George Harrison por Tom Petty
Tom Petty destaca del músico de los Beatles su habilidad para ir al grano y encontrar las nota exactas. "Sonaba como una voz", añade.
Una vez íbamos George Harrison y yo en un coche y pusieron en la radio "You can’t do that" de los Beatles, con ese gran riff del principio tocado con la guitarra de doce cuerdas. Y dice: “Se me ocurrió por casualidad”. Y yo le dije: “¿En serio? ¿Cómo?”. Y me empezó a contar: “Estaba ahí de pie y pensando: ‘¡Tengo que hacer algo aquí!”.
Eso precisamente define a George: su capacidad para ir al grano, para encontrar las notas exactas. Esa era una parte fundamental en la magia de los Beatles: todos parecían encontrar las notas que había que tocar.
George se sabía de memoria todos los solos oscuros de los temas de Elvis. Al principio sus influencias eran el rockabilly (Carl Perkins, Eddie Cochran, Chet Atkins, Scotty Moore), pero siempre aportaba algo de sí mismo. Incluso cuando escuchaba sus primeras composiciones, el solo de "I saw her standing there" solía dejarme noqueado. Es imposible imaginarse otra cosa. Poseía esa habilidad. ¿Y cuántas guitarras de 12 cuerdas se vendieron a partir de entonces? Ese sonido era completamente nuevo: Roger McGuinn se basó en la idea de George Harrison y consiguió llevarla un paso más allá con los Byrds.
Al final de su etapa con los Beatles, cuando empezó a tocar la guitarra slide, era maravilloso escucharle. Una vez me dijo: “Creo que los guitarristas modernos se olvidan del tono”. Eso era algo muy importante para él. Siempre estaba afinado: con el slide era muy preciso, y además le añadía vibrato al tocarlo. Sonaba como una voz, una voz muy personal que surgía de sus dedos. Sólo hay que escuchar esos discos. Inmaculados, innovadores. Era un tipo que siempre sumaba.
Escuchemos la guitarra de George Harrison en I saw her standing there, de los Beatles:
Diez motivos para que sea tu 'beatle' favorito
1. Resuelve el dilema de si queremos más a papá o a mamá. Las discusiones melómanas sobre quién firmó las mejores canciones de los Beatles, Lennon o McCartney, pueden durar millones de años. George Harrison encarna una tercera vía. No le dejaron meter demasiada baza, pero su producción para los Beatles incluye títulos tan mayúsculos (Something, Taxman, Here comes the sun) que producen escalofríos. Asombra pensar que sus colegas no dieran el visto bueno a piezas como Isn’t it a pity o All things must pass, luego publicadas por Harrison en solitario. “Los discos duraban 40 minutos, en cada álbum también había que incluir una canción de Ringo y, bueno, John y yo estábamos escribiendo cosas que no estaban del todo mal…”, terminaría excusándose Paul McCartney.
2. Es el autor del mejor disco de un beatle en solitario. Difícil cuestionarle tal honor al triple y antológico All things must pass, publicado a finales de 1970 bajo las órdenes del productor Phil Spector. Su nómina de intérpretes produce vértigo, desde Eric Clapton a Billy Preston, Ringo Starr, Gary Wright o el líder de Procol Harum, Gary Brooker. Pero nada puede compararse con su repertorio: Beware of darkness, Isn’t it a pity, Wah-wah, un tema a medias con Dylan (I’d have you anytime) o, claro, My sweet lord. Solo Plastic Ono band, de Lennon, Band of the run (Wings) o ese arrebato de genio del McCartney maduro que fue Chaos and creation in the backyard pueden hacerle sombra. Pero All things must pass los supera a todos.
3. Su guitarra se distingue desde la primera nota. En su reciente libro de memorias (El sonido de los Beatles), el ingeniero Geoff Emerick describe a Harrison como un personaje huraño, huidizo e inseguro que debía invertir muchas horas en los estudios de Abbey Road para grabar incluso los pasajes más sencillos. Puede que así fuera durante los primeros años de la banda, cuando George era un pipiolo, pero terminó patentando un sonido único e inconfundible, sobre todo con la guitarra slide. “Sonaba como nunca sonó ningún otro”, resume McCartney.
4. Fue el beatle de mente musical más abierta. Cuando conoció en 1965 a Ravi Shankar, el gran gurú del sitar, no dudó en marcharse seis semanas a la India para estudiar junto al maestro. La aparición de este instrumento de característico sonido trémolo en Norwegian wood (del disco Rubber soul, en 1965) fue revolucionaria y pionera: las contribuciones a la causa sitarista de los Rolling Stones (Paint it, black) o Traffic (Paper sun) llegarían más tarde. También popularizó el ukelele, esa pequeña guitarrita hawaiana hoy muy extendida pero hasta entonces casi ignota. Podemos considerarle el más versátil, en términos musicales: ni Lennon (que solo se interesó por el rock) ni McCartney (cuyas incursiones en la música sinfónica o electrónica no llegarían hasta la edad adulta) habrían podido escribir nunca Within you without you.
Escucha Norwegian wood:
5. Fue el primero en experimentar con la psicodelia. O, dicho de otro modo, en introducir a sus camaradas en el universo del LSD. En realidad, la culpa la tuvo el dentista de George, que dejó caer unas gotitas del compuesto lisérgico en los cafés de George, John y sus parejas de entonces (Pattie Boyd y Cynthia Powell) durante una fiesta en el apartamento de Harrison, en el barrio londinense de Bayswater, en abril de 1965. La siguiente experiencia alucinógena tendría que esperar hasta agosto de aquel año, en Los Ángeles, con Roger McGuinn y David Crosby (The Byrds) como compañeros de viaje, además del actor Peter Fonda. Hay que tener sumo cuidado con estas cosas, evidentemente, pero temas como Lucy in the sky with diamonds y, sobre todo, Tomorrow never knows nunca se habrían concebido sin el ácido de por medio.
6. Ningún beatle trabajó tanto la espiritualidad. La primera piedra a este respecto también la puso Ravi Shankar cuando le regaló un ejemplar de Autobiografía de un yogui, de Paramahansa Yogananda. Luego no está claro que el prolongado encuentro de los Beatles con el Maharishi en Rishikesh (febrero de 1968) supusiera una idea muy provechosa, sobre todo porque sus compañeros acabaron hasta el gorro (originalmente, las primeras líneas de Lennon para lo que luego se convertiría en Sexy sadie decían: “Maharishi, ¿qué has hecho? / Nos has vuelto locos a todos”). Pero ninguno de los cuatro supo cuidar como él la dimensión de lo trascendente. “Recuerda, nosotros no somos estos cuerpos, sino solo almas que pasan por una experiencia corpórea”, le escribió a un amigo guitarrista, Ben Fisher, cuando a este le diagnosticaron un tumor cerebral.
7. Ningún beatle fue tan cinéfilo. Su vinculación con la pantalla grande ya comenzó en 1968 con la música (enteramente instrumental) para Wonderwall, un filme de Joe Massot que establecía puentes entre Londres y Bombay mucho antes de que se hablara de Bollywood. En 1978 financió La vida de Brian, de sus amigos Monty Python, y a partir de ahí fundó junto a Denis O’Brien la productora Hand Made Films, con la que, según los entendidos, “redefinió la comedia británica de los ochenta”.
8. Fue un precursor de los conciertos solidarios. El 1 de agosto de 1971, 14 años antes de Bob Geldof y su Live Aid, Harrison se lió la manta a la cabeza para organizar en el Madison Square Garden de Nueva York un concierto a favor de los refugiados de Bangladesh. Reunió a Bob Dylan, Eric Clapton, Leon Russell, Billy Preston, Jim Keltner y Ringo Starr, entre otros, y consiguió recaudar 240.000 dólares de la época. Una pasta. Y un buen disco en directo para la historia.
9.Propició el mejor ‘supergrupo’ de todos los tiempos. Los Traveling Wilburys, claro, fundados en 1988. Harrison, en amor y buena compañía junto a Bob Dylan, Roy Orbison, Tom Petty y Jeff Lynne: la única alineación imaginable que podría hacer sombra a las del Barça de Guadiola. El quinteto surgió casi por accidente, grabando una teórica cara B, Handle with care, que figura entre las cuatro o cinco mejores canciones de aquella década. Orbison falleció apenas dos meses después de que se publicara el primer disco del quinteto, y la prolongación de la aventura (Vol.3, 1990) ya no tenía ni la mitad de encanto. Pero dicen sus allegados que George siempre se sintió más a gusto como parte de un equipo que como artista en solitario.
10. Escribió el mejor homenaje a Lennon. All those years ago, una preciosidad incluida en el disco Somewhere in England (1981), con Ringo en la batería y las segundas voces de Paul y Linda, además del piano de Al Kooper. El tributo de McCartnet un año más tarde (Here today) también tenía mucha enjundia, pero, admitámoslo, ni la mitad de encanto.