Hola y gracias por interesarte en mi cuento, espero que te guste!
Una fuga
Camino solo muy de noche. La calle no es más un patio de juegos, como lo fue en otro tiempo. Travestis ocupan las esquinas en las que más temprano estuve con mis amigos, y lúgubres comerciantes se adueñan de las plazas. Las personas me observan con ojos atónitos, expectantes.
"No vayas", fueron las últimas palabras que escuché antes de dar un portazo. Las comprendo. Unas lágrimas intentan escapar de mis ojos, pero ya es tarde para lamentos. Comienza a llover y el repiqueteo sobre la cabeza me devuelve la conciencia. De pronto tengo hambre, frío y miedo, y temo que alguien me reconozca.
Quiero volver, ya no aguanto esta culpa. Estoy a sólo seis cuadras de casa, podría ir y disculparme con mamá, decirle que todo fue un error, y que debería haberle hecho caso. Sí, seguro que de este modo todo se solucionará. Apuro el paso, casi corro del entusiasmo. Estoy a cuatro cuadras. Mi corazón palpita cada vez más fuerte y ahora estoy a sólo dos. Acá es.
Una luz me enceguece y me detengo. Logro distinguir entre la niebla dos pistolas apuntándome. Aparecen dos brazos que las sostienen, y luego dos hombres uniformados maniobrando este complejo mecanismo.
"¡Suelte el arma!", grita uno de ellos. Vacilo. Tardo en comprender, y finalmente inclino la cabeza hacia abajo. Inmediatamente se posan un revolver en mi mano derecha y una bolsa con pegamento en la izquierda. Hienas, se burlan de mí y de mi ceguera. Me seco el sudor de la frente, ya espesado con la sangre del dueño de un ford, ruego a Dios y a mi madre que me perdonen -en espercial a mi madre-, y me disparo en la cabeza.
Una fuga
Camino solo muy de noche. La calle no es más un patio de juegos, como lo fue en otro tiempo. Travestis ocupan las esquinas en las que más temprano estuve con mis amigos, y lúgubres comerciantes se adueñan de las plazas. Las personas me observan con ojos atónitos, expectantes.
"No vayas", fueron las últimas palabras que escuché antes de dar un portazo. Las comprendo. Unas lágrimas intentan escapar de mis ojos, pero ya es tarde para lamentos. Comienza a llover y el repiqueteo sobre la cabeza me devuelve la conciencia. De pronto tengo hambre, frío y miedo, y temo que alguien me reconozca.
Quiero volver, ya no aguanto esta culpa. Estoy a sólo seis cuadras de casa, podría ir y disculparme con mamá, decirle que todo fue un error, y que debería haberle hecho caso. Sí, seguro que de este modo todo se solucionará. Apuro el paso, casi corro del entusiasmo. Estoy a cuatro cuadras. Mi corazón palpita cada vez más fuerte y ahora estoy a sólo dos. Acá es.
Una luz me enceguece y me detengo. Logro distinguir entre la niebla dos pistolas apuntándome. Aparecen dos brazos que las sostienen, y luego dos hombres uniformados maniobrando este complejo mecanismo.
"¡Suelte el arma!", grita uno de ellos. Vacilo. Tardo en comprender, y finalmente inclino la cabeza hacia abajo. Inmediatamente se posan un revolver en mi mano derecha y una bolsa con pegamento en la izquierda. Hienas, se burlan de mí y de mi ceguera. Me seco el sudor de la frente, ya espesado con la sangre del dueño de un ford, ruego a Dios y a mi madre que me perdonen -en espercial a mi madre-, y me disparo en la cabeza.
Tincho