Ciudad Tomada
Segunda Parte
Segunda Parte
Eran exactamente las cuatro menos cinco cuando Isabela Mandiela entró a la tienda de antigüedades ubicada sobre la calle Libertad. Su tía abuela había ostentado su vasija francesa perteneciente al primo segundo de Napoleón toda la semana, y el tiempo en que la dejaba descansar sobre la mesada lo empleaba en recomendarle que fuera a ese comercio.
Así que allí estaba, entrando a ese lugar sucio y descuidado sin ningún tipo de esperanzas de encontrar algo interesante. El dueño del local parecía no estar acostumbrado a los clientes, de modo que se mostró feliz al verla entrar y quiso presentarse lo más servicial posible, resultando molesto. Logró sacárselo de encima con un típico “Estoy mirando”, el hombre volvió a su puesto detrás del mostrador. En ese momento, se abrió la puerta, y un hombre de unos treinta años entró al local, echó un vistazo y se fijó en ella un momento, Isabela lo reconoció, vivía en su edificio, sin embargo, nunca se habían dirigido la palabra, él parecía recordarla pero no identificarla, Isabela pensó en saludarlo por un momento, pero luego abandonó esa idea, quiso evitar una situación incómoda y se alejó para investigar la tienda. Dio una rápida mirada al pasillo derecho, no había allí nada que llamara su atención, estaba lleno de cubierto y platos viejos con distintos grabados y de distintos materiales. Probó suerte con el pasillo de la izquierda, allí vio a su vecino dirigirse rápidamente a un cuadro colgado en la pared. Isabela observó la pintura, la imagen de una niña y su muñeca la cautivó, esa era de lo que su tía abuela estaba hablando. Se vio enseñándoselo y ostentándolo toda la semana.
Sin embargo, su vecino también parecía interesado en el retrato, Isabela se acercó lentamente y sin hacer ningún ruido y sin premeditarlo, tomó el cuadro con manos seguras y lo sacó de la pared. Si el hombre tenía alguna duda acerca de comprarlo se desvanecieron al ver que alguien más lo quería, aún manteniendo la cara de sorpresa, tomó el cuadro por arriba y abajo del marco y tiró. Isabela no se destacaba por su fuerza, sabía que no tenía ninguna posibilidad frente a este hombre, de todos modos no pensaba soltarlo. Finalmente luego de unos segundos de forcejeo el hombre soltó el cuadro, Isabela pensó que el hombre había entendido que el cuadro le correspondía a ella, lo había agarrado primero. Se alejó de ahí con dirección al mostrador, mientras el hombre permanecía allí parado inexpresivo. El miedo que sentía y las ganas de salir de allí cuanto antes, le impidieron oír lo que el dueño del local tenía para decir sobre el cuadro, sus orígenes y peculiaridades. Cinco minutos después Isabela estaba abriendo la puerta del local dispuesta a salir no sin antes echar un último vistazo a la tienda, el hombre seguía allí parado.
Antes de ir a su oficina, a pesar de que ya llegaba un minuto tarde, Isabela se dirigió a la casa de su tía abuela para mostrarle cuanto antes el cuadro. La tía Irene, como Isabela le decía siempre, no pudo evitar demostrar admiración y envidia por la nueva adquisición de su sobrina. El lago que se encontraba atrás de la niña, como le explicó a Isabela, le recordaba a su antigua casa de campo que aún conservaba pero que nadie habitaba, lo cual le parecía un desperdicio de un territorio tan bonito. Le contó a Isabela que desde ya hace dos meses que intentaba convencer al abuelo Héctor de mudarse allí y alejarse de esa ciudad.
- ¿Él por qué no quiere?
- No se, dice que siente un apego muy grande con esta ciudad y que no quiere abandonarla por una casa maltrecha y abandonada en el campo.
- ¿Maltrecha? ¿La vio alguna vez?
- Eso es lo que yo le digo, él supone que está maltrecha sólo porque nadie la habitó por veinte años. Pero se opone a ir a verla si quiera. Probablemente haya que hacer un arreglo que otro, pero no creo que mi madre la haya dejado en tan malas condiciones, no se lo permitiría a ella misma.
- Deberían ir allá, yo tendría algún lugar para ir en las vacaciones y ustedes tendrían un lugar relajante donde vivir, si tiene un lago propio no puede ser tan malo.
- Eso es cierto – Interrumpió la voz grave característica del abuelo Héctor – Podemos ir a verla hoy si querés Irene.
Así su abuelo y su hermana armaron sus valijas y fueron a ver el “paraíso abandonado” de su tía abuela. Tres días después, mientras Isabela seguía buscando un buen lugar para colgar el cuadro, recibió una carta en la que Irene le explicaba que habían decidido vender la casa de Buenos Aires e irse a vivir a la casa del lago, aparentemente no estaba lo maltrecha y abandonada que Héctor imaginaba, y además le pedían a ella que se encargara de venderla. Sorprendida, Isabela abandonó la tarea de colgar el cuadro para encargarse del asunto inmediatamente. Esta casa la vendería, rompiendo su record personal, en cuatro días; una pareja recién casada buscaba con ansias una casa en Palermo y la de su abuelo era justo la que buscaban. Pero la vorágine de ventas no acabaría allí, resulta que el abuelo de Isabela era dueño de una casa, muy cercana a la suya, que la había estado alquilando todos esos años, pero de la que ya no quería saber nada, la puso en venta. Los inquilinos no tenían el dinero para comprarla, así que debieron irse, algo que le preocupaba mucho a Isabela. Sin embargo los inquilinos llevaban una estrecha amistad con unos vecinos, quienes aceptaron sin ningún problema que vivieran con ellos. Isabela se encargó de vender esa casa también, lográndolo en una semana. Todos estos negocios habían echo que se olvidara del cuadro, abandonándolo por un mes entero desde que lo había comprado.
Exactamente treinta días habían pasado desde la adquisición del retrato cuando Isabela comenzó una vez más a buscarle un buen lugar en su pared. Finalmente, luego de vacilar entre la pared izquierda del comedor, o la pared frente a su cama del dormitorio – eligiendo la del comedor – martilló el clavo en la pared y colgó el cuadro. En ese momento, sintió que algo andaba mal; un ruido en el piso de abajo lo suficientemente extraño como para que bajar a investigar pareciera una buena idea. El pasillo estaba oscuro a pesar de que las luces permanecían encendidas toda la noche, pero pudo encontrar las escaleras y comenzar a bajarlas cautelosamente gracias a la luz que le proporcionaba el piso de abajo. Ya pisando el último escalón, una puerta del pasillo se abrió estrepitosamente y su vecino con el que había forcejeado un mes atrás la estaba esperando con la boca abierta.
Con total naturalidad, Isabela lo saludó y le preguntó si sabía qué había sido ese ruido. Mariano, naturalmente, le preguntó desde cuándo vivía allí arriba y dónde había estado todos esos años. Isabela, comenzando a asustarse, le respondió que no tenía idea de lo que estaba hablando, que ella había vivido allí desde antes de que él se mudara. Mariano, recordando finalmente de donde le había resultado familiar esa mujer, le preguntó dónde había estado esos últimos diez años desde que intentó robarle el cuadro y por qué no se había mudado como el resto de la gente. Isabela, ahora confirmando que Mariano se encontraba bajo los efectos de alguna sustancia, intentó entrar en razones con él, aclarándole que tan sólo había pasado un mes, además notó que él dijo que había “intentado” robarle el cuadro, cuando en realidad lo había logrado, supuso que estaba confundido, le preguntó a qué se refería con mudarse como el resto de la gente. Mariano le explicó que hace aproximadamente nueve años, cuando ocurrió la primera “invasión” en la casa de los Mandiela y luego en los Gutiérrez y Di Tommaso, todos comenzaron a alejarse lo más lejos posible de Palermo y que él estaba seguro de ser el único en vivir aún por allí. Isabela reconoció los tres apellidos a los que les había vendido la casa y no entendió a qué se refería Mariano con “invasión”, insistió en que había pasado sólo un mes. Mariano la invitó a su casa a verificar el calendario, lo dijo con tal serenidad y gentileza que Isabela pensó que en verdad lo creía. Entraron y mientras Mariano le enseñaba donde buscar el calendario, él fue a proteger su cuadro. Y mientras Isabela notaba que el calendario estaba atrasado un mes y que marcaba el mismo día en que había comprado el cuadro, Mariano lanzaba un grito al notar que tal cuadro no se encontraba en su pared.
Les llevó varias horas entender que era lo que estaba sucediendo. Finalmente, comprendieron que al luchar por el cuadro se habían creado dos realidades, pero que sin embargo estaban unidas. Una en la que Isabela ganaba el cuadro, se lo enseñaba a su tía abuela, se mudaban, así como también los vecinos. La otra, la de Mariano – que creían que había durado diez años porque el cuadro le pertenecía a ella – en la que el abuelo de Isabela sentía que alguien ocupaba su casa – la pareja que la compró en la otra realidad – así como también los Gutiérrez, que sentían a los otros compradores de Isabela y así como los Di Tommaso sentían a los Gutiérrez de la otra realidad. Haber creado esta realidad era el tormento de Mariano. La de Isabela era más tolerable. Era la convicción de que Isabela no había llegado porque estaba destinada a estar con él. Era la convicción de que Isabela nunca fue su amor. Era la convicción de que al colgar ese cuadro – en el supuesto momento de la reunión de sus almas – Isabela obedeció a un ruego de Mariano que él nunca le dirigió.
Decidieron seguir hablando más tarde, ambos se encontraban completamente exhaustos, y eso que sólo eran aproximadamente las cuatro de la tarde.
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