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Historiador chileno quiere hacerla de imparcial pero...

Ciencia Educacion•3/20/2017


VILLALOBOS, Sergio. Chile y Perú. La historia que nos une y nos
separa 1535-1883. Santiago de Chile : Editorial Universitaria, 2004,
279 pp.


Sergio Villalobos es un entendido de la historia chilena, particularmente del siglo XIX, como se puede apreciar en sus libros "BarrosArana: formación intelectual de una nación" y "La época de Balmaceda.

En el libro que se reseña, el autor señala que busca realizar una historia libre de los mitos nacionalistas que han empañado las relaciones entre ambas naciones: «En lugar de mantener posiciones antagónicas, parece más deseable comprender los fenómenos» (p. 11). Para Villalobos, el medio para llegar a esta historia integradora sería revelar la «verdad desnuda» (p. 9). La verdad que busca el autor consiste en determinar cuán válidas son las diversas interpretaciones, y tiene el fin de adjudicarle la razón a uno u otro en cada instancia de enfrentamiento. Renuncia a lo que podría haber resultado una empresa un poco más manejable y útil: el estudio de cómo y por qué ciertos grupos en cada país estudiado guardan un antagonismo de corte nacionalista frente al otro, más allá de la justicia de cada interpretación. Es a partir de este punto que el libro de Villalobos se aparta irremediablemente de su objetivo inicial. En lugar de buscar superar generaciones de hostilidad entre ambas tradiciones historiográficas, su libro se convierte en una erudita defensa de las interpretaciones de los sectores tradicionales de la historiografía chilena.

Casi siempre, el martillo de la justicia del autor falla a favor de su país de origen. La reconciliación para Villalobos se basaría, entonces, en que los peruanos reconozcan que han estado completamente equivocados y que se sometan —con pocas reservas— a la posición chilena tradicional. A pesar de que el libro expone algunos puntos válidos (como la reducción del gasto militar chileno en los años anteriores a la guerra), estos se pierden en el mar de reivindicaciones prochilenas del autor. Es cierto que la guerra del Pacífico requiere urgentemente de una mirada global que se aleje del viejo modelo nacionalista, pero este libro no la ofrece.

A lo largo del texto, Sergio Villalobos no puede ocultar su entusiasmo por el Chile del siglo XIX. Lo que nos interesa a nosotros es comprender cómo este entusiasmo se desborda en el ámbito del estudio de las relaciones entre el Perú y Chile . Y la consecuencia del entusiasmo del autor es una visión sumamente tradicionalista de las relaciones entre ambos Estados: realmente hay algo llamado Chile
que tiene unos intereses y costumbres delimitables, y lo mismo se puede decir del Perú, salvando la distancia que significa el caos político que lo caracteriza. De esta manera, José Victorino Lastarria «tiene el pecado […] de haber emitido opiniones y propuesto soluciones irreales o francamente contrarias a los intereses de Chile » (p. 38). A diferencia de él, Villalobos sí se tomaría muy en serio la misión de defender los intereses de Chile .

El libro cubre desde las primeras incursiones hispánicas en territorio andino hasta el fin de la guerra del Pacífico. Hacia el final del texto se comprende la función de la muy somera mirada al periodo virreinal. Villalobos, de manera semitácita, propone una teleología de un «pueblo chileno» que empieza su vida subordinado al Perú y que al final del periodo estudiado cumple su destino: a partir de su esfuerzo y responsabilidad, habría logrado revertir la situación, ubicándose ahora en una merecida posición dominante. El tratamiento de la Independencia también está teñido por esta visión tradicionalista. La Independencia es vista como ontológicamente «buena» y debería redundar en una eterna gratitud peruana hacia Chile . El análisis de Villalobos no incluye criterios más «realistas»
en ambos sentidos de la palabra. Las consideraciones sobre el fidelismo peruano no son estudiadas con profundidad. Opta por una visión errónea que sugiere que el «pueblo peruano» deseaba en conjunto la
Independencia. Algo semejante ocurre en el tratamiento de los temas de la Confederación, la cual es ontológicamente «mala». El interés «peruano» estaba unido al «chileno» frente a Santa Cruz, por lo cual
el Perú le debería gratitud a Chile por el apoyo recibido. A ello se le suma el apoyo chileno al Perú durante la guerra naval contra España entre 1865 y 1866, con lo que queda completa una idea que subsistirá a lo largo del texto: el Perú es un país de ingratos.

El grueso del libro de Villalobos se enfoca en la guerra del Pacífico. Es aquí donde hace mayores esfuerzos por refutar las interpretaciones peruanas sistemáticamente. El autor, además de mostrar virtuosismo documental, deja entrever algunas conclusiones no explícitas que me interesa comentar.
Una de estas concierne al sufrimiento de los civiles peruanos durante la guerra. Para Villalobos, estos tenían por un lado las —legales y justas— exigencias de las fuerzas de ocupación y, por el otro, las
extorsiones de las caóticas fuerzas peruanas que, en realidad, eran poco más que bandoleros. Además, está la problemática de las represalias bélicas. Ambos bandos recurren al escarmiento de aquellos que
cooperan con el enemigo. Villalobos defiende la posición chilena al respecto. En caso de combatir contra fuerzas irregulares: «La respuesta del ejército debe ser inmediata y drástica, sin perdonar la vida
ni los bienes de los atacantes y de quienes hubiesen facilitado las acciones». (p. 158). La legalidad ampararía estos actos. En cambio, las represalias de bandas peruanas contra los «colaboracionistas» son representadas como muestra de la violencia constante entre peruanos. Para la visión
tradicionalista del autor, en la cual las solidaridades sociales en una nación civilizada —como la chilena— deberían ser automáticas, estas luchas entre peruanos simbolizan su retraso. Queda sugerida la conclusión implícita: si los peruanos están acostumbrados a este tipo de saqueos durante sus guerras civiles, ¿por qué quejarse por unas cuantas exacciones legales hechas por fuerzas disciplinadas?

La otra sugerencia —esta vez semiimplícita— que quisiera comentar concierne a la cultura. Para Villalobos, la apropiación de bienes culturales —incluido material arqueológico— por parte del vencedor está amparado por la ley. El material en la Biblioteca Nacional ya habría estado sumamente deteriorado por el descuido peruano, que el autor remonta al siglo XVIII. Además, los que propiciaron con sus compras un «mercado negro» de libros robados de la Biblioteca, habrían sido los mismos peruanos. Este descuido sistemático se vería agravado por el incendio de la Biblioteca en 1943. La conclusión semiimplícita: si los peruanos mismos no saben proteger sus bienes culturales, ¿con qué derecho nos critican habernos legalmente apropiado de materiales de su Biblioteca?

Es a partir de estas propuestas, tanto explícitas como solamente sugeridas, que Villalobos va tratando de formar una opinión en el lector: el peor enemigo del Perú son los peruanos, y su mejor amigo es Chile , pero son tan mezquinos que no son capaces de reconocerlo.

En su crítica a la historiografía peruana, Villalobos ataca principalmente a Paz Soldán —como el iniciador de muchos de los mitos que busca refutar— y a Jorge Basadre. En cuanto a trabajos más
recientes, remite a La guerra del Pacífico, texto publicado por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, como muestra del estado actual de la historiografía peruana. Habría sido conveniente que tomara en cuenta trabajos más recientes y de mayor relevancia, como los de Nelson Manrique y Florencia Mallon.

En lugar de ser un discurso reconciliador entre peruanos y chilenos, este libro se convierte en un proyectil más. Una reconciliación basada en la premisa de que una parte tiene que someterse a la visión de la otra, no puede tener éxito. Este libro, inicialmente propuesto como un acercamiento, termina siendo una teleología de la lucha nacional chilena, y como tal, fracasa en su intención primigenia.


JORGE BAYONA MATSUDA
Pontificia Universidad Católica del Perú
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