Sólo conozco dos formas infalibles de iniciar una discusión. Por muy diplomático y razonable que sea tu interlocutor, entrar en el terreno político o sexual siempre tiene visos de derivar en batalla campal.
Vamos, que cuando se trata de mandar y fecundar, todo el mundo tiene opiniones muy claras. Exponerlas, equivale a ofender al vecino.
A nadie resultará extraño, pues, que la entrada de la libre sexualidad en el mundo videojueguil haya generado tanta polémica malsana. Los videojuegos comerciales, cada vez más próximos a las formas cinematográficas, son un reflejo muy definido de la sociedad. Y ahora mismo, la sociedad se pega tortas verbales de primer orden cuando las ocurrencias del catre se ponen sobre la mesa.
Opiniones sobre el particular hay tantas como salvapatrias. Así que en un movimiento tendencioso y simplista por mi parte, las reduciré a sus extremos: aquellas que consideran que la ideología de género y sus matices son descripciones perfectas del statu quo sexual moderno, y las que la tachan de aberración moral degenerativa.
Si alguno de estos dos vértices se da de bruces con una expresión videojueguil sexual, saltan chispas. Pero de las malas. Teniendo en cuenta que el mero hecho de tratar el sexo ya suele generar polémicas descomunales, cuando la homosexualidad/bisexualidad entra en escena la cosa se desmadra hasta los confines más remotos de la mala leche y el hijoputismo.
En su día, Mass Effect tuvo su dosis de polémica por culpa de las mujeres con cabeza de pulpo más promiscuas de la galaxía. Al parecer, mucha gente se sentía horrorizada porque un juego de un tinte tan cinematográfico mostrara sin demasiados miramientos relaciones lésbicas. O bueno, interraciales en un sentido exótico. Aunque quizá fue un caso pionero por sus formas narrativas, no se trataba en absoluto del primer título de Bioware en explorar el tema -las expansiones de Neverwinter Nights o KOTOR ya caminaron de puntillas sobre él-.
Bioware, claro, no es la única que ha sufrido la ira del conservadurismo más ácido. Rockstar, la siempre políticamente incorrecta Rockstar, ha recibido durísimas críticas y acusaciones por su acercamiento a la sexualidad. Aparte del conocido caso Hot coffee, Canis Canem Edit tuvo la osadía de tratar con naturalidad la libertad de elección sexual. Tratándose de un caso que ya arrastraba toneladas de polémica mucho antes de su lanzamiento, me sorprende que la cosa no fuera a mayores. De cualquier forma, los ríos de tinta siguieron (y siguen) manando de plumas inquietas.
El gran problema de la histeria colectiva provocada por este asunto, es que se pierde la perspectiva. La jugabilidad, y esa conexión falaz que admite que la interacción indirecta hace moralmente reprobable según qué cosas en la pantalla, convierten la discusión en una tarea estéril. Lo importante para el caso de los videojuegos no es tanto la proclama ideológica de alguno de los dos extremos, sino la calidad final con la que los desarrolladores finiquitaron su obra.
Porque, me pregunto yo, Cereal ingenuo..., ¿qué importancia tiene que un videojuego nos muestre sucesos, acciones o desmanes que atenten contra nuestras convicciones políticas o morales? Como cualquier otra expresión cultural, artística u ociosa, se limita a plasmar sobre nuestra imaginación un conjunto de ideas y ficciones. Y en los casos más sonados, como Bully, Mass Effect o Dragon Age, dudo mucho que el equipo de desarrollo tuviera la más mínima intención de parir un panfleto ideológico.
Obviamente, hay muchas obras que tienen una marcada intencionalidad política y moral, pero tales casos difieren brutalmente de las inocentes tentativas videojueguiles. Nuestra industria está en pañales, y querer endosarle metas panfletarias es tan ridículo como gratuito.
Si de algo debiéramos preocuparnos es del mayor o menor talento de los guionistas (y quien dice guionistas, añade en el saco a grafistas, directores y demás individuos partícipes de la creación de tramos narrativos). Porque, francamente, da vergüenza ajena escuchar opiniones crucificando una moralidad sexual de género, y pasando olímpicamente de la habitual celebración de la violencia macabra. Como ya he comentado en multitud de ocasiones, la indignación moral sobre los videojuegos es terriblemente hipócrita.
Por otra parte, los productores y desarrolladores saben bien que la sexualidad es un terreno inhóspito para la industria. Hay acercamientos muy interesantes, y otros que rozan el ridículo surrealista.
Pechos bamboleantes y juegos de volei-playa aparte, resulta gratificante encontrar experiencias atrevidas y bien construidas como Dragon Age: Origins. La propuesta rolera de Bioware de 2009 ponía en nuestras pantallas un mundo épico-medieval con características muy claras: una ideología de género normalizada y expresada con naturalidad.
El mundo de Thedas (concretamente Ferelden), tiene una tradición moral de igualdad sexual. La religión y sus normas dan por sentado que mujeres y hombres pueden ser lo que se les antoje. Y si les place, meterse entre las sábanas con quien les venga en gana, sea varón, hembra o calamar. El acierto de los guionistas de Bioware fue aplicar esta idea con mucha mano izquierda: independientemente de nuestra perspectiva, Origins presentaba un mundo con una coherencia interna envidiable.
Por si fuera poco, los personajes tenían un excepcional desarrollo y presentación. Leliana y Zevran, los dos miembros bisexuales del grupo, resultaban perfectamente creíbles en su condición sexual. El hecho de que tuvieran ciertas preferencias tenía su reflejo en el guión, sin que jamás llegara a convertirse en el motor de sus personalidades.
En vista del éxito y aceptación de la comunidad jugona, el nuevo equipo que parió esa aberración llamada Dragon Age 2 decidió explotar al máximo la prerrogativa de la libertad de elección sexual. Como tantas otras cosas, resultó un desastre absoluto. Quizá por miedo a no satisfacer a toda la gama de jugones, simplificaron las personalidades de sus protagonistas y permitieron que todos ellos optaran por una bisexualidad sin matices.
Hay quien defiende que Dragon Age 2 muestra un contexto de sexualidad libre completamente normalizado, pero discrepo: lo que algunos entienden por normalización no es más que falta de trabajo por parte de los guionistas. Teniendo en cuenta el precedente sentado por su primera parte, resulta cuando menos sorprendente que las opciones de nuestros compañeros no tengan la más mínima referencia en el guión. A mi modo de ver, un torpe fan-service de corte occidental.
Dejémonos pues de tantas histerias y acusaciones ridículas. La ficción en los videojuegos tiene que ofrecer un contenido narrativo de calidad; el resto de consideraciones sobre la inmoralidad, lo aceptable o lo panfletario deberían limitarse al lugar al que pertenecen: la realidad. Puede que muchos no estén de acuerdo con la etiqueta de arte para los videojuegos, pero incluso ellos tendrán que admitir que han adquirido un rango de proporciones culturales.
Las ficciones, mientras sólo sean mentiras jugables, son terreno para la libertad creativa. Juzgarlas como algo distinto es limitarlas. Y a la larga, empobrecerlas.