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Los Nefilim - El Pueblo De Los Cohetes Ígneos Part 2

Ciencia Educacion3/10/2012
Durante dos años, los Anunnaki trabajaron sin descanso -«aplicaron la herramienta... moldearon ladrillos»- hasta que «elevaron a las alturas la cúspide de Eshagila» («casa de los Grandes Dioses») y «construyeron la torre de la plataforma tan alta como el Alto Cielo». Hubo cierto descaro por parte de la Humanidad al establecer su Propia torre de lanzamiento en un lugar utilizado originariamente por los dioses para este propósito, pues el nombre del lugar -Babili-significa literalmente «Puerta de los Dioses». ¿Existe alguna otra evidencia que corrobore el relato bíblico y nuestra interpretación de él? El sacerdote e historiador babilonio Beroso, que en el siglo III a.C. compiló una historia de la Humanidad, dice que los «primeros habitantes de la tierra, regocijándose en su propia fortaleza... se propusieron levantar una torre cuya 'cúspide' alcanzara el cielo». Pero los dioses y unos fuertes vientos la derrumbaron, «y los dioses introdujeron una gran diversidad de lenguas entre los hombres, que hasta aquel entonces hablaban todos el mismo lenguaje». George Smith (The Chaldean Account of Génesis) encontró en los escritos del historiador griego Hesteo una reseña en la que se decía que, de acuerdo con «antiguas tradiciones», la gente que escapó al Diluvio llegó a Senaar en Babilonia, pero que fueron sacados de allí por una diversificación de lenguas. El historiador Alejandro Polihistor (siglo I a.C.) escribió que todos los hombres hablaban la misma lengua en un principio y que, después, algunos se propusieron levantar una enorme y noble torre con el fin de poder «trepar hasta el cielo», pero que el dios supremo confundió sus intenciones enviando un torbellino, y a cada tribu se le dio un lenguaje diferente. «La ciudad donde sucedió esto fue Babilonia». En estos momentos, existen pocas dudas respecto al hecho de que los relatos bíblicos, así como las informaciones de historiadores griegos de hace 2000 años y de su predecesor Beroso, tengan todos un origen -sumerio- anterior. A. H. Sayce (The Religión of the Babylonians) dice que, en los fragmentos de una tablilla que hay en el Museo Británico, leyó «la versión babilonia de la construcción de la Torre de Babel». En todos los casos, el empeño por alcanzar los cielos y la subsiguiente confusión de lenguas son los elementos básicos de la versión. Existen otros textos sumerios que registran la deliberada confusión de la lengua del Hombre a cargo de un dios airado. Presumiblemente, la Humanidad no poseía en aquel momento la tecnología necesaria para un proyecto aeroespacial de tal calibre; para ello, era esencial la guía y la colaboración de un dios entendido en el tema. ¿Hubo algún dios que desafiara a los demás ayudando a la Humanidad? En un sello sumerio se muestra una confrontación armada entre dioses, aparentemente, por la construcción humana de una torre plataforma. (Fig. 74) Una estela sumeria que se exhibe en el Louvre, en París, puede muy bien representar el incidente del que se habla en el Libro del Génesis. Fue erigida en los alrededores del 2300 a.C. por Naram-Sin, rey de Acad, y los expertos suponen que representa al victorioso rey sobre sus enemigos. Pero la gran figura central es la de una deidad y no la de un rey humano, pues lleva un casco adornado con cuernos, la marca de identidad exclusiva de los dioses. Además, esta figura central no parece ser el líder de los humanos, más pequeños en tamaño, sino que parece estar pasándoles por encima. Por su parte, los humanos no parecen estar metidos en ninguna actividad guerrera, sino que parecen estar marchando hacia, y adorando, el mismo objeto cónico grande sobre el cual tiene puesta su atención la deidad. Armado con un arco y una lanza, la deidad parece ver el objeto más como algo amenazador que como un objeto de adoración. (Fig. 75) El objeto cónico se muestra como alcanzando a tres cuerpos celestes. Por su tamaño, forma y propósito parece tratarse de un shem, por lo que la escena podría estar representando a un enfurecido dios, totalmente armado, atropellando a la gente que está celebrando la erección del shem. Tanto los textos mesopotámicos como el relato bíblico ofrecen la misma moral: las máquinas voladoras son para los dioses y no para la Humanidad. Los hombres -afirman tanto los textos mesopotámicos como los bíblicos- podrían ascender a la Morada Celestial sólo bajo expreso deseo de los dioses. Y precisamente en esto se basan muchos relatos de ascensos a los cielos e, incluso, de vuelos espaciales. El Antiguo Testamento registra el ascenso a los cielos de varios seres mortales. El primero fue Enoc, un patriarca antediluviano que entabló amistad con Dios y que «caminaba con el Señor». Fue el decimoséptimo patriarca en el linaje de Adán, además de bisabuelo de Noé, el héroe del Diluvio. El quinto capítulo del Libro del Génesis hace una lista genealógica de todos estos patriarcas y dice las edades que tenían al morir, excepto en el caso de Enoc, que «desapareció porque Dios se lo llevó». Tanto por lo que se trasluce como por lo que dice la tradición, Dios se llevó a Enoc al cielo, para escapar de la muerte en la Tierra. El otro mortal fue el profeta Elias, que fue arrebatado de la Tierra y llevado al cielo en un «torbellino» Otra referencia en el Antiguo Testamento de un tercer mortal que visitó la Morada Divina y que fue dotado allí de una gran sabiduría. Se trata de un rey de Tiro (una ciudad fenicia de la costa oriental del Mediterráneo). En Ezequiel, 28 leemos que el Señor le encargó al profeta que le recordara al rey cómo, siendo perfecto y sabio, la Deidad le había permitido que fuera a ver a los dioses: Fuiste moldeado según un plan, lleno de sabiduría, perfecto en belleza. Has estado en el Edén, el jardín de Dios; toda suerte de piedras preciosas formaban tu manto... Eras un Querubín ungido, protegido; y yo te había puesto en el monte sagrado; como un dios eras, moviéndote entre las Piedras de Fuego. Pronosticándole al rey de Tiro la muerte «de los incircuncisos» a manos de extranjeros, aun cuando les dijera «Soy un dios», el Señor pasa a explicarle a Ezequiel el motivo: después de haberle llevado a la Morada Divina y haberle dado acceso a toda clase de sabiduría y riquezas, su corazón «se hizo engreído», hizo un uso indebido de su sabiduría y profanó los templos. Porque tu corazón se ha engreído, diciendo «Soy un dios; en la Morada de la Deidad me senté, en mitad de las Aguas»; Aunque eres un Hombre, no un dios, equiparas tu corazón al de una Deidad. Los textos sumerios hablan también de varios hombres que tuvieron el privilegio de ascender a los cielos. Uno fue Adapa el «hombre modelo» creado por Ea. A Adapa, Ea «le había dado sabiduría; la vida eterna no se la había dado». Con el transcurso de los años, Ea decidió evitar el fin mortal de Adapa proporcionándole un shem con el cual llegar a la Morada Celestial de Anu, para allí comer del Pan de la Vida y beber del Agua de la Vida. Cuando Adapa llegó a la Morada Celestial de Anu, éste le exigió saber el nombre del que le había proporcionado el shem con el cual había llegado a este lugar celeste. Existen varias pistas importantes, tanto en los relatos bíblicos como en los mesopotámicos, sobre los excepcionales ascensos de mortales a la Morada de los Dioses. Adapa, al igual que el rey de Tiro, fue hecho de un «molde» perfecto. Todos tenían que conseguir y emplear un shem -«piedra de fuego»- para llegar al celestial «Edén». Unos habían subido y habían vuelto a la Tierra; otros, como el héroe mesopotámico del Diluvio, se quedaron allí para disfrutar de la compañía de los dioses. Y fue para encontrar a este «Noé» mesopotámico, y para obtener de él el secreto del Árbol de la Vida, por lo que el Gilgamesh sumerio inició su aventura. transcripciones de nefilim y annunakis La inútil búsqueda del Árbol de la Vida por parte de un Hombre mortal es el tema de uno de los más largos y poderosos relatos épicos que la civilización sumeria legara a la cultura humana. Titulado por los eruditos modernos como «El Poema de Gilgamesh», este conmovedor relato trata del rey de Uruk, nacido de padre mortal y madre divina, a consecuencia de lo cual se le considera como «dos tercios de dios, un tercio humano», circunstancia que le induce a intentar escapar de la muerte, que era el destino de los mortales. Gilgamesh se entera por la tradición de que uno de sus antepasados, Utnapistim -el héroe del Diluvio- había escapado de la muerte al ser llevado a la Morada Celestial junto con su esposa. Gilgamesh decide, entonces, encontrar ese lugar y obtener de su ancestro el secreto de la vida eterna. Lo que definitivamente le impulsa a ir es lo que toma por una invitación de Anu. Los versos nos dejan ver algo así como una descripción de la caída a la Tierra de la fase usada de un cohete. Gilgamesh se lo Rescribe así a su madre, la diosa NIN.SUN: Madre mía, durante la noche me sentí contento y me di un paseo entre mis nobles. Las estrellas reunidas en los Cielos. La obra de Anu descendió hacia mi. Intenté levantarla; era demasiado pesada. Intenté moverla; ¡moverla, no pude! El pueblo de Uruk se reunió a su alrededor, mientras los nobles besaban sus patas. Cuando levanté la frente, ellos me apoyaron. La elevé. A ti te la traigo. La interpretación que hace la madre de Gilgamesh del incidente está mutilada en el texto y, por tanto, no queda clara. Pero, obviamente, la visión del objeto caído -«la obra de Anu»- anima a Gilgamesh a embarcarse en la aventura. En la introducción de este relato épico, el antiguo informador llama a Gilgamesh «el sabio, aquel que lo ha experimentado todo»: Él ha visto cosas secretas, conoce lo que está oculto al Hombre; incluso trajo noticias de un tiempo anterior al Diluvio. Emprendió también el viaje distante, fatigoso y lleno de dificultades; Volvió, y grabó todos sus esfuerzos en un pilar de piedra. El «viaje distante» que Gilgamesh emprende no es otro que el viaje a la Morada de los Dioses, en el que le acompaña su camarada Enkidu. Su objetivo es el País de Tilmun pues allí Gilgamesh podría hacer ascender un shem para él. Las traducciones corrientes emplean el esperado «nombre» cada vez que aparece el sumerio mu o el acadio shumu en los antiguos textos; sin embargo, nosotros emplearemos shem, para que el verdadero significado del término -un «vehículo aéreo»- sobreviva: El soberano Gilgamesh dirigió su mente hacia el País de Tilmun. Le dice a su compañero Enkidu: «Oh, Enkidu... Yo entraría en el País, haría subir a mi shem. En los lugares donde los shem se elevan yo elevaría mi shem.» Incapaz de disuadirle, tanto los ancianos de Uruk como los dioses a los que Gilgamesh consulta le aconsejan que consiga primero el consentimiento y la ayuda de Utu/Shamash. «Si entraras en el País, informa a Utu», le advierten. «El País está a cargo de Utu», le recalcan una y otra vez. Así advertido y aconsejado, Gilgamesh le suplica a Utu su permiso: Déjame entrar en el País, déjame que haga subir a mi shem. En los lugares en los que los shem se elevan, déjame elevar mi shem... Llévame al lugar del desembarco en... ¡Pon sobre mí tu protección! Una desgraciada fractura en la tablilla nos deja sin saber la situación del «lugar del desembarco». Pero, fuese donde fuese, Gilgamesh y su compañero alcanzan por fin sus inmediaciones. Era una «zona restringida», protegida por temibles guardianes. Cansados y con sueño, los dos amigos deciden descansar por la noche antes de continuar. Tan pronto les vence el sueño, algo les sacude y les despierta de nuevo. «¿Me has despertado tú?», le pregunta Gilgamesh a su cama-rada. «¿Estoy despierto?» se pregunta, pues está presenciando algo inusual, algo tan impresionante que le hace preguntarse si está despierto o soñando. Entonces, Gilgamesh le dice a Enkidu: En mi sueño, amigo mío, la tierra de arriba se vino abajo. Me echó abajo, y me atrapó los pies... ¡El resplandor era irresistible! Apareció un hombre; el más perfecto de la tierra era él. Su gracia... De debajo de la tierra caída me sacó. Me dio agua para beber; tranquilizó mi corazón. ¿Quién era este hombre, «el más perfecto de la tierra», que sacó a Gilgamesh de debajo de la tierra desprendida, que le dio agua y que «tranquilizó su corazón»? ¿Y qué era el «resplandor irresistible» que acompañó al inexplicable desprendimiento de tierra? Inseguro y confundido, Gilgamesh se duerme de nuevo, pero no por mucho tiempo. En mitad de la noche su sueño se cortó. Se incorporó, diciéndole a su amigo: «Amigo mío, ¿me has llamado? ¿Por qué estoy despierto? ¿No me has tocado? ¿Por qué estoy asustado? ¿No habrá pasado algún dios? ¿Por qué tengo la carne entumecida?» Así, volviéndose a despertar misteriosamente, Gilgamesh se pregunta quién le ha tocado. Si no ha sido su camarada, ¿habrá sido «algún dios» que pasaba? Una vez más, Gilgamesh se adormece, sólo para ser despertado por tercera vez. Y así le describe a su amigo la pavorosa aparición. ¡La visión que tuve fue absolutamente aterradora! Los cielos gritaron, la tierra tronó; Se fue la luz del día, llegó la oscuridad. Un relámpago brilló, una llama se encendió. Las nubes se hincharon, ¡llovió muerte! Después, el fulgor se desvaneció; el fuego se apagó. Y todo lo que había caído se había convertido en cenizas. No hace falta demasiada imaginación para ver en estos pocos versos el antiguo relato de alguien que había presenciado el lanzamiento de un cohete. En primer lugar, el tremendo golpe seco de la ignición de los motores del cohete («los cielos gritaron»), acompañado por una fuerte sacudida de la tierra («la tierra tronó»). Nubes de humo y polvo envuelven el lugar del lanzamiento («se fue la luz del día, llegó la oscuridad»), para, después, entreverse el brillo de los motores encendidos («un relámpago brilló») y «encenderse una llama», a medida que el cohete empieza a subir en dirección al cielo. La nube de polvo y cenizas se «hincha» en todas direcciones para, después, caer («¡llovió muerte!»). Más tarde, el cohete se eleva en las alturas, como un rayo hacia el cielo («el fulgor se desvaneció, el fuego se apagó»). La nave desaparece ante su vista, y los restos «que habían caído se habían convertido en cenizas». Sobrecogido por lo que había visto, y, pese a todo, decidido a alcanzar su destino, Gilgamesh apela una vez más a Shamash en busca de protección y de apoyo. Tras vencer a un «monstruoso guardián», llega a la montaña de Mashu, donde se puede ver a Shamash «elevarse hasta la bóveda del Cielo». Se encuentra ya cerca de su primer objetivo -el «lugar donde los shem ascienden». Pero la entrada al lugar, que, al parecer, está en el interior de la montaña, está vigilada por feroces guardianes: Su terror es pavoroso, en sus miradas está la muerte. Con sus trémulas luces barren las montañas. Vigilan Shamash, cada vez que asciende y desciende. El dibujo de un sello (Fig. 76), en el que se ve a Gilgamesh (el segundo por la izquierda) y a su compañero Enkidu (en el extremo izquierdo), parece representar la intercesión de un dios con uno de los guardianes de aspecto robótico, que quizás eran los que barrían la zona con luz y emitían rayos de muerte. Esta descripción nos trae a la memoria la afirmación que aparece en el Libro del Génesis y que dice que Dios puso «la espada que gira» en la entrada del Jardín del Edén, para impedir el acceso a los humanos. Cuando Gilgamesh explica sus orígenes parcialmente divinos, el propósito de su viaje («Acerca de la muerte y de la vida le quiero preguntar a Utnapistim») y el hecho de que lo realiza con el consentimiento de Utu/Shamash, los guardianes le permiten seguir adelante. Avanzando «a lo largo de la ruta de Shamash», Gilgamesh se encuentra en la más absoluta oscuridad; «sin ver nada delante ni detrás», grita asustado. Viajando durante muchos beru (una unidad de tiempo, distancia, o el arco de los cielos), sigue sumido en la oscuridad. Pero, al fin, «creció la luminosidad cuando alcanzó doce beru». El texto, maltrecho y desdibujado, prosigue con la llegada de Gilgamesh a un magnífico jardín donde las frutas y los árboles tienen incrustadas piedras semipreciosas. Es ahí donde vive Utnapistim. Al plantearle el problema a su antepasado, Gilgamesh se encuentra con una respuesta decepcionante: el Hombre, dice Utnapistim, no puede escapar a su destino mortal. Sin embargo, le ofrece a Gilgamesh una forma de posponer la muerte, al revelarle dónde encontrar la Planta de la Juventud -«el Hombre se hace joven en la ancianidad», es su nombre. Triunfante, Gilgamesh obtiene la planta, pero, tal como lo quiere el destino, la pierde tontamente en su viaje de vuelta, y regresa a Uruk con las manos vacías. Dejando a un lado los valores literarios y filosóficos de este relato épico, la historia de Gilgamesh nos interesa principalmente por sus aspectos «aeroespaciales». El shem que Gilgamesh necesitaba para llegar a la Morada de los Dioses era, indudablemente, una nave espacial, uno de cuyos lanzamientos tuvo ocasión de presenciar cuando se acercaba al «lugar de desembarco». Parece ser que estos cohetes estaban situados en el interior de una montaña, y los alrededores, bien vigilados, dan la impresión de ser una zona restringida. Hasta ahora no ha salido a la luz ninguna representación gráfica de lo que vio Gilgamesh, pero, en un dibujo encontrado en la tumba de un gobernador egipcio de un lejano país, se puede ver la cabeza de un cohete por encima del suelo en un lugar donde crecen palmeras. El cuerpo del cohete está claramente almacenado bajo tierra, en un silo hecho por el hombre con segmentos tubulares y decorado con pieles de leopardo. (Fig. 77) En un estilo muy similar al de los modernos delineantes, los antiguos artistas nos muestran una sección transversal del silo subterráneo. Podemos ver que el cohete tiene varios compartimentos. En el de abajo, se ve a dos hombres rodeados de tubos curvos. Por encima de ellos, hay tres paneles circulares. Comparando el tamaño de la cabeza del cohete -el ben-ben- con el de los dos hombres que hay en su interior y con la gente que hay en la superficie, es evidente que la cabeza del cohete -equivalente al sumerio mu, la «cámara celeste»-podía albergar fácilmente a uno o dos operadores o pasajeros. TIL.MUN era el nombre del país al cual se dirigió Gilgamesh. Este nombre significa, literalmente, «país de los misiles». Era el país donde los shem ascendían, un país bajo la autoridad de Utu/ Shamash, un lugar donde uno podía ver a este dios «ascender a la bóveda de los cielos». Y, aunque el homólogo celeste de este miembro del Panteón de Doce fuera el Sol, sugerimos que este nombre no significa realmente «Sol», sino que era un epíteto que describía sus funciones y responsabilidades. Su nombre sumerio, Utu, significaba «el que entra con fulgor». Su nombre acadio derivado -Shem-Esh- era más explícito: Esh significa «fuego», y ya sabemos lo que significaba en sus orígenes shem. Utu/Shamash era «el de las naves de fuego». Era él, nos atrevemos a sugerir, el comandante del espaciopuerto de los dioses. La jefatura de Utu/Shamash en materia de viajes a la Morada Celeste de los Dioses, y las funciones llevadas a cabo por sus subordinados en conexión con ello, se revelan con mayor detalle aún en otro relato sumerio sobre el viaje de un mortal al cielo. La lista de reyes sumerios nos dice que el decimotercer soberano de Kis fue Etana, «el que ascendió al Cielo». Esta afirmación no necesitaba demasiadas explicaciones, pues el relato del rey mortal que viajó a los cielos era bien conocido en todo el Oriente Próximo de la antigüedad y fue motivo de numerosas representaciones en sellos. Se nos cuenta que Etana fue designado por los dioses para traer a la Humanidad la seguridad y la prosperidad que ía Realeza -una civilización organizada- pretendía proporcionar. Pero parece ser que Etana no podía tener un hijo que diera continuidad a la dinastía. El único remedio conocido era cierta Planta del Nacimiento que Etana podría obtener sólo si se la bajaba de los cielos. Como Gilgamesh tiempo después, Etana recurrió a Shamash en busca de permiso y ayuda, y, tal como se desarrolla el relato, queda claro que Etana ¡estaba pidiéndole a Shamash un shem! ¡Oh, Señor, que tu boca lo ordene! ¡Concédeme la Planta del Nacimiento! ¡Muéstrame la Planta del Nacimiento! ¡Quítame esta incapacidad! ¡Haz para mí un sheml Halagado por la oración y cebado con el cordero sacrificial, Shamash le concedió a Etana el shem. Pero, en vez de hablar de un shem, Shamash le dice a Etana que un «águila» le llevará al deseado lugar celeste. Tras indicar a Etana el camino hasta el foso donde estaba situada el Águila, Shamash le explicó a ésta por anticipado la misión pretendida. Intercambiando mensajes crípticos con «Shamash, su señor», el Águila recibió las instrucciones: «Te enviaré a un hombre; se cogerá de tu mano... llévalo aquí... haz todo lo que él te diga... haz lo que te he dicho». Al llegar a la montaña que le había indicado Shamash, «Etana vio el foso», y, dentro de él, «había un Águila». «Siguiendo las órdenes del valeroso Shamash», el Águila entró en comunicación con Etana. Una vez más, éste explicó su propósito y su destino, tras lo cual, el Águila dio instrucciones a Etana sobre el procedimiento para «sacar al Águila de su foso». Los dos primeros intentos resultaron fallidos, pero, al tercero, el Águila fue exitosamente elevada. Al amanecer, el Águila le anunció a Etana: «¡Amigo mío... hasta el Cielo de Anu te voy a llevar!», y, explicándole cómo agarrarse, despegó y se elevó hasta las alturas con rapidez. Como si se tratara del informe de un moderno astronauta viendo alejarse a la Tierra a medida que su cohete se eleva, el antiguo narrador dice que la Tierra se hacía cada vez más pequeña para Etana: Cuando lo había subido a lo alto un beru, el Águila le dijo a Etana: «¡Mira, amigo mío, lo que parece la tierra! Mira al mar, a los lados de la Casa Montaña: la tierra se ha convertido en una simple colina, el ancho mar es como una bañera». Cuanto más ascendía el Águila, más pequeña parecía la Tierra. Cuando llegaron al segundo beru, el Águila dijo: «¡Amigo mío, echa un vistazo y observa la tierra! La tierra se ha convertido en un surco... El ancho mar es como un cesto de pan».... Cuando lo subió al tercer beru, el Águila le dijo a Etana: «¡Mira, amigo mío, lo que parece la tierra! ¡La tierra se ha convertido en la zanja de un jardinero!» Y, entonces, mientras seguían ascendiendo, la Tierra desapareció súbitamente de la vista. Cuando miré a mi alrededor, la tierra había desaparecido, y mis ojos ya no podían recrearse en el ancho mar. Según una versión de este relato, el Águila y Etana llegaron al Cielo de Anu. Pero otra versión afirma que a Etana se le enfriaron los pies cuando dejo de ver la Tierra, y ordenó al Águila que diera la vuelta y se «zambullera» en la Tierra. Una vez más, nos encontramos con un paralelo bíblico a tan inusual relato de ver la Tierra desde una gran altura. Ensalzando al Señor Yahveh, el profeta Isaías decía de él: «Es él el que se sienta sobre el círculo de la Tierra, y sus habitantes son como insectos». El relato de Etana nos dice que, buscando un shem, Etana tuvo que comunicarse con un Águila en el interior de un foso. El grabado de un sello nos muestra una estructura alta, con alas (¿una torre de lanzamiento?) desde encima de la cual se eleva un águila. (Fig. 78) ¿Qué o quién era el Águila que llevó a Etana a los distantes cielos? No podemos evitar asociar el antiguo texto con el mensaje enviado a la Tierra por Neil Armstrong, comandante de la nave espacial Apolo 11, en Julio de 1969: «¡Houston! Aquí Base Tranquilidad. ¡El Águila ha alunizado!» Estaba informando del primer aterrizaje del Hombre en la Luna. «Base Tranquilidad» era el lugar del alunizaje; Águila era el nombre del módulo lunar que se separó de la nave espacial y llevó a los dos astronautas a la Luna (para luego volver a la nave madre). Cuando el módulo lunar se separó para volar por sí mismo en la órbita lunar, los astronautas informaron al Control de la Misión en Houston con estas palabras: «El Águila tiene alas». Pero «Águila» también podía designar a los astronautas que tripulaban la nave espacial. En la misión Apolo 11, «Águila» era también el símbolo de los astronautas, que lo llevaban como emblema en sus trajes espaciales. Al igual que en el relato de Etana, ellos también eran «Águilas» que podían volar, hablar y comunicarse. (Fig. 79) ¿Cómo hubiera representado un artista de la antigüedad a los pilotos de las naves celestes de los dioses? ¿Los habría representado, por casualidad, como águilas? Eso es exactamente lo que hemos descubierto. ¡El grabado de un sello asirio de alrededor del 1500 a.C. muestra a dos «hombres-águila» saludando a un shem ! (Fig. 80) Se han encontrado numerosas representaciones de tales «Águilas» -los estudiosos les llaman «hombres-pájaro». En la mayoría de ellas se les muestra flanqueando el Árbol de la Vida, como para recalcar que ellos, con sus shem, establecen el vínculo con la Morada Celeste donde se encuentran el Pan de la Vida y el Agua de la Vida. De hecho, en la representación más común, se ve a las Águilas sosteniendo el Fruto de la Vida en una mano y, en la otra, el Agua de la Vida, en plena conformidad con los relatos de Adapa, Etana y Gilgamesh. (Fig. 81) La mayoría de las representaciones de estas Águilas muestran, con toda claridad, que no eran monstruosos «hombres-pájaro», sino seres antropomórficos que llevaban trajes o uniformes que les daban la apariencia de águilas. En un relato hitita donde se habla de la desaparición del dios Telepinu, se nos dice que «los grandes dioses y los dioses menores se pusieron a buscar a Telepinu» y que «Shamash envió a una veloz Águila» para encontrarlo. En el Libro del Éxodo, se dice que Dios les recordó a los Hijos e Israel, «Os he llevado sobre las alas de las Águilas, y os he traído hasta mí», confirmando, por lo que parece, que la forma de llegar a la Morada Divina era sobre las alas de Águilas -justo lo mismo que se dice en la narración de Etana. En realidad, numerosos versículos bíblicos describen a la Deidad como a un ser alado. Booz le dio la bienvenida a Rut en la comunidad de Judea por «venir bajo las alas» del Dios Yahveh. El salmista buscaba seguridad «bajo la sombra de tus alas» y describía el descenso del Señor desde los cielos. «Montó en un querubín y se fue volando; Él remontó el vuelo sobre ventosas alas». Analizando las similitudes entre el bíblico El (empleado como título o término genérico de Deidad) y el cananeo El, S. Langdon (Semitic Mythology) demostró que a ambos se les representaba, tanto en los textos como en las monedas, como dioses alados. Los textos mesopotámicos presentan invariablemente a Utu/Shamash como al dios que está a cargo del lugar de aterrizaje de los shem i y de las Águilas. Y, al igual que a sus subordinados, se le muestra a veces llevando todos los elementos del traje de un Águila. (Fig. 82) En calidad de responsable de los shem, es él el que podía conceder a los reyes el privilegio de «volar sobre las alas de los pájaros» y de «elevarse desde los cielos inferiores a los superiores». Y cuando se le lanzaba a las alturas en un cohete ígneo, era él «el que se desplazaba a distancias ignotas, por innumerables horas». No en vano, «su red era la Tierra, su cepo los cielos distantes». La terminología sumeria para los objetos relacionados con el viaje celeste no se limitaba a los me que los dioses se ponían o a los mu, sus «carros» de forma cónica. En unos textos sumerios que describen Sippar se cuenta que había una parte central, oculta y protegida por poderosos muros, en cuyo interior se levantaba el Templo de Utu, «una casa que es como una casa de los Cielos». En un patio interior de este templo, protegido también por altos muros, estaba «erguido hacia arriba, el poderoso APIN» («un objeto que surca», según los traductores). En un dibujo encontrado en el montículo del templo de Anu en Uruk se ve uno de estos objetos. Hace unas cuantas décadas, habría sido difícil adivinar lo que era este objeto, pero, ahora, podemos reconocer en él un cohete espacial de varias etapas en cuya cúspide descansa el cónico mu o cabina de mando. (Fig. 83) Las pruebas de que los dioses de Sumer poseían no sólo «cámaras voladoras» para recorrer los cielos de la Tierra sino también cohetes de varias etapas para ir al espacio, emergen del examen de los textos donde se describen los objetos sagrados del templo de Utu en Sippar. Se nos cuenta que a los testigos del tribunal supremo de Sumer se les hacía prestar juramento en un patio interior, junto a un pórtico a través del cual podían ver y enfrentarse a tres «objetos divinos», que tenían por nombres «la esfera dorada» (¿la cabina de la tripulación?), el GIR y el alikmahrati -un término que, literalmente, significaba «impulsor que hace ir a los navios», o lo que nosotros llamaríamos «motor». Lo que nos encontramos aquí es una referencia a un cohete de tres partes, con la cabina o módulo de comando en el extremo superior, los motores en el extremo inferior y el gir en el centro. Éste último es un término que se ha utilizado ampliamente en relación con el vuelo espacial. A los guardianes que se encontró Gilgamesh en la entrada del sitio de aterrizaje de Shamash se les llamaba hombres-g/r. En el templo de Ninurta, la zona interior sagrada o más vigilada recibía el nombre de GIR.SU («de donde surge el gir»). Se admite en general que Gir era un término utilizado para describir a un objeto de bordes afilados. Una observación detenida del signo gráfico de gir nos permite comprender mejor la naturaleza «divina» de este término, pues lo que vemos es un objeto largo con forma de flecha, dividido en varias partes o compartimentos. Que el mu pudiera cernerse por sí mismo sobre los cielos de la Tierra, o cruzar los continentes al ir sujeto a un gir, o convertirse en un módulo de mando en la cúspide de un apin de varias fases, es una prueba del alto nivel de ingeniería de los dioses de Sumer, los Dioses del Cielo y de la Tierra. Un estudio detenido de los pictogramas e ideogramas sumerios no deja lugar a dudas acerca de que, quienquiera que fuese el que trazó esos signos, estaba familiarizado con las formas y el propósito de los cohetes con colas de fuego humeante, de los vehículos con forma de misil y de las «cabinas» celestes. KA.GIR («boca del cohete») mostraba a un gir dotado de aletas, o cohete, dentro de un recinto subterráneo parecido a un pozo. ESH («Morada Divina»), la cámara o módulo de mando de un vehículo espacial. ZIK («ascender»), ¿un módulo de mando despegando? Por último, echemos un vistazo al pictograma de «dioses» en sumerio. Esta palabra estaba compuesta por dos sílabas: DIN.GIR. Ya hemos visto lo que era el símbolo GIR: un cohete de dos fases con aletas. DIN, la primera sílaba, significaba «justo», «puro», «brillante». Al ponerlas juntas, por tanto, DIN.GIR, es decir, «dioses» o «seres divinos», transmitía el significado de: «los justos de los objetos en punta brillantes», o, de forma más explícita, «los puros de los cohetes ardientes». El pictograma de din era éste: que nos trae fácilmente a la memoria al potente motor de un reactor que arroja llamas por la parte posterior, y con el extremo frontal desconcertantemente abierto. Pero el desconcierto se convierte en asombro cuando «deletreamos» dingir combinando los dos pictogramas. ¡La cola del gir con aletas encaja a la perfección con la abertura frontal del din! (Fig. 84, 85) Fig. 84 Fig. 85 El asombroso resultado es la imagen de una nave espacial propulsada por un cohete, con un módulo de aterrizaje atracado a la perfección -¡de la misma manera que el módulo lunar atracaba en la nave espacial Apolo 11! Es, ciertamente, un vehículo de tres fases o etapas, en la que cada parte encaja perfectamente en la otra: en la sección de propulsión estarían los motores, la sección media contendría los suministros y los equipos, y la «cámara celeste» cilíndrica que albergaría a los dingir, los dioses de la antigüedad, los astronautas de hace milenios. ¿Puede haber alguna duda de que los pueblos de la antigüedad, (al llamar a sus deidades, «Dioses del Cielo y de la Tierra», estaban queriendo decir, literalmente, que eran gentes de alguna parte que habían venido a la Tierra desde los cielos? Las evidencias hasta ahora presentadas en lo referente a los antiguos dioses y sus vehículos no deberían dejar resquicios a la duda de que hubo una vez seres vivos de carne y hueso que, literalmente, bajaron a la Tierra desde los cielos. Incluso los primeros recopiladores del Antiguo Testamento -que consagraron la Biblia a un único Dios- consideraron necesario reconocer la presencia en la Tierra de estos seres divinos en la antigüedad. La enigmática sección -a la que le tienen pánico tanto los traductores como los teólogos- es la que forma el comienzo del Capítulo 6 del Génesis. Ocupa el espacio que hay entre la reseña de la expansión de la Humanidad a lo largo de las generaciones después de Adán y el relato del desencanto divino con la Humanidad que precedió al Diluvio. Afirma, inequívocamente, que, en aquel tiempo, los hijos de los dioses vieron que las hijas de los hombres estaban bien; y tomaron por esposas a las que preferían de entre todas ellas. Las connotaciones de estos versículos, y los paralelismos que hay con los relatos súmenos de los dioses, de sus hijos y nietos, y de la descendencia semidivina resultante de la cohabitación entre dioses y mortales, se acumula mientras seguimos leyendo los versículos bíblicos: Los nefilim estaban sobre la Tierra, en aquellos días y también después, cuando los hijos de los dioses cohabitaban con las hijas de los Adán, y ellas les daban hijos. Ellos fueron los poderosos de la Eternidad- El Pueblo del shem. La traducción que figura aquí no es la traducción tradicional. Durante mucho tiempo, la expresión «Los nefilim estaban sobre la Tierra» se tradujo como «Había gigantes sobre la tierra»; pero los traductores modernos reconocen el error, optando al final por dejar intacto el término hebreo nefilim en la traducción. El versículo «El pueblo (gente) del shem», como sería de esperar, se tradujo como «la gente que tenía un nombre», y, de ahí, «los hombres famosos». Pero, como ya hemos dicho, el término shem se debe tomar en su sentido original -un cohete, una nave espacial. Entonces, ¿qué significa el término nefilim'? Derivado de la raíz semita NFL («ser lanzado abajo»), significa exactamente lo que significa: ¡aquellos que fueron arrojados a la Tierra! Los teólogos contemporáneos y los eruditos bíblicos han preferido evitar estos molestos versículos, justificándolos alegóricamente o, simplemente, ignorándolos por completo. Pero los escritos judíos de la _época del Segundo Templo reconocieron en estos versículos los ecos de antiguas tradiciones sobre los «ángeles caídos». Algunos de los más antiguos trabajos eruditos llegaron a mencionar los nombres de estos seres divinos «que cayeron del Cielo y estaban en la Tierra en aquellos días»: Sham-Hazzai («centinela del shem»), Uzza («poderoso») y Uzi-El («poder de Dios»). Malbim, un destacado comentarista bíblico judío del siglo xix, reconocía estas antiguas raíces y explicaba que «en la antigüedad, los soberanos de los países eran los hijos de las deidades que llegaron a la Tierra desde los Cielos, y gobernaron la Tierra, y tomaron esposas de entre las hijas del Hombre; y entre su descendencia hubo héroes y poderosos, príncipes y soberanos». Estas historias, decía Malbim, eran de los dioses paganos, «hijos de las deidades que, en tiempos primitivos, cayeron desde los Cielos a la Tierra... ésta es la razón por la que se llamaron a sí mismos 'nefilim', i.e. Aquellos Que Cayeron». Con independencia de las implicaciones teológicas, no se nos puede escapar el significado literal y original de los versículos: los hijos de los dioses que vinieron a la Tierra desde los cielos eran los nefilim.Y los nefilim eran el Pueblo del Shem -el Pueblo de las— Naves Espaciales. A partir de aquí, les seguiremos llamando por su nombre bíblico. NEFELIM
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