He aquí una especie de
cuento
o crónica que escribí con la colaboración de @bunnysky
La última botella del elixir gaseoso negro llegó a su fin.
El descontrol se hace notar. Mis pupilas comienzan a colorarse y mi saliva se convierte en espuma.
Ni el bendito orgasmo que nace en mi perversa imaginación, ni la más espumeante cerveza alemana pueden neutralizar mi ira.
Desesperado deambulo en mi cuarto.
Medito.
Rezo a Dios, pidiéndole que en mi refrigerador aparezca una botella.
_Hijo de puta! Hijo de mil puta! – grito inútilmente a aquél organismo divino, sabiendo que no tiene madre.
Impacto el freezer con mi puño derecho.
Casi sin sentir la mano, doy vuelta al picaporte y corro en busca de un supermercado.
No sé si fue por espiar siempre a mi vecina cambiándose de ropa interior o por haber quemado con mi cigarrillo intencionalmente al niño que me hablaba sin cesar, interrumpiendo mi momento de reflexión en el parque; pero el karma me ha vuelto a patear la cara.
No hay tiendas ni supermercados abiertos.
Me precio de ser una persona tranquila, pero esta vez mi obsesión es más alta que cualquier muro de cordura.
No me resigno.
Próximo objetivo: Crear yo mismo la bebida milagrosa.
Retorno a casa desesperado y vierto agua en una botella, le añado café y rápidamente eructo dentro para crear gas. Cierro la tapa y sonrío.
Observo el líquido al tiempo que mi sonrisa se desvanece. El color no es el mismo que el original. Lo pruebo. Mis ojos se tornan rojos. Grito y vomito sin piedad sobre mis pies.
_ ¿Cuándo fue la última vez que bebí una Coca…? Hace media hora. Hace sólo media hora.
Orino en mi taza favorita, aquella que cambié por tres tapas y diez pesos.
Estoy seguro que en mis desechos parcialmente tóxicos, aún debe permanecer la esencia de mi adicción.
Bebo.
Disfruto.
Mis labios se hinchan, mi corazón se regocija y mi lengua me regaña.
Pero mi mente no es tan crédula. Fracasé al engañarla.
Enloquezco.
Lloro.
Salgo a golpear a toda forma de vida que encuentre.
Quiero ser Gokú...
Soy Gokú!
Impacto brutalmente el cristal del supermercado.
Mi cuerpo entero sangra. Me siento débil.
Me arrastro hacia la góndola que contiene las botellas y sacio mi sed.
Bebo frenéticamente. Una lágrima de felicidad se entremezcla con la hemorragia.
Oigo las sirenas de la policía, por lo que aumento el ritmo de mi acción.
Violentamente, varios uniformados me detienen. No opongo resistencia alguna.
-o-
Aquí estoy mejor. Trabajo más que el resto de mis compañeros pero siempre recibo mi Coca Cola helada al final del día.
