas y los hospitales, pero esta vez, no les va a funcionar
–¿Piensas arrasar con toda la población?
–No, con toda no; sólo los lugares donde sabemos se esconden
–Aún así, muchos inocentes van a morir
–Mejor sus inocentes que los nuestros
Cuando logré recomponer mi estómago, observé la destrucción a mi alrededor, y mientras avanzaba arrastrando los pies, todo lo que oí, fue el silbido de un misil que entró por la ventana del hospital; explotó a mis espaldas. La ira me invade y no cede. Intenté calmarme, respirar y caminar con la frente alta, despejada de toda malicie… aunque allí, la cordura, fue extirpada hace ya tiempo.
El primer relato
Los que contamos historias, las contamos desde siempre, desde hace un millón de años o más, ¿quién sabe?, cuando nos empezamos a comunicar, a decirle algo al otro; desde entonces venimos remontado historia, tras historia, tras otra… hasta el principio de los tiempos, hasta la primer historia. La inspiración, creo yo, se originó en aquel instante en que un homosapien, luego de haber logrado su primer razonamiento, salió corriendo desesperado a tratar de explicárselo a otro, y para colmo: lo logró; eso sí fue inspiración, y el resto es historia, nuestra historia, la que nos venimos contado desde siempre, desde aquella historia.
El día que me recibí de escritor
Recuerdo bien aquel día, el día que me senté en el living de mi casa, frente a una hoja en blanco y comencé a escribir; tardó un tiempo; pero luego de mucho esfuerzo, levante la vista para entonces cansada de la hoja… y noté para mí asombro: que ya no estaba en casa, estaba en otro lugar. Confieso que al principio esto me asustó un poco, ahora… cuando uno de los personajes se me acercó, puso su mano en mi hombro y me explicó al oído… que yo todavía estaba escribiendo… me terminé de espantar y salí corriendo. Pobres personajes, se habrán creído que estaba loco.
Retiro
La calidez de un sol de invierno, abriga su perfil, mientras baja esas escaleras sintiéndose triunfante. Había hecho todo lo que tenía que hacer allí atrás, y lo había hecho bien; recuerda todas las horas dadas, todos los días, los meses… años entregados y rebosante de alegría

ya no tendré que volver), pensaba, cuando terminó de bajar esas escaleras, giró a su izquierda, puso rumbo al sol con la mano en el bolsillo y todo su júbilo, se transformó en una carga, ahora es jubilación, y por eso decidió no sacar la mano del bolsillo, no sea cosa que lo roben todavía.
El río Uruguaí
Estás en tu rancho, amargueando a orillas del Río, cuando la perrada comienza a ladrar; entonces los ves cruzar el río crecido siempre con el agua hasta el cuello luchando bestia y hombre en un torrente que arrastra, a esos dos Indios Charrúas haciendo de sabuesos humanos al servicio de Artigas, tú sabes son exploradores, porque conocen cada viento cada mata cada olor… y salen a tierra, de otro lado se van, al trote sobre arena seca, se alejan; el sol te ciega, los caballos se apean, confundes centauros, se achican, y son dos puntos ahora, que crees parados, en aquel llano… lejano, cuando sientes vibrar el suelo, le das la vuelta al rancho y ves venir la caballada, todos lanceros, detrás las carretas, junto a ellas hombres, mujeres y niños de a pie, más y más se aglomeran junto al río y, de a poco, se aventuran a cruzar.
-¡Cuidao’ que está crecido! -Les gritás.
Nadie responde. Los caballos cruzan primero, relinchan, se ladean, casi todos lo logran; luego las carretas son cargadas de animales pequeños: gallinas, cerdos, también cañones, pólvora y municiones, son puestas en el agua atadas entre sí; muchas se pierden. El sol amenaza morir pero el cruce continúa. Dos niños perecen ahogados, tres familias corren la misma suerte.
Por dos días completos los ves pasar, y al final, unos setecientos indios cierran la columna viva.
Creced y multiplicaos
Atardecieron juntos… aquella primavera, hasta que ya no hubo sol, sólo un reflejo; entonces se levantaron y echaron a andar, se alejaron del río, tomados de la mano van entrando en la ciudad; un aire cálido a sus espaldas los empuja, les apura el paso, los abraza aún más.
Carlos, caminaba por un corredor blanco, al llegar a la puerta, como siempre, lento, abría la puerta, miraba la habitación, cerraba la puerta, y seguía caminando; luego bajó unas escaleras, corredor, dobló a su derecha, más corredor blanco.
Andrea corre porque todo está oscuro y siente que algo… oculto en el silencio la persigue y se está acercando, ella corre y corre pero siente que sus piernas cansadas tan débiles no obedecen sus órdenes de acelerar, la presencia crece y Andrea corre sin saber a donde va.
Tenía las pupilas pequeñitas, de tanto blanco, cuando llegó, abrió la puerta, nada, vacío, la cerró, y siguió andando; luego subió unas escaleras, corredor, dobló a su derecha, más corredor blanco.
Ella sabe que puede correr más pero siente que sus piernas le traicionan, aprieta los ojos sólo piensa en correr más… y no sabe de qué huye, pero siente que se le acerca abre los ojos voltea nada ni nadie y a sus lados, todo oscuro la rodea ella lo sabe y por eso grita.
Carlos, para variar, venía encandilado, cuando llegó a la puerta, despacio, la comenzó a abrir, y ya por la rendija vio que no había tanta luz, estaba oscuro allí, terminó de abrirla y se adentró unos pasos, sus pupilas se dilataron, adivina una pareja, siente un grito de mujer alguien lo pecha, Carlos cae al suelo y atónitos, se miran los cuatro.
La curiosidad
Es todo rojo y sus dibujitos brillan en dorado y blanco y plata también, ¡qué lindo es!, grande, muy grande una rara letra china en su techo y más abajo, letritas muy pequeñitas que no se leer, ¿de qué estará hecho?, ¿por qué hace esos ruiditos cuando lo muevo?, ¡y prende lucecitas!
Arrodillado en el suelo, me tomó con sus manos curiosas y me desarmó por completo; yo opuse alguna resistencia, tenía miedo, de que sus dedos pequeños, sin experiencia alguna, no pudieran ensamblarme de nuevo. Él lo intentó hasta con sus dientes, sintió mis sabores a plástico y metal. Finalmente lo logró; miró en mis adentros, luego perdió el interés, y yo jamás volví a ser el mismo.
El escribidor
Escribo y me preguntan: ¿por qué escribo?
Escribo y me preguntan
¿cómo escribo?
Escribo y me preguntan…
¿para qué escribo?
Y yo les respondo:
escribo, porqué sueño que estoy escribiendo
y escribir me hace, soñar despierto.
Les digo que vivo escribiendo
y escribo porqué siento que vivo.
Muchas veces, les cuento
que escribo porqué te amo
y se que te amo
porque puedo escribirte a vos
y por vos escribo.
También les explico… que puedo escribir
pensando en lo que escribo
y puedo escribir
sin pensar, en lo que estoy escribiendo
pero no consigo
dejar de sentir lo que escribo
y no logro evitar
escribir lo que pienso
Índice
Buceo Literario
Mis yoes
Relativo
Política deportiva
Troca
Identidades
Pulso
El poeta y al prostituta
La velocidad de tú tiempo
Supervivencia
La tarea
Estratósfera
Sensatez
Conflicto
El primer relato
El día que me recibí de escritor
Retiro
El río Uruguay
Creced y multiplicaos
La curiosidad
El escribidor
Contra tapa
“Tus cuentos son padres, envíame más”
(Respuesta de un adolescente mexicano, 16 años, que afirmaba no gustarle la literatura)
“En primer lugar debo decir que Daniel logra en esta ficción fantástica, lo que creo que todo buen escritor intenta y esto es, entre otras cosas, “mostrar” al lector las situaciones y escenas que relata.”
(Comentario de Roberto Rodríguez, Jubilado Uruguayo)
Escribo y me preguntan
¿cómo escribo?
Escribo y me preguntan…
¿para qué escribo?
Y yo les respondo:
escribo, porqué sueño que estoy escribiendo
y escribir me hace, soñar despierto.
Les digo que vivo escribiendo
y escribo porqué siento que vivo.
Muchas veces, les cuento
que escribo porqué te amo
y se que te amo
porque puedo escribirte a vos
y por vos escribo.
También les explico… que puedo escribir
pensando en lo que escribo
y puedo escribir
sin pensar, en lo que estoy escribiendo
pero no consigo
dejar de sentir lo que escribo
y no logro evitar
escribir lo que pienso
Índice
Buceo Literario
Mis yoes
Relativo
Política deportiva
Troca
Identidades
Pulso
El poeta y al prostituta
La velocidad de tú tiempo
Supervivencia
La tarea
Estratósfera
Sensatez
Conflicto
El primer relato
El día que me recibí de escritor
Retiro
El río Uruguay
Creced y multiplicaos
La curiosidad
El escribidor
Contra tapa
“Tus cuentos son padres, envíame más”
(Respuesta de un adolescente mexicano, 16 años, que afirmaba no gustarle la literatura)
“En primer lugar debo decir que Daniel logra en esta ficción fantástica, lo que creo que todo buen escritor intenta y esto es, entre otras cosas, “mostrar” al lector las situaciones y escenas que relata.”
(Comentario de Roberto Rodríguez, Jubilado Uruguayo)