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QenayKalhisy

Usuario (Perú)

Primer post: 13 ene 2016Último post: 23 mar 2017
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Desmintiendo:Keiko próxima presidenta del Perú
Apuntes Y MonografiasporAnónimo1/17/2016

Me había borrado el post, aduciendo que era para T! Comunidades, ni idea pq lo borraron, hay post de desmintiendo todo el rato, y no los borran. Otra obra de la pacificacion y estabilidad del gobierno de fujimori xd Hola linces famélicos de las praderas peladas del tawantisuyo. Hace un rato un user peruano subió este post: https://www.taringa.net/post/offtopic/19231367/Keiko-proxima-presidenta-del-Peru-y-te-lo-muestro.html y bue ya está en el top. Mi desmentida no va a que Keiko vaya ser la próxima presidenta, sino a que este fantoche, está haciendo algo muy vivo, o rata: queda mejor con los fujimoristas. Desde la bienvenida del post, te topas con esto: La bienvenida del post ya indicaba por donde iba esta muca Y Empieza diciendo esto: "Debo aclarar que yo no tengo ninguna simpatía con el partido de Fujimori" "Y muy a mi pesar" ahhh pero miralo en los comentarios Y sigue con el "muy a mi pesar" Pero mira como está ese fujirata camuflada papá! Ah pero cuando ponen otra alternativa a keiko, se la bajan altoque. Porque en su post sobre las eleccione del 2000, no puso que fueron fraude? link: https://www.youtube.com/watch?v=b5OJBLeJtUw Que compraban los votos con comida literalmente: Yo no soy el único que se dió cuenta de esta treta hecha por este lince cruzado con zarigueya Y esto no se como se llame en psicología, debe tener un nombre muy difícil y enrredado que no conozco. Hace como si no quisiera votar por ella, pero que es lo único, el mal menor, por lo tanto quiere decir que es la mejor opción de las que hay. No te dejes engañar lince Con bonitas palabras, reconociendo lo malo, pero a la vez diciendo que fue el mejor gobierno. !No puedes tapar un error con un acierto¡ Estas personas no entienden, o quizá no tengan el mismo concepto de robar que otros Bueno ya me estoy saliendo del tema. Resumen: El que postea es tremendo fujirata y se hace el pendejo

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Lima: cumple 481 años de fundación
Apuntes Y MonografiasporAnónimo1/18/2016

Ambienta el post, el intro es excelente En 1532, los españoles y sus aliados indígenas (de las etnias sometidas por los Incas) bajo el mando de Francisco Pizarro tomaron prisionero al Inca Atahualpa en la ciudad de Cajamarca. Aunque se pagó un rescate, fue condenado a muerte por razones políticas y estratégicas. Luego de algunas batallas, los españoles conquistaron su imperio. Tales los restos del humilde porquero de Extramadura, del aventurero audaz que más tarde fue Conquistador "del más vasto y rico imperio de las indias, marqués de la conquista, adelantado y alguacil mayor y capitán general de los reinos de Castilla Nueva", que antes de morir asesinado "dominaba su reino con el mismo poder que los Ingas". Pizarro decidió fundar la capital en el valle del río Rímac, luego del intento fallido de constituirla en Jauja. Consideró que Lima estaba estratégicamente ubicada, próxima a una costa favorable para la construcción de un puerto pero prudencialmente alejada del mismo como para prevenir ataques depiratas y potencias extranjeras, sobre tierras fértiles y con un conveniente clima fresco. Así, el 18 de enero de 1535 se fundó Lima con el nombre de Ciudad de los Reyes sobre territorios que habían sido del Curaca Taulichusco. Francisco Pizarro, con la colaboración de Nicolás de Ribera, Diego de Agüero y Francisco Quintero trazaron personalmente la Plaza de Armas y el resto de la cuadrícula de la ciudad, construyendo el Palacio Virreinal (hoy día transformado en el Palacio de Gobierno del Perú, que de ahí conserva el nombre tradicional de Casa de Pizarro) y la Catedral, cuya primera piedra puso Pizarro con sus propias manos. En agosto de 1536, la floreciente ciudad fue sitiada por las tropas de Manco Cápac II, pero los españoles y sus aliados indígenas consiguieron derrotarlas. En los siguientes años Lima ganó prestigio al ser designada capital del Virreinato del Perú y sede de una Real Audiencia en 1543. Fue la capital del Virreinato del Perú y la más grande e importante ciudad de América del Sur durante el régimen español. Después de la Independencia pasó a ser la capital de la República. Epoca Prehispánica Aunque la historia de la ciudad de Lima se inició con su fundación española en 1535, el territorio conformado por los valles de los ríos Rímac, Chillón y Lurín estaba ocupado por asentamientos preincas. La cultura Maranga y la cultura Lima fueron las que se establecieron y forjaron una identidad en estos territorios. Durante esas épocas se construyeron los santuarios de Lati (actual Puruchuco) y Pachacámac. Estas culturas fueron conquistadas por el Imperio Wari durante el apogeo de su expansión imperial. Es durante esta época que se construyó el centro ceremonial de Cajamarquilla. Ante la declinación de la importancia Wari, las culturas locales volvieron a adquirir autonomía, destacando la cultura Chancay. Posteriormente, en el siglo XV, estos territorios fueron incorporados al Imperio Inca. De esta época podemos encontrar gran variedad de huacas a lo largo de toda la ciudad, algunas de las cuales se encuentran en investigación. Las más importantes o conocidas son las de Huallamarca, Pucllana, Mateo Salado y Pachacámac. link: https://www.youtube.com/watch?v=kv5M92GZXXc Algunas fotos de Lima: Plaza San Martin Centenario de la Independecía del Perú (1921) Lima: hispanista sin convicción, indigenista por moda; mesticista por fatalidad[...] forzada a determinarse y crear.

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Aldo , el comunista.
Apuntes Y MonografiasporAnónimo1/13/2016

El octavo ensayo marca un hito en la trayectoria del abnegado y valeroso agente comunista Aldo M., cuya misión, como lo sabe un reducido grupo de gente bien informada, consiste en radicalizar y obnubilar a la extrema derecha peruana, agudizando dialécticamente las contradicciones del sistema. Este habilísimo operador politico ha logrado, a lo largo de los años, ganarse la confianza de amplios sectores del empresariado y de los políticos ultraderechistas, conduciéndolos, cual flautista de Hamelin, a sucesivos descalabros electorales, como ocurrió con la elección de Susana Villarán como alcaldesa de Lima, en 2009, la elección de Ollanta Humala en 2011, y el fracaso de la revocatoria de la misma Villarán, en 2013. El hecho de que Aldo descienda en línea directa de quien fuera el fundador del comunismo peruano y el más importante teórico marxista de América Latina, no ha despertado ninguna sospecha en la miope y aletargada burguesía oligárquica peruana que, por el contrario, lo viene eligiendo año tras año como el periodista más influyente, en una encuesta anual que recoge las opiniones de un cogollo de empresarios y las presenta como si fueran el inapelable dictamen de las amplias mayorías nacionales. ALDO, EL COMUNISTA Desde temprana edad, la perspicacia de M. le permitió darse cuenta de que, si bien había heredado en gran medida la preclara inteligencia de su notable abuelo, no había sido dotado con ese carisma ni con la magnética personalidad del Amauta, cualidades que le granjearon a este último la simpatía de amplios sectores intelectuales, tanto así que fueron visitantes asiduos de la casa del jirón Washington. Aldo, por el contrario, no podía controlar su talante altanero y antipático, que, para muchos, hace casi insoportable su presencia. Pero lejos de arredrarse por esta limitación, el buen muchacho encontró la forma de convertirse en un elemento útil a la causa de la revolución. "Voy a contribuir, callada y desinteresadamente, a fortalecer el proyecto por el que luchó mi querido abuelo, aunque para ello deba soportar los reproches y la enemistad de las amplias masas populares", se dijo, y puso manos a la obra. Conocedor de las debilidades de la clase dominante peruana, Aldo construyó y desarrolló a la perfeccion un estilo deliberadamente tremendista, procaz, altanero y muy chato en el manejo de los argumentos (en las escasa ocasiones en las que los utiliza en lugar de los insultos), porque sabía que con ello haría las delicias de esa élite racista, anacrónica, conservadora y antipatriota que controla los resortes del poder. Con ello ha conseguido, como dijimos, arrastrar a sus secretos enemigos a una verdadera charca de prepotencia, abuso, difamación y mentira, gracias a lo cual la llamada "derecha bruta y achorada" se ha venido aislando cada vez más de las clases medias y populares. Como adalid de ese ofensivo y desenfadado estilo periodístico, Aldo ha logrado que los dueños de los medios de comunicación busquen dar cabida en sus espacios a otros personajes que emulan al maestro. Han proliferado, en la prensa, la radio y la televisión, charlatanes que hacen uso de recursos de manipulación, ocultamiento, silenciamiento y descalificación que no son admitidos en los estándares de la prensa internacional que se respeta. Como natural contraparte de lo anterior, la capa dominante de la burguesía se ha ido enajenando el favor de los intelectuales más destacados (si alguno le quedaba todavía) y ha quedado rodeada y aconsejada por una cohorte de áulicos complacientes que la mantienen en la oscuridad y la ignorancia. Con la publicación de este reciente volumen, M. ha alcanzado la cota más alta en su astuta y eficaz estrategia. En El octavo ensayo se ha dado el lujo de llevar al extremo sus métodos, como si quisiera hacerlos más ostensibles, para así demostrar que la ceguera de la clase dirigente, que sin duda continuará otorgandole su preferencia, no tiene ningún límite conocido. Si bien es cierto que en sus columnas cotidianas escribe con fingido descuido y con abundancia de construcciones gramaticales contrahechas y malsonantes, en este libro hace tal alarde de confusiones, incorrecciones y despropósitos (todo simulado, por cierto) que sorprende a tirios y troyanos. LLega, por ejemplo, a confundir al dictador Morales Bermúdez con el presidente Belaunde (pag. 139) y al ministro Manuel Ulloa con el presidente de la petrolera fiscal Carlos Loret de Mola (pag. 94); equivoca la suma de años entre 1968 y 1992 y dice que son "casi veinte" (pag. 13) y el apellido de José Luis Alvarado, a quien le pone Delgado (pag. 103), entre otras muchas perlas. Pero hay mucho más que eso. En su hábilmente sobreactuado delirio, llega a atribuir a la izquierda la culpa de los errores que cometieron los gobiernos del mencionado Belaunde, en su segundo periodo, y Alan García, en el primero, ya que pretende que entre los mencionados años 1968 y 1992... ¡la izquierda gobernó el país!, como resultado de lo cual la considera responsable de todos los males de la república. No sabemos si este verdadero alarde de M. obtendrá los resultados buscados. Cuesta trabajo creer que la clase empresarial dominante sea tan obtusa como para no darse cuenta de que le están tomando el pelo. Pero, por lo visto hasta ahora, todo es posible. Recientemente, un pequeño sector de la derecha parece haberse dado cuenta del engañoso juego de Aldo, y pretende distanciarse del mismo. Tal cosa ocurrió cuando nuestro héroe fue separado de la planta períodistica del diario decano, por obra de una nueva directiva medianamente inteligente. Lo mismo viene pasando con algunos periodistas liberales lúcidos, que se dan cuenta de que la derecha ha caído en una gigantesca trampa. Pero el empresariado continua embobado con Aldo M., y sus críticos son todavía una reducida minoría, lo que nos permite augurar muchos años de éxitos por delante para este singular y clandestino defensor del proletariado. Cabe aclarar que no estamos cometiendo ninguna delación al poner por escrito estas líneas que esclarecen el verdadero papel del digno descendiente del Amauta, porque la ceguera de la clase empresarial y la ultraderecha es tal, que resulta descabellado suponer que puedan dar crédito a alguien que, como quien esto escribe, diga que Aldo M. es un comunista encubierto.

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Historiadora peruana derrumba mitos chilenos
Historiadora peruana derrumba mitos chilenos
Apuntes Y MonografiasporAnónimo3/23/2017

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Historiador chileno quiere hacerla de imparcial pero...
Ciencia EducacionporAnónimo3/20/2017

VILLALOBOS, Sergio. Chile y Perú. La historia que nos une y nos separa 1535-1883. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 2004, 279 pp. Sergio Villalobos es un entendido de la historia chilena, particularmente del siglo XIX, como se puede apreciar en sus libros "BarrosArana: formación intelectual de una nación" y "La época de Balmaceda. En el libro que se reseña, el autor señala que busca realizar una historia libre de los mitos nacionalistas que han empañado las relaciones entre ambas naciones: «En lugar de mantener posiciones antagónicas, parece más deseable comprender los fenómenos» (p. 11). Para Villalobos, el medio para llegar a esta historia integradora sería revelar la «verdad desnuda» (p. 9). La verdad que busca el autor consiste en determinar cuán válidas son las diversas interpretaciones, y tiene el fin de adjudicarle la razón a uno u otro en cada instancia de enfrentamiento. Renuncia a lo que podría haber resultado una empresa un poco más manejable y útil: el estudio de cómo y por qué ciertos grupos en cada país estudiado guardan un antagonismo de corte nacionalista frente al otro, más allá de la justicia de cada interpretación. Es a partir de este punto que el libro de Villalobos se aparta irremediablemente de su objetivo inicial. En lugar de buscar superar generaciones de hostilidad entre ambas tradiciones historiográficas, su libro se convierte en una erudita defensa de las interpretaciones de los sectores tradicionales de la historiografía chilena. Casi siempre, el martillo de la justicia del autor falla a favor de su país de origen. La reconciliación para Villalobos se basaría, entonces, en que los peruanos reconozcan que han estado completamente equivocados y que se sometan —con pocas reservas— a la posición chilena tradicional. A pesar de que el libro expone algunos puntos válidos (como la reducción del gasto militar chileno en los años anteriores a la guerra), estos se pierden en el mar de reivindicaciones prochilenas del autor. Es cierto que la guerra del Pacífico requiere urgentemente de una mirada global que se aleje del viejo modelo nacionalista, pero este libro no la ofrece. A lo largo del texto, Sergio Villalobos no puede ocultar su entusiasmo por el Chile del siglo XIX. Lo que nos interesa a nosotros es comprender cómo este entusiasmo se desborda en el ámbito del estudio de las relaciones entre el Perú y Chile. Y la consecuencia del entusiasmo del autor es una visión sumamente tradicionalista de las relaciones entre ambos Estados: realmente hay algo llamado Chile que tiene unos intereses y costumbres delimitables, y lo mismo se puede decir del Perú, salvando la distancia que significa el caos político que lo caracteriza. De esta manera, José Victorino Lastarria «tiene el pecado […] de haber emitido opiniones y propuesto soluciones irreales o francamente contrarias a los intereses de Chile» (p. 38). A diferencia de él, Villalobos sí se tomaría muy en serio la misión de defender los intereses de Chile. El libro cubre desde las primeras incursiones hispánicas en territorio andino hasta el fin de la guerra del Pacífico. Hacia el final del texto se comprende la función de la muy somera mirada al periodo virreinal. Villalobos, de manera semitácita, propone una teleología de un «pueblo chileno» que empieza su vida subordinado al Perú y que al final del periodo estudiado cumple su destino: a partir de su esfuerzo y responsabilidad, habría logrado revertir la situación, ubicándose ahora en una merecida posición dominante. El tratamiento de la Independencia también está teñido por esta visión tradicionalista. La Independencia es vista como ontológicamente «buena» y debería redundar en una eterna gratitud peruana hacia Chile. El análisis de Villalobos no incluye criterios más «realistas» en ambos sentidos de la palabra. Las consideraciones sobre el fidelismo peruano no son estudiadas con profundidad. Opta por una visión errónea que sugiere que el «pueblo peruano» deseaba en conjunto la Independencia. Algo semejante ocurre en el tratamiento de los temas de la Confederación, la cual es ontológicamente «mala». El interés «peruano» estaba unido al «chileno» frente a Santa Cruz, por lo cual el Perú le debería gratitud a Chile por el apoyo recibido. A ello se le suma el apoyo chileno al Perú durante la guerra naval contra España entre 1865 y 1866, con lo que queda completa una idea que subsistirá a lo largo del texto: el Perú es un país de ingratos. El grueso del libro de Villalobos se enfoca en la guerra del Pacífico. Es aquí donde hace mayores esfuerzos por refutar las interpretaciones peruanas sistemáticamente. El autor, además de mostrar virtuosismo documental, deja entrever algunas conclusiones no explícitas que me interesa comentar. Una de estas concierne al sufrimiento de los civiles peruanos durante la guerra. Para Villalobos, estos tenían por un lado las —legales y justas— exigencias de las fuerzas de ocupación y, por el otro, las extorsiones de las caóticas fuerzas peruanas que, en realidad, eran poco más que bandoleros. Además, está la problemática de las represalias bélicas. Ambos bandos recurren al escarmiento de aquellos que cooperan con el enemigo. Villalobos defiende la posición chilena al respecto. En caso de combatir contra fuerzas irregulares: «La respuesta del ejército debe ser inmediata y drástica, sin perdonar la vida ni los bienes de los atacantes y de quienes hubiesen facilitado las acciones». (p. 158). La legalidad ampararía estos actos. En cambio, las represalias de bandas peruanas contra los «colaboracionistas» son representadas como muestra de la violencia constante entre peruanos. Para la visión tradicionalista del autor, en la cual las solidaridades sociales en una nación civilizada —como la chilena— deberían ser automáticas, estas luchas entre peruanos simbolizan su retraso. Queda sugerida la conclusión implícita: si los peruanos están acostumbrados a este tipo de saqueos durante sus guerras civiles, ¿por qué quejarse por unas cuantas exacciones legales hechas por fuerzas disciplinadas? La otra sugerencia —esta vez semiimplícita— que quisiera comentar concierne a la cultura. Para Villalobos, la apropiación de bienes culturales —incluido material arqueológico— por parte del vencedor está amparado por la ley. El material en la Biblioteca Nacional ya habría estado sumamente deteriorado por el descuido peruano, que el autor remonta al siglo XVIII. Además, los que propiciaron con sus compras un «mercado negro» de libros robados de la Biblioteca, habrían sido los mismos peruanos. Este descuido sistemático se vería agravado por el incendio de la Biblioteca en 1943. La conclusión semiimplícita: si los peruanos mismos no saben proteger sus bienes culturales, ¿con qué derecho nos critican habernos legalmente apropiado de materiales de su Biblioteca? Es a partir de estas propuestas, tanto explícitas como solamente sugeridas, que Villalobos va tratando de formar una opinión en el lector: el peor enemigo del Perú son los peruanos, y su mejor amigo es Chile, pero son tan mezquinos que no son capaces de reconocerlo. En su crítica a la historiografía peruana, Villalobos ataca principalmente a Paz Soldán —como el iniciador de muchos de los mitos que busca refutar— y a Jorge Basadre. En cuanto a trabajos más recientes, remite a La guerra del Pacífico, texto publicado por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, como muestra del estado actual de la historiografía peruana. Habría sido conveniente que tomara en cuenta trabajos más recientes y de mayor relevancia, como los de Nelson Manrique y Florencia Mallon. En lugar de ser un discurso reconciliador entre peruanos y chilenos, este libro se convierte en un proyectil más. Una reconciliación basada en la premisa de que una parte tiene que someterse a la visión de la otra, no puede tener éxito. Este libro, inicialmente propuesto como un acercamiento, termina siendo una teleología de la lucha nacional chilena, y como tal, fracasa en su intención primigenia. JORGE BAYONA MATSUDA Pontificia Universidad Católica del Perú

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