Bashar al Assad no está solo.
Cuenta con el apoyo del ejército, dispone de abundantes recursos militares y tecnológicos que le venden sus amigos rusos, mientras que la poderosa e influyente burguesía comercial de Damasco y Alepo le siguen brindando un apoyo casi incondicional, apoyo que va más allá de las identidades religiosas.
Assad no está solo, pero está claro que no dispone del poder de otros tiempos. En 1982, su padre por mucho menos que lo que está pasando ahora asesinó en la ciudad de Hama a más de treinta mil personas.
Fue una masacre en regla, un verdadero baño de sangre cuyas principales víctimas fueron los árabes sunnitas.
El mundo no condenó aquella carnicería.
Assad no está solo en Siria, pero tampoco está solo en Medio Oriente. Su principal aliado es la teocracia de Irán y su rol en la región es la de mediar con las dos agrupaciones terroristas alentadas y financiadas desde Teherán: Hezbolá y Hamas.
Siria es el único país árabe que tiene a Irán como aliado. Los demás regímenes árabes -mayoritariamente sunnitas- recelan de las intenciones y el posible poderío nuclear del régimen chiíta de los ayatolás. Lo recelan y le temen. Y no es para menos.
Asimismo, la caída de Assad significaría la ruptura del eje (palabra apropiada para el caso) Teherán-Damasco. Es la apuesta de la Liga Arabe, la principal interesada en romper esta alianza entre Assad y la teocracia iraní. Es también la apuesta de Turquía, que en los últimos tiempos se ha dedicado a alentar y proteger a la oposición siria.
Algo parecido piensa el Líbano.
Assad tampoco está solo en el mundo.
El veto de Rusia y China impidieron que se formalice una condena de las Naciones Unidas que hubiera sido el anticipo de otro tipo de ofensiva política y militar. La política exterior Rusa no difiere demasiado de la que practicaba en tiempos de Stalin. En todos los casos, lo que se impone son los intereses de una gran potencia que, más allá de sus veleidades modernas, siempre miró más hacia Asia que hacia Occidente. Hacia la barbarie asiática, se entiende.
No son sólo motivos ideológicos los que estimulan el apoyo de los déspotas del Kremlin a la dictadura siria. Hace décadas que los jerarcas rusos no se movilizan por cuestiones ideológicas. Ayer como hoy, las decisiones se toman en nombre de los intereses.
Veamos si no. La única base militar de los rusos en el Mediterráneo está en Siria. Y la tienen desde los tiempos del comunismo. Se trata del puerto de Tartús, lugar donde los sirios tienen prohibido el ingreso. Pero los intereses rusos no sólo provienen de las bases militares. El negocio de armas es formidable. Se estima que Siria le compra a Rusia el diez por ciento del total de sus exportaciones militares. Compraba antes y compra ahora. Los rusos hacen muy buenos negocios y no lo disimulan.
Interpelado el canciller de Putin sobre la moralidad de vender armas a un gobierno que está asesinando a su propio pueblo, el canciller respondió que todo lo que no está prohibido está de hecho permitido. Una respuesta digna del mejor realismo ruso. Una respuesta que el padrecito Stalin hubiera aplaudido hasta enrojecer sus manos.
Por último, acompañan a Assad los compañeros del ALBA, el engendro creado por los Castro y Chávez, que en su reciente declaración en Caracas sus participantes no vacilaron en darle apoyo al régimen que ya lleva más de nueve mil personas muertas. Según Chávez y sus seguidores, apoyar al actual gobierno sirio, representa un aporte significativo para la lucha antiimperialista en el mundo.
Asimismo, el apoyo del ALBA a Siria está en sintonía con la recepción que estos dirigentes le hicieron hace unas semanas al señor Ahmadinejad, recepción que incluyó el otorgamiento del doctorado Honoris Causa de la universidad de La Habana.
La Cuba de los Castro, como siempre, nunca da una puntada sin hilo.
Chávez puede estar contento. La lucha contra el imperialismo en el mundo se lleva a cabo de la mejor manera.
Assad está esperando disponer de más respaldos para preparar nuevos baños de sangre. El veto de Rusia y China aporta en esa dirección. La solidaridad de los compañeros del ALBA cumple la misma función. No se equivocan quienes dicen que estos respaldos sólo sirven para legitimar futuras masacres. A los chinos y los rusos, a esta altura del partido, estas cuestiones no les hacen perder el sueño. Tampoco se desvelarán los señores del ALBA. Por un motivo o por otro, todos están de acuerdo en que la crisis de Siria se resuelve matando a los disidentes y apoyando a Assad.
¿Y no es mejor Assad que lo que viene? Una pregunta interesante para hacerse en un seminario de teoría política, pero que carece de relevancia a la hora de entender lo que allí está sucediendo. Los Assad gobiernan Siria desde hace más de medio siglo. Primero el padre y ahora el hijo. Además de los hermanos, los cuñados y los tíos. El poder de los Assad es el de una dinastía. Por tradición y cultura ellos están convencidos de que Siria es un bien familiar y como tal hay que defenderlo con uñas y dientes.
Su punto vulnerable reside en que el poder religioso es minoritario. Los aluitas representan, cuanto más, el diez por ciento de la población. La mayoría es sunnita y son esos sectores -seguramente liderados por los Hermanos Musulmanes- los que se han alzado en armas contra un régimen al que le desconocen toda legitimidad política y religiosa.
Los observadores externos podemos entretenernos discurriendo acerca de si no es mejor que sigan gobernando los Assad a que lleguen al poder los Hermanos Musulmanes en cualquiera de sus variantes. En todos los casos nuestras disquisiciones no influirán en nada en la lógica de los acontecimientos. Y es esa lógica la que habla de una mayoría social que se ha rebelado contra un régimen de dominación dinástico, injusto, represivo e ilegítimo.
Más allá de estas tribulaciones teóricas, la ola histórica parece indicar que las dictaduras en Medio Oriente están llegando a su fin. La ola que hoy amenaza a Assad es la misma que arrojó del poder a Mubarak, Kadafi y Ben Alí, entre otros. Guste o no, el orden cerrado de las dictaduras en la región se ha resquebrajado. No está escrito que lo que venga sea mejor o sea peor. Por lo pronto será más legítimo. O debería serlo. Es muy probable que se abra hacia el futuro un período de desequilibrios que provocarán nuevos problemas a una región agobiada por las crisis y las guerras. Se podrá discutir acerca de los posibles desenlaces de la revolución árabe, lo que parece estar fuera de discusión es que la revolución ya ha empezado y aún no ha concluido
Cuenta con el apoyo del ejército, dispone de abundantes recursos militares y tecnológicos que le venden sus amigos rusos, mientras que la poderosa e influyente burguesía comercial de Damasco y Alepo le siguen brindando un apoyo casi incondicional, apoyo que va más allá de las identidades religiosas.
Assad no está solo, pero está claro que no dispone del poder de otros tiempos. En 1982, su padre por mucho menos que lo que está pasando ahora asesinó en la ciudad de Hama a más de treinta mil personas.
Fue una masacre en regla, un verdadero baño de sangre cuyas principales víctimas fueron los árabes sunnitas.
El mundo no condenó aquella carnicería.
Assad no está solo en Siria, pero tampoco está solo en Medio Oriente. Su principal aliado es la teocracia de Irán y su rol en la región es la de mediar con las dos agrupaciones terroristas alentadas y financiadas desde Teherán: Hezbolá y Hamas.
Siria es el único país árabe que tiene a Irán como aliado. Los demás regímenes árabes -mayoritariamente sunnitas- recelan de las intenciones y el posible poderío nuclear del régimen chiíta de los ayatolás. Lo recelan y le temen. Y no es para menos.
Asimismo, la caída de Assad significaría la ruptura del eje (palabra apropiada para el caso) Teherán-Damasco. Es la apuesta de la Liga Arabe, la principal interesada en romper esta alianza entre Assad y la teocracia iraní. Es también la apuesta de Turquía, que en los últimos tiempos se ha dedicado a alentar y proteger a la oposición siria.
Algo parecido piensa el Líbano.
Assad tampoco está solo en el mundo.
El veto de Rusia y China impidieron que se formalice una condena de las Naciones Unidas que hubiera sido el anticipo de otro tipo de ofensiva política y militar. La política exterior Rusa no difiere demasiado de la que practicaba en tiempos de Stalin. En todos los casos, lo que se impone son los intereses de una gran potencia que, más allá de sus veleidades modernas, siempre miró más hacia Asia que hacia Occidente. Hacia la barbarie asiática, se entiende.
No son sólo motivos ideológicos los que estimulan el apoyo de los déspotas del Kremlin a la dictadura siria. Hace décadas que los jerarcas rusos no se movilizan por cuestiones ideológicas. Ayer como hoy, las decisiones se toman en nombre de los intereses.
Veamos si no. La única base militar de los rusos en el Mediterráneo está en Siria. Y la tienen desde los tiempos del comunismo. Se trata del puerto de Tartús, lugar donde los sirios tienen prohibido el ingreso. Pero los intereses rusos no sólo provienen de las bases militares. El negocio de armas es formidable. Se estima que Siria le compra a Rusia el diez por ciento del total de sus exportaciones militares. Compraba antes y compra ahora. Los rusos hacen muy buenos negocios y no lo disimulan.
Interpelado el canciller de Putin sobre la moralidad de vender armas a un gobierno que está asesinando a su propio pueblo, el canciller respondió que todo lo que no está prohibido está de hecho permitido. Una respuesta digna del mejor realismo ruso. Una respuesta que el padrecito Stalin hubiera aplaudido hasta enrojecer sus manos.
Por último, acompañan a Assad los compañeros del ALBA, el engendro creado por los Castro y Chávez, que en su reciente declaración en Caracas sus participantes no vacilaron en darle apoyo al régimen que ya lleva más de nueve mil personas muertas. Según Chávez y sus seguidores, apoyar al actual gobierno sirio, representa un aporte significativo para la lucha antiimperialista en el mundo.
Asimismo, el apoyo del ALBA a Siria está en sintonía con la recepción que estos dirigentes le hicieron hace unas semanas al señor Ahmadinejad, recepción que incluyó el otorgamiento del doctorado Honoris Causa de la universidad de La Habana.
La Cuba de los Castro, como siempre, nunca da una puntada sin hilo.
Chávez puede estar contento. La lucha contra el imperialismo en el mundo se lleva a cabo de la mejor manera.
Assad está esperando disponer de más respaldos para preparar nuevos baños de sangre. El veto de Rusia y China aporta en esa dirección. La solidaridad de los compañeros del ALBA cumple la misma función. No se equivocan quienes dicen que estos respaldos sólo sirven para legitimar futuras masacres. A los chinos y los rusos, a esta altura del partido, estas cuestiones no les hacen perder el sueño. Tampoco se desvelarán los señores del ALBA. Por un motivo o por otro, todos están de acuerdo en que la crisis de Siria se resuelve matando a los disidentes y apoyando a Assad.
¿Y no es mejor Assad que lo que viene? Una pregunta interesante para hacerse en un seminario de teoría política, pero que carece de relevancia a la hora de entender lo que allí está sucediendo. Los Assad gobiernan Siria desde hace más de medio siglo. Primero el padre y ahora el hijo. Además de los hermanos, los cuñados y los tíos. El poder de los Assad es el de una dinastía. Por tradición y cultura ellos están convencidos de que Siria es un bien familiar y como tal hay que defenderlo con uñas y dientes.
Su punto vulnerable reside en que el poder religioso es minoritario. Los aluitas representan, cuanto más, el diez por ciento de la población. La mayoría es sunnita y son esos sectores -seguramente liderados por los Hermanos Musulmanes- los que se han alzado en armas contra un régimen al que le desconocen toda legitimidad política y religiosa.
Los observadores externos podemos entretenernos discurriendo acerca de si no es mejor que sigan gobernando los Assad a que lleguen al poder los Hermanos Musulmanes en cualquiera de sus variantes. En todos los casos nuestras disquisiciones no influirán en nada en la lógica de los acontecimientos. Y es esa lógica la que habla de una mayoría social que se ha rebelado contra un régimen de dominación dinástico, injusto, represivo e ilegítimo.
Más allá de estas tribulaciones teóricas, la ola histórica parece indicar que las dictaduras en Medio Oriente están llegando a su fin. La ola que hoy amenaza a Assad es la misma que arrojó del poder a Mubarak, Kadafi y Ben Alí, entre otros. Guste o no, el orden cerrado de las dictaduras en la región se ha resquebrajado. No está escrito que lo que venga sea mejor o sea peor. Por lo pronto será más legítimo. O debería serlo. Es muy probable que se abra hacia el futuro un período de desequilibrios que provocarán nuevos problemas a una región agobiada por las crisis y las guerras. Se podrá discutir acerca de los posibles desenlaces de la revolución árabe, lo que parece estar fuera de discusión es que la revolución ya ha empezado y aún no ha concluido