Esquivando Esfuerzos
Lo había dicho el profesor de educación física, tal vez en primer año de liceo y lo dejó marcado para toda la vida: “Si no hacen ejercicio les puede dar un infarto hasta cuando están cagando”.
No usó ningún eufemismo para cagando así que yo tampoco lo voy a hacer, ni que fuera yo una mina a la cual se le reduce la sensibilidad al pudor con sólo intercambiar las palabras ropa interior por bikini; o ni que fuera yo un hipócrita que llama empresarios a los hombres que distribuyen alcohol y traficantes a los que distribuyen marihuana.
Desde ese día Zumarán evita hacer fuerza a la hora de cagar.
Fragmento del Relato "Viejo Pelotudo" de Zumarán Oliva
En el almacén estaban Pedro, Don Carlos y el Guigue. Don Carlos paga con un billete de mil pesos y el Guigue busca el cambio en su billetera, una bolsita de arroz Patna doblada dos veces en dónde los billetes de mil, quinientos, doscientos y cien se encuentran delicadamente doblados con las caras de las figuras nacionales hacia adentro. Un pequeño ratoncito se atraviesa en el camino de Don Carlos, lo patea con fuerza; pero el ratón continúa, trastabillando, hasta las bolsas de fideos que se guardan debajo del mostrador.
1965
Es ese instante de amnesia que dura lo que dura el fulgor del obturador. Es ese instante de horizontes tangibles que dura lo que dura el ímpetu del diafragma. Son los ojos que apilan en el brillo de las pupilas la esperanza, la consumación, la felicidad.
Pero pasa la vida y nos va haciendo mierda. Y es cada fracaso, cada abandono, cada desamor, cada fatalidad, cada horizonte hundido como los que acumulaba Cioran los que nos muestran, a fuerza de deshacernos el alma, que fueron para algunos los instantes previos a ser fotografiados los únicos momentos de verdadera dicha en sus vidas.
De cómo las putas convirtieron a Zumarán en un burgués
Es que necesitaba dinero para pagarlas.
Cuestión de Fe
Zumarán es un lego y lo es en cada materia o manifestación humana que requiera de compromiso y determinación. Además de lego es un hombre desconfiado, lo que hace que Zumarán ante la eventual decisión de tomar partido lo deje todo a la mera suerte o acuse argumentos irracionales. Pues Zumarán está convencido de que para un lego, es decir para él, saber de que lado debería encontrarse en las dualidades que les presenta la vida, es muchas veces una simple cuestión de fe.
Ahora lo podemos ver en las manifestaciones anti-antiglobalización; pero aún no recuerda como llegó tomar partido por esa postura, si fue echándolo a la suerte en una moneda o lo convenció alguna mujer hermosa.
Historias de América Latina
Derrotadas las fuerzas españolas y subyugado el federalismo Zumarán se lanza a la conquista de todo el continente, estableciendo en pocos años el primer gran imperio de América Latina. Fue en ese tiempo que se enamoró locamente de Claudia, amor que no movió ni un ápice su sentido común durante las guerras de conquista ni durante el posterior gobierno. Podría decirse que fue el primer gran emperador en enamorarse profundamente de una mujer, a la vez de mantener la paz, el orden y la prosperidad económica, científica y cultural de su imperio. A su muerte lo sucedió su primogénito Sebastián, un libertino, un crápula que no se enamoró jamás; pero que supo mantener la paz, el orden y la prosperidad económica, científica y cultural de su imperio.
Los Azulejos Rotos
La gabardina rozaba la arena mientras Zumarán recogía unas plumas de la orilla. Claudia lo observaba en silencio recostada sobre un pequeño barranco. La niebla comenzaba a disiparse. Vivir frente al río fue un sueño que compartieron, pero al igual que su amor, fue una idea que surgió durante la noche, así como la decisión de comprar esa y no aquella otra casita, la de la terraza con barrotes pintados en verde inglés.
Las primeras gotas de lluvia truncaron la conversación. Zumarán cubrió a Claudia con la gabardina y corrieron descalzos por la arena, el césped y el asfalto hasta la casita, la de los ventanales con persianas de madera y desidioso jardín. Abrieron las ventanas del comedor, se sentaron a observar la tormenta en dirección al río y continuaron la conversación.
- Me hubiese gustado que las cosas se dieran de un modo diferente – dijo Claudia mientras se servía otro vaso de Martini.
- Lo sé – dijo Zumarán haciendo sonar los cubitos de hielo en el vaso.
- ¿Vos me querés?
- Sí, yo que sé. No se trata de eso.
La lluvia continuaba y el día también y llegó la noche y ya no había vuelta atrás.
En la habitación cabían al menos cuatro camas como aquella. Acurrucado a veces sobre su flanco izquierdo, a veces sobre su flanco derecho. Chillaban los viejos resortes cada vez al darse vuelta. La ventana abierta daba hacia a un pequeño bosque que rodeaba las antiguas piscinas termales. La lluvia era un murmullo que se colaba por la ventana hasta la mesita de luz. Zumarán no lograba dormirse. Claudia lloraba sentada en el baño recostada sobre los azulejos rotos.
Lo había dicho el profesor de educación física, tal vez en primer año de liceo y lo dejó marcado para toda la vida: “Si no hacen ejercicio les puede dar un infarto hasta cuando están cagando”.
No usó ningún eufemismo para cagando así que yo tampoco lo voy a hacer, ni que fuera yo una mina a la cual se le reduce la sensibilidad al pudor con sólo intercambiar las palabras ropa interior por bikini; o ni que fuera yo un hipócrita que llama empresarios a los hombres que distribuyen alcohol y traficantes a los que distribuyen marihuana.
Desde ese día Zumarán evita hacer fuerza a la hora de cagar.
Fragmento del Relato "Viejo Pelotudo" de Zumarán Oliva
En el almacén estaban Pedro, Don Carlos y el Guigue. Don Carlos paga con un billete de mil pesos y el Guigue busca el cambio en su billetera, una bolsita de arroz Patna doblada dos veces en dónde los billetes de mil, quinientos, doscientos y cien se encuentran delicadamente doblados con las caras de las figuras nacionales hacia adentro. Un pequeño ratoncito se atraviesa en el camino de Don Carlos, lo patea con fuerza; pero el ratón continúa, trastabillando, hasta las bolsas de fideos que se guardan debajo del mostrador.
1965
Es ese instante de amnesia que dura lo que dura el fulgor del obturador. Es ese instante de horizontes tangibles que dura lo que dura el ímpetu del diafragma. Son los ojos que apilan en el brillo de las pupilas la esperanza, la consumación, la felicidad.
Pero pasa la vida y nos va haciendo mierda. Y es cada fracaso, cada abandono, cada desamor, cada fatalidad, cada horizonte hundido como los que acumulaba Cioran los que nos muestran, a fuerza de deshacernos el alma, que fueron para algunos los instantes previos a ser fotografiados los únicos momentos de verdadera dicha en sus vidas.
De cómo las putas convirtieron a Zumarán en un burgués
Es que necesitaba dinero para pagarlas.
Cuestión de Fe
Zumarán es un lego y lo es en cada materia o manifestación humana que requiera de compromiso y determinación. Además de lego es un hombre desconfiado, lo que hace que Zumarán ante la eventual decisión de tomar partido lo deje todo a la mera suerte o acuse argumentos irracionales. Pues Zumarán está convencido de que para un lego, es decir para él, saber de que lado debería encontrarse en las dualidades que les presenta la vida, es muchas veces una simple cuestión de fe.
Ahora lo podemos ver en las manifestaciones anti-antiglobalización; pero aún no recuerda como llegó tomar partido por esa postura, si fue echándolo a la suerte en una moneda o lo convenció alguna mujer hermosa.
Historias de América Latina
Derrotadas las fuerzas españolas y subyugado el federalismo Zumarán se lanza a la conquista de todo el continente, estableciendo en pocos años el primer gran imperio de América Latina. Fue en ese tiempo que se enamoró locamente de Claudia, amor que no movió ni un ápice su sentido común durante las guerras de conquista ni durante el posterior gobierno. Podría decirse que fue el primer gran emperador en enamorarse profundamente de una mujer, a la vez de mantener la paz, el orden y la prosperidad económica, científica y cultural de su imperio. A su muerte lo sucedió su primogénito Sebastián, un libertino, un crápula que no se enamoró jamás; pero que supo mantener la paz, el orden y la prosperidad económica, científica y cultural de su imperio.
Los Azulejos Rotos
La gabardina rozaba la arena mientras Zumarán recogía unas plumas de la orilla. Claudia lo observaba en silencio recostada sobre un pequeño barranco. La niebla comenzaba a disiparse. Vivir frente al río fue un sueño que compartieron, pero al igual que su amor, fue una idea que surgió durante la noche, así como la decisión de comprar esa y no aquella otra casita, la de la terraza con barrotes pintados en verde inglés.
Las primeras gotas de lluvia truncaron la conversación. Zumarán cubrió a Claudia con la gabardina y corrieron descalzos por la arena, el césped y el asfalto hasta la casita, la de los ventanales con persianas de madera y desidioso jardín. Abrieron las ventanas del comedor, se sentaron a observar la tormenta en dirección al río y continuaron la conversación.
- Me hubiese gustado que las cosas se dieran de un modo diferente – dijo Claudia mientras se servía otro vaso de Martini.
- Lo sé – dijo Zumarán haciendo sonar los cubitos de hielo en el vaso.
- ¿Vos me querés?
- Sí, yo que sé. No se trata de eso.
La lluvia continuaba y el día también y llegó la noche y ya no había vuelta atrás.
En la habitación cabían al menos cuatro camas como aquella. Acurrucado a veces sobre su flanco izquierdo, a veces sobre su flanco derecho. Chillaban los viejos resortes cada vez al darse vuelta. La ventana abierta daba hacia a un pequeño bosque que rodeaba las antiguas piscinas termales. La lluvia era un murmullo que se colaba por la ventana hasta la mesita de luz. Zumarán no lograba dormirse. Claudia lloraba sentada en el baño recostada sobre los azulejos rotos.