InicioArteEl Inquilino - Cuento Propio
El Inquilino



La señora Hernández estaba sentada en su sillón frente a la televisión, a punto de encenderlo cuando sonó el timbre. Se levantó con dificultad debido a su edad aunque pudo haberse debido a que se había pasado todo el día anterior caminando. Antes de abrir miró por la ventana junto a la puerta y pudo ver a un hombre que no conocía de baja estatura, aún más baja que ella, vestido con una camisa celeste arremangada y metida adentro del pantalón claro, el cual estaba sostenido por un cinturón. Tenía una valija grande y un bolso colgado del hombro derecho. Tocó una vez más el timbre y esperó. La señora Hernández le preguntó a través de la puerta quién era y qué deseaba. El hombre se tomó un tiempo en responder, para verificar de donde venía la voz, luego le respondió que se llamaba Jorge Villanueva y que deseaba alquilar la habitación que se ofrecía. La señora Hernández se había pasado el día anterior pegando volantes por el barrio ofreciendo una habitación. Era de su hijo pero este se había ido a vivir sólo en el centro de la ciudad. La mujer abrió la puerta e hizo pasar a Villanueva, quien dio un paso al frente y esperó a que la señora Hernández le indicara el camino. Lo condujo al comedor, lo invitó a sentarse y le preguntó si quería algo para tomar. Villanueva le pidió un vaso de agua. La señora Hernández se retiró a la cocina y aprovechó para llamar a su hijo desde el único teléfono en la casa. Luego de cortar, Luciano le dijo que llegaría en unos quince minutos, puso una jarra de agua con dos vasos en una bandeja y la llevó al comedor. Jorge le agradeció tomando un vaso.
- ¿De dónde es usted señor Villanueva?
- De Uruguay, vengo de visita
- ¿De visita de quién?
- De vacaciones quise decir
- ¿Viene de vacaciones a este pueblo? No hay nada para ver se lo aseguro. He vivido aquí desde que nacía, hace mucho tiempo ya, y el pueblo sigue igual o peor. Se derribaron los pocos parques que había, se reconstruyeron las casas antiguas, quitándole lo único especial que tenía. Llevo rogándole a mi hijo que se vaya de aquí por años, el muy tonto creyó que con irse de la casa me conformaría.
- Estoy seguro de que hay algo especial en este pueblo. El museo por ejemplo
- Era especial, querrás decir. Lo cerraron. Ahora es un hotel de alojo transitorio – Corrigió la señora Hernández decepcionada. No tanto como el hombre, quien al conocer esta noticia hizo un gesto sólo comparable al de ver un fantasma.
- ¿Me está diciendo que el museo cerró para convertirse en un “telo”?
- No se qué será un “telo” señor Villanueva, le ruego que en esta casa hable con propiedad. Pero sí, es exactamente lo que le estoy diciendo, por eso le digo que es inútil venir de vacaciones aquí – El hombre parecía desesperado, intentó hablar pero no le salían las palabras, finalmente, logró componer una frase coherente:
- Pero… a mí me dijeron que aquí había un museo con una muy valiosa exposición de arte
- ¿Quién le dijo eso? Si me permite preguntar – El hombre hizo un esfuerzo por recordar el nombre
- Eh… Mar… Mariano Ballester
- Ballester ¿eh?, ese hombre es un miserable ladrón, debería saber usted que ese hombre está en la cárcel ahora – El hombre no reaccionó ante esta información sino hasta unos segundos después, cuando notó que su interlocutora esperaba una.
- ¡No me diga! ¿En serio?
- Sí, señor, y ojala que no lo suelten en un buen rato
- Totalmente de acuerdo, pero dígame, ¿Qué hicieron con todas las piezas del museo? No pudieron haberlas tirado
- ¡Por Favor! ¿Cómo irían a hacer algo semejante? No, no. Las mandaron a un pueblo cerca de aquí. Lo encuentro muy interesado en ese tema… - La anciana esperó a que el hombre entendiera que eso era una pregunta
- ¡Ah! Sí, es que soy crítico de arte, y este señor Ballester, me había mencionado esta exposición y vine para verla.
- ¿No me dijo que venía de vacaciones?
- Bueno sí, estoy de vacaciones, pero no es un trabajo este, sólo sentí ganas de verla – El hombre cambió rápidamente de tema – Ahora, ¿Podría decirme el nombre del pueblo y cómo llegar hasta él? – La señora Hernández algo confusa y extrañada ante tal muestra de interés por la exposición del museo, que había despertado intereses nulos en el pueblo, le indicó el nombre de la ciudad y qué ruta tomar para llegar allí. El hombre anotó todo en un cuadernito y le sonrió agradeciéndole.
- Ahora, señor hace falta aclarar cuántos días piensa quedarse para…
- Hubo un cambio de planes – interrumpió el señor Villanueva, quien seguía sonriendo – Iré a este pueblo a ver el museo, de modo que intentaré encontrar allí un hotel o algo parecido. De cualquier manera, le agradezco infinitamente, si acaso escribo una crítica sobre la exposición, me aseguraré de dedicarle unas líneas a su amabilidad – La señora Hernández estaba absolutamente asombrada ante tal cambio de planes
- No lo entiendo señor
- Como usted dijo, no hay nada de especial en este pueblo, es inútil tomar vacaciones aquí, me convenció, le agradezco – Se paró, tomó su saco, sus valijas y se dirigió a la puerta justo cuando esta se abría y un muchacho de unos veinte años entraba. Villanueva, lo saludó, salió por la puerta, se subió al auto y se fue.
El joven fue hasta la cocina donde su madre continuaba sentada con una expresión de confusión.
- ¿Qué pasó mamá?
- No se, parecía tan seguro de venir aquí de vacaciones pero cambió de opinión cuando supo que el museo había cerrado.
- ¿Quién era? ¿Te dijo algo?
- Era el señor Villanueva, un crítico de arte mal informado. No se que clase de persona podía ser, si se juntaba con gente como Mariano Ballester.
- ¿Mariano Ballester? ¿No está en la cárcel?
- Así es, supongo que lo conoció antes. Como sea, ¿tenés hambre?

Dos semanas después, la señora Hernández recibió un sobre con dos mil pesos, adjuntos a una nota que tan sólo decía “Gracias” y a una foto del señor Villanueva, sonriente tal y como había partido de la casa, frente al museo de arte que tanto había buscado.




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