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Borges, el censurador (propio)

Arte5/12/2011

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Borges, el censurador



Voy a considerar primeramente las contradicciones de conductas y tiempos, y a su vez, de mezcla de pasiones que corresponden a dos épocas adversarias de la vida de Jorge Luís Borges, para pasar luego a un repaso de antología de dos libros antagónicos, y al fin, el análisis oportuno de sendos héroes de la patria, para concluir en una vindicación del asesinado y de una detracción del homicida del yo pasional.

El tema se conjuga en una metamorfosis temporal de dos seres que son el mismo y que el destino o la maquina del tiempo subliminal o la magia no enunciada por el autor hace compartir momentos en el cuento El Otro, que se publicó en 1970 y en el cual Borges trata, de pronto, como si pasara por la vida y sin meras preocupaciones, con su mismo yo, en un panorama en el cual los dos, que son el mismo, deciden, tácitamente, en un principio, no reconocerse. Pero fingen. Y se descubren con un desgano de personas que siempre supieron lo que luego dijeron con palabras. La conversación fluye en un lugar que es California pero que podría ser cualquiera del mundo terrenal o metafísico, y que podría, incluso, haber sido; como hecho tangible y no meramente literario o fantástico. Las pasiones se, como he dicho, mezclan, para ser más que una, y se comparten o terminan por ser una conclusión. El Borges viejo se ve con su Borges joven. Entre conversaciones sin sentido o rutinarias en las que poco faltó para que se hable del clima, el viejo Borges relata, con pesadez política, que la mitad del siglo veinte engendró otro Rosas, en alusión viva a Perón y en marcado gesto negativo, que condena a ambos, a la tiranía y al desprecio. El viejo, sabemos, es conservador, unitario, y no permitirá que los asuntos de estadísticas popular se mezclen con su vida, tanto es así que finge el hecho de convergir con su propio yo pasado en un páramo que es California pero que podría ser el puerto de Buenos Aires por el cual huye Rosas. El joven descree de ese viejo que le habla de pesares y de distropías y de cosas que no fueron; el joven siempre será pasional y el viejo no podrá jamás entender que ese muchacho que fue él sea promotor de las ideas que más aborrece. El Borges de 1970 ha prohibido su pasado, léase, ha censurado a su yo pasional y, de esta forma, ha hecho una selección intelectual de su perfil, de su ser. Pero lo que el Borges viejo no sabe y talvez en vidas reencarnadas nunca supo o sabrá es que los ídolos esculpidos en la psiquis de la gente y de los críticos de átomos o de hechos mínimos, es que le toca en suerte una muerte que lo deja con una joven heredera que traiciona su historia personal de decisiones y de libre albedrío. Y evidencia su pasado.

Yo di, en una tarde del nuevo siglo, con un trozo del Borges que fue, yo soy poseedor del muerto joven que se encasilló en un libro para que su propio hacedor futuro decidiera luego asesinarlo o censurarlo o tacharlo. En 1927 Borges publica El tamaño de mi esperanza y años más tarde, cuando decide qué tipo de escritor prefiere ser, acomete la empresa, de la cual se han hecho intentos similares, de borrar parte de la historia (pasó con Rosas, pasó con Perón), pero lo que nunca sabe es que esas manías nunca triunfan y que la historia es eterna porque sobrevive en los regímenes de causalidades que dejan evidencias por doquier. Véase que el acto mas ínfimo deja una serie de rastro, en los cuales, tarde o temprano, dan a la luz. Alguien sabe todo en algún lugar. La historia no puede ser borrada, sea Borges con su autocensura de un yo pasional, sea de un Rosas defensor de la patria o sea de un Perón hacedor de justicia social. El mundo faltamente es real, y los hechos siempre vuelven. De nada sirvieron los empecinados artilugios de una sociedad secreta de adoradores de Borges que retiraron las reediciones póstumas del libro maldito, de nada sirvió el intento de la aniquilación psicológica del yo pasado, pasional y más real. Borges tuvo vida y ahora lo sabemos. En ese ejemplar que logré descubrir del libro auto censurado El tamaño de mi esperanza, se ven causalidades del Borges joven que asoma en el cuento El otro, ese del cual Borges se burla por considerar que la hermandad mundial no existe, ese que cree en un mundo que puede ser mejor, y entonces, sé ahora, que existió otro Borges asesinado por el Borges viejo del cuento de 1970. La autoconspiración es acertada. No hubo piedad. ¿De dónde surge la disposición del Borges conservador de matar a ese que en el prólogo del libro censurado dispone que América latina puede unirse?¿Dónde enterró Borges al Borges que quiere hablarle a los criollos… a los hombres que en esta tierra se sientan a vivir y morir, no a los que creen que el sol y la luna están en Europa?

Juan Brecha

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