El final de la novela.
En aquella oscura habitación, alumbrado sólo por un velador, puso el punto final a su novela. Su alegría era incomparable y su orgullo inmenso. Releyó el último párrafo en voz alta, admirado por el perfecto cierre que le había dado a tan apasionante historia:
“Ella caminó por la extensa pradera, el sol del amanecer acariciaba sus dorados rizos y refulgían la empuñadura de su espada. Atrás quedaban las batallas y las desdichas, las noches de insomnio y los días de ayuno. Sus huellas marcaban un final para la guerra en donde tanta sangre se había derramado. Se detuvo y sonrió mirando al cielo, una lágrima rodó por su mejilla y se quitó el yelmo, ahora sólo faltaba cruzar aquella verde colina y volver a ver a su amado. La recibirían como la heroína que era, con vítores y pétalos de rosas, pero a ella lo único que le importaba era volver a verlo. Dejó caer el yelmo en el suelo, ya no lo necesitaría, y con una amplia sonrisa en el rostro caminó con el sol cuidando su espalda.”
Al pronunciar la última palabra suspiró satisfecho. Muchos años había tardado en darle forma a aquella historia, y finalmente ahora llegaba a su final. Pensó en la sorpresa que le daría a su editor cuando le contara la noticia, ya que todos en el mundo esperaban el desenlace de aquella historia. Imaginó su libro en las bateas de todas las librerías del mundo, traducido a todos los idiomas que pudiera imaginarse. Por fin su sueño se vería cumplido.
Rompió el lápiz con el que escribió las últimas palabras para desaparecer la magia que allí había anidado. Guardó el borrador de la novela en su portafolio y se puso de pie. No podía esperar más tiempo, debía contarle a su editor que había terminado. Apagó la luz del velador y el estudio se sumió en la absoluta penumbra, tomó el portafolio y abandonó la habitación. Caminó hasta la cocina y mientras bebía una taza de café le echó un vistazo a las noticias del diario del día anterior. Impaciente miró el reloj que marcaban las nueve y media de la mañana, tomó las llaves de su auto, le dio un último sorbo a su café y caminó hasta la puerta. Se acomodó el traje antes de salir.
Al abrir la puerta, el sol le dio de lleno en sus ojos, lo que lo obligó a entrecerrarlos un poco para que no lo encegueciera, y cuando su visión se acostumbró a la luz del amanecer, observó con alegría que descendiendo por la colina de la extensa y verde pradera que se presentaba frente a él, venía ella con sus rizos dorados, su espada enfundada y una amplia sonrisa en su rostro...
Todos los derechos reservados.
© 2009 Matias Añino.
Crónicas del fin del mundo.
Aquí estoy frente a mi némesis, aquí mi camino y el de nuestra raza llega a su final. De nada servirá rogar, no manejan nuestro idioma y yo no entiendo el de ellos. De nada servirá decir unas últimas palabras, nadie las escuchará, al menos nadie que sienta nostalgia al rememorarlas, nadie que pueda compadecerse, nadie que pueda llorarme, nadie que pueda vengarme, nadie. Me rindiré en esta noche, abandonaré mi guarida y me entregaré a sus garras.
La destrucción se gestaba eternamente en las extremidades que nacían al costado de su cuerpo. Estos despiadados seres fueron la razón de todos los males de nuestro maravilloso mundo. Andaban erguidos sobre sus extremidades inferiores para poder desarrollar al máximo su velocidad y su agilidad, el deseo de poder los corrompió hasta la locura y esta locura los llevó a realizar los actos más sanguinarios que puedan imaginarse.
No los vimos venir, y de a poco fueron ocupando un lugar en nuestro mundo. Sin darnos cuenta y por ingenuos y por curiosidad les dimos ese lugar. Mordieron la mano que les dio de comer.
El resto de los seres vivos también sufrieron sus torturas sin poder defenderse ya que su superioridad numérica, la increíble habilidad que poseían y su aterradora inteligencia eran abrumadoras e irresistibles. Y destrulleron por simple diversión, cruelmente, sin detenerse a escuchar las plegarias que reclamaban piedad. El mundo estaba agonizando, el fin de los días podría llegar al próximo amanecer, y a medida que avanzaba el tiempo la destrucción en sus almas crecía y se manifestaba en distintas formas. No se detenían, se multiplicaban de manera vertiginosa.
La Madre Tierra intentó ayudarnos con volcanes, huracanes, tormentas y terremotos, pero ellos pudieron sobrevivir al azote de la naturaleza. Algunos la culparon, otros la juzgaron de incapaz, pero ninguna de esas acusaciones era acertada, Ella también estaba muriendo en sus manos. Ella utilizaba sus últimas fuerzas para defenderse y defendernos, pero ni ese, el mayor de los poderes pudo detenerlos.
Ya los últimos de nosotros se rindieron también, dejaron de luchar, si pudiesemos volver el tiempo atrás no les daríamos el lugar que les dimos en su momento, ya no me interesa estar solo. Así terminaré mi vida en sus manos, y escuchando sus risas estridentes al momento en que mis ojos se cierren para no abrirse nunca más, también escucharé como entre ellos se hacen llamar: seres humanos.
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© 2009 Matias Añino.
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constructiva es lo único que necesito.
constructiva es lo único que necesito.
Ante las dudas sobre la propiedad de los cuentos les dejo las páginas en donde aparecen algunos otros de mis textos:
Palabras Perdidas
Lobulo Temporal
¡De todas formas me halaga que duden si son míos o no!
