Ningún órgano evoluciona tan rápido y de formas tan cambiantes como los que sirven para procrear. Tiene sentido: la evolución funciona a través de la reproducción, así que cualquier mejora tiene efectos inmediatos. De ahí que el reino animal esté adornado con una gran variedad de penes y vaginas.
El biólogo holandés Menno Schilthuizen lo explica con mucho sentido del humor en su libro Nature’s Nether Regions, así como en su última clase de TED-Ed. Existe un mundo desconocido donde el aparato reproductor sirve para mucho más que entregar o recibir el esperma o fecundar un huevo.
Una intrincada vagina en espiral
El interior del pato hembra esconde una retorcida vagina en forma de rosca que funciona como barrera. Si la pata desaprueba un apareamiento, solo tiene que contraer sus músculos vaginales (una espiral en el sentido de las agujas del reloj) para evitar que el macho consiga inflar su pene (una espiral en el sentido contrario a las agujas del reloj). Solo el 3% de las crías de pato nacen de apareamientos forzados, así que el mecanismo funciona.
Un pene que parece un reloj
Schilthuizen describe el pene de pulga de las aves (Ceratophyllus gallinae) como “una profusión de placas, peines, resortes y palancas” que más que un pene parece “un reloj de abuelo que acaba de estallar”.
Un aparato digno del Dr. Seuss
¿Y qué me dices de la vagina de los ptílidos, unos escarabajos cuyo aparato reproductor podría formar parte del imaginario del Dr. Seuss?
El semen como arma química