Carta para Estela
Me contaron que estuve muerto, Estela.
No sé cuánto tiempo,
creo que un año o dos.
Veía la Rosa de los Vientos
clavada en mi frente,
girando en dirección a ninguna parte.
Me parece que había engendrado el Caos,
pero no estoy del todo seguro.
Había un abismo entre yo y yo,
y un puente de madera,
así, sin ojos, pero así:
un resquicio de mundo,
una demora innecesaria.
Las luces estaban apagadas
y los planetas explotaban como mandarinas.
Y era de día en todo el Universo.
Y salía sangre,
mucha sangre, Estelita.
Como cuando alguien va a nacer,
como cuando alguien va a morir.
El yacaré que devoraba el alma
de mil egipcios, por lo menos,
debe haber llevado un vestido gris
y una lámpara de lava en el muslo
y varios relojes con la inscripción: "DEUS SIVE NATURA".
Yo no soy San Jorge.
Pero, Estela,
los malditos pájaros tienen razón:
siempre estuvo todo el Universo,
agreguemos un par de automóviles más,
si te gusta,
pero nada más que eso,
a pesar de nosotros.
Siempre anduvimos errantes,
en el desierto que siempre crecía,
perdidos en la distancia
que separa tus pechos pequeños.
Me contaron que estuve muerto, Estela.
No sé cuánto tiempo,
creo que un año o dos.
Veía la Rosa de los Vientos
clavada en mi frente,
girando en dirección a ninguna parte.
Me parece que había engendrado el Caos,
pero no estoy del todo seguro.
Había un abismo entre yo y yo,
y un puente de madera,
así, sin ojos, pero así:
un resquicio de mundo,
una demora innecesaria.
Las luces estaban apagadas
y los planetas explotaban como mandarinas.
Y era de día en todo el Universo.
Y salía sangre,
mucha sangre, Estelita.
Como cuando alguien va a nacer,
como cuando alguien va a morir.
El yacaré que devoraba el alma
de mil egipcios, por lo menos,
debe haber llevado un vestido gris
y una lámpara de lava en el muslo
y varios relojes con la inscripción: "DEUS SIVE NATURA".
Yo no soy San Jorge.
Pero, Estela,
los malditos pájaros tienen razón:
siempre estuvo todo el Universo,
agreguemos un par de automóviles más,
si te gusta,
pero nada más que eso,
a pesar de nosotros.
Siempre anduvimos errantes,
en el desierto que siempre crecía,
perdidos en la distancia
que separa tus pechos pequeños.