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La suerte de max.


Es simple, es una historia que se me ocurrió semanalmente, en pocas palabras cada semana un nuevo capitulo.

Hace tiempo que vengo soñando historias demasiadas locas o estupidas. Lo que quiero hacer es basarme en todos los sueños para hacer un mini libro en el cual el personaje es una recopilación de todos los personajes que he soñado. De acá sale Max, el mini o gran libro (eso lo dejo a criterio de los lectores que lo van a leer), llamado, La surte de Max. Espero que lo disfruten.

Peralta Federico.

CAPITULO I.

Detrás del vidrio empañado del auto, se encuentra una mirada peculiar que ha llamado mi atención, cada vez más difícil de distinguirla, me mira, yo la miro: es un juego constante en el cual no hay ganador ni perdedor, solo nos miramos el uno al otro. Sigo sacudiendo el polvo del estacionamiento, pero no puedo concentrarme, ya que esos ojos siguen torpemente el movimiento de la escoba. Me tiembla el pulso, el frío cada vez es más penetrante; trato de no ver, pero cada intento me resulta imposible.

Mi cabeza no deja de pensar en ese par de perlas azules... y ahí, es cuando volteo con mi mejor cara de idiota. Tres segundos rápidos no sirvieron, aun cuando me esforcé en mostrar mi esmerada sonrisa. El tan preciado silencio se rompió, lo único que pude ver fue como el duro metal se metía entre ceja y ceja para aterrizar en mi nariz.

_ Que golpe que te diste pendejo, haber si te dejas de joder y te pones a laburar-Me dijo mi jefe, mientras me levantaba del suelo-.

_ ¿Qué pasó?- Pregunte, mientras mi cabeza se partía de dolor-.

_ Por lo que me contó, la chica del auto bordo -exclamo el jefe- fue que te pegaste con el farol de luz.

_ ¡La chica de los ojos azules!, mierda debí haber quedado como un idiota.

_ Eso no importa ahora,-Dijo, el patrón con una voz rara, que escondía la gracia de mi desgracia y que a la vez mantenía la seriedad-, ve a casa y ponte algo en la cabeza.

Camino a casa, pase por la rosticería a comprar, la misma comida chatarra que como todos los días, después de tragar ese sucio bocado, me sentare frente al televisor, prenderé un cigarrillo, lo fumare y esperare a que mis ojos se cierren lentamente, para dormirme y así levantarme tarde para ir trabajar, y en el camino al trabajo, inventar una nueva escusa, para enfrentar a mi jefe: decirle porque llegue tarde- Esta vez le voy a decir que tuve una fuerte cagadera y que no había papel , por lo cual me tuve que bañar de nuevo- ¡Mierda!, esa la dije la semana pasada , mas vale buscar una nueva escusa sino treinta minutos de mi sueldo son jodidos.

Llegue al supermercado, estaba nervioso, no tenia una escusa para poder zafar esta vez. Entre salude a mis compañeros de trabajo, en ese instante se me ocurrió algo genial pero que ponía mi reputación mas baja de lo que estaba. Agarre el café irlandés de Jorge, que por cierto es un cuarto de café y tres cuartos del whisky más berreta y maloliente del mercado, lo tome como si fuera el último café de mi vida, después de tomarlo me senté en mí puesto de trabajo a esperar el grito desgarrador de Pedro-Mi jefe-.

_Max!-Cada grito de el es una bomba de estruendo que rompe el silencio del supermercado, puede callar al niño mas irritante de este mismo-.

Antes de entrar me desacomode la corbata y despeine mi cabello, para dar la apariencia que quería

_! Que te paso ahora ¡Cagadera, no… perdiste el Cole, no…. Se murió tu perro -Me regañaba, mientras fumaba un cigarrillo y escupía para todos lados, lo tenia que detener antes de que me mojara todo con su saliva-.

_ Lo que pasa…-Bingo puso la cara que quería. Una cara de haber olido algo desagradable, había detectado el olor nauseabundo del alcohol- Soy alcohólico.

Hubo un silencio de un minuto, y finalmente decidió romperlo con un- Perdón, no estaba enterado de tu problema-. Acto seguido me dio el discurso de lo si se debía hacer y de lo que no se debía hacer, me recomendó un par de números y me dejo libre.

Sentado en la caja, viendo el tiempo pasar y atendiendo a gente con serios problemas de cambio, a viejos aburridos que contaban la historia de sus monedas, niños que con sus manos llenas de chocolate manchaban y se babeaban sobre la cinta, por la que se pasa los productos, escuche un dulce vos que dijo-Hola que tal, esta es la caja rápida-. Levante el cuello, y pude ver una sonrisa segadora y unos ojos penetrantes y en ese momento dije para mis adentros- La chica de los ojos azules-.
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