InicioParanormalRelato zombie realista: Holocausto de los Muertos [parte 2]


Parte 1:

Día 4: sábado 19 de enero de 2013

He visto en las noticias que en varias partes de Europa han declarado la ley marcial. He visto las imágenes de los soldats patrullando las calles en vehículos blindados de asalto. ¿Pero por qué sacarían a los soldados a las calles? Es una enfermedad, no una invasión; también he visto que todos los efectivos militares llevan toda clase de trajes anti contaminación, parecen de ciencia ficción. No creo que los disturbios hayan escalado a niveles de guerra civil, sobretodo no en países con un statu quo político tan monolítico como los de la UE.

Mis padres me han vuelto a hablar, estaban histéricos, ambos. Me han dicho un montón de cosas fuera de este mundo. Me han preguntado sobre el regreso y les he dicho que no he podido hablar con el consejero de intercambios, que en cuanto se reanuden las clases hablaré con él. Se han puesto furibundos, me han ordenado que “en este mismo instante” tome un vuelo hasta Italia y un taxi hasta la cabaña sin hacer paradas ni interactuar con nadie (a excepción del taxista). Me han dicho que tengo poco tiempo, que el congreso se ha reunido en un cónclave y que en pocas horas declararán la ley marcial también en Italia, si declaran la ley marcial antes de que llegue, van a instaurar retenes y a prohibir los viajes interprovinciales y no podré verlos.

Esto realmente me ha asustado, no puedo creérmelo. Esto debe ser algo más allá que una epidemia. Tal vez los gobiernos estén a punto de comenzar la tercera guerra mundial de forma sorpresiva y sólo estén usando el pretexto de la epidemia para prepararse sin levantar sospechas. No lo sé. Muchas cosas pasan por mi mente y ninguna de ellas vaticina buenas noticias.

Ya he buscado en internet y no hay vuelos para hoy (realmente me suponía que esto iba a pasar) así que decidí ir al aeropuerto directamente y preguntar por alguna cancelación de último minuto. Como no tengo carro le he hablado a una amiga mía que vive en el piso justo debajo de mi departamento para que me dé un aventón al aeropuerto. Al llegar ahí nos encontramos con que el complejo aeroportuario estaba completamente cerrado, aunque parecía como si estuviera abandonado pero, por supuesto, eso era una estupidez. Decidí entrar de todas formas, aunque mi amiga, cuyo nombre es Delia, prefirió esperarme en su carro. Estaba segura de que debía haber algún encargado, además de los guardias del aeropuerto, pero estaba equivocada, ni siquiera los guardias del aeropuerto estaban. Ahora ya no me parecía tan estúpido; el aeropuerto, de hecho, había sido abandonado. Fue entonces cuando realmente caí en la cuenta de que algo realmente anómalo estaba sucediendo.

Decidí llamar a mis padres, no pude esperarme a llegar a casa así que les hablé desde mi celular. Cuando les conté que era imposible que yo hiciera un viaje de once mil kilómetros, al menos hasta que pasara todo el desbarajuste, se pusieron a llorar. En ese momento el terror que sentía se convirtió en pánico y yo también lloré. En seguida me dijeron que fuera a un supermercado, que comprara todos los alimentos no perecederos que pudiera y que me encerrara en mi departamento sin abrirle absolutamente a nadie, también me dijeron que cargara mi teléfono celular con todo el dinero que tuviera disponible. No pude más que asentir, después se despidieron diciéndome lo mucho que me amaban y que rezarían todos los días por mí.

Era como si la civilización fuera a colapsar. La Tercera Guerra Mundial. Lo sabía. Iban a aventarse bombas atómicas como si fueran confeti. Los chinos van a ganar.

Regresé corriendo con mi amiga y al llegar al carro noté que la puerta del conductor estaba abierta, pero no la veía por ningún lado, me acerqué y me asomé al asiento del conductor y entonces me horroricé de lo que vi: Estaba acostada con la cabeza reposando en el asiento del copiloto y los pies todavía en los pedales empapada toda de sangre. Di un grito de angustia y llamé a que alguien me ayudase, pero no había absolutamente nada ni nadie en el amplísimo estacionamiento del aeropuerto. Supuse que habría tenido alguna clase de accidente. Llamé de inmediato a emergencias; los tres timbres me parecieron larguísimos y llegué a pensar que nadie iba a responder, pero finalmente alguien contestó y… era una maldita grabación. Lancé un gemido de desesperación al sentir como la impotencia y la angustia devoraban mi cuerpo. Di un salto cuando finalmente una persona me contestó, después de varias preguntas de todo tipo, desde mi ubicación hasta si había tocado al “accidentado”, me dijo que inmediatamente iban a enviar una ambulancia, que esperara allí y que no moviera ni tocara Delia.

La ambulancia nunca llegó. Hablé una segunda vez y comenzó de nuevo el odioso ritual. Los tres tonos eternamente largos, la grabación, esta vez duré casi el doble en espera y la misma mujer con la nariz tapada respondiendo de la misma forma.

-Habla a emergencias, ¿Cuál es su emergencia y en dónde se ubica? -Nuevamente me hizo las mismas preguntas y le di las mismas respuestas.

-No, no la he tocado. Tampoco su sangre. Sí, está consciente. Sí, sí tiene pulso. -Si alguien está consciente es porque tiene pulso, ¿no?

Me aconsejó no mover ni tocar al accidentado y me prometió una ambulancia en unos pocos minutos. Pero otra vez nada. Realmente entré en desesperación y entonces me percaté de que Delia intentaba decirme algo. Se veía muy débil, quizás por la pérdida de sangre (aunque estaba salpicada por todo el carro, realmente había poca sangre). Me acerqué a ella y sólo fue capaz de escupir la palabra “cuidado” de su boca sanguinolenta. Por alguna razón ese “cuidado” realmente me perturbó y, entonces, regresó a mi mente la pregunta: ¿Cómo se habría hecho esto? Ella misma no se lo había hecho, algo lo había causado y yo estaba segura que ese algo ya no estaba aquí. Se había movido. Seguía moviéndose. ¿Un vidrio roto? No. ¿Un objeto lanzado descuidadamente al aire? Altamente improbable. ¿Algún animal peligroso? En plena ciudad, nunca. ¿Una persona? Eso sí resultaba verosímil, pero, ¿qué clase de persona provocaría una herida tan grotesca? No había sido asaltada, simplemente le habían hecho daño y se habían ido.

Moví a Delia al asiento del copiloto (en contra del consejo de la mujer del teléfono) y encendí el automóvil. No pensaba quedarme ni un minuto más allí, con esa “persona” o lo que fuera acechando. Decidí llevarla yo al Hospital General. Apenas salí del estacionamiento al acotamiento de entrada y comprendí que era lo que había pasado. Una persona completamente ensangrentada, tirada en el piso con las vísceras a la vista estaba siendo… ¿robada?, ¿apuñalada?, ¡no! Pude ver cuando pasé por un lado. ¡Devorada! Y nada menos que por una anciana todavía en piyama. Ella alzó la mirada y clavó sus ojos directamente sobre mí mientras pasaba con el auto. Su cara, arrugada y llena de sangre, presentaba un color enfermizo y su ojos proyectaban un vacío helado. Seguramente Delia la habría visto deambular y la había llamado para preguntar si se encontraba bien (con esa cara gris y varicosa estaría todo menos bien), había sido atacada por la vieja y el pobre hombre que ahora yacía debajo de ella habría querido ayudar a mi amiga logrando únicamente atraer su atención y hacer que lo persiguiera hasta darle alcance allí en el acotamiento.

He recordado el panfleto y me ha venido a la mente una sola palabra, “agresividad”. No puedo creer que el Lyssavirus pueda convertir a una persona en un monstruo tan terrible. Ahora comprendo por qué mis padres estaban histéricos. Allá en Italia se han dado cientos de miles de casos. En el mundo han de haber millones. Millones. Ahora comprendo la ley marcial. Ahora comprendo el miedo. Ojalá hubiera sido tan sólo una guerra mundial.

Ya en la avenida he podido ver a las demás personas seguir con sus vidas, esta vez mucha más gente lleva tapabocas o algún tipo de utensilio higiénico aunque no son mayoría. ¿Pero qué la gente no se da cuenta?, ¿acaso no han sido informadas de lo que esta sucediendo, ya no a once mil kilómetros, a tan sólo una cuadra de donde se encuentran? “Agresividad”, ¡pero qué estupidez!, eso no es agresividad, eso es brutalidad, es bestialidad, es canibalismo.

No he tardado mucho en llegar al Hospital General, y allí las cosas eran muy diferentes, el estacionamiento estaba atestado y cundía un aire de nerviosismo. No había militares (aún) pero había policías y estaban equipados con armas largas. Pude ver a través de la entrada de cristal mientras nos acercábamos que mucha gente estaba apachurrada en el hall del hospital, varios de ellos presentaban heridas graves incluso muchísimo peores que los de Delia y los que no, estaban llorando intentando reconfortar a sus familiares y amigos agonizantes. Sabía que no nos iban a atender rápido.

Delia estaba sangrando de una perforación, posiblemente una mordida, entre su clavícula y su cuello tal vez con la tráquea perforada. Comparada con varios de los que estaban esperando tratamiento, ella no estaba tan grave. Había gente con miembros amputados. Al entrar, un policía le colocó una estampita roja en la frente a mi amiga y a mi me preguntó si tenía alguna herida, yo le dije que no, y que tampoco había entrado en contacto con la sangre de nadie. El policía, tras unos momentos de duda, me tocó la frente con su pulgar. Volteé la cabeza hacia la entrada para ver mi rostro en el reflejo del vidrio, también era roja. Luego nos requisó los celulares. Me empecé a incomodar cuando me di cuenta de que absolutamente todas las personas dentro del hospital, estuvieran heridos o tan sólo estuvieran acompañando a alguien, tenían una estampita roja sobre la frente. Yo lo sabía, lo intuía. Los de rojo éramos los portadores. Ya no hacían distinción, no podían correr riesgos, para el hospital todos éramos portadores. Todo el que entrara al hospital era un portador. Habían dejado de usar las estampitas verdes desde hace horas, o quizá días.

De nuevo recordé el panfleto. “Debe acudir de inmediato al hospital, es preferible que acuda al Hospital General.” Había dos hospitales más cerca del aeropuerto pero yo había elegido éste porque así me lo dijo el panfleto. Aquí estaban enviando a todas las personas sospechosas de portar el Lyssavirus y nos estaban tratando a todos por igual, portadores o no.

Ya había encontrado un rincón en dónde acurrucarnos cuando vi algo todavía más anómalo, o más bien, no lo vi. No había médicos ni enfermeras. Ni uno solo. Sólo había personal de la policía fuertemente armado. Fue entonces cuando lo decidí, teníamos que salir de allí. Era fácil, sólo había que cruzar la puerta de entrada que estaba a cuatro metros de distancia; lo difícil era hacerlo sin que los policías se percataran. Estábamos en un campo de concentración y habíamos entrado por propia voluntad.

No había trazado todavía un plan cuando dos policías federales salieron desde detrás de una puerta y entonces vi como eligieron a una pareja joven, se los llevaron y cerraron la puerta tras de sí. La pareja se veía aliviada y agradecida, sobretodo por el hecho de que los habían atendido rápido. Habían llegado justo después de nosotras y la muchacha no estaba tan grave como otras personas. Estaban eligiendo personas al azar, no por la gravedad de sus heridas ni por el tiempo de espera, al azar. Sabrá Dios que les estaría sucediendo detrás de esa puerta y no lo quería averiguar. Esto ya no era un hospital y Delia no iba a recibir atención médica en este sitio.

Había nada menos que seis policías guardando la entrada y otros once más cuidando a la gente del hall. Caí en la cuenta de que todas las armas de los policías tenían los silenciadores puestos (muy posiblemente también los federales de antes) para disparar sin ser escuchados, sin levantar sospechas. Un frío invernal recorrió mi cuerpo. No había forma alguna, ni en este ni en ningún otro universo, de salir de allí sin alertar a los guardias. Y la gente seguía llegando por sí sola al hospital, más y más. Quién sabe cuantos habrían llegado en las últimas dos semanas. Y podría jurar que ninguno de ellos había vuelto a salir.

Haciendo un recuento de los guardias, alcancé a ver a uno al fondo que me estaba mirando directamente. Serio. Ya llevaba mucho tiempo observándome cuando le planté la mirada. Me había visto contar a los policías, me había visto observar las estampitas de cada uno de los pacientes, me había visto fijarme en los silenciadores, conocía mis pensamientos y mis sospechas. En ese momento salieron otra vez los dos federales, encascados, vestidos de negro, con chaleco antibalas y portando armas largas con silenciadores en la punta todavía humeantes. El policía serio se acercó a ellos y le susurró algo a uno de los federales, él volteó y me miró directamente a los ojos, le dio una palmada en el hombro a su compañero y los dos empezaron a caminar hacia nosotras. Estábamos perdidas.

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