Pero que mina jodida. Uno le escribía y la tipa nada. Está bien, su estado marcaba "ausente". Pero seguro estaba mirando el Messenger. Siempre lo hacía. Era fanática de ponerse enfrente de la compu y ver quien estaba conectado, quien no, a quien no le mandaba un mail hacía mucho. Cosas así, que Eduardo no entendía, ya que no consideraba saludable pasar horas enteras frente a una computadora. De todas formas, sabía que esa apreciación de las cosas era paradójica, porque había conocido a Claudia por Internet. Raro, pero cierto.
Y si bien su relación no había durado mucho (ocho meses casi), el devenir torcido de las cosas hacía desesperante que no le respondiera.
Se miró el dedo anular de la mano izquierda y, enojado, volvió a acordarse de que había perdido el anillo el día anterior. No se acordaba donde ni como, lo cual lo volvía mas loco.
Había mandado a hacer un par, y uno se lo quiso dar a Claudia, pero ella lo rechazó, alegando que necesitaba hablar con él sobre unas cosas. A partir de ahí, todo al carajo. No podía rescatar nada de la separación. Y Eduardo, con lágrimas en los ojos, le había dicho que él llevaría el anillo de todas formas, porque la amaba con todo su corazón. Una actitud patética desde donde se mire, pero no había podido evitarla.
Le había puesto "hola". Nada más. No un "te quiero ver" o un "te extraño" empalagoso. "hola", nada más. Para ver que onda. Aunque sea, tener un polvo de bonus.
Pero la tipa se daba el lujo de tenerlo en espera. Ni siquiera se desconectaba, cosa que lo hubiera herido, pero por lo menos hubiera hecho más sencillo sobrellevar el rechazo. Cuando te dan una patada en el culo, tiene que ser certera y directa, nada de andar con vueltas.
Eduardo se levantó y fue a prepararse un té. Salió de la pieza, caminando despacio y arrastrando sus pies calzados con unas ojotas viejas pero cómodas, como solo podían serlo un buen par amoldado durante años. Esperaba oír desde la cocina el conocido y popular ruido de cuando llegaba un mensaje.
Bueno. Ya es mucho esto.
Eduardo había arrancado con los mensajes a las tres de la tarde más o menos.
Ya eran casi las dos de la mañana y Claudia no respondía. Seguía ahí, conectada pero con el cuadradito naranja. Con ese "ausente" de mierda.
¿Adónde podría haber ido? ¿Estaría durmiendo ya? Podría haberle puesto aunque sea un "andate a la mierda". Aunque él no tenia la culpa de nada de que su relación se hubiera terminado. Pero aunque sea, esperaba un poquito de atención. No toda, pero si un atisbo, una lucecita allá a lo lejos.
Y había probado con todo ya.
"¿por qué no me contestás?"
"¿yo te hice algo?"
"no podés ser así"
"te quiero, ¿no te das cuenta lo qué me pasa con vos?"
Sin embargo, nada.
Bueno, por ahí se fue. Salió con las amigas, con un macho. Y se olvidó el messenger conectado. A mí me ha pasado también.
Eduardo, a pesar de no tener ganas, desconectó su propio messenger. Apagó la compu y se metió en la cama, tratando de no pensar. A los diez minutos, volvió a prenderla y se volvió a conectar. Le mando un par de mensajes otra vez, exortándola a que le respondiera y, después de uno o dos minutos, le llenó de puteadas la pantalla.
Nada.
Claudia no respondió.
Eduardo se volvió a meter en la cama y, después de una hora y media de dar vueltas, se pudo dormir.
Bien. Era un boludo. Si bien las relaciones enfermizas llegaban a un punto en el que terminaban de alguna forma u otra, Eduardo no quería reconocer que estaba un poquito obsesionado.
Miró el messenger otra vez. Hizo doble clic sobre Claudia y se abrió la ventana de mensajes. Le puso un par de letras sin sentido. Esperó. Nada.
Claudia Macini aparece como Ausente y es posible que no conteste.
Hacía casi dos días que pasaba. Eduardo había ido a trabajar y, al volver, Claudia todavía conectada. Ahí, con un "ausente". Y ella sin responder.
Tenía que reconocer que estaba preocupado. Trató de llamarla, pero su celular estaba apagado. No tenía teléfono fijo y vivía sola.
¿Por qué carajo no respondía? Que mina jodida, pensaba Eduardo.
Estuvo toda la tarde dando vueltas, sin poder concentrarse en nada de lo que quería hacer. Tiempo después, agarró su campera y salió.
No le quedaba otra que ir a la casa de Claudia y hablar con ella personalmente.
Tocó timbre y nada. Claudia vivía en una pequeña casa. Se escuchaba sonar el timbre desde adentro.
Bueno, otra vez salió. Esperala.
Eduardo se quedó ahí, parado y aguardando el regreso de su chica, con frío y mirando como bajaba el sol poco a poco. Era el final de la tarde y las luces de sodio de la calle se estaban encendiendo poco a poco.
Pasaron una, dos horas. Eduardo, impaciente, decidió usar su llave. Si, era una impertinencia, pero no le quedaba otra. Más allá de su preocupación, se sentía un estúpido y quería verla. Aunque sea por última vez.
Esperaba que Claudia no hubiera cambiado su cerradura. De todas formas, por ahí sería mejor, así no hacia ninguna estupidez al entrar a su casa. Pero la llave no se trabó ni nada. Entró limpiamente en la cerradura y giró sin problemas, como lo había hecho siempre.
Eduardo entró. Afuera era de noche. Encendió la luz del living y se quedó quieto. No dió un paso más dentro de la casa.
Ella estaba ahí, pero al instante Eduardo comprendió porque no respondía. Estaba muerta. Tirada en el sillón, tenía rajado el cuello. No tenía ropa, y su desnudez estaba parcialmente cubierta por un almohadón sobre su estómago y un babero de sangre seca sobre sus pechos. Por lo demás, el lugar era un desastre.
La mesa estaba corrida y el florero que hacía de centro de mesa volcado. Se notaban signos de una pelea por toda la habitación. Un par de cuadros en el suelo, uno con el vidrio que lo recubría roto. Las sillas volcadas. Una cortina con un desgarrón.
Eduardo miró todo, pero lo que siempre volvía a atraer su vista era el cuepro de Claudia. Sin ropa, frágil y con el cuello abierto. Además, tenía moretones en varios lugares del cuerpo, el más visible en el hombro derecho.
Cerró despacio la puerta, tratando de perturbar lo menos posible el ambiente. Caminó unos pasos y se paró en el centro de la habitación. Vió que el cuerpo muerto de su ex-novia no se movía. No era una especie de chiste o quizás estaba inconsciente. Era verdad. Había pasado. Claudia estaba muerta.
Fue a la pieza y vió la notebook sobre la cama. Estaba apoyada sobre la pantalla, con la parte baja apuntando al techo y el cable que enchufaba a la corriente colgando de un costado. De seguro se había volcado durante la persecución en la casa. Eduardo la enderezó, con cuidado, casi con amor hacia el artefacto. Tenía la boca entreabierta y un delgado hilo de baba le corría por el mentón. Sentía seca la garganta y le raspaba cada vez que tragaba. Sus pupilas eran dos puntos negros diminutos. Y su cabeza parecía girar sobre un eje propio.
Con el dedo en el pad mouse, dirigió el puntero hacia el messenger, lo desconectó y lo cerró. Después, volvió al living y se sentó en el sillón, apoyando la cabeza de Claudia sobre su regazo. Eduardo se quedó así más de diez horas.
Ni siquiera se movió cuando vió los dos anillos que había mandado a hacer sobre la mesa de café, uno sobre el otro, con sangre seca en ambos.
Extraído de: http://www.porquensilencio.com.ar (Mi blog de historias)